CAPÍTULO 18 SIN TRADUCIRME
OLIVIA
Mi brillante plan de “vamos a ser amigos y actuar normal” había sido un fracaso espectacular.
Cuando impuse esa regla, creí genuinamente que poner límites me daría un respiro, que lograría apagar el incendio que me estaba consumiendo por dentro.
Pero no me liberó en absoluto. Lo único que logré fue encerrarme en una jaula mucho más bonita, con barrotes de cortesía y sonrisas tensas que me estaban asfixiando lentamente.
El desayuno de esa mañana fue la prueba perfecta.
La cocina olía a café recién hecho y a pan tostado, un escenario de postal familiar que contrastaba brutalmente con la guerra fría que se libraba sobre el mantel.
Mateo estaba sentado frente a mí. Era increíblemente amable: me servía jugo, me pasaba la mermelada antes de que la pidiera, pero su intensidad era palpable. Me miraba como si intentara descifrar un código de seguridad, buscando cualquier pequeña señal de que yo seguía siendo suya.
Pato, por el contrario, estaba recargado en el respaldo de su silla, bebiendo su café negro con una calma exasperante.
Demasiado tranquilo. No intentaba ganarse mi atención con gestos de servicio; simplemente estaba ahí, ocupando espacio, observando la escena con esa seguridad arrogante que me desarmaba.
Santiago no decía nada, pero llevaba cinco minutos partiendo el mismo pedazo de pan con una concentración sospechosa. Victoria, sentada a su lado, me miraba por encima de su taza con esa expresión de abogada que ya había encontrado al culpable, el arma y todo.
Mi mamá, bendita inocente o excelente actriz, solo observó cómo Mateo me acercaba el jugo y cómo Pato giraba su taza sin apartar los ojos de mí.
—Qué atentos amanecieron todos hoy —comentó.
Nadie respondió. Y eso fue peor.
Nadie gritaba. Nadie peleaba. Nada explotaba. La tensión era completamente silenciosa, un zumbido eléctrico que me ponía los pelos de punta.
Le di un sorbo a mi taza, sintiendo que el café me quemaba la garganta.
Esto ya no se siente lindo, pensé, apretando la mandíbula.
Al principio, la atención dividida podía haber alimentado mi ego, pero ahora se sentía como una competencia disfrazada de cariño. Yo no era una persona sentada en esa mesa; era un territorio en disputa.
—Deberíamos aprovechar que el clima está perfecto —dijo Mateo de pronto, apoyando los codos en la mesa—. Podríamos tomar los kayaks e ir a la cala escondida. Solo nosotros. Llevo algo de comida y nos desconectamos de todo un rato. Un plan tranquilo.
—O podríamos ir al pueblo —intervino Pato, sin levantar la voz, girando su taza lentamente—. Hay feria, ruido y diversión. Te quejaste de que necesitabas un buen café expreso, Liv. Podemos ir, arreglarle la capota a la camioneta en el camino y ver qué desastre encontramos por allá.
El silencio que siguió fue denso. Dos planes. Dos mundos.
Dos manos extendidas esperando que yo tomara una. Ambos me miraron fijamente, esperando mi veredicto.
La presión en mi pecho alcanzó su límite.
—O pueden ir ustedes dos —solté.
La silla rechinó contra el suelo de madera cuando me puse de pie de golpe.
—Porque yo no voy a ir a ningún lado.
Mateo parpadeó, desconcertado. Pato entrecerró los ojos, leyendo mi lenguaje corporal al instante.
—Oli, solo era una idea... —empezó Mateo.
—No. Basta —lo corté, sintiendo que la voz me temblaba de pura saturación—.
Estoy harta de que cada plan, cada conversación y cada desayuno se sienta como un examen de opción múltiple.
Lago o pueblo. Silencio o ruido. Estoy harta de que todos esperen que elija una respuesta correcta cuando ni siquiera me han preguntado qué quiero yo.
El silencio cayó sobre la mesa.
—No soy el premio de su fin de semana —rematé, más bajo—. Y no voy a seguir sentada aquí dejando que decidan quién me conoce mejor.
No esperé a que ninguno de los dos respondiera. Salí de la cocina con pasos rápidos, crucé el patio y tomé el sendero que se alejaba de la casa. No busqué a mis amigas. No dejé que ninguno de los dos me siguiera.
Necesitaba que el aire me golpeara la cara.
Caminé sin rumbo fijo hasta que el sendero de tierra me llevó al viejo faro abandonado. El viento del lago soplaba con fuerza ahí, despeinándome, enfriando la furia inicial y dejando en su lugar una claridad aterradora.
Me senté en uno de los muros de piedra derrumbados, abrazando mis rodillas. Al alejarme del ruido, las piezas en mi cabeza empezaron a encajar con una precisión que me dejó sin aliento.
Pensé en Pato.
En la ciudad. En los afters. En mis ojeras después de estudiar. En mi humor ácido cuando el estrés me comía viva. En la madrugada del protocolo, cuando me vio quebrarme en una escalera y no intentó convertirme en una versión más cómoda de mí.
Pato no amaba mi ambición de forma abstracta.
Me había visto intensa, cansada, insoportable, divertida, brillante, equivocada. Me había visto intentando controlar cada maldito detalle y también perdiendo el control por completo.
Y no le bajó el interés. Le subió.
Esa conclusión me rompió la cabeza.
Pato no quería arreglarme ni esperaba que yo fuera perfecta. Disfrutaba el desastre que yo era.
Mateo no era falso, de eso estaba segura. Mateo no me quería poquito; su amor era de una intensidad abrumadora y real. Pero con Mateo todavía había traducción. Él todavía no sabía cómo entrar a mi vida completa sin tener el instinto constante de querer rescatarme de ella.
Mateo me quería como si yo fuera un lugar secreto al que había llegado por accidente.
Pato me quería como si hubiera estado aprendiendo mi idioma desde antes de que yo supiera que estaba hablando.
Y esa diferencia me dio miedo.
Porque con Mateo yo sentía que podía esconderme del mundo.
Pero con Pato empezaba a entender que quizá no tenía que esconder ninguna parte de mí.
Con Mateo sentía refugio. Con Pato sentía integración.
El sonido de unas ramas crujiendo a mis espaldas me sacó de mis pensamientos. Me giré a la defensiva, pero me relajé al instante al ver a mi mamá caminando hacia mí con las manos en los bolsillos de su suéter ligero.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo, sentándose a mi lado en la piedra con un suspiro—. Tenías esa cara. La misma que ponías a los siete años cuando un rompecabezas no te salía y preferías tirar la caja antes que pedir ayuda.
Solté una risa sin humor, apoyando la barbilla en mis rodillas. Ella no me presionó; solo se quedó ahí, siendo el ancla que siempre había sido para mí.
—Ma... —murmuré, mirando fijamente las olas rompiendo contra las rocas—. ¿Y si una parte de mí quiere descansar y otra parte quiere correr?
Mamá bajó la mirada. No sonrió. No me pidió nombres. Tal vez porque ya los sabía. Tal vez porque no los necesitaba.
—Entonces buscas una vida donde puedas hacer las dos cosas sin pedir perdón —respondió con una simpleza desarmante.
—Pero, ¿cómo sabes qué elegir? Siento que si elijo una cosa, estoy traicionando la otra.
Mi mamá giró el rostro para mirarme, apartándome un mechón de pelo de la cara con esa suavidad que siempre me hacía sentir a salvo.
—No tienes que elegir al que te quiera más, Oli. Tienes que elegir la vida en la que puedas reconocerte.
Cerré los ojos, sintiendo que sus palabras me atravesaban el pecho.
Había estado intentando hacer listas mentales, sumando pros y contras como si esto fuera una tabla de Excel, intentando medir quién sufría más, quién me miraba mejor, quién lo merecía más.
Pero la vida no se elige así.
Al abrir los ojos, el miedo se había disipado.
No quería seguir dividiéndome. Ya no quería ser la Olivia tranquila y frágil del lago para encajar con Mateo, y la Olivia estresada y audaz de la ciudad que peleaba con Pato.
Quería ser una sola.
Y la realidad innegable era que, con Pato, ser una sola parecía posible. No porque Mateo fuera insuficiente o me quisiera menos, sino porque Pato ya me conocía sin traducción.
Mateo me hacía sentir a salvo del mundo. Pato me hacía sentir capaz de vivir dentro de él.
Me puse de pie. La confusión, el drama del triángulo, la culpa... todo ese ruido adolescente se quedó tirado entre las piedras del faro abandonado. Respiré profundo, llenando mis pulmones con una certeza que me hizo caminar con la espalda recta.
—Gracias, ma —le dije, dándole un beso rápido en la mejilla antes de emprender el camino de regreso.
El trayecto hacia la casa se sintió distinto.
Ya no era una huida.
Caminaba sabiendo exactamente qué necesitaba, aceptando que mi decisión iba a romper cosas, pero que era infinitamente peor seguir fingiendo que no había elegido ya.
Al salir del sendero y llegar al jardín trasero de la casa, me detuve en seco.
Mateo estaba ahí.
Estaba apoyado contra la baranda del patio, con las manos en los bolsillos, como si llevara todo este tiempo esperando mi regreso. Al escuchar mis pasos, levantó la vista.
Nos miramos.
No dije una sola palabra. Mi postura era distinta, mis ojos ya no buscaban en él un refugio ni pedían disculpas por existir.
Estaba completa.
Y eso fue lo más cruel de todo.
Porque Mateo lo entendió antes de que yo pudiera decirlo.
La esperanza que llevaba en la mirada se apagó despacio, como una vela quedándose sin aire. No hizo preguntas. No se acercó. No intentó convencerme.
Solo me miró.
Por un segundo quise pedirle perdón.
No por elegir.
Por haber tardado tanto en aceptar que él ya lo sabía.
Mateo me miró como si hubiera visto la respuesta antes de que yo tuviera valor de decirla.
Y yo odié que, incluso en eso, todavía me conociera.