EPÍLOGO LA OPORTUNIDAD
PATRICIO
Yo no llegué al lago por accidente. Tampoco llegué por casualidad.
Eso sería cómodo de creer, supongo. Más limpio. Más inocente.
Pero la verdad era mucho menos elegante: llegué con un plan.
Meses antes de siquiera saber que mi padre había comprado una nueva propiedad por recomendación de los Caprio, tuve una conversación especial con Santiago.
—Okay, escúchame, Santi. Lo que te voy a decir no será fácil y probablemente me odies —dije, cerrando la puerta de su habitación.
—Por favor, dime que no te vas a dar de baja. Ya mero terminamos, Patricio —dijo Santi, usando ese tono que siempre utilizaba cuando intentaba calmarme.
—¿Qué? No. No tiene nada que ver con la universidad —respondí de inmediato.
Tragué saliva.
—Tiene que ver con Olivia —añadí, casi en un murmullo.
La expresión de Santiago cambió por completo.
—Ya dime, Pato —dijo, serio.
Solté el aire lentamente.
—Ella y yo, desde hace unos meses, tenemos algo raro, difícil de explicar. Pero ese no es el punto. El punto es que... me gusta Olivia, Santiago. Mucho. Demasiado.
Suspiré y dejé salir todo lo que llevaba meses atorado en la cabeza.
—No es perfecta. Ese era el problema. Era real —lo miré con seriedad—.
La veo cuando voy a tu casa y ella va llegando de su guardia, decidiendo entre comer o dormir.
La veo cuando tú y yo estamos en la sala jugando videojuegos y ella está en el comedor, rodeada de hojas y cuadernos, volviéndose loca.
La he visto cuando juega y gana. He visto sus bailes de celebración, he visto su mirada cuando se queda pensando cuál será la siguiente cosa que va a hacer.
Y obviamente la veo cuando salimos a fiestas, cuando cambia por completo...
es como si fuera una persona completamente nueva.
Santiago me miró en silencio, rascándose la cabeza, intentando procesar si él también había notado todas esas versiones de su hermana.
—Wow... Okay. Yo no sabía que notabas tantas cosas en Olivia, “Señor, no me voy a enamorar nunca” —dijo al fin—.
Solo te voy a decir algo: ella es difícil.
Nunca la he visto buscando “amor”. Olivia tiene una sola visión.
Si te puedo dar un consejo, es que no la presiones. Busca el momento para acercarte.
Esa fue la última vez que hablé con Santiago sobre Olivia antes del lago.
Unas semanas después, justo dos semanas antes de salir de vacaciones, mi padre me dijo que había comprado una propiedad en el lago. Una casa que, más que nada, usaríamos para descansar de la ciudad o para su jubilación.
Cuando dijo lago, pensé en los Caprio.
Ellos siempre iban al lago.
Pensé en lo maravilloso que sería que fuera el mismo lugar. Estaba inmerso en esa idea cuando la voz de mi papá me dejó en shock.
—Es una propiedad al lado de la familia Caprio. Alonso me la vendió.
Y desde entonces tuve un plan.
El plan era sencillo: iba en busca de una oportunidad. Solo tenía que llegar y no parecer desesperado.
El problema era que, con Olivia Caprio, todos mis planes eran inútiles.
Y esta vez no sería diferente.
Olivia nunca había sido fácil de leer. Ese era el problema. Yo llevaba meses intentándolo.
Creí que iba a ser relativamente fácil.
No contaba con que existía un muro gigante llamado Mateo.
Un muro sentimental que no necesitaba destruir.
Mateo no era un rival cualquiera. Eso lo entendí antes de que alguien me lo dijera.
Lo entendí en la forma en que Olivia dejaba de respirar cuando él entraba a una habitación.
En la manera en que Mateo sabía ocupar el silencio junto a ella sin exigir explicaciones.
En las veces que los vi separarse demasiado rápido cuando alguien abría una puerta, fingiendo que no pasaba nada con la torpeza exacta de quienes ya habían cruzado una línea.
Nunca necesité ver un beso para saberlo.
A veces, lo que dos personas esconden grita más fuerte que lo que se atreven a mostrar.
No voy a mentir: me dolió.
Me dolió verla buscarlo con la mirada cuando creía que nadie la estaba observando. Me dolió entender que él conocía rincones de ella que yo no. Me dolió llegar tarde a un lugar donde, de alguna manera, Mateo llevaba años sentado.
Pero también me obligó a entender algo.
Yo no podía competir contra el lago, contra un refugio.
Y tampoco podía ser solo otro refugio.
Así que no intenté serlo.
Intenté ser quien le mostrara que no necesitaba esconderse para sentir paz. Quería que viera que yo podía entrar a su mundo lleno de caos, no para sacarla y salvarla, sino para darle la mano y acompañarla.
Durante el verano volví a hablar con Santiago. Sentía que no lo iba a lograr.
—No la empujes —me dijo Santiago una noche, cuando todos fingían no saber que Olivia y Mateo se estaban escondiendo pésimo.
—No vine a empujarla —dije, echando la cabeza hacia atrás.
—Viniste a buscar una oportunidad —dijo Santiago, con los brazos cruzados.
No respondí.
—Te conozco, Villarreal. Planeas hasta cómo pedir una hamburguesa. Pero Olivia no es un caso que puedas ganar —soltó con una risa seca.
—Lo sé —respondí, dejando salir un suspiro.
—Entonces espera a que ella abra la puerta. No la tires.
Me tomó del hombro.
—¿Y si nunca la abre? —pregunté, mirando hacia el muelle, donde Olivia y Mateo parecían dos sombras demasiado cercanas.
Santiago guardó silencio un segundo.
—Entonces tendrás que quererla lo suficiente para no romperla intentando entrar.
Y eso hice.
Esperé. Esperé. Esperé.
Hasta que vi que la puerta empezaba a abrirse. Y aun entonces no entré a la fuerza. Volví a esperar, jugando mis mejores cartas, intentando hacer que ella viera que podía amarla en todas sus versiones existentes y en todas las que todavía estaban por existir.
Cada día ganaba más confianza. Cada día me dejaba entrar un poco más. Pero siempre había algo dentro de mí que me decía que no sería suficiente.
Una mañana, intentando callar esa voz que repetía que no iba a ser suficiente, salí a correr.
Cada pisada sobre la tierra húmeda del sendero era un intento inútil por silenciar mi propia cabeza. Llevaba minutos corriendo, exigiendo a mis pulmones que se concentraran en el oxígeno y no en la imagen de Olivia mirando a Mateo.
Apreté los dientes y aumenté el ritmo.
Era un estratega. Siempre tenía el control de todo: mis emociones, mis tiempos, mis planes, mis casos.
Pero con Olivia Caprio, el control era una ilusión.
El recuerdo de su cercanía en el Jeep me estaba quemando vivo, y saber que horas después estaba mirando a los ojos al próximo niño de oro del fútbol me hacía hervir la sangre.
Respira.
Es solo un verano.
Me repetí la mentira más grande de mi vida hasta que el bosque me la devolvió en forma de eco.
—¡Pato!
El grito rasgó el silencio.
Me detuve en seco. Mis tenis derraparon sobre la tierra. El eco de mi nombre rebotó entre los pinos, pero la voz...
Conocía esa voz a la perfección.
Estaba rota, desesperada, ahogada.
Giré sobre mis talones. El corazón se me fue a la garganta.
A lo lejos, vi a Olivia corriendo hacia mí como si el mundo entero dependiera de que llegara a tiempo. Tenía el cabello alborotado, la cara enrojecida y no bajaba el ritmo.
El pánico me inundó el pecho de golpe, frío y paralizante.
Le pasó algo.
No lo pensé. Rompí mi distancia y corrí hacia ella.
Chocamos a mitad del sendero. Sus piernas cedieron. Estaba temblando, buscando aire desesperadamente con las manos en las rodillas.
—¡Olivia! ¿Qué diablos? —le exigí, escaneándola de pies a cabeza, buscando cualquier señal de peligro—. ¿Qué pasó?
Ella levantó la cara.
No había dolor en sus ojos.
Había una intensidad salvaje que me paralizó por completo.
Tomó una bocanada de aire enorme, y entonces el mundo entero se detuvo.
—Me vuelves loca, Patricio. Me sacas de mi cuadro perfecto. Eres arrogante, terco, insoportable... y estoy loca por ti.
Mi cerebro, acostumbrado a procesar información a mil por hora, hizo cortocircuito.
Ella siguió hablando.
Dijo que había terminado con Mateo.
Dijo que quería una vida conmigo.
En la ciudad.
En las guardias.
En Italia.
En ese futuro imposible que yo llevaba meses construyendo en silencio como un idiota enamorado.
Dijo que era yo.
Yo.
No había palabras en ningún código para explicar lo que sentí en ese segundo. El pecho me iba a explotar. Mi ego, mi corazón, mi cordura... todo le pertenecía a ella.
La levanté del suelo y la besé como si hubiera pasado toda mi vida esperando que saliera de ese bosque y me encontrara.
Y quizá así había sido.
Cuando la bajé lentamente, manteniéndola cerca, no pude evitar que la arrogancia natural volviera a mí. Yo era Patricio Villarreal y, por primera vez en mi vida, no me importó haber ganado. Me importó que ella hubiera llegado sola.
—Te tardaste bastante —le susurré, acariciándole la mejilla.
Y me jaló para besarme de nuevo.
Salimos de ahí sin un plan completamente estructurado, lo cual era una novedad aterradora para mí.
Olivia no era predecible como el resto del mundo. No sabía si al verme quería besarme, gritarme o reírse de mí.
Era una montaña rusa desde que la conocí.
Y yo amaba las montañas rusas.
Esa tarde, por primera vez, no intenté adivinar el siguiente movimiento. Solo caminé a su lado.
OLIVIA
Esa tarde, por primera vez, caminamos sin escondernos por el sendero del faro viejo.
No corrimos esta vez.
No hacía falta.
Cuando llegamos a la parte donde el bosque se abría y el lago aparecía brillante bajo el atardecer, él se detuvo.
—Necesito preguntarte algo —dijo.
Su voz no tenía arrogancia.
Eso me hizo mirarlo con más atención.
—Pregunta.
—¿Me elegiste porque saliste del caos o porque de verdad quieres que yo esté cuando el caos vuelva?
La pregunta me atravesó de una forma limpia, directa. Patricio Villarreal, el hombre que siempre parecía tener un comentario preparado, estaba frente a mí sin escudos.
Di un paso hacia él.
—Te elegí porque el caos va a volver —respondí—.
Van a venir exámenes, guardias, peleas, cansancio, distancia, miedo.
Voy a ser insoportable. Tú también. Vamos a discutir por estupideces y por cosas enormes.
Pero cuando imaginé mi futuro, cuando lo vi de verdad, tú estabas ahí.
No como una pausa. No como una fantasía. Estabas conmigo en lo difícil.
Pato cerró los ojos un segundo, como si mis palabras lo golpearan en el centro del pecho.
—No te voy a prometer una historia perfecta, Liv.
—No quiero perfecta.
—Te voy a desesperar.
—Ya lo haces.
—Voy a querer ganar todas las discusiones.
—Yo también.
Su sonrisa apareció poco a poco, lenta, arrogante, hermosa.
—Entonces estamos condenados.
—No —le dije, entrelazando mis dedos con los suyos por fin—. Estamos empezando.
Dos días después, el último día en el lago amaneció con el sonido de cierres de maletas, hieleras arrastrándose por el patio y mi mamá preguntando, por tercera vez, si alguien había visto su sombrero de playa.
La casa, que durante semanas había parecido contener todos mis secretos, ahora estaba abierta de par en par, llena de toallas dobladas, sandalias perdidas y bolsas de basura.
No se sentía triste.
O tal vez sí, pero no de la forma en que yo esperaba.
Antes, despedirme del lago significaba volver a una vida donde tenía que esconder partes de mí.
Esta vez, mientras Pato subía mi maleta a la parte trasera de ese maldito Jeep negro y Santiago le advertía que el camino a la ciudad era largo, pero sus amenazas legales eran más largas, entendí que no estaba dejando mi versión libre atrás.
Me la estaba llevando.
—Su transporte a la ciudad, preciosa —dijo Pato, abriendo la puerta del copiloto con una reverencia exagerada.
—Cinco estrellas por la reverencia —respondí—. Tres por la arrogancia.
—Imposible. La arrogancia es parte del paquete premium.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
—Te ves hermosa con esta luz —dijo, apoyando un brazo sobre el marco de la puerta—. Yo ya gané de por vida.
Antes de subir, miré una última vez hacia las casas.
Mateo estaba en la entrada principal con Leo, una silueta tranquila contra la luz de la mañana. Alzó dos dedos en un saludo discreto.
Le respondí igual.
Gracias, pensé.
Por el lago.
Por el fuego.
Por haber sido mi refugio cuando no sabía cómo ser yo.
—¿Lista? —preguntó Pato, entrelazando nuestros dedos.
Miré la carretera frente a nosotros. La ciudad nos esperaba con tráfico, café malo, guardias imposibles, discusiones absurdas y un futuro que ya no me daba miedo enfrentar sola.
Porque no iba sola.
Subí al Jeep negro.
Pato cerró mi puerta, rodeó el cofre y se sentó al volante. Cuando el motor rugió, el lago apareció por última vez en el retrovisor: brillante, inmenso, silencioso.
Como si siempre lo hubiera sabido.
Sonreí.
—Ahora sí, Patricio Villarreal —dije, girándome hacia él—. Llévame a casa.
Pato sonrió de lado y pisó el acelerador.
Y por primera vez, la ciudad se sintió como una promesa.