CAPÍTULO 19 SIEMPRE SERÁS TÚ
OLIVIA
A la mañana siguiente desperté por el frío que entraba por mi ventana.
Instintivamente, estiré el brazo para buscar mi fuente de calor, pero no había nadie. Solo un espacio vacío. Me giré boca arriba, mirando el techo, y solté una risa estúpida contra la almohada.
Ahora lo sabía.
Me levanté de golpe, tomé mi toalla y me bañé en tiempo récord. Tenía adrenalina corriéndome por las venas, una urgencia insoportable por hacerlo real. Me cambié con lo primero que encontré y salí de mi cuarto casi corriendo.
Vic era la persona indicada. Tenía que hablar con ella antes de que mi cerebro intentara sabotearme con lógica, culpa o miedo.
Bajé las escaleras de mi casa. Eran apenas las seis de la mañana, pero claramente eso me importaba un carajo. Crucé el jardín hacia la casa de los Montoya, subí las escaleras y caminé por el pasillo con el corazón latiéndome en la garganta.
No era pánico.
Era pura y absoluta certeza.
Llegué a la puerta de la habitación de Vic y toqué tres veces con urgencia. No esperé a que respondiera; giré la perilla y entré, cerrando con seguro a mis espaldas.
Vic estaba en su cama con el cabello revuelto y la expresión de quien apenas estaba despertando. Al escuchar el portazo, pegó un brinco y abrió los ojos de golpe.
—¡Liv! ¿Qué diablos...?
Se calló en el instante en que me vio la cara.
Yo estaba apoyada contra la puerta, respirando agitada, con las manos temblando y una sonrisa que me partía la cara y no podía borrar.
—Es él —solté, casi sin aliento—. Vic, es él.
Vic parpadeó. La confusión desapareció de su rostro y fue reemplazada por una chispa de absoluta claridad.
—Dilo con todas sus letras, Caprio —me exigió, con una sonrisa cómplice asomándose en sus labios.
—Es Pato —susurré.
Al decirlo, una explosión de calor me recorrió el pecho entero.
—Es Pato. Siempre ha sido ese maldito hombre. Me estoy volviendo loca, Vic. Siento que estuve corriendo en medio de un bosque oscuro y asfixiante todo el verano, con miedo a equivocarme, y de repente todo está claro. Salí del bosque. Es él.
Vic soltó una risa ahogada y se levantó de la cama, caminando hacia mí.
—Te tardaste bastante. ¿Cómo te diste cuenta?
—Ayer...
Empecé a caminar de un lado a otro en su habitación, incapaz de quedarme quieta.
—Cuando veo a Mateo, mi cabeza se va al pasado. A la nostalgia. A lo mucho que lo quise. Pero cuando recuerdo la camioneta con Pato, cuando pienso en él, mi cuerpo entero reacciona. Me quema la piel de solo imaginar no tenerlo cerca. No es solo lógica, no es solo porque me entiende. Me vuelve loca.
Me pasé las manos por el cabello, dejando salir una risa nerviosa y genuina.
—Quiero pelear con él en la ciudad. Quiero verlo con sus trajes.
Quiero que me espere cuando salga destruida de una guardia y me diga que coma algo antes de volverme insoportable.
Mateo es mi recuerdo favorito, pero Pato...
Pato es el futuro. Y me cuesta cada maldito segundo no salir de este cuarto ahora mismo para buscarlo.
Vic me agarró por los hombros para detenerme en medio de mi monólogo frenético. Tenía los ojos brillantes de orgullo y emoción por mí.
—Entonces, ¿qué estás esperando aquí conmigo? —me preguntó, con una sonrisa enorme—. Ve a decirle.
El golpe de realidad me aterrizó los pies en la tierra, aunque la adrenalina no bajó ni un solo nivel.
—No puedo todavía —murmuré, tomando aire—. Tengo que hacer las cosas bien. Tengo que hablar con Mateo. Tiene que ser el primero en saberlo, porque se merece ese respeto. Y luego se lo diré a Santi, porque es mi hermano y Pato es su mejor amigo.
Vic asintió con firmeza, dándome un apretón en los hombros.
—Es lo correcto. Mateo te va a entender, Oli. Te adora, pero él también sabe, en el fondo, que sus mundos ya no encajan. Sé valiente. Haz lo que tienes que hacer hoy. Cierra ese capítulo.
Me miró a los ojos y su sonrisa se volvió completamente pícara.
—Y cuando termines... ve por ese hombre.
Salí de la casa principal pisando el pasto húmedo por el rocío de la mañana. El aire del lago estaba frío y la neblina aún flotaba al ras del agua, dándole a todo un aspecto de película vieja.
No tuve que buscarlo demasiado.
Mateo estaba sentado al final del muelle, con las piernas colgando sobre el agua, lanzando pequeñas piedras que rebotaban en la superficie con un sonido rítmico.
Al escuchar mis pasos sobre la madera, giró la cabeza. Cuando me vio, la sombra de esa sonrisa arrogante y posesiva de la noche anterior apareció en sus labios.
—Madrugaste, Caprio —dijo, palmeando el espacio a su lado—. Ven aquí.
Caminé hasta él y me senté, pero mantuve una pequeña distancia. Me abracé las rodillas contra el pecho, mirando hacia el horizonte donde el sol apenas empezaba a asomarse. El estómago se me apretó.
Mateo notó la distancia de inmediato. Dejó caer la última piedra al agua y se giró completamente hacia mí, apoyando una mano en la madera, buscando mi mirada.
—No me vas a salir con el cuento de que no sentías la química de anoche, ¿verdad? —preguntó, su voz más ronca y vulnerable de lo normal.
Tragué saliva y negué despacio con la cabeza. Lo miré directamente a esos ojos oscuros que tantas veces me habían quitado el aliento.
—No, Mateo. Claro que la sentía —susurré, sintiendo que los ojos se me cristalizaban—. Pero fue diferente.
Mateo se quedó petrificado. La sonrisa desapareció por completo de su rostro, reemplazada por una tensión que le endureció la mandíbula.
No me interrumpió.
Me conocía lo suficiente para saber que necesitaba soltarlo todo de golpe.
—Te quiero, Mateo. Te quiero muchísimo —continué, con la voz temblorosa pero firme—.
Fuiste mi primer amor real. Tú me enseñaste a sentir sin tener que analizarlo todo.
Me diste este lago, me diste mi refugio y me hiciste sentir viva cuando estaba aterrada de no ser suficiente.
Y eso me lo voy a llevar conmigo toda la vida.
—Pero... —soltó él, y esa sola palabra sonó como si le raspara la garganta.
—Pero ya no podemos quedarnos en el lago —dije, dejando que las lágrimas cayeran por fin—.
Mateo, vas a irte a perseguir algo enorme.
Vas a entrenar, viajar, competir, llenar tu vida de estadios y metas que te van a exigir todo.
Y yo... yo me voy a quedar atrapada en hospitales, guardias, exámenes, residencia.
Me quedan años de carrera. Tú necesitas a alguien que pueda estar en las gradas apoyándote, no solo cuando le sobre tiempo.
Y yo necesito a alguien que esté conmigo día a día.
Mateo miró hacia el agua, apretando los puños sobre sus muslos. Su respiración se volvió pesada. Sabía que yo tenía razón, y eso era lo que más nos dolía. No era falta de amor. Era la realidad pasando por encima de nosotros.
—Es Villarreal, ¿verdad? —preguntó de pronto, sin mirarme. No sonaba enojado, solo profundamente resignado.
—Sí —admití en un susurro—. Es él.
Mateo soltó una risa amarga, sin humor, y asintió lentamente.
—Yo te dije que no me importaba si él estaba en la ciudad y yo a kilómetros de ti —murmuró, levantando por fin la vista. Tenía los ojos brillantes—. Pero supongo que Villarreal va a estar en la sala de espera llevándote café, ¿no? Y yo estaría a kilómetros de distancia.
—Te mereces a alguien que pueda volar contigo, Mateo. Lo digo de verdad.
Se hizo un silencio largo y pesado, roto solo por el sonido del agua golpeando los postes del muelle. Mateo cerró los ojos un segundo, tragándose el orgullo y el dolor. Cuando los abrió, extendió el brazo y me jaló hacia su pecho.
Me aferré a su sudadera y escondí la cara en su cuello, llorando en silencio mientras él me abrazaba con todas sus fuerzas.
Era un abrazo diferente a todos los demás.
No había posesividad.
No había fuego.
Solo estaba el cariño inmenso de dos personas que sabían que estaban soltando algo hermoso antes de que se rompiera.
—Más le vale a ese idiota cuidarte bien, Caprio —murmuró contra mi cabello, dándome un último beso en la frente—. Porque si alguna vez te hace llorar de verdad, voy a regresar de donde sea para recordarle que sé usar los puños.
Sonreí contra su pecho, con el corazón doliendo pero extrañamente en paz.
—Prometo ser su peor pesadilla si se le ocurre fallarme —susurré.
Cuando me soltó, me limpié las lágrimas y lo vi regalarme esa media sonrisa arrogante que siempre sería su firma personal.
El primer amor había terminado y, aunque dolía, ambos sabíamos que habíamos tomado la decisión correcta para no destruirnos.
Caminé de regreso a la casa limpiándome el rastro de humedad de las mejillas con la manga de la sudadera. Aunque sentía el corazón ligero, mis ojos rojos e hinchados eran inevitables después de una despedida así.
Subí los escalones del patio de madera y, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta mosquitera, esta se abrió desde adentro.
Santiago estaba parado ahí, con el cabello alborotado, usando unos pantalones de pijama y sosteniendo una taza de café humeante.
Su expresión soñolienta desapareció en un microsegundo en cuanto escaneó mi rostro.
La mandíbula se le tensó y sus ojos se oscurecieron con ese instinto protector que los hermanos mayores tienen codificado en el ADN.
Dejó la taza sobre la mesa del patio con un golpe seco.
—Oli, ¿qué tienes? —me preguntó, dando un paso hacia mí y tomándome del rostro para revisarme—. ¿Por qué estás llorando? ¿Qué te hizo Mateo? Dime a quién le tengo que romper la cara hoy temprano.
Solté una risa húmeda, quitando sus manos suavemente de mis mejillas y negando con la cabeza.
—A nadie, Santi. Tranquilo, nadie me hizo nada.
—Tus ojos dicen otra cosa —insistió, cruzándose de brazos y bloqueando la puerta—. Si ese idiota se atrevió a pasarse de listo...
—Fui yo, Santi —lo interrumpí con voz suave pero firme—. Acabo de terminar todo con él en el muelle.
Santiago parpadeó, completamente descolocado. Su postura defensiva se relajó un poco, pero la confusión le arrugó el entrecejo.
—¿Qué? ¿Por qué? Creí que... bueno, todos vimos lo de anoche. Creí que estaban en su mejor momento.