CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA #4
Me había subido a esta Jeep miles de veces en la ciudad. Mi cuerpo tenía memoria muscular: supe exactamente qué palanca jalar para reclinar un poco el asiento y hacia dónde girar la perilla del aire acondicionado sin siquiera mirar.
Pato subió al asiento del conductor, encendió el motor y el Bluetooth se conectó al instante. Una canción de Arctic Monkeys llenó la cabina. Era la misma música que escuchábamos en nuestros regresos de madrugada en la ciudad.
El contraste fue descarado.
Con Mateo, todo en el lago era silencioso, a escondidas, robándonos momentos en las sombras del muelle.
Con Pato todo era ruidoso, a plena luz del día, manejando con las ventanas abajo y la música a todo volumen.
Era, simplemente, la vida.
Salimos a la carretera. Pato manejó en silencio un par de kilómetros, tamborileando los dedos sobre el volante al ritmo de la batería, hasta que finalmente bajó un poco el volumen del estéreo.
—Entonces —empezó, sin apartar la vista de la carretera, pero con una media sonrisa en los labios—. ¿Vamos a hablar de lo que pasó a las tres de la mañana o vamos a fingir demencia térmica por el estrés?
Sentí un calor repentino en el cuello. Jugué con el borde del cinturón de seguridad, tomando aire.
Había prometido ser honesta con mis amigas hacía una hora; tenía que serlo con él.
—No quiero fingir demencia —admití, con una voz mucho más pequeña dentro del ruido de la camioneta—. Pero... tengo miedo, Pato.
Pato frenó suavemente al llegar a un alto. Se giró hacia mí y su sonrisa juguetona desapareció, dando paso a una seriedad que me desarmó.
—¿Por qué? —preguntó, clavando sus ojos claros en los míos.
—La verdad, nunca te había visto más allá del amigo de mi hermano con el que existía una química brutal y luego cada quien regresaba a su vida normal. Hasta ayer... —tragué saliva—. Y Santi me dijo hoy en la mañana que tú estabas esperando. Que no hacías nada porque sabías que yo estaba cerrada.
El semáforo cambió a verde. Pato pisó el acelerador, manteniendo una mano en el volante y pasando la otra por su cabello, soltando un suspiro que parecía haber guardado por años.
—Santi habla demasiado —murmuró, aunque no sonaba enojado.
Luego bajó la voz un tono, increíblemente sincero.
—Liv, tú eres una fuerza de la naturaleza.
Te he visto matarte estudiando cuando voy a tu casa a platicar con Santi.
Te he visto armar planes para la facultad por teléfono mientras comes con tu familia.
Te he visto llorar de frustración por un examen y al día siguiente romperla con la mejor calificación.
Eso pasó una vez, pero ese día pensé: yo quiero a alguien como ella en mi vida —soltó una risa breve, nerviosa—.
Tienes un nivel de ambición y enfoque que me vuela la cabeza.
Y yo también me he imaginado cómo seríamos juntos, ¿sabes?
Llegar agotados del trabajo, platicar de algo interesante, reírnos de lo mal que nos fue y después apagar el mundo un rato.
Tragué saliva, sintiendo que el corazón me latía en la garganta.
Nunca nadie me había hablado así de mis defectos y mis logros juntos.
—Yo no quería ser el idiota que llegara a distraerte o a exigirte tiempo que no tenías —continuó Pato, mirándome de reojo mientras tomaba una curva—.
Yo sé que en tu mundo las cosas no se pausan por romance.
Así que decidí que, si iba a entrar a tu vida, no iba a ser como una distracción.
Quería ser tu red de seguridad. El güey que te lleva el café, que te limpia las envolturas y que te espera en la meta.
La presión en mi pecho era inmensa. Una sonrisa genuina y de amor salió sin previo aviso.
Pato estiró su mano derecha, cruzando la consola central, y tomó mi mano izquierda, que descansaba sobre mi pierna. Entrelazó sus dedos con los míos con una naturalidad aplastante. Su agarre era cálido, firme. No intentaba poseerme; intentaba anclarme.
—El beso de anoche... —susurró, acariciando el dorso de mi mano con su pulgar—.
Fue increíble, Liv. Pero no quiero que pienses que fue un trofeo o una victoria para mí.
Fue solo el principio. Quiero conocer todo de ti.
Quiero ser el güey al que llames cuando se te cierre el mundo, no solo con el que te vayas de fiesta.
Miré nuestras manos entrelazadas sobre la consola negra.
El contraste mental fue inevitable y brutal.
Mateo me había dicho que amaba mi lado vulnerable, pero su reacción al estrés era sacarme de él, llevarme al agua, hacerme olvidar. Él amaba la idea de protegerme.
Pato no quería hacerme olvidar. Pato estaba sentado a mi lado, manejando hacia el pueblo, sosteniendo mi mano a plena luz del día, diciéndome que admiraba mi estrés, mi ambición y mi locura, y que quería caminar a través del fuego conmigo.
Levanté la vista hacia él.
Por primera vez en todo el verano, no sentí confusión, ni culpa, ni la presión del secreto del lago.
—Yo también he pensado en eso, Pato —le confesé en un susurro ronco, apretando su mano con fuerza.
Pato detuvo el Jeep en el cajón de estacionamiento del supermercado. No apagó el motor ni soltó mi mano. Se giró por completo hacia mí. Sus ojos brillaban con una intensidad deslumbrante, como si le acabara de dar la respuesta que llevaba meses esperando.
Se inclinó sobre la consola central, acortando el espacio entre nosotros. Su mano libre acunó mi mejilla, su pulgar rozando mi pómulo, y me besó.
Esta vez no estábamos en la madrugada, ni estábamos exhaustos.
Fue un beso a plena luz del día, vibrante, lleno de electricidad y promesas.
Sus labios se movieron sobre los míos con una seguridad exquisita, una mezcla perfecta de deseo retenido y ternura.
Le respondí con la misma fuerza, inclinándome hacia él en el asiento del copiloto, sintiendo cómo esa conexión invisible que nos unía en la ciudad finalmente se materializaba en algo real, sólido y aterradoramente perfecto.
Se separó apenas unos centímetros, ambas manos sosteniendo mi rostro, respirando agitado contra mis labios.
—Me vas a volver loco, Liv —murmuró, sonriendo con una felicidad tan genuina que me iluminó por dentro.
—Esa es la idea, Villarreal —respondí, devolviéndole la sonrisa.
—También soy egoísta, Liv —admitió, más serio, antes de bajar—. No vine al lago solo a esperarte bonito. Vine porque quería una oportunidad.
Apagó el motor y mientras bajábamos para comprar los mandados de mi papá, supe que las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.
Mateo me había enseñado a arder en secreto, pero Pato me estaba enseñando a brillar a la luz del sol.
MATEO
Cada minuto que tardaron en regresar fue una maldita tortura.
Llevaba media hora recargado en el pilar de madera del patio, con los brazos cruzados y la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. Cuando por fin vi aparecer la camioneta de Villarreal por el camino de grava, sentí que el estómago se me revolvía.
Se estacionaron frente a la casa.
Y entonces lo vi.
Bajaron del auto riendo.
No era una risa casual; era esa clase de risa cómplice, íntima. Vi a Olivia tomar las bolsas de la farmacia, y vi perfectamente cómo los dedos de ese imbécil rozaron los de ella a propósito.
Pero lo que me destrozó no fue el toque.
Fue la forma en la que ella lo miró.
Se sostuvieron la mirada un segundo de más. Había una energía nueva vibrando entre ellos, una luz en los ojos de Olivia que yo no había provocado.
Un segundo.
Un puto segundo fue suficiente para darme cuenta de que el terreno que yo creía mío se estaba desmoronando bajo mis pies.
Apreté los puños dentro de los bolsillos de mis jeans hasta clavarme las uñas en las palmas.
Villarreal tomó la bolsa del carbón y caminó hacia el patio trasero.
Me saludó con un movimiento de cabeza, arrogante y relajado, como si no estuviera intentando robarme lo único real que tenía en mi vida.
No le devolví el gesto.
Vi a Olivia pasar directo a la cocina, huyendo de mi mirada con esa sonrisa estúpida todavía en los labios.
La sangre me hervía. No podía respirar. Necesitaba golpear algo.
Por el rabillo del ojo, vi a Santiago caminar hacia el garaje abierto para buscar las hieleras.
No lo pensé.
Mi cerebro se apagó y el instinto tomó el control.
Caminé a zancadas detrás de él. En cuanto entró, lo seguí y cerré la puerta corrediza de golpe, cortando el sonido del jardín y encerrándonos en el olor a polvo y herramientas.
El ruido hizo que Santiago se girara, sorprendido.
—Güey, ¿qué traes? —soltó, frunciendo el ceño—. Casi me matas del susto.
Avancé y me planté frente a él. No me importaba que fuera el novio de mi hermana. Estaba perdiendo la cabeza.
—Dime qué carajos está pasando entre tu amigo y tu hermana —exigí, mi voz saliendo como un gruñido bajo. La desesperación me estaba quemando la garganta.
Santiago soltó una risa seca, alzando las manos en un gesto defensivo que solo me irritó más.
—Relájate, cabrón. Ya te había dicho que Pato la está pretendiendo en serio —dijo, restándole importancia, antes de lanzarme la excusa que yo mismo había creado para cubrirme—.
Además, ¿a ti qué te importa? Ve a preocuparte por la chica del pueblo con la que te desapareces todas las malditas madrugadas y deja a mi hermana en paz.
La frase me golpeó como un bate de béisbol.
La chica del pueblo.
El silencio en el garaje se volvió asfixiante. Cerré los ojos, pasándome las manos por el cabello, tratando de anclarme a la realidad.
Todo el verano me había matado protegiendo este secreto. Obligué a Olivia a esconderse en las sombras del muelle para no arruinar la paz de nuestras familias, para no perder a su papá, para hacer las cosas bien a futuro.
Pero ¿de qué servía proteger el secreto si iba a perderla a ella?
¿De qué servía ser el chico prudente si el otro güey la estaba enamorando a plena luz del día frente a mis narices?
El orgullo se rompió.
A la mierda las reglas.
Abrí los ojos y clavé mi mirada directamente en Santiago. Ya no había vuelta atrás.