CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA #2
—Y porque nadie mate a nadie esta noche —remató Victoria.
Chocamos los vasos y nos echamos a reír.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Me había ido por un lado de mí que casi había olvidado: mi alter ego, al que claramente había que llamar Alexia.
Maquillaje oscuro para resaltar mis ojos cafés, cabello suelto y ondulado, y un outfit que gritaba peligro con glitter imaginario.
Llevaba un slip dress corto de seda negra, ajustado en los lugares correctos, combinado con tenis blancos para poder bailar toda la noche.
Me sentía invencible.
Cuando llegó la hora de irnos, Santiago apareció en la puerta con las llaves de la camioneta y una expresión resignada.
—Recordatorio oficial —dijo, señalándonos a todas—: yo soy el conductor designado. Si alguna intenta convencerme de “solo una canción más” a las tres de la mañana, la cargo como costal y la subo al coche.
—Qué protector —dijo Caro, llevándose una mano al pecho—. Qué hombre.
—Qué cansado estoy de ustedes —contestó Santiago.
Nos subimos a la camioneta cantando a gritos las canciones de reguetón que salían por las bocinas, muertas de risa y vibrando en una frecuencia donde no existían los filtros.
La fiesta era en el jardín enorme de una casa del pueblo, adornado con luces neón, una barra improvisada, una pista llena de gente y música tan fuerte que podía sentirse en las costillas.
Apenas llevábamos una hora ahí y yo ya estaba bailando cerca de la alberca con Caro, Amber y Vic, riéndome a carcajadas de un paso ridículo que acababa de hacer Leo, cuando sentí una presencia a mis espaldas.
Giré la cabeza y me encontré de frente con el pecho de Mateo.
Llevaba una camisa negra de botones, arremangada hasta los codos, y olía a loción cara y a peligro. En lugar de su clásica mirada intensa y territorial, tenía una sonrisa relajada, casi juguetona. Me tendió un vaso rojo nuevo, frío y lleno de agua mineral con limón.
—Te vi sobreviviendo con el vaso vacío, Caprio —dijo Mateo, acercándose lo suficiente para que su voz grave se escuchara sobre la música—. No vengo a arruinarte la fiesta. Vengo a evitar que mañana odies tu existencia.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, sin molestarse en ocultar lo mucho que le gustaba lo que veía.
—Te ves hermosa divirtiéndote —añadió, más bajo—. Se te ve bien la libertad.
La noche, la música, la felicidad y el alcohol corriendo por mis venas eliminaron cualquier barrera de defensa. Me reí, inclinando un poco la cabeza. Tomé el vaso y rocé sus dedos a propósito, algo que mi versión sobria jamás habría hecho.
—Awwww... —arrastré, dándole un golpecito en el pecho con mi dedo índice—. Gracias, Matii.
Los ojos de Mateo se abrieron una fracción de segundo.
El apodo lo tomó con la guardia completamente baja. Su garganta subió y bajó, y juraría que vi cómo sus pupilas se dilataban. Se mordió el labio inferior, aguantándose una sonrisa que gritaba que iba a usar ese apodo en mi contra más tarde.
—De nada, Liv —susurró, dando un paso atrás para dejarme espacio, jugando la carta del amigo a la perfección—. Diviértete.
Me di la vuelta, sintiéndome la reina del mundo, lista para seguir bailando.
Pero el juego apenas estaba empezando.
Media hora después, el DJ cambió el ritmo. Los bajos se volvieron más lentos, más pesados, y una canción que sonaba a noche peligrosa inundó el jardín.
Mis amigas y yo formamos un pequeño círculo. La gente a nuestro alrededor nos tapaba lo suficiente para sentir que nadie más importaba. Cerré los ojos, moviéndome al compás de la música, dejando que el cansancio, las decisiones y las semanas de drama se evaporaran bajo las luces neón.
De repente, el círculo se abrió.
Alguien se paró justo detrás de mí. Sentí el calor de un cuerpo cerca de mi espalda y dos manos grandes, firmes y seguras posándose en mis caderas, con cuidado, esperando mi reacción.
Abrí los ojos y giré un poco la cabeza.
Era Pato.
No venía con prisa ni con intención de reclamar nada. Entró a la pista con la misma naturalidad con la que manejaba su Jeep: seguro, relajado y perfectamente consciente de que todos podían verlo.
Las chicas soltaron grititos emocionados y Caro me hizo un gesto de aprobación con las cejas.
Pato se inclinó hacia mi oído.
—Dijimos que solo íbamos a disfrutar el verano, ¿no? —susurró, su voz vibrando contra mi piel—. Entonces baila conmigo, amiga.
Sus manos guiaron mis movimientos sin forzarlos. Me dejé llevar.
Bailamos. Era un baile lento, descarado y a la vista de todo el jardín. Cada vuelta que me daba, cada sonrisa junto a mi oído, estaba calculada para recordarme el beso en la camioneta, pero camuflado bajo la excusa perfecta de la música, la fiesta y nuestra nueva amistad.
Mientras Pato me hacía girar, mi mirada chocó con la orilla de la alberca.
Mateo estaba ahí.
Tenía su vaso rojo apretado en la mano. Nos estaba viendo bailar, pero no se acercó a hacer un escándalo. Solo me miró fijamente, con esa chispa de competencia ardiendo en sus ojos, aceptando el reto.
La noche era peligrosa.
Me había convencido de que cancelar el juego era la solución, pero al ver a los dos idiotas más atractivos del lago rompiendo las reglas frente a todos, me di cuenta de una verdad aterradora: el juego no se había cancelado.
Se había convertido en un deporte extremo.
Y yo acababa de perder el control de los frenos.
Al terminar la canción, Pato no intentó besarme ni pedirme otra pieza. Simplemente me dio una última vuelta que me dejó ligeramente mareada, me apretó la mano un segundo y se alejó hacia la barra con una sonrisa ladeada, como si no acabara de incendiar la pista entera.
Apenas dio tres pasos, Caro, Amber y Victoria me acorralaron.
—¡Oh my God! —chilló Vic, abanicándose la cara con la mano—. Dios, qué sexy fue eso, carajo.
—Si Mateo no lo mata esta noche, lo mato yo por dejarte ahí parada con esa cara de boba —bromeó Amber, dándome un empujón con la cadera.
La noche transcurrió entre risas descontroladas, canciones cantadas a todo pulmón y una cantidad de agua que Santiago nos obligó a tomar como si estuviera entrenando un equipo olímpico de hidratación.
Pero aun así, para las tres de la mañana, la gravedad parecía haber triplicado su fuerza.
El escuadrón de rescate no tardó en organizarse.
Santiago activó el modo hermano responsable y empezó a contar cabezas como si estuviera evacuando un edificio.
Mateo se echó a Victoria sobre el hombro como si fuera un costal de papas mientras ella protestaba débilmente.
Leo sostenía a Amber por la cintura para que no tropezara con sus propios pies, y Santiago estaba en una batalla campal intentando que Caro no abrazara un gnomo de jardín.
Por pura fortuna, o por destino con sentido del humor, yo quedé a cargo de Pato.
Su brazo fuerte estaba firmemente anclado alrededor de mi cintura, sosteniendo la mayor parte de mi peso mientras caminábamos hacia la camioneta.
Antes de salir de la fiesta, las chicas y yo habíamos balbuceado que haríamos pijamada en casa de los Montoya para no despertar a nuestros papás. Pero cuando llegamos a la división de los jardines, me detuve, tirando un poco de la camisa de Pato.
—No puedo dormir así —balbuceé, mirando mi slip dress y mis tenis—. Necesito subir a mi cuarto a cambiarme.
Pato asintió sin soltarme.
Se giró hacia donde Santiago seguía forcejeando con Caro cerca de los arbustos.
—¡Santi! —le llamó, sin subir demasiado la voz para no despertar a la casa—. Voy a acompañar a Liv para que se cambie y ahorita la llevo con ustedes a casa de Mateo.
Santiago, al borde del colapso intentando evitar que Caro le pusiera nombre al gnomo, levantó una mano y asintió.
Error de novato.
Subimos las escaleras en silencio, ahogando un par de risas cada vez que yo tropezaba y Pato me atrapaba antes de que mi dignidad se estrellara contra el piso.
Entramos a mi habitación. Él cerró la puerta con cuidado y dejó encendida solo la lámpara del buró. La habitación estaba envuelta en una luz tenue, suave.
Caminé tambaleándome hacia mi clóset y jalé una playera gigante de algodón y unos shorts de pijama.
Cuando me giré, Pato estaba recargado en mi escritorio, mirándome con una intensidad que hizo que la habitación se sintiera más pequeña.
Intenté bajarme el cierre lateral del vestido, pero mis dedos estaban torpes y la tela se atoró.
Solté un gruñido de frustración.
Pato dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme. La sonrisa juguetona se le borró del rostro y algo mucho más serio ocupó su lugar.
—Liv —dijo en voz baja—. Estás demasiado cansada. No voy a hacer nada que mañana pueda confundirte.
Parpadeé, aturdida.
—Pero...
—Pero nada —me interrumpió con suavidad, señalando la puerta con la cabeza—. Voy a esperar afuera. Te cambias, te lavas la cara y luego te llevo con las chicas. Si necesitas ayuda, le hablo a Vic.
Me quedé mirándolo, con el corazón haciendo una cosa extraña dentro del pecho.
Eso no era rechazo. Era cuidado.
Y, por alguna razón, fue mucho más peligroso que cualquier beso.
—Eres insoportable cuando eres decente —murmuré, intentando sonar molesta, aunque la voz me salió chiquita.
Pato sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre prometía problemas aunque estuviera haciendo lo correcto.
—Soy un partidazo, Liv. Algún día lo vas a aceptar.
Salió al pasillo y cerró la puerta detrás de él.
Me cambié como pude, me puse la playera gigante, los shorts y me lavé la cara en el baño. Cuando abrí de nuevo, Pato estaba sentado en el suelo del pasillo, con la espalda recargada en la pared, revisando su celular en silencio.
Al verme, se puso de pie de inmediato.
—¿Lista?
Asentí.
Me pasó un brazo por la cintura para ayudarme a caminar, sin acercarse más de lo necesario. Cruzamos el jardín en silencio. Me dejó suavemente en la habitación de Vic, donde las chicas ya estaban esparcidas por las camas y el piso como sobrevivientes de guerra.
Pato me arropó, me dio un beso en la frente, frente a todos, como si fuera el acto más inocente y platónico del mundo, y se despidió con la mano.