LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA #5
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CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA #5

—No hay ninguna chica del pueblo, Santiago —solté, sintiendo cómo cada palabra pesaba una tonelada al salir de mi boca, liberándome y condenándome al mismo tiempo—⁠. Nunca la hubo. Siempre ha sido Olivia.

Santiago se quedó congelado.

La bolsa de hielo que acababa de levantar se le resbaló de las manos. El golpe seco contra el piso de concreto resonó en las paredes como un disparo.

Vi cómo la sangre abandonaba su rostro.

Su cerebro trabajaba a una velocidad vertiginosa frente a mí, conectando las desapariciones, el estrés de Olivia, mis miradas en la terraza.

—Me estás jodiendo... —susurró, con la voz temblándole por el shock—⁠. Dime que es una puta broma, Mateo. Porque si no lo es... hermano, acabo de arruinarte la vida.

El pánico me atravesó el pecho, sustituyendo a la furia.

—¿De qué hablas? —exigí, dando un paso hacia él, sintiendo que el piso se abría.

Santiago se llevó las manos a la cabeza. Lucía como si quisiera vomitar ahí mismo.

—Hoy en la mañana... —empezó a decir, con la respiración entrecortada—⁠.

Oli me arrinconó en la cocina. Me preguntó si Pato iba en serio.

Yo le dije que sí. Le dije que Pato la había estado esperando todo este tiempo en la ciudad.

Le endulcé el oído, Mateo. Literalmente la empujé hacia él pensando que tú solo eras el vecino sobreprotector.

Retrocedí un paso por inercia, chocando pesadamente contra la pared de madera del garaje.

Sentí como si Santiago me hubiera encajado un cuchillo directo en los pulmones.

Le endulcé el oído. Las palabras hacían eco en mi cabeza. Por eso ella bajó de esa Jeep brillando. Por eso esa maldita sonrisa.

Mientras yo me peleaba con ella por obligarla a descansar, Santiago, su propio hermano, su ancla, la había convencido de que Villarreal era su lugar seguro.

No pude ni siquiera responder.

Santiago no esperó a ver mi reacción completa. El shock se transformó en pánico puro. Abrió la puerta del garaje de un tirón y salió corriendo como un demente hacia el interior de la casa, directamente hacia donde estaba Olivia.

Me quedé solo en el garaje, rodeado por el ruido de la música que venía del jardín, sintiendo cómo el mundo que construí en las madrugadas del lago se convertía en cenizas.

La perdí.

Por jugar a ser el guardián de su familia, dejé la puerta abierta para que alguien más entrara a su vida.

OLIVIA

Yo seguía en la cocina, ordenando las cajas de analgésicos en el cajón de los medicamentos.

Mis manos se movían en piloto automático, porque mi mente seguía atorada en el asiento del copiloto de esa camioneta.

Mis labios todavía hormigueaban y sentía esa estúpida y cálida sonrisa anclada en mi cara.

Todo se sentía ligero por primera vez en meses.

Hasta que la puerta de la cocina se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que me hizo saltar.

—¡Tú! —rugió Santiago, entrando como un huracán.

Estaba pálido, respirando por la boca, con los ojos tan abiertos que parecía haber visto un fantasma.

Antes de que pudiera preguntarle qué le pasaba, acortó la distancia entre nosotros en dos zancadas.

Me tomó de la muñeca, no con fuerza para lastimarme, pero sí con una urgencia que me aterró, y me llevó hacia el cuarto de lavado que estaba a unos pasos.

Cerró la puerta de madera detrás de nosotros y le puso el seguro.

La habitación era minúscula, olía a detergente y suavizante, e iluminada solo por la pequeña ventana que daba al pasillo lateral parecía todavía más estrecha.

—Santi, ¿qué te pasa? —exclamé, frotándome la muñeca por instinto, encogiéndome contra la lavadora.

Nunca lo había visto así. Mi hermano mayor siempre era el relajado, el sarcástico, el que apagaba los incendios.

Ahora él era el incendio.

—¿Desde cuándo, Olivia? —casi me gritó, aunque su voz sonó estrangulada, intentando no hacer ruido para que nadie nos escuchara—⁠. Dímelo en la cara. ¿Desde cuándo tú y Mateo?

Se me congeló la sangre en las venas.

El mundo entero dejó de girar. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y que todo el oxígeno del cuarto de lavado era succionado de golpe. Un zumbido ensordecedor me llenó los oídos.

—Yo... de qué... no sé de qué me estás... —tartamudeé, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra el metal frío de la secadora.

Era una reacción patética, pero mi cerebro se había apagado por completo.

—No te hagas la mensa conmigo —me interrumpió Santiago, apuntándome con un dedo tembloroso—⁠. Mateo me acaba de acorralar en el garaje. Me lo dijo todo. Me dijo que no hay ninguna maldita chica del pueblo.

El aire abandonó mis pulmones.

Lo dijo.

La regla que me obligó a tragarme mis miedos. La que me hizo esconderme como una criminal en mi propia casa.

Lo había confesado todo.

—Santi, escúchame, por favor... —supliqué, sintiendo cómo el pánico me cerraba la garganta y las primeras lágrimas de terror absoluto me picaban en los ojos.

—No, escúchame tú a mí —me cortó mi hermano, pasándose ambas manos por la cara, jalándose el cabello con pura desesperación—⁠.

Me usaste, Olivia. Me interrogaste esta maldita mañana sobre Pato, sacándome información, sabiendo perfectamente que te estás metiendo con el hermano de mi novia a mis espaldas.

Y yo, como un reverendo imbécil, te dije que Pato era tu mejor opción.

—Santi, no te usé, te lo juro por mi vida —alcé la voz, el llanto finalmente rompiéndose en mi garganta—⁠. Estaba confundida... sigo confundida. No sabía qué hacer. Mateo y yo... fue algo que se salió de control y yo traté de frenarlo, pero...

—Es un puto desastre —exclamó Santiago, dando un paso atrás y caminando en el espacio de un metro cuadrado como un león enjaulado—⁠.

Pato es mi mejor amigo. Le aseguré que tenía el camino libre.

Mateo está allá afuera a punto de asesinar a alguien por los celos.

Victoria me va a matar a mí si se entera de que yo cubrí esto o si su hermano sale lastimado. Olivia... ¿qué demonios hiciste?

Me tapé la cara con las manos, sollozando, sin poder articular una sola palabra de defensa.

Mi hermano mayor, mi protector, la persona de la que más me cuidé de ocultarle la verdad para no arruinar su paz, estaba parado frente a mí viéndome como si fuera una completa desconocida.

Las esquirlas de la bomba nos estaban cortando a todos. Había arruinado el verano, había traicionado la confianza de mi hermano y, por primera vez en mi vida, no tenía ni la más remota idea de cómo curar la herida que yo misma había abierto.

Escuché a Santiago soltar un suspiro largo, uno que sonó más a cansancio absoluto que a enojo. Sentí su peso al dejarse caer en el suelo a mi lado. Suspiró de nuevo y pasó un brazo por mis hombros, jalándome hacia él.

El enojo se había esfumado, reemplazado por ese instinto protector de hermano mayor que nunca podía apagar cuando se trataba de mí.

—Mierda, Oli... —murmuró, apoyando la cabeza contra la lavadora—⁠. Es que no lo entiendo. ¿Cómo llegamos a esto? Si alguien se entera... Si Victoria se entera de que te estoy cubriendo ahora mismo, me va a matar.

Me limpié la cara con la manga de la sudadera, tomé una bocanada de aire temblorosa y giré la cabeza para mirarlo directo a los ojos.

—Victoria ya lo sabe.

Santiago se quedó congelado. Literalmente dejó de respirar por dos segundos. Giró el cuello tan rápido hacia mí que casi escuché el crujido.

—¿Qué? —preguntó, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas—⁠. ¿Cómo que lo sabe? ¿Sabe lo de Mateo o lo de Pato?

—Sabe todo —confesé, con la voz ronca por el llanto—⁠. Lo de Mateo lo sabe desde hace semanas. Y lo de Pato... se lo dije hoy en la mañana, en el muelle viejo con las chicas. Le conté absolutamente todo.

Santiago se pasó ambas manos por la cara, estupefacto. Parecía que el cerebro le estaba haciendo cortocircuito.

—¿Y qué te dijo? —preguntó, casi con miedo—⁠. Es su hermano, Oli. Debe odiarte. O debe odiar a Pato.

Negué con la cabeza, secándome una lágrima rezagada en la mejilla.

—Ese es el problema, Santi. No odia a nadie.

Me dijo que ama a su hermano con toda su alma, obviamente.

Que es su sangre y sabe lo mucho que le importo...

—tragué saliva, recordando las palabras exactas de Vic—⁠.

Pero también me dijo que Pato de verdad se está esforzando.

Que Pato es material de esposo. Vic me dijo que Mateo es escape, pero que Pato es un ancla.

Santiago me miraba fijamente, absorbiendo cada palabra, procesando la ironía de que su propia novia estuviera justificando a su mejor amigo en lugar de a su hermano de sangre.

—Al final —continué en un susurro—, me dijo que todo dependía de lo que yo quisiera para mi vida en el mundo real.

Mi hermano se quedó mirando al frente, hacia la puerta cerrada del cuarto de lavado. La tensión en sus hombros comenzó a ceder poco a poco. Si Victoria, la hermana de Mateo y la mujer que él amaba, había logrado ver la situación con esa madurez y objetividad, él no podía seguir juzgándome.

—Maldita sea... —susurró Santiago, rindiéndose con una media sonrisa triste—⁠. Vic siempre tiene la razón, ¿verdad?

Asentí en silencio.

Santiago soltó un suspiro pesado y me apretó un poco más contra su costado, apoyando su cabeza sobre la mía.

—Perdón —dijo en voz baja, lleno de arrepentimiento—⁠. Me alteré de más. Me agarró en curva en el garaje y entré en pánico. Odio verte llorar, y odio pensar que estás metida en este infierno emocional tú sola.

Me recargué en su hombro, sintiendo que por fin podía volver a respirar.

Mi red de seguridad seguía intacta.

—Pero, Olivia... —el tono de Santiago volvió a cambiar, esta vez sin gritos, pero con una firmeza letal que me puso los pelos de punta—⁠. Victoria tiene razón. Depende de ti y de lo que quieras. Pero tienes que tomar una decisión. Ya.

Se separó un poco para obligarme a mirarlo a los ojos, sosteniéndome por los hombros.