CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA #3
—No eres un inútil —le aseguré en un susurro—. Solo es... un estrés diferente. Uno que nunca habías visto porque jamás me habían puesto contra la pared así frente a ti.
Íbamos a seguir hablando. La vulnerabilidad de Mateo empezaba a abrir una pequeña brecha de entendimiento entre los dos cuando el sonido de la puerta de la casa de al lado nos interrumpió.
Pato venía cruzando el jardín hacia nosotros.
Llevaba unos shorts deportivos grises y una playera negra ajustada, el cabello húmedo por haberse bañado recién.
Caminaba con esa seguridad relajada que lo caracterizaba.
Al llegar a nuestro patio, le dio un asentimiento a Mateo, educado pero distante, y luego clavó sus ojos claros directamente en mí.
—Buenos días, Liv —saludó Pato, con una voz un poco más ronca de lo normal.
No hizo ningún gesto delatador, no me guiñó el ojo ni mencionó la madrugada, pero la intensidad en su mirada era un recordatorio físico de lo que había pasado hacía apenas unas horas.
Todo el peso de las palabras de Santiago en la cocina y el recuerdo de sus labios contra los míos chocaron en mi sistema nervioso al mismo tiempo.
Un ejército entero de mariposas estalló en mi estómago.
Fue un acto reflejo. Algo que no pude controlar.
Una sonrisa enorme, cálida y genuina se extendió por mi rostro de oreja a oreja.
—Buenos días, Pato —respondí, sintiendo que las mejillas me ardían ligeramente.
Él me devolvió la sonrisa, asintió una vez más y pasó por nuestro lado para entrar a la casa buscando a Santiago.
En cuanto la puerta se cerró detrás de él, el ambiente en el patio cayó en picada.
Me giré hacia Mateo, intentando borrar la sonrisa de mi cara, pero ya era demasiado tarde. Sus ojos oscuros estaban fijos en mi boca. Luego subieron hasta encontrar mi mirada, oscurecidos por una mezcla de celos e incredulidad.
—Literalmente solo te dijo “buenos días” —murmuró Mateo, con la voz tensa como la cuerda de un arco a punto de disparar—. ¿Por qué diablos estás sonriendo así?
Tragué saliva, el pánico subiéndome por la garganta.
—¿Así cómo? —mentí, desviando la mirada rápidamente, haciéndome la desentendida mientras me abrazaba a mí misma—. Solo... fue una sonrisa cordial. Voy adentro, tengo frío.
No esperé su respuesta.
Me di media vuelta y prácticamente hui hacia el interior de la casa, dejándolo solo en el patio con sus sospechas ardiendo a tope.
Subí las escaleras corriendo hasta mi cuarto, cerré la puerta con seguro y me dejé caer de espaldas contra la madera. Tenía la respiración acelerada y el corazón latiéndome en los oídos. Sacudí la cabeza, agarré mi celular de la cama y abrí el chat grupal que tenía con Amber, Caro y Victoria.
Mis dedos temblaban mientras tecleaba el mensaje más aterrador de todo el verano.
Olivia:
SOS. Código rojo. Aborten misión. Houston, tenemos un problema masivo.
Caro:
¿Qué pasó? ¿Mateo mató a Pato?
Amber:
¿Estás bien?
Victoria:
¿Mi hermano hizo algo estúpido?
Olivia:
Peor. Creo que me está empezando a gustar Pato de verdad.
Bloqueé la pantalla, la tiré sobre el colchón y me cubrí la cara con las manos.
Victoria, Caro y Amber entraron como si fueran un equipo táctico del SWAT. Caro cerró la puerta con seguro detrás de ellas, mientras Amber me agarraba del brazo y tiraba de mí hacia arriba.
—Agarra unos lentes de sol y una toalla —ordenó Amber, con un tono militar que no admitía discusiones—. No vamos a hablar de esto en una casa donde tu papá, tu hermano, el otro implicado o Mateo con instintos asesinos puedan escucharnos.
—Nos vamos al muelle viejo. Al que está del otro lado de los árboles, donde nadie va —secundó Victoria, más pálida que yo.
Diez minutos después, estábamos sentadas en las tablas desgastadas del muelle viejo, con los pies colgando sobre el agua verde del lago.
Estábamos lo suficientemente lejos de nuestras casas como para que nadie nos viera ni nos escuchara.
El sonido de los pájaros y el viento chocando contra el agua nos daban la privacidad absoluta que necesitábamos.
Me quité los lentes de sol, tomé aire como si fuera a sumergirme en agua helada y solté toda la verdad.
Les conté todo.
El ataque de pánico en la escalera y cómo Pato me había ayudado a respirar sin hacerme sentir exagerada. La pelea con Mateo por intentar sacarme de mi modo de trabajo. Cada palabra de la conversación de la mañana con Santiago.
Y finalmente, cerré los ojos y solté la ojiva nuclear.
—Me llevó un sándwich a las tres de la mañana. Me dio un masaje en el cuello porque vio que estaba tensa y... y nos besamos. Y le respondí.
El silencio que cayó sobre el muelle fue absoluto.
Solo se escuchaba el agua golpeando la madera bajo nuestros pies.
Caro fue la primera en reaccionar. Se llevó ambas manos a la cabeza y se tiró hacia atrás para acostarse en el muelle.
—¡Te lo dije! —gritó al cielo, completamente desquiciada—. ¡Te dije que estaba operando como un maldito francotirador! ¡Ese nivel de paciencia no lo tiene cualquier güey a los veintitrés años, Oli! ¡Te estuvo esperando meses!
—Espera, espera —Amber levantó una mano, su cerebro analítico procesando la información a mil por hora—.
Esto cambia el juego por completo. Pensábamos que Pato solo estaba siendo el niño bueno, o que le atraías y ya, y que con Mateo era el fuego.
Pero si lo que dice Santi es verdad, Pato no está jugando, Olivia.
Pato quiere apostar todo por ti. Y además, la química sí existe, lo acabas de comprobar.
Tragué saliva y miré hacia mi izquierda.
Victoria estaba sentada en posición de loto, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida en el horizonte del lago. Parecía que su cerebro estaba a punto de hacer cortocircuito. Me encogí un poco en mi lugar.
—Vic... di algo, por favor —le rogué en un susurro.
Victoria giró el rostro hacia mí. Sus ojos estaban llenos de una angustia genuina, dividida en tantas partes que casi me dio lástima haberla metido en esto.
—Estoy intentando procesar cómo voy a sobrevivir a este verano —dijo Victoria, exhalando un suspiro tembloroso—.
A ver, Oli. Te amo. Eres una de mis mejores amigas y quiero verte feliz.
Y luego está Pato... que sinceramente es un tipazo.
Me consiguió el Código de Procedimientos, cuidó a mi hermana pequeña y, honestamente, la forma en la que te trató anoche con lo de tu investigación es la bandera verde más fosforescente que he visto en mi vida.
Victoria hizo una pausa, pasándose las manos por la cara con frustración.
—Pero Mateo es mi hermano —continuó, y la voz se le rompió un poquito—.
Es mi sangre. Y yo sé cómo te mira en secreto.
Sé lo mucho que le importas y lo destruido que va a quedar si le rompes el corazón.
Pero al mismo tiempo... —gruñó, frustrada consigo misma—.
¡Maldita sea! No puedo odiar a Pato. Mateo es tu paz como postexposición, pero Pato es tu paz cuando estás al borde del colapso.
Y tú, por la vida que elegiste, necesitas a alguien que entienda ese colapso.
—Exacto —intervino Amber, señalando a Victoria para darle la razón—. Mateo quiere sacarte de tu mundo cuando te ve sufrir. Pato se mete a tu mundo contigo.
—El problema —interrumpí, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas—es que cuando Mateo me miró hoy en la cocina, con todo ese dolor, sentí que me moría.
Me duele lastimarlo. Me duele sentir que la conexión que tenemos en el lago no es suficiente para la ciudad.
Pero luego recuerdo el beso con Pato y... siento que por fin puedo respirar.
Caro se sentó de golpe, mirándome con una seriedad que me heló la sangre.
—Oli, estás enamorada del escape que te da Mateo, pero te estás enamorando del compañero que puede ser Pato. Y eso es una bomba de tiempo.
—¿Qué hago? —pregunté, desesperada, mirándolas a las tres.
—Por lo pronto, dejar de sonreírle a Pato como idiota frente a mi hermano —sugirió Victoria, soltando una risa nerviosa que carecía de humor—.
Porque Mateo no es tonto, Oli. Él ya se dio cuenta de que lo miraste diferente hoy en el patio.
Sus instintos están al límite. Si los llega a ver juntos, o si nota que hay algo más, no se va a quedar callado.
La va a armar en grande frente a tu papá y frente a todos.
—Victoria tiene razón —asintió Amber, cruzándose de brazos—. Tienes que definir qué quieres, y rápido. Porque esta mentira ya no es sostenible. Tienes un pie en el muelle de los Montoya y otro en el de los Villarreal, y el agua se está empezando a mover demasiado rápido.
Me abracé las rodillas, apoyando la barbilla sobre ellas, mirando las olas chocar contra la madera vieja.
Mis amigas me habían dicho la verdad absoluta y sin filtros. Ya no era un simple dilema de verano. Era una elección entre dos futuros posibles y, sin importar cuál eligiera, la explosión estaba a la vuelta de la esquina.
Regresamos a la casa poco antes del mediodía, con el plan de mantener un perfil bajo.
Pero el destino, o más bien mi papá, tenía otros planes.
Apenas puse un pie en la terraza, mi papá me interceptó.
—Oli, qué bueno que llegas. Se nos acabó el hielo, el carbón y Martha quiere unas cosas de la farmacia del pueblo —dijo, pasándome un billete y una lista arrugada—.
Pato se ofreció a ir en su camioneta porque tiene espacio en la cajuela.
Acompáñalo para que no se pierda con las calles de un solo sentido.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
Miré a mis amigas. Caro abrió los ojos a más no poder, Victoria se mordió el labio y Amber solo me hizo un gesto imperceptible con la cabeza que significaba:
Suerte en la zona de guerra.
Diez minutos después, estaba caminando por el camino de grava hacia la camioneta, donde Pato ya me esperaba recargado en la camioneta.
Al subir al asiento del copiloto, me golpeó una ola de nostalgia tan fuerte que casi me mareó.