LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 17 SOLO AMIGOS #2
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CAPÍTULO 17 SOLO AMIGOS #2

—Muy bien, Anita —sonrió Amber con maldad—⁠. ¿Verdad o reto?

Ana se sonrojó, mirando de reojo a Leo.

—Reto —dijo, intentando sonar valiente.

—Excelente. Tu reto es besar al chico de este círculo que consideres el mejor partido del lago. Y tiene que ser un beso de verdad, nada en el cachete.

Leo abrió los ojos como platos, estrujando su vaso de plástico. Santiago soltó una carcajada y le dio una patada de apoyo. Caro y Vic empezaron a corear “¡Beso, beso!” para meter presión.

Ana miró el círculo, visiblemente apenada, pero con una sonrisita tímida que delataba que ya sabía exactamente a quién iba a elegir. Se levantó de su cojín y caminó despacio por el centro del círculo. Leo parecía una estatua de sal, sudando frío.

Ana se detuvo frente a él, se inclinó, le tomó la cara con una mano y le dio un beso breve en los labios.

La sala estalló en gritos, aplausos y burlas. Santiago empezó a despeinar a Leo, quien tenía una sonrisa de idiota absoluto pintada en la cara, completamente flotando en una nube.

Mientras todos gritaban y celebraban el triunfo de Leo, sentí una presión en mis costados.

Bajo el amparo del ruido y las risas de los demás, la mano de Mateo se deslizó por la alfombra hasta atrapar mi tobillo derecho por encima de mi pantalón de pijama, apretando con una posesividad ardiente que me hizo contener el aliento.

Al mismo tiempo, a mi izquierda, Pato se inclinó hacia mí para dejar su vaso en la mesa y, al regresar, su brazo rozó deliberadamente mi hombro. Sus dedos quedaron un segundo de más en la parte trasera de mi cuello, justo donde el Jeep había dejado su recuerdo unas horas antes.

—Te toca girar la botella, Liv —murmuró Pato en mi oído, su aliento caliente haciéndome temblar.

Miré de reojo a Mateo, cuyos ojos oscuros brillaban bajo la luz de las lámparas, prometiendo silenciosamente que el próximo reto de la noche iba a ser nuestro.

El juego de adultos apenas estaba empezando. Leo ya había ganado su premio, pero en mi esquina de la alfombra, la competencia descarada estaba a un solo giro de la botella de volverse completamente incontrolable frente a todos.

Extendí la mano y tomé el cuello de la botella de tequila. Le di un giro fuerte sobre la alfombra. Todos seguimos el movimiento del cristal con la mirada hasta que la boquilla fue perdiendo velocidad y se detuvo apuntando directamente a Renata.

—¡Cayó en Renata! —festejó Amber, asumiendo su papel de maestra de ceremonias—⁠. Verdad o reto.

Renata se acomodó el cabello y sonrió.

—Reto.

—Me gusta tu actitud —asintió Amber—⁠. Tu reto es sentarte al lado del chico que se te haga más guapo.

Renata se puso de pie, haciéndose la pensativa mientras escaneaba el círculo. Sus ojos pasaron por Santiago, se saltaron a Mateo y finalmente se detuvieron a mi izquierda.

Caminó con una sonrisita coqueta, se agachó frente a Pato y sonrió.

—Perdón, Oli —dijo, levantando las manos con falsa inocencia—⁠. Pero tu amigo de la ciudad está demasiado guapo para ignorarlo.

La sala gritó.

Renata se sentó junto a Pato, le quitó la gorra y se la puso ella misma antes de darle un beso rápido en la mejilla.

Pato soltó una risa baja, encantadora, y le guiñó un ojo.

No fue nada. No significó nada.

Y aun así, algo caliente y ácido me subió por el pecho.

Porque la sonrisa que Pato le regaló era una que yo conocía demasiado bien. Apreté las uñas contra mis rodillas, obligándome a mantener una sonrisa de plástico para que nadie notara que me estaba quemando por dentro.

—¡Venga, le toca a Ale girar! —gritó Santiago, rompiendo mi monólogo interno.

Ale giró la botella. El vidrio dio varias vueltas hasta que la boquilla señaló el pecho de Mateo.

Caro se inclinó hacia adelante de inmediato, robándole el turno a Amber.

—¡Yo le pongo el reto! —exigió mi amiga, mirándome de reojo con una sonrisa perversa.

Conocía a Caro, y sabía que estaba a punto de hacer una maldad.

—Mateo, tu reto es fácil. Tienes que ver directamente a los ojos a Olivia durante un minuto completo. Sin hablar, sin apartar la mirada y sin tocarla.

Las chicas hicieron un sonido de burla. Mateo no apartó los ojos de mí. Su expresión se volvió inescrutable, oscura y completamente enfocada.

—Corre tiempo —anunció Caro, mirando su celular.

Mateo giró su cuerpo y me hizo girar a mí para quedar completamente frente a frente. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos.

El ambiente en la sala pareció evaporarse.

Diez segundos. Quince. Veinte.

Mateo bajó la mirada a mis labios por una fracción de segundo, y vi cómo su pecho subía y bajaba con una respiración más pesada.

—Al carajo —murmuró, tan bajo que solo yo lo escuché.

Pero no me besó.

Solo levantó una mano y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, rozándome la mejilla con una lentitud que me dejó sin aire.

La sala estalló en gritos.

—¡Perdiste, Montoya! —carcajeó Amber—⁠. ¡Eso cuenta como tocarla!

Mateo no apartó los ojos de mí.

—Valió la pena —dijo, con una sonrisa apenas visible.

A mi izquierda, el vaso de Pato crujió entre sus dedos.

Si las miradas mataran, Mateo ya estaría bajo tres metros de tierra.

—Bueno, bueno, el niño no se pudo controlar, pero el juego sigue —dijo Vic, intentando calmar el caos mientras giraba la botella.

Esta vez, el destino apuntó a Daniela, otra de las amigas del grupo.

—Reto —se adelantó Daniela, antes de que alguien le preguntara.

—Va —dictaminó Caro, que al parecer quería ver el mundo arder esa noche—⁠. Elige al chico de la sala con quien bailarías una canción lenta.

Daniela no dudó.

Se levantó y caminó directo hacia Mateo.

La sala gritó otra vez.

Mateo parpadeó, sorprendido, y luego soltó una risa breve. No hizo nada malo. Solo se puso de pie, le ofreció la mano y bailó con ella unos segundos en medio del círculo, con una distancia perfectamente correcta.

Perfectamente correcta. Perfectamente insoportable.

Porque sus manos no estaban en mí.

Porque su sonrisa, aunque educada, existía para otra persona. Y porque yo no tenía derecho a odiarlo.

Había sido mi idea.

Solo amigos.

Y entonces, sucedió de nuevo.

Esa misma ola de celos me atravesó de pies a cabeza, pero no se sintió igual.

Con Pato había llegado como un golpe inesperado: rápido, caliente, casi ofensivo por lo poco que me pidió permiso antes de instalarse en mi pecho.

Con Mateo fue otra cosa. Una presión conocida. Un reflejo.

Como si una parte de mí reaccionara antes de que yo pudiera recordarle que no tenía derecho.

Apreté las uñas contra mis rodillas, obligándome a mirar al centro del círculo y no a ninguno de los dos. Porque lo peor no era sentir celos.

Lo peor era no poder decidir cuál de las dos sensaciones me estaba diciendo la verdad.

Me quedé helada, rodeada de risas y música, atrapada en medio de los dos chicos.

Y, sin embargo, creo que ahí tuve mi respuesta. El plan de mantener las cosas simples y ser solo amigos había sido el peor error de mi vida. Porque ahora estaba sintiendo celos por los dos.

Y lo más aterrador de todo era que no tenía la más mínima idea de cuál de los dos me dolía más perder.