CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA #2
Agarré un triángulo de sándwich y le di una mordida.
Sabía a gloria pura.
Pato no dijo nada más. No me preguntó cuánto me faltaba ni me presionó para ir a dormir. Simplemente se acomodó en la silla, apoyó el codo en la mesa y descansó la barbilla en su mano, observando la pantalla de reojo para hacerme compañía.
Veinte minutos después, di el último clic.
El documento en PDF se adjuntó al correo, escribí las palabras finales y presioné Enviar.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla, soltando un suspiro tembloroso que sonó más como un sollozo ahogado.
Había terminado.
—Lo lograste, Liv —susurró Pato, con una sonrisa suave.
Se movió en su silla, acercándose un poco más. Levantó una mano y la colocó en la parte posterior de mi cuello, justo donde la tensión se había acumulado en nudos de piedra. Sus dedos largos y cálidos empezaron a masajear mi piel con una presión perfecta.
Cerré los ojos, soltando un suspiro involuntario de alivio mientras dejaba caer la cabeza hacia enfrente. Estaba tan cansada que mis barreras se habían esfumado por completo.
—Eres un salvavidas —susurré, girando el rostro hacia él y abriendo los ojos lentamente.
Estábamos a centímetros de distancia.
En la penumbra del comedor, iluminados solo por el brillo blanco de la pantalla de la laptop, la mirada juguetona de Pato había desaparecido. Sus ojos trazaron la línea de mis labios por un segundo antes de volver a clavarse en los míos, cargados de una intensidad silenciosa que me robó el aire.
—Siempre, Liv —respondió, su voz apenas un roce en el aire.
No hubo dudas, ni juegos, ni advertencias.
Pato se inclinó hacia adelante y yo no me aparté.
Nuestros labios se encontraron.
No fue como los besos de Mateo, que parecían incendiarlo todo. Fue un beso lento, dulce, que sabía a té de manzanilla y alivio absoluto. Pato deslizó su mano desde mi cuello hasta mi mejilla, su pulgar acariciando mi pómulo con una delicadeza que me hizo estremecer.
Suspiré contra su boca, dejándome caer en la suavidad de su tacto.
Era un beso que curaba, que me anclaba al suelo después de horas de sentir que me ahogaba en estrés. Sentí el calor de su pecho, la seguridad de sus brazos, y por primera vez en semanas, mi mente se quedó completamente en blanco.
Solo estaba él.
Nos separamos milimétricamente. Las respiraciones de ambos estaban aceleradas, chocando en el espacio minúsculo entre nosotros.
Pato apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados y una sonrisa apenas perceptible en los labios.
—Ya, a dormir —murmuró, acariciando mi mejilla una última vez antes de ponerse de pie—. Cierra esa computadora.
Hice lo que me dijo de forma autómata.
Mientras apagaba la pantalla y la oscuridad envolvía la sala, vi la silueta de Pato caminar hacia la puerta para regresar a su casa.
Subí las escaleras tocándome los labios, sabiendo perfectamente que ese beso, nacido del agotamiento y la gratitud, acababa de firmar mi sentencia.
Estaba perdida.
El sol de la mañana entraba por las ventanas de la cocina, lastimándome los ojos.
Había dormido exactamente tres horas y media, pero, sorprendentemente, me sentía más ligera que en los últimos seis meses. El protocolo estaba enviado, mi trabajo estaba a salvo y mis labios todavía guardaban el fantasma del beso de Pato en la madrugada.
Me arrastré hasta la cafetera en pijama, frotándome la cara.
Santiago ya estaba ahí, sentado en el banco de la isla, comiéndose un tazón de cereal. Llevaba una playera blanca arrugada y tenía el cabello hecho un desastre. Me escaneó de arriba abajo mientras yo me servía café en una taza gigante.
—Te ves fatal, hermana —fue su saludo de buenos días—. ¿A qué hora te dormiste?
—A las cuatro —murmuré, dándole un sorbo al café negro, sintiendo cómo la cafeína empezaba a revivirme.
Me senté en el banco frente a él. El silencio de la cocina solo era interrumpido por el sonido de su cuchara contra el tazón.
Lo miré fijamente.
Mi hermano mayor. Mi mejor amigo. El chico que pasaba veinticuatro horas, siete días de la semana, con Patricio Villarreal en la ciudad. Si alguien tenía las respuestas que mi cerebro confundido necesitaba con urgencia esa mañana, era él.
Dejé la taza sobre la barra, tomé aire y solté la bomba sin anestesia.
—A ver, Santiago —dije, cruzándome de brazos y mirándolo directo a los ojos—. Dime lo que sabes de Pato. ¿Qué quiere de mí?
Santiago dejó caer la cuchara en la leche. Sus ojos se abrieron de par en par y se me quedó viendo como si le hubiera hablado en ruso.
—Fuck... —murmuró, pasándose una mano por el cabello, de pronto increíblemente incómodo—. Oli, soy tu hermano. Hay reglas no escritas sobre esto.
—Y yo soy tu hermana, y te estoy pidiendo que me digas la verdad. Necesito saber si todo esto, los detalles, la forma en la que me trata, la forma en la que me mira... si es solo su ego intentando probar algo o si es real.
Santiago soltó un suspiro pesado, rindiéndose. Hizo a un lado su tazón de cereal y apoyó los codos en la barra, inclinándose hacia mí con una seriedad que rara vez usaba.
—Olivia, Pato no está intentando probar nada —aclaró, bajando la voz—. Lo que Pato siente por ti lleva cocinándose mucho tiempo en la ciudad. A mi me sorprendió mucho, Pato no es el tipo de hombre que considere nada serio.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—¿Entonces por qué nunca hizo nada allá? —pregunté, mi voz sonando mucho más vulnerable de lo que pretendía—. ¿Por qué esperar hasta el lago?
—Porque estabas completamente cerrada a la idea de una relación, Oli.
Y él lo sabía —explicó mi hermano con suavidad—.
Te la pasabas metida en el hospital, estresada por el grupo en el que estás, sobreviviendo a base de café.
La única manera de verte era en juegos de tocho, en los míos, cuando iba a casa y tú estabas en la sala estudiando o cuando terminabas una semana de exámenes y salías a despejarte.
Tenías un muro de tres metros de alto a tu alrededor.
Pato siempre me decía que no quería presionarte porque no quería cagarla y perderte.
Quería algo bien contigo. Algo de verdad.
Tragué saliva.
Quería algo bien.
—Pero intentaba acercarse —continuó Santiago, frotándose la nuca, incómodo otra vez—.
A su manera. Yo no soy ciego, Oli. Sé que entre ustedes siempre ha habido esta tensión rara.
La forma en la que te mira cuando sales de tu cuarto, las veces que se quedan solos en los afters...
el maldito top negro que no quiero saber cómo llegó debajo de su sillón.
Hay cosas que, honestamente, trato de no pensar porque soy tu hermano mayor y me da cosa.
Solté una pequeña risa nerviosa, sintiendo el calor subirme a las mejillas.
—El punto es —Santiago me señaló con el dedo, poniéndose completamente serio—que Pato te respeta.
Y sabe que la ciudad te consume. Por eso, cuando llegó al lago, me dijo que esta era su oportunidad.
Quería encontrarte en un lugar donde no estuvieras huyendo del estrés para ver si, por fin, lo dejabas entrar.
Me quedé sin palabras.
Mis barreras, mi escepticismo, el miedo a que todo fuera un juego de conquista de un niño de ciudad... todo se derrumbó.
Las palabras de Santiago me endulzaron el oído y el corazón de una manera letal.
Pato no era un oportunista. Era un hombre que me había estado esperando.
Alguien que había respetado mis tiempos, mi estrés y mi carrera, y que ahora me estaba demostrando que podía ser mi paz sin pedirme que dejara de ser yo misma.
Una calidez hermosa se instaló en mi pecho. Iba a sonreír. Iba a decirle a Santiago que quizá ya era hora de dejarlo entrar. Entonces, el sonido de la puerta nos sobresaltó a ambos. Giré la cabeza.
Mateo estaba parado en el umbral de la cocina.
Llevaba una playera gris y unos jeans, pero no había rastro de su arrogancia habitual. Tenía ojeras oscuras bajo los ojos y una postura rígida, casi a la defensiva. Me miró, y todo el dolor y el orgullo herido de nuestra pelea de ayer por la tarde estaban plasmados en su rostro.
El contraste fue un golpe directo al estómago.
Mientras mi corazón acababa de llenarse de la dulzura y la paciencia de Pato, ahí estaba Mateo: crudo, lastimado y mirándome como si no supiera si acercarse o si yo iba a volver a gritarle que se alejara.
Santiago se aclaró la garganta de forma exagerada al notar la tensión masiva que acababa de entrar a la cocina. Agarró su tazón de cereal casi lleno y se bajó del banco de un salto.
—Me voy a ir a comer esto a... literalmente cualquier otro lado —murmuró mi hermano, pasando por un lado de Mateo y desapareciendo por el pasillo.
Nos quedamos solos.
Mateo seguía en el umbral de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans, mirándome con una mezcla de cautela y dolor. Dejé mi taza de café en la barra y caminé despacio hacia él, sintiendo que la culpa me revolvía el estómago.
Salimos juntos al patio trasero, donde el aire de la mañana nos dio un respiro.
Me crucé de brazos, frotándome los codos por el frío matutino, y lo miré.
—Mateo... perdóname —empecé, con la voz suave pero firme—. No por haber trabajado, porque era mi responsabilidad. Pero sí por la forma en la que te hablé. Por haberte gritado. Estaba abrumada, me desquité contigo y no fue justo.
Mateo cerró los ojos un segundo, soltando un suspiro largo. Cuando volvió a mirarme, su postura rígida se relajó un poco, dejando caer esa armadura de orgullo que siempre usaba como defensa.
—Es que jamás te había visto así, Caprio —confesó, con la voz ronca y cargada de una frustración genuina—. Te vi ahí, al borde del colapso, y me sentí como un inútil. Quería ayudarte. Quería sacarte de esa mesa y arreglarlo, pero me di cuenta de que no tenía ni puta idea de cómo hacerlo.
Sentí una punzada en el pecho.
Di un paso hacia él y puse una mano en su brazo. Sus músculos se tensaron bajo mi tacto, pero no se apartó.