CAPÍTULO 16 LA DECISIÓN CORRECTA
OLIVIA
Al día siguiente desperté del mejor humor posible.
Por primera vez en semanas, no abrí los ojos con el pecho apretado ni con el cerebro corriendo en círculos.
Sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo hacerlo.
Y antes de hablar con Mateo o con Pato, necesitaba decírselo bien y concreto a las dos personas que habían terminado metidas en el centro de mi tornado: Santiago y Victoria.
Los llamé a mi habitación y cerré la puerta, dejando afuera el ruido de la casa.
Victoria se sentó en la orilla de mi cama. Santiago se recargó en el marco de la ventana, con los brazos cruzados y cara de hermano mayor en guardia. Los dos me miraban esperando el veredicto final después de mi colapso en el cuarto de lavado.
Me paré frente a ellos y solté el aire lentamente.
—Ya lo decidí —anuncié, con una firmeza que incluso a mí me sorprendió—. Se acabó el juego. No me voy a quedar con ninguno de los dos.
Santiago descruzó los brazos de inmediato.
—¿Con ninguno? Oli, ¿estás segura?
—Completamente —asentí, sintiendo que una losa de cemento se levantaba de mis hombros—.
No voy a destruir la paz de esta familia.
No voy a arruinar el verano de los Montoya ni a poner en riesgo tu amistad con Pato.
No quiero que nada explote. Seamos amigos todos, como se suponía que debíamos ser desde el día uno.
Victoria soltó un suspiro largo, se puso de pie y se acercó para tomarme de las manos.
—Es una decisión increíblemente madura, Oli —me dijo, con una mezcla de orgullo y alivio en los ojos—. Si esto te estaba consumiendo, cortar por lo sano es lo mejor que puedes hacer. Nosotros te apoyamos.
Santiago asintió lentamente, pasándose una mano por el cabello.
—Está bien. Si esto es lo que quieres, te respaldo. Solo... díselos ya. Antes de que haya bajas colaterales.
Me abrazaron los dos y, por un segundo, sentí que tal vez sí podía apagar el incendio antes de que se tragara todo el bosque.
Salí corriendo de mi habitación hacia la casa de los Montoya. Santiago y Victoria de verdad eran una pareja increíble. Cuando tuvieran hijos, serían unos consejeros excelentes. Yo esperaba encontrar algo así algún día, sin destruir medio lago en el proceso.
Mateo estaba sentado en la orilla de la entrada de su casa, lanzando piedritas al camino con una fuerza innecesaria. Cuando escuchó mis pasos sobre la madera, se giró.
Me detuve frente a él, con el corazón en la garganta.
—Tenemos que hablar —empecé, sin mirarlo directamente—. ¿Podemos ir al muelle, por favor?
Mateo me sostuvo la mirada unos segundos. Luego asintió.
Caminamos en silencio hasta el muelle. El agua golpeaba suavemente los pilotes de madera, como si el lago también estuviera esperando mi sentencia.
Al llegar, tomé aire.
—Mateo, no puedo seguir con esto —solté al fin—. La presión de escondernos, el miedo a que todo explote, la culpa... me está volviendo loca. Lo mejor es que seamos amigos. Solo amigos.
Él dejó caer la piedra que tenía entre los dedos. El plop contra el agua sonó demasiado fuerte en el silencio que siguió.
Se giró hacia mí. Sus ojos oscuros me analizaron, buscando alguna grieta en mi resolución.
—Es la mejor decisión para todos —añadí, intentando que la voz no me temblara.
Mateo inclinó un poco la cabeza.
—¿Y ese “todos” te incluye a ti, Caprio? —preguntó, con una tranquilidad que me inquietó más que cualquier grito—. ¿O solo estás pensando en los demás para no sentirte culpable?
Tragué saliva y desvié la mirada hacia el agua, porque sabía que si lo miraba demasiado tiempo, mi determinación se iba a desmoronar.
—Eso no importa, Mateo. Es lo correcto.
Él guardó silencio unos segundos. Luego soltó una respiración lenta.
—De acuerdo —dijo, sorprendentemente tranquilo—. Tienes razón. Es lo correcto. Te entiendo, Oli. Está bien.
Parpadeé, desconcertada.
Esperaba enojo. Reclamos. Esa mirada herida que me hacía sentir como si alguien me estuviera apretando el corazón con la mano. En cambio, Mateo me ofreció una sonrisa pequeña, genuina, distinta.
Luego abrió los brazos.
—¿Un último abrazo de despedida para mi amiga?
La palabra amiga me atravesó de una forma extraña, pero acepté.
Me acerqué y lo abracé. Su cuerpo me envolvió con una calma que me desarmó por completo. Por un instante, sentí que un peso enorme se desprendía de mi pecho. Tal vez sí podíamos hacerlo. Tal vez sí podíamos volver a ser normales.
Le di una última mirada rápida y caminé de regreso a la casa, convencida de que acababa de apagar un incendio forestal con mis propias manos.
Todavía me faltaba Pato.
MATEO
Seguí el recorrido de Olivia con la mirada hasta que desapareció por el sendero hacia su casa.
Durante unos minutos me quedé inmóvil en el muelle, escuchando el agua. Luego empecé a caminar de regreso, metiendo las manos en los bolsillos para ocultar que la adrenalina me estaba quemando vivo.
Al llegar a la casa, encontré a Santiago sentado en una silla de la terraza. Tenía una pierna cruzada sobre la otra y una expresión de alerta que no intentó disimular.
Me detuve a un metro de él.
—¿Qué pasó, güey? —preguntó—. Vi a Oli regresar medio rara.
Solté un suspiro, recargándome en la cerca de madera.
—Me acaba de mandar a la zona de amigos, Santi. Dice que no quiere destruir nada, que quiere mantener la paz y que es lo mejor para todos.
Santiago abrió los ojos.
—Verga... —murmuró—. Lo siento, hermano. ¿Estás bien?
Se me escapó una sonrisa. Una sonrisa lenta, genuina y cargada de adrenalina.
Me acerqué a él y le puse una mano en el hombro.
—¿Bien? Jamás estuve mejor.
Santiago frunció el ceño, sacadísimo de onda.
—¿Qué? Güey, te acaba de batear.
—No, no lo entiendes —dije, bajando la voz—.
Oli acaba de anular las reglas. Si somos “solo amigos”, entonces el secreto se acabó.
Ya no me tengo que esconder en la madrugada.
Ya no tengo que disimular nada en el muelle, ni en la cocina, ni en ningún lado.
Es un inicio nuevo, Santiago. Voy a conquistarla a puertas abiertas, enfrente de todos, y no me puede reclamar nada porque así se llevan los amigos.
Santiago se quedó pasmado.
Pude ver el fuck cruzándole por la mente en luces de neón, pero recompuso la expresión casi de inmediato.
—Supongo que... tienes razón —logró articular, encogiéndose de hombros—. No veo cómo eso haga daño.
Le guiñé un ojo y caminé hacia mi casa.
Olivia creía que había puesto punto final.
No tenía idea de que acababa de cambiar el tablero completo.
OLIVIA
Crucé el jardín hacia la casa de los Villarreal con la sensación extraña de estar caminando hacia mi segundo juicio del día.
La señora Frida estaba en la cocina leyendo una revista y me saludó con una sonrisa enorme cuando le pregunté si Pato estaba en su cuarto. Me dijo que subiera sin problema.
Toqué dos veces la puerta abierta de su habitación.
Pato estaba sentado en el borde de su cama, afinando una guitarra acústica. Al verme, sus ojos se iluminaron de inmediato. Dejó la guitarra a un lado y me sonrió con esa mezcla de encanto y travesura que siempre me desarmaba.
—Hola, Liv. Pasa. ¿A qué debo el honor? —dijo, palmeando el espacio vacío a su lado, claramente creyendo que íbamos a pasar el rato.
Me quedé de pie en el marco de la puerta, cruzándome de brazos.
—Vengo a hablar en serio, Pato —dije, yendo directo al grano para no perder el valor—.
Lo que pasó ayer... fue increíble. De verdad lo fue.
Pero no quiero que las cosas se pongan difíciles.
No quiero arruinar tu amistad con Santi, ni la nuestra.
Mientras esté en el lago, no quiero pensar en el futuro, ni en la medicina, ni en el estrés, ni en nada que no sea divertirme y ser feliz.
Solo quiero disfrutar mi verano. Lo mejor es que sigamos siendo amigos, como siempre.
PATO
No parpadeé ni una sola vez.
Mi rostro no mostró ni una onza de decepción. Mis ojos la recorrieron con una tranquilidad que había aprendido a perfeccionar en años de partidos, negocios familiares y noches en las que nadie debía saber cuánto me importaba algo.
Me quedé atrapado en una frase.
Mientras esté en el lago.
Si Liv no quería pensar en el futuro aquí, entonces lo entendí: no tenía que convencerla del futuro todavía. Tenía que hacer que el presente conmigo fuera imposible de ignorar. Que, cuando regresáramos a la ciudad, ya no pudiera imaginar su vida sin mí.
Me puse de pie, acorté la distancia entre nosotros y, en lugar de intentar besarla o reclamarle, le di una sonrisa suave.
—Te entiendo perfectamente, Liv. No te preocupes por nada —dije, con una sinceridad que la hizo soltar todo el aire que estaba conteniendo—. Amigos como siempre.
OLIVIA
Salí de la casa de los Villarreal sintiéndome más ligera que una pluma.
El plan había sido un éxito absoluto. No sabía si había corazones rotos, pero al menos no había gritos. Todo volvía a la normalidad.
Mientras caminaba de regreso a mi patio, mi cerebro dejó de pensar en desastres románticos y empezó a concentrarse en la fiesta del pueblo de esa noche.
Eso me hizo sentir genial.
La tarde pasó tranquila por primera vez desde que todo comenzó. Nadie estaba detrás de mí. Todos parecían estar en sus mundos. Nos reímos, comimos, nadamos y, por unas horas, volvimos a vivir un buen verano.
A las ocho de la noche, mi habitación se había convertido en un campo de batalla de maquillaje, planchas de pelo y ropa tirada. Pero lo más peligroso no era el desorden; era la energía de libertad absoluta que flotaba entre nosotras.
Normalmente yo era la que medía todo: el tiempo, los planes, el agua, los excesos, las consecuencias. La futura doctora responsable que parecía tener un monitor de signos vitales instalado en el cerebro.
Pero esa noche la presión de las últimas semanas se había esfumado. Estaba libre de secretos, libre de dramas amorosos y lista para apagar el cerebro un rato.
—Brindis simbólico por la soltería emocional de Olivia Caprio —anunció Amber, levantando su vaso con solemnidad exagerada.
—Por la paz mundial del lago —añadió Caro.