CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA #3
El plan de mantener las cosas simples y amistosas había durado exactamente catorce horas.
Y honestamente, mientras cerraba los ojos, supe que ese gesto, el de no cruzar la línea cuando podía hacerlo, me iba a perseguir mucho más que cualquier beso.
MATEO
El frío de las seis de la mañana me golpeó en la cara en cuanto abrí la puerta trasera de la casa.
Tenía los músculos entumecidos y una ligera pesadez en la cabeza por la noche anterior, pero la adrenalina era más fuerte que cualquier resaca. Me ajusté las agujetas de los tenis, listo para quemar la frustración en una carrera larga por el sendero del lago.
Sin embargo, antes de poder dar el primer paso, un sonido rítmico llamó mi atención desde el patio de al lado.
Villarreal estaba ahí.
Llevaba una playera de tirantes gris y shorts negros. Estaba haciendo saltos de cuerda con una concentración absoluta, el sudor brillando en sus hombros bajo la luz pálida del amanecer.
Él también se había levantado temprano.
Y en ese instante, al verlo entrenar con esa tranquilidad pasmosa, el panorama completo se aclaró en mi mente.
No era el único que había visto la jugada.
Pato había entendido exactamente el mismo vacío legal que yo. Al volverse “solo amigos”, Olivia nos había quitado las cadenas.
Caminé despacio, cruzando el límite invisible que separaba nuestras casas, hasta detenerme a un par de metros de él.
Pato detuvo la cuerda con un movimiento fluido, dejándola colgar de sus manos, y me miró. No había rabia en sus ojos claros, solo una calma analítica. Su respiración era constante.
—Sé lo que planeas —solté, directo, manteniendo la voz baja para no despertar a nadie—. Andamos en las mismas.
Pato ladeó la cabeza, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo. Esbozó una sonrisa ligera.
—No sé de qué hablas, Montoya.
—Sí lo sabes —di un paso más, plantándome firme—. No me importa tenerte de competencia, Villarreal. El juego cambió. Ya no hay secretos. Y déjame recordarte algo: yo ya hice que Olivia se enamorara de mí una vez. Puedo hacerlo de nuevo.
La mención del pasado rompió su blindaje.
Vi cómo sus dedos apretaban los mangos plásticos de la cuerda con más fuerza. Su postura se volvió rígida, perdiendo por un segundo ese equilibrio imperturbable que siempre presumía.
Dio un paso hacia adelante y sus ojos se oscurecieron.
—Pues yo ya hice que dudara de todo lo que sentía por ti —replicó, con un susurro gélido—. Y puedo hacerlo otra vez.
La tensión en el aire se volvió tan densa que dolió.
Pero no se sentía como una pelea de bar, ni como dos idiotas midiendo egos para ver quién se quedaba con un trofeo. No era por orgullo. Al mirarlo a los ojos, entendí la gravedad del asunto.
Pato no estaba buscando ganar un reto de verano. El tipo realmente se había tomado el tiempo de imaginarse un futuro entero con ella en la ciudad. Se veía despertando a su lado en unos años, llevándole café después de las guardias, siendo el apoyo de la doctora Caprio.
Y el problema era que yo también lo había hecho.
Yo ya me había imaginado mi vida con Olivia. Me había visto regresando de entrenamientos pesados solo para abrazarla, sosteniéndola cuando el mundo real la abrumara, construyendo un hogar donde su ambición y la mía encajaran a la perfección.
Ninguno de los dos estaba jugando por el presente.
Estábamos peleando por el resto de nuestras vidas.
Y en la visión de ninguno había espacio para el otro.
—Que gane el mejor, entonces —dije, sosteniéndole la mirada un segundo más.
Pato asintió una sola vez, guardando la cuerda.
—Eso tenlo por seguro.
Me di la vuelta y arranqué a correr por el sendero, sintiendo el aire helado arder en los pulmones.
La competencia descarada había comenzado oficialmente a la luz del día, y esta vez ninguno de los dos iba a dar un solo paso atrás.
OLIVIA
Si alguien me hubiera dicho que el infierno no era un mar de fuego, sino una cocina iluminada por el sol de las diez de la mañana, le habría creído.
Mi cabeza latía al ritmo de los bajos de la fiesta de anoche. Tenía la boca seca como lija y los ojos me pesaban una tonelada. Salí de la habitación arrastrando los pies y me encontré en el pasillo con Caro, Amber y Victoria. Parecíamos un desfile de zombis en pijama.
Ninguna dijo una sola palabra.
Solo nos dimos una mirada de solidaridad y bajamos las escaleras en cámara lenta.
Pero al acercarnos a la cocina de los Montoya, el nivel de ruido amenazó con perforarme los tímpanos.
Las tres familias estaban reunidas ahí. Nuestros papás llevaban polos de colores pastel y ajustaban sus guantes de golf, mientras nuestras mamás, impecables con sus viseras blancas, tomaban café.
Para rematar el caos sonoro, Mika y Clara estaban sentadas en la barra de la isla, desayunando cereal y gritando sobre cuáles de sus amigas iban a invitar nuevamente.
Cuando las cuatro zombis pusimos un pie en la cocina, el murmullo se detuvo un segundo.
Mi papá fue el primero en soltar una carcajada resonante que me hizo cerrar los ojos con fuerza.
—¡Miren nada más! —bromeó el señor Villarreal, palmeándole la espalda a mi papá—. Las sobrevivientes. Pensé que tendríamos que llamar a emergencias.
—¿A qué hora llegaron, chicas? —preguntó Martha, con una sonrisa divertida—. Porque cuando nosotros nos fuimos a dormir a la una, ustedes seguían en el pueblo.
Me froté las sienes, sintiendo que la luz entraba directamente a mi cerebro.
—Por favor —supliqué con la voz ronca, levantando una mano como si me estuviera rindiendo—. Se los ruego por lo que más quieran... bajemos las risas al nivel uno.
Santiago, recargado en el refrigerador y luciendo sorprendentemente fresco para alguien que había estado cuidando a cuatro desastres humanos hasta las tres de la mañana, soltó una risita por lo bajo.
Fue entonces cuando nuestros amigos decidieron entrar en escena para salvar el día, a plena luz del sol y frente a nuestra audiencia más importante: nuestros papás.
Mateo salió de detrás de la estufa, llevando un delantal sobre su playera gris. El olor a salsa verde, pollo y tortilla frita inundó la cocina, y por un segundo mi estómago revuelto sintió un rayo de esperanza. Llevaba una bandeja gigante rebosante de chilaquiles con huevo y crema.
—Buenos días, Caprio —dijo Mateo, con una sonrisa encantadora que parecía brillar más gracias a mi estado de coma etílico—. Carbohidratos, grasa y proteína. Exactamente lo que necesitas para revivir. Hice suficientes para todas y también para los señores antes de que se vayan al club.
Mi papá levantó las cejas, claramente impresionado.
—¡Ese es mi muchacho! —celebró André, dándole una palmada orgullosa a su hijo—. Qué acomedido nos saliste hoy, Mateo.
Yo iba a balbucear un gracias y lanzarme sobre el plato, cuando una segunda figura apareció desde la despensa.
Pato venía vestido con una camisa azul claro impecable. Llevaba en una mano un vaso gigante de cristal que tintineaba con hielos, lleno de suero con limón, y en la otra un frasco pequeño que dejó sobre la barra, lejos de las niñas.
Se acercó directamente a mí y deslizó el vaso hasta que chocó suavemente con mis manos.
—Electrolitos, agua mineral, limón y popote —anunció, con una voz suave, perfectamente modulada para no lastimarme los oídos—. Y tu mamá dijo que puedes tomar algo para el dolor de cabeza después de comer.
Luego se giró hacia Mika y Clara y, con una sonrisa cómplice, les dijo:
—Niñas, ya les dejé los inflables gigantes en la alberca y conecté la bocina afuera. Si se van a jugar allá, en la tarde las llevo al pueblo por helado.
Mika y Clara chillaron de emoción, haciéndome hacer una mueca de dolor, y salieron corriendo hacia el jardín de inmediato, llevándose consigo la mitad del ruido de la cocina.
La mamá de Pato suspiró, llevándose una mano al pecho.
—Ay, Pato, qué lindo eres con las niñas. Y qué considerado con Olivia.
—Hoy no piensas en nada, Liv. Hoy te cuidas —me dijo Pato, guiñándome un ojo rápido antes de darle un sorbo a su propio café.
Mis amigas se quedaron de piedra. Victoria tenía los ojos muy abiertos, y Caro se tapó la boca para esconder una sonrisa perversa.
Yo miré el plato humeante de chilaquiles que Mateo me había puesto enfrente, y luego el vaso perfecto que Pato me acababa de preparar, junto con la paz silenciosa que me había regalado al llevarse a las niñas.
Levanté la vista.
Mateo y Pato no se estaban mirando con odio evidente frente a nuestros papás, pero la tensión en el aire era tan gruesa que se podía cortar con un cuchillo.
Intercambiaron un leve movimiento de cabeza. Un reconocimiento silencioso, civilizado y absolutamente letal.
Mi falsa sensación de paz se esfumó de golpe.
El “seamos amigos” no había cancelado el juego. Lo había legalizado.
Habían dejado de esconderse en las madrugadas para iniciar una guerra frente a toda la maldita familia, anotando puntos con los jueces más difíciles de todos.
Tragué saliva, dándole un sorbo tembloroso al suero de Pato mientras picaba los chilaquiles de Mateo con el tenedor.
Estaba en graves problemas.
Una hora después, cuando las camionetas de nuestros papás finalmente desaparecieron por el camino de grava en dirección al club de golf, la casa quedó inmersa en una calma gloriosa.
El plan de recuperación postfiesta se activó de inmediato. Nos pusimos nuestros trajes de baño a una velocidad vergonzosamente lenta, nos armamos con lentes de sol oscuros para proteger nuestros ojos sensibles y nos arrastramos hasta los camastros de madera que rodeaban la alberca.
El sol del mediodía calentaba el ambiente y, gracias a la combinación de los chilaquiles de Mateo y el suero mágico de Pato, sentía que mi alma por fin estaba regresando a mi cuerpo.
A unos diez metros de nosotras, en el extremo opuesto del jardín, los chicos habían armado su propio frente.
Estaban en la alberca pasándose un balón de americano entre ellos.
Estaban sin camisa, riéndose de algo que Santiago acababa de decir, luciendo ridículamente atractivos y relajados bajo la luz del sol.
Pero nosotras no estábamos relajadas.