CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA #4
En nuestra esquina, la junta de análisis de crisis acababa de comenzar.
Caro se bajó los lentes de sol hasta la punta de la nariz y se giró hacia mí desde su camastro.
—Amiga, ¿te das cuenta de que tu plan maestro de “seamos amigos” fue un fracaso absoluto, verdad? —dijo, señalando con la barbilla hacia donde estaban los chicos—. Acabas de desatar la Tercera Guerra Mundial en tu cocina.
—Yo solo quería paz —gemí, cubriéndome la cara con una toalla pequeña—. Les dije que no quería dramas ni escondites.
—¡Exacto! —saltó Amber, acomodándose en su lugar, demasiado emocionada para alguien con cruda—. Les quitaste el escondite, Oli. Al decirles que todos eran amigos, les diste permiso legal para competir por ti a plena luz del día. No hay reglas, no hay culpas. Literalmente legalizaste la conquista.
Victoria, recostada boca arriba con los ojos cerrados, soltó una risa seca.
—Mateo odia cocinar —comentó, sin abrir los ojos—. Ese cabrón se levanta tarde todos los domingos. El hecho de que se haya puesto un delantal y haya hecho salsa verde desde cero frente a mi papá para curarte la cruda... es una declaración de guerra.
—Y no nos olvidemos del estratega maestro —añadió Amber, suspirando de forma dramática mientras miraba a Pato atrapar el balón a lo lejos—.
“Aquí tienes tu suero exacto, hermosa doctora, y de paso ya deshice el ruido de las niñas para que no te duela la cabeza”.
Sobornó a sus hermanas pequeñas. Ese nivel de manipulación romántica debería ser ilegal.
—¿Qué voy a hacer? —pregunté, sintiendo que el pánico me subía por la garganta otra vez—. No puedo prohibirles que sean lindos conmigo frente a mi familia. Me vería como una loca.
—No vas a hacer nada —sentenció Victoria, abriendo por fin los ojos y girando la cabeza para mirarme con una sonrisa cómplice—.
Te vas a dejar querer. Tomaste la decisión de no lastimar a nadie.
Si ellos decidieron que quieren jugar al mejor amigo del año para ganarte, ese es su problema, no el tuyo. Disfruta los beneficios, Caprio.
—Vic tiene razón —asintió Amber—. Tú siéntate aquí, toma el sol y deja que se maten solitos por ver quién te trae la toalla primero.
Giré el rostro hacia el jardín.
Justo en ese momento, Mateo lanzó el balón hacia Pato, pero el pase fue un poco alto. Pato saltó, estiró el brazo para atraparlo con una sola mano y, al aterrizar, su mirada se cruzó directamente con la mía.
Incluso desde esa distancia, vi la chispa de arrogancia y coquetería en sus ojos claros.
Un segundo después, Mateo se dio cuenta de hacia dónde estaba mirando Pato. Se giró hacia los camastros, se pasó una mano por el cabello húmedo y me sostuvo la mirada con esa intensidad ardiente y territorial que siempre me dejaba sin aliento.
Tragué saliva y me acomodé los lentes de sol apresuradamente.
Mis amigas tenían razón. Estaba acorralada, pero en la zona de guerra más privilegiada del mundo. Ambos habían aceptado el reto, y los dos sabían jugar sucio.
El sonido del balón se detuvo.
A través del cristal oscuro de mis lentes, vi cómo la dinámica del grupo de chicos cambiaba. Mateo le dio una palmada en la espalda a Leo y empezó a caminar hacia nosotras.
No venía caminando normal. Venía con esa seguridad depredadora, el agua de la alberca resbalando por los tatuajes de su brazo, el pecho al descubierto y una sonrisa ladeada que prometía problemas.
Mis amigas se callaron de inmediato, acomodándose en sus lugares como si hubieran comprado boletos de primera fila para el show.
Mateo no se detuvo frente a los otros camastros.
Vino directamente hacia el mío.
En lugar de quedarse de pie, se sentó en el borde del camastro y cruzó su brazo sobre mí hasta el otro lado, acorralándome en mi propio espacio. Se inclinó hacia adelante. El olor a cloro, sol y a él me golpeó de lleno, mandando un pulso de electricidad directo a mi estómago.
—Te estás cocinando aquí afuera, Caprio —dijo, con la voz grave y rasposa peligrosamente cerca—. Y estás muy callada. ¿Ya se te acabó la energía de anoche?
—Estoy guardando reposo —respondí, intentando sonar digna, aunque tener su rostro tan cerca me complicaba la respiración.
Mateo soltó una carcajada baja, una vibración que sentí hasta en la madera del camastro.
Con una lentitud exasperante, levantó una mano todavía húmeda y rozó con sus nudillos mi mejilla caliente, apartando un mechón de cabello rebelde para acomodarlo detrás de mi oreja. El contraste de su piel fría contra la mía fue un cortocircuito total.
—Ven al agua —susurró, mirándome los labios por un segundo antes de volver a mis ojos—. No tienes ni que nadar. Yo te cargo si estás muy cansada. Ya sabes... como amigos.
El énfasis que le puso a la palabra amigos fue el golpe bajo perfecto. Me estaba recordando lo cómodo que se sentía cargándome, lo fácil que era para nosotros romper el espacio personal. Me estaba retando frente a todos.
Tragué saliva, sintiendo que el corazón me latía en la garganta.
Iba a responder. Iba a decirle que sí solo para ver hasta dónde llegaba este juego peligroso, cuando una sombra nos cubrió a ambos.
Pato apareció justo detrás de Mateo.
Traía una toalla blanca limpia colgada del hombro y sostenía dos paletas de hielo de limón. Su expresión era un cuadro de tranquilidad y cortesía.
—Mateo, hermano, la estás goteando toda —interrumpió Pato, con un tono tan amigable que daba miedo—. Acuérdate: está en modo recuperación. No necesita que la avientes a la alberca todavía.
Mateo se tensó al instante. No apartó las manos de mi camastro, pero giró la cabeza para mirar a Pato.
La guerra fría acababa de volverse térmica.
—Solo la estaba invitando, Villarreal —replicó Mateo, apretando la mandíbula—. Oli sabe perfectamente decir que no si no quiere algo.
Pato le dio una sonrisa radiante, ignorando la hostilidad, y extendió la mano por encima del hombro de Mateo, ofreciéndome una de las paletas de hielo.
—Para el calor —dijo, mirándome directamente e ignorando por completo al chico que me tenía acorralada—. Y si no te quieres mojar, puedo mover tu camastro hacia la sombra. Tú mandas, Liv.
El silencio que cayó sobre la alberca fue ensordecedor.
Victoria tenía una mano sobre la boca para ahogar una risa de pura incredulidad. Amber estaba con los ojos muy abiertos, moviendo la cabeza de Mateo a Pato como si estuviera viendo la final de Wimbledon.
Y yo estaba atrapada en medio, con el pecho de Mateo rozando mi abdomen y la mano de Pato ofreciéndome un rescate perfecto.
Uno quería arrastrarme al caos.
El otro quería construirme un paraíso.
Y lo peor de todo era que quería a los dos.
Miré la paleta de limón que Pato me ofrecía y luego bajé la vista hacia los brazos de Mateo, que seguían acorralándome contra el camastro. El silencio de mis amigas a mis espaldas era absoluto. Estaban esperando a ver qué cable iba a cortar para desactivar la bomba.
Decidí no cortar ninguno.
Decidí encender la mecha.
Levanté la mano y tomé la paleta de hielo de los dedos de Pato, rozando su piel en el proceso.
—Gracias, Pato. Justo lo que necesitaba —le dije, dándole una sonrisa dulce mientras le quitaba la envoltura.
Pato sonrió, una victoria silenciosa y calculadora brillando en sus ojos claros, asumiendo que acababa de ganar el round.
Pero mi jugada no había terminado.
Con la paleta en una mano, me quité los lentes de sol con la otra y giré la cabeza hacia mis amigas.
—Oigan, ya me dio calor —anuncié, levantando un poco la voz—. ¿Alberca?
Caro entendió mi estrategia en una fracción de segundo y se levantó de un salto.