LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA #5
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CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA #5

—¡Sí, alberca, ya es hora! —secundó, jalando a Victoria del brazo.

Regresé mi atención a Mateo, que seguía inclinado sobre mí, procesando el giro de los acontecimientos. Sus ojos oscuros tenían un brillo interrogante, como si estuviera intentando descifrar mi siguiente movimiento.

Le sostuve la mirada y, despacio, levanté mi mano libre hacia él.

—Me dijiste que me ibas a ayudar, ¿no? —susurré, usando el mismo tono de reto que él había usado conmigo—⁠. Ya sabes... como amigos.

La comisura de los labios de Mateo se elevó lentamente hasta formar una sonrisa arrogante, peligrosa y fascinada. Aceptó el reto sin dudarlo.

—Lo que pidas —respondió con voz ronca.

Su mano grande y cálida envolvió la mía. Tiró de mí con una fuerza controlada y perfecta, poniéndome de pie en un solo movimiento fluido. La cercanía repentina hizo que mi pecho chocara ligeramente contra el suyo antes de que yo diera un paso atrás por instinto.

Pato, que seguía a nuestro lado sosteniendo su propia paleta, se quedó mirando nuestras manos entrelazadas. Su sonrisa amable no flaqueó, pero vi cómo tensaba la mandíbula por un microsegundo.

Había ganado el primer punto con el rescate, pero Mateo acababa de llevarse el premio del contacto físico.

Caminé hacia la orilla de la alberca de la mano de Mateo, comiéndome mi paleta de limón regalada por Pato, mientras mis amigas nos seguían haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse a carcajadas.

Acababa de equilibrar la balanza de manera impecable.

Si iban a competir frente a todos, yo iba a disfrutar cada maldito segundo de la contienda.

El agua fría de la alberca fue el remedio definitivo que nos faltaba para revivir por completo.

En lugar de armar un juego ruidoso, dividirnos en equipos o forzar la competencia, la tarde fluyó con una tranquilidad que no habíamos tenido en semanas.

Nos quedamos flotando en la parte baja, recargados en la orilla de mosaicos azules.

Amber y Leo monopolizaron el inflable gigante, Santiago y Caro discutían de forma dramática sobre qué playlist debía sonar en la bocina, y Victoria nadaba tranquilamente de un lado a otro.

Yo estaba sentada en el primer escalón de la alberca, con el agua cubriéndome hasta la cintura.

Mateo estaba a mi derecha, recargado en el borde, con los brazos extendidos a los lados y los ojos cerrados bajo el sol de la tarde.

No intentó acorralarme de nuevo ni cruzar la línea, pero su brazo rozaba el mío bajo el agua casi por accidente cada vez que respiraba profundo.

Un recordatorio constante, cálido y magnético de que estaba ahí.

Pato, por su parte, estaba sentado en el borde de piedra de la alberca, fuera del agua, platicando con Santiago.

De vez en cuando, su mirada se cruzaba con la mía.

Me regalaba una sonrisa suave, levantaba su vaso en un brindis silencioso que solo yo entendía y seguía en lo suyo, dándome espacio pero dejándome claro que no me perdía de vista.

La tensión térmica del mediodía se había disuelto en una convivencia genuina y sin fricciones. Por un par de horas, se sintió exactamente como los veranos de antes, cuando el único problema real era decidir qué íbamos a comer.

Para cuando el cielo empezó a teñirse de naranja y el hambre postcruda nos pegó a todos, el plan fue unánime.

Pedimos varias pizzas de pepperoni que devoramos directamente de las cajas de cartón, sentados en el pasto húmedo, envueltos en toallas y riéndonos de las tonterías que habíamos hecho la noche anterior.

La noche cayó sobre el lago, y para las diez mi cuerpo y mi cerebro me exigieron rendirme. El cansancio acumulado de la madrugada del protocolo y la mini fiesta de anoche finalmente me pasó factura.

Me despedí de todos con un abrazo general.

Mateo apretó mi cintura un segundo de más al despedirse, dejando un rastro de calor en mi piel. Pato me dio un beso suave en la sien, susurrándome un “descansa, Liv” que me erizó la nuca.

Ninguno de los dos forzó nada más.

Habían jugado sus cartas magistralmente y ahora me estaban dando espacio para respirar.

Media hora después, estaba recostada en mi cama, con la pijama puesta y el cabello húmedo esparcido sobre la almohada.

La brisa fresca del lago entraba por la ventana entreabierta, moviendo ligeramente las cortinas y trayendo el sonido lejano de los grillos. Solté un suspiro profundo, abrazando las cobijas.

Sonreí en la oscuridad.

El día que tanto temía había resultado ser una maravilla. El equilibrio que había logrado en la alberca me hizo creer que, después de todo, podía mantener a estos dos hombres en mi órbita sin que el mundo explotara.

Estaba relajada.

Estaba en paz.

Cerré los ojos, dejándome llevar por el cansancio hacia un sueño profundo y reparador.

Lo que mi cerebro ingenuo no sabía, mientras yo me hundía en la almohada, era que la paz siempre es solo la antesala de la tormenta.

Y al otro lado de la cerca, en una casa que ya se sentía demasiado cerca de la mía, alguien seguía despierto.

Pensando. Calculando. Preparando la siguiente jugada.