CAPÍTULO 17 SOLO AMIGOS
OLIVIA
El martes amaneció nublado, con una humedad pesada que se pegaba a la ropa desde las nueve de la mañana.
Yo estaba en la cocina, sirviéndome un vaso de agua fría, cuando Pato entró haciendo girar las llaves de su Jeep en el dedo índice.
Llevaba unos jeans de mezclilla oscura y una playera blanca de algodón que se le ajustaba perfectamente a los hombros. Me vio, se detuvo y me regaló esa sonrisa ladeada que siempre significaba problemas.
—Liv, qué bueno que te encuentro —dijo, apoyando los codos en la barra de la isla—. Voy al pueblo del otro lado de la sierra. El mecánico por fin consiguió el repuesto del faro derecho del Jeep y necesito ir a recogerlo antes del mediodía. Acompáñame.
Lo dudé un segundo.
Mi cerebro me gritaba que estar a solas con Patricio Villarreal en un espacio cerrado era jugar con fuego, pero su expresión era tan inocente y casual que me hizo sentir tonta por sospechar.
—Solo será ir y venir —insistió, leyéndome la mente—. Necesito una DJ. El estéreo se desconfiguró y, si manejo cuarenta minutos en silencio, me voy a dormir. Te invito un café de esa cafetería que te gusta en la carretera. Como amigos.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
—Dame cinco minutos para cambiarme —cedí.
Corrí al cuarto y tomé lo primero que vi: un vestido blanco con flores y tenis. No quería pensar en combinar blusas, shorts o cualquier cosa que implicara tomar decisiones.
Al salir, el cielo se veía gris, casi negro. Me dio mala espina. Eran las nueve de la mañana, pero parecía que faltaban minutos para que anocheciera. Intenté no pensar en eso.
El viaje de ida fue exactamente lo que él prometió: casual y divertido. Cantamos canciones que amábamos cantar, me contó cuál sería su plan después de graduarse de Derecho junto a Santi y hablamos de todo y de nada. Por un momento, me convencí de que mi plan de amistad realmente estaba funcionando.
Recogimos la pieza del faro sin contratiempos, compramos los cafés y emprendimos el regreso.
Pero a mitad del camino de vuelta, el cielo de la mañana cumplió su promesa. Pasó de gris a negro en cuestión de minutos. El viento empezó a sacudir los árboles de la carretera y, antes de que Pato pudiera encender las luces altas, el cielo se rompió.
No era una simple lluvia de verano.
Era un diluvio bíblico.
El agua golpeaba el parabrisas con tanta fuerza que los limpiaparabrisas no se daban abasto. La visibilidad se redujo a un par de metros.
—¡Maldita sea, no se ve nada! —exclamó Pato, reduciendo la velocidad al mínimo, aferrado al volante con ambas manos.
—Oríllate —dije por encima del ruido ensordecedor de la lluvia golpeando el techo metálico—. Es peligroso seguir así.
Pato giró el volante con destreza y sacó la camioneta de la carretera asfaltada, metiéndola bajo la copa espesa de unos robles gigantes que nos daban resguardo y nos ocultaban casi por completo de cualquier coche que pasara.
Apagó el motor principal, pero dejó la camioneta en modo accesorio para encender el aire acondicionado.
El calor húmedo y sofocante de nuestros cuerpos encerrados había empezado a empañar los vidrios de inmediato.
El aire frío salió por las ventilas, pero el choque de temperaturas no sirvió de absolutamente nada; los cristales se cubrieron de una capa densa y blanca de condensación.
Estábamos en nuestra propia burbuja, completamente aislados del mundo.
Al encender el estéreo, el Bluetooth de su celular se conectó de inmediato. El bajo denso, lento y magnético del inicio de She, de Harry Styles, llenó el espacio reducido de la camioneta.
Pato soltó un suspiro largo, pasándose ambas manos por el cabello. El aire acondicionado no era suficiente para apagar el calor que se había instalado entre los dos.
Me miró.
Y yo supe que el verdadero peligro no estaba afuera, en la tormenta.
—Pato... —murmuré, aferrándome al borde del asiento—. Dijimos que éramos amigos.
Él se giró completamente hacia mí. Sus ojos claros tenían una intensidad distinta, más oscura, más honesta.
—Somos amigos —respondió, inclinándose apenas hacia mí—. Pero somos amigos con demasiada historia, Liv.
El cinturón se soltó con un clic que sonó demasiado fuerte dentro de la camioneta.
La lluvia seguía golpeando el techo. Los vidrios empañados nos borraban del mundo. Y, por un segundo, dejé de pensar en reglas, en promesas y en todo lo que podía romperse si cruzábamos esa línea.
Pato se inclinó hacia mí.
Y yo no me aparté.
El beso empezó lento, casi como una pregunta, pero la tormenta afuera parecía habernos robado toda la prudencia.
Su mano encontró mi mejilla, la mía se cerró en la tela de su playera y, de pronto, el mundo se redujo al sonido de la lluvia, a la música baja y a esa certeza peligrosa de que “solo amigos” jamás había sido una regla real.
Cuando la canción finalmente se desvaneció en el silencio, nos quedamos demasiado cerca, con la frente apoyada una contra la otra y la respiración hecha un desastre.
Pato tenía el cabello revuelto, los labios hinchados y esa media sonrisa arrogante que me destrozaba el ego y me aceleraba el corazón.
—Buen viaje —susurró, dándome un último beso corto—. Ahora dime que somos solo amigos. Te reto.
Me miré en el reflejo borroso de la ventana empañada. Tenía las mejillas encendidas, el cabello rebelde y el vestido blanco negándose a volver a verse inocente.
Patricio Villarreal acababa de destrozar por completo mis reglas, mi estabilidad y mi maldita cordura.
Y lo peor era que no podía esperar para volver a cometer el mismo error.
Cuando la tormenta finalmente amainó, convirtiéndose en una llovizna ligera, Pato encendió el motor del Jeep. Intenté arreglarme frente al espejo, pero no había mucho que hacer: tenía los labios hinchados, las mejillas encendidas y el vestido blanco tercamente desacomodado.
Pato, en cambio, se acomodó la playera con una parsimonia descarada y manejó de regreso al lago con la energía de un hombre que acababa de ganar la lotería. Tarareaba la música, sonreía de lado y se veía asquerosamente satisfecho.
Al bajar de la camioneta en el patio de mi casa, mis piernas todavía se sentían como gelatina.
Y, para mi maldita suerte, el comité de bienvenida nos estaba esperando.
Mateo estaba en las escaleras de su patio, puliendo una tabla de wakeboard. En cuanto escuchó el portazo del Jeep, levantó la vista. Sus ojos oscuros pasaron de Pato a mí, y vi el momento exacto en que sus pupilas se fijaron en mi vestido arrugado y en mi cabello revuelto.
Pato caminó a mi lado, cargando la caja con el faro de repuesto, destilando una confianza ganadora que se podía oler a kilómetros.
—Qué onda, Montoya —saludó, con una sonrisa tan brillante que casi parecía un insulto—. Qué bueno que nos orillamos. La tormenta estuvo densa.
Mateo no respondió de inmediato. Se puso de pie despacio, dejando el trapo sobre la tabla. Clavó la mirada en Pato y luego la regresó a mí. La tensión entre ellos dos se volvió una masa densa, helada, peligrosa.
Mateo apretó la mandíbula. Una chispa de furia y entendimiento cruzó por sus ojos.
Sabía perfectamente lo que había pasado en esa camioneta.
No era tonto.
—Sí, me imagino que estuvo... densa —replicó Mateo, con la voz peligrosamente baja.
Dio un paso hacia mí, ignorando a Pato.
—Caprio, tus papás llamaron. Dicen que el golf se alargó y cenarán en el club. Nos toca ir a la central del pueblo a recoger a las amigas de Mika y Clara que llegan en el autobús de la tarde. Santiago y Vic ya se adelantaron en la otra camioneta.
—Ah, perfecto —balbuceé, desesperada por escapar de la línea de fuego de sus miradas—. Me... me voy a cambiar rápido y voy contigo.
—Vamos los tres —interrumpió Pato, acomodándose la caja bajo el brazo con total tranquilidad—. Al fin que ya tengo el faro listo. Entre más espacio para las maletas de las chicas, mejor.
Mateo le sostuvo la mirada, midiendo sus fuerzas en un silencio sepulcral, antes de asentir con una frialdad que me puso los pelos de punta.
—Como quieras, Villarreal. Muévete, Caprio, que se nos hace tarde.
El viaje a la central y el regreso con el ejército de adolescentes escandalosas sirvió como un amortiguador perfecto para que nadie se matara antes de la noche.
Pero, para las nueve, con los adultos todavía desaparecidos en el club de golf y las chicas encerradas en el búngalo devorando películas, la casa de los Montoya se convirtió en el cuartel oficial de la noche de chavos.
Llegaron Leo y las chicas listas para una mini reunión.
Después de todo, Ana, la amiga de Clara, había regresado, y Leo, que llevaba enamorado en secreto, y no tan en secreto, desde la fiesta de cumpleaños de Clara y Mika, acababa de llegar listo para la acción.
En cuanto puso un pie en la casa y la vio con sus shorts de mezclilla, su sonrisa tímida y su cabello castaño, casi se ahoga con el trago de cerveza que se estaba tomando. Se puso rojo como un tomate.
Nos acomodamos en la sala gigante, sentados en un círculo enorme sobre la alfombra y los cojines.
Santiago y Caro estaban pegados el uno al otro en el sillón; Vic estaba recargada entre las piernas de Santi en el suelo; Amber se divertía con el nerviosismo de Leo, quien estaba sentado junto a Ana; después seguían Mika, Clara y las demás amigas: Renata, Daniela y Ale.
Luego estaba Pato a mi izquierda.
Yo en medio.
Y, convenientemente, Mateo a mi derecha, cerrando el círculo.
El calor de los dos me flanqueaba, recordándome que la tregua del día era frágil.
—Bueno, ya estuvo bueno de plática aburrida —anunció Amber, frotándose las manos con malicia mientras ponía una botella vacía de tequila en el centro del círculo—.
Las amigas de las chicas van llegando, Leo está a punto de desmayarse de los nervios y el alcohol ya hizo efecto.
Es hora de Verdad o Reto, versión lago. Y nadie se raja.
Un coro de quejas y risas emocionadas llenó la sala. Amber giró la botella con fuerza. El vidrio rechinó contra la madera del suelo hasta que la boquilla se detuvo apuntando directamente a Ana.