CAPÍTULO 15 CUANDO LA CIUDAD LLAMA
OLIVIA
Los días siguientes a la noche de películas transcurrieron dentro de una burbuja de aparente tranquilidad.
Las risas, los desayunos compartidos y las tardes en el muelle parecían haber calmado las aguas entre los dos frentes, pero la tensión seguía ahí, latiendo justo debajo de la superficie. Como una corriente fría bajo un lago perfecto.
Hasta que el mundo real decidió que ya me había dado suficientes vacaciones.
Era jueves por la tarde. Estábamos todos en el jardín trasero.
Mi papá asaba unos cortes, Leo y Santiago se lanzaban un balón de americano con Pato, y Mateo platicaba con Victoria cerca de las hamacas y las chicas jugaban con Mika y Clara.
Todo era casi perfecto, hasta que mi mamá salió al patio con mi celular en la mano y el ceño fruncido.
—Olivia, esto no ha dejado de sonar —me dijo, tendiéndome el aparato—. Es un número de la ciudad.
Tomé el celular y sentí que el estómago se me caía a los pies al leer el identificador.
Era el doctor Vargas, el médico que me había reclutado para iniciar una investigación. Tragué saliva, me alejé un poco del ruido y contesté.
—¿Doctor? Buenas tardes.
—Olivia, qué bueno que contestas —la voz del doctor sonaba apresurada, con ese tono de urgencia hospitalaria que me erizó la piel al instante—.
Sé que estás de vacaciones, no me odies, de verdad.
Pero tuvimos un problema con la plataforma del comité de ética y vamos tarde con las entregas del protocolo.
Eres una de las únicas personas que conoce el proyecto de pies a cabeza.
Necesito que le des formato final al escrito, que marques a la lista de pacientes de prueba para ver cómo siguen y que me mandes el archivo. Y, Olivia... lo necesito para ayer.
Me quedé congelada.
La brisa del lago de pronto se sintió helada. Toda la sangre abandonó mis mejillas.
Sabía perfectamente lo que eso significaba.
Decenas de páginas con formato APA. Cruce de datos estadísticos. Llamadas a pacientes reales. Tablas. Resultados. Conclusiones. Era el proyecto que podía asegurarme un artículo publicado con mi nombre.
—Claro, doctor —respondí, con una voz robótica, casi irreconocible—. Lo tendrá para mañana a primera hora. O esta misma noche. Sin falta.
Colgué.
Cuando me giré, me di cuenta de que mi silencio y mi palidez habían llamado la atención de todos. Santiago había dejado de correr, mi mamá me miraba con preocupación, y tanto Pato como Mateo tenían los ojos clavados en mí.
—Ahorita vengo —fue lo único que logré articular, con la voz temblándome apenas, antes de darme la vuelta y entrar corriendo a mi casa.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón latiéndome desbocado. Entré a mi cuarto, agarré mi mochila y metí la laptop, mi iPad, el cargador, mis audífonos de diadema y una libreta de apuntes. Mis manos temblaban tanto que tiré un par de plumas al piso.
No voy a alcanzar.
Son demasiados pacientes. El formato está hecho un desastre.
El síndrome del impostor y el estrés acumulado de todo un año académico decidieron atacarme justo en ese momento. Agarré todo contra mi pecho y salí de la habitación para bajar al comedor, donde tendría espacio para extenderme.
Pero al bajar el primer escalón, me quedé sin aire.
Una presión invisible me aplastó el pecho. Mis pulmones parecían haberse encogido. Las piernas me fallaron y me dejé caer sentada en el cuarto escalón, soltando mis cosas. Me llevé las manos a la cara, intentando jalar aire, pero solo conseguí respirar a tirones.
Mi cuerpo entró en pánico antes de que yo pudiera ordenarle lo contrario.
No era lo que necesitaba. No en ese momento.
Maldita sea.
La puerta principal se abrió.
Escuché pasos rápidos acercándose. Levanté la vista a través de mis lágrimas borrosas y vi a Pato. Seguramente había notado mi palidez en el jardín y había entrado a buscarme.
Al verme sentada en la escalera, temblando y sin poder respirar, no hizo preguntas absurdas.
No me dijo “cálmate”.
Pato subió los escalones en dos zancadas, apartó mi laptop y el iPad con cuidado para no pisarlos, y se sentó a mi lado. Me rodeó con sus brazos de inmediato, jalándome contra su pecho ancho y firme.
—Liv, mírame —pidió, con una voz profunda, tranquila y segura—. Mírame.
Negué con la cabeza, asfixiada, pero él puso una mano cálida en mi nuca y la otra sobre mi espalda, marcando un ritmo firme con su propia respiración.
—Inhala conmigo. Vamos. Uno... dos... tres... cuatro. Sostén. Suelta despacio.
Me aferré a la tela de mi sudadera, cerrando los ojos, obligándome a seguir el ritmo de su pecho subiendo y bajando. Pato no se movió. No me juzgó. Me sostuvo en la penumbra de la escalera mientras mi cerebro dejaba de enviar señales de emergencia.
Era horrible saber lo que me estaba pasando y, aun así, sentir que no podía hacer nada para detenerlo.
—Es algo de la facultad, ¿verdad? —adivinó en un susurro, acariciando mi cabello cuando mi respiración por fin empezó a estabilizarse.
Asentí contra su cuello, sintiéndome estúpidamente vulnerable.
—Okey. No pasa nada. Eres Olivia Caprio. Eres la mujer más inteligente que conozco. Vas a destrozar lo que sea que te hayan pedido y yo te voy a conseguir todo lo que necesites. Respira.
Me quedé abrazada a él un minuto más, absorbiendo su calma.
Pato acababa de ver la versión más estresada y rota de mí misma, y no había salido corriendo ni había intentado arreglar mi vida.
Solo me había sostenido.
Convertí la mesa del comedor en mi búnker. Me hice un chongo desordenado, me puse mis lentes de descanso y una sudadera gris vieja. Abrí seis ventanas distintas en la laptop, dejé el iPad a un lado con los expedientes y me puse los audífonos de diadema.
Afuera, la vida seguía.
Escuchaba las risas ahogadas a través de los cristales, por eso subí más el volumen de mi música. Yo no podía hacer nada sin música o ruido alrededor; necesitaba algo que mantuviera mi mente corriendo en una sola dirección.
A las seis de la tarde, la puerta del patio se abrió.
Mateo entró a la sala. Llevaba el traje de baño mojado, una toalla al cuello y el cabello escurriendo. Se acercó a la mesa del comedor, observando el caos de cables y pantallas con el ceño fruncido.
Se paró junto a mi silla. Yo me quité uno de los auriculares.
—Llevas cuatro horas sentada aquí, Caprio —dijo, con el tono cargado de una mezcla de preocupación y reproche—. Todos están allá afuera divirtiéndose.
—Tengo que terminar esto, Mateo —respondí, tecleando rápidamente la corrección de una tabla de Excel—. Es para una investigación.
—Pero son vacaciones —insistió, apoyando las manos en el borde de la mesa e inclinándose hacia mí para intentar atrapar mi mirada—.
Mírate, estás pálida, tienes los ojos rojos por la pantalla.
Déjalo un rato. El mundo no se va a acabar si el doctor espera a mañana.
Ven al muelle conmigo. Métete al agua. Despeja la mente.
Sentí que un chispazo de irritación me recorría la espina dorsal.
Él no lo hacía por mal. Lo hacía porque me quería, porque le dolía verme estresada. Pero sus palabras eran exactamente lo que no necesitaba escuchar.
—No, Mateo. No puedo dejarlo para mañana —intenté sonar amable, volviendo la vista a la pantalla, tratando de no perder el hilo de las estadísticas.
Mateo soltó un bufido de frustración. Levantó una mano y la dejó sobre la mesa, demasiado cerca de la laptop, como si estuviera a punto de cerrarla.
—Solo te estoy pidiendo que descanses una ho...
—¡Mateo, basta! —alcé la voz, mi paciencia finalmente rompiéndose.
Lo miré con los ojos llenos del estrés que él no estaba logrando comprender.
—Necesito que salgas. Ve y diviértete, ¿sí? —dije un poco más calmada, empujándolo sutilmente para que se apartara de la mesa—. Por favor.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Mateo dio un paso atrás, como si lo hubiera golpeado físicamente. Sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa y luego se endurecieron. Había dolor en su mirada. El dolor de alguien que acaba de darse cuenta de que sus herramientas no sirven en el mundo real de la persona que ama.
Me miró una última vez, asintió lentamente con la mandíbula tensa, dio media vuelta y salió por la puerta corrediza sin decir una sola palabra.
Me quedé mirando el espacio vacío que dejó, sintiendo una punzada de culpa mezclada con un agotamiento mental absoluto.
Me volví a poner el auricular sobre la oreja, encendí la música para silenciar el mundo y evitar llorar. Una canción suave llenó mis oídos con una letra que hablaba de querer arreglar a alguien.
Acomodé mis lentes y volví a clavar la mirada en la pantalla.
Eran las tres y cuarto de la madrugada.
El silencio en la casa era absoluto, roto solo por el tecleo rápido y constante en mi laptop. Mis ojos ardían, mi espalda estaba rígida como una tabla y mi cerebro se sentía como papilla, pero ya estaba en las conclusiones.
Estaba a nada de terminar.
Escuché el cerrojo de la puerta del patio.
Me tensé por un segundo, pensando que Mateo había regresado para un segundo asalto de reclamos, pero el olor a colonia cítrica mezclada con el aire frío de la madrugada me relajó los hombros al instante.
Pato entró caminando en calcetines para no hacer ruido. Llevaba unos pantalones de pijama grises de algodón y una sudadera azul marino. En una mano traía un termo humeante y en la otra un plato con un sándwich de queso a la parrilla cortado en triángulos.
Se acercó a la mesa y puso ambas cosas junto a mi teclado, moviendo con cuidado mis apuntes.
—No cenaste —susurró, con la voz ronca por el sueño. Arrastró una silla de madera sin hacer ruido y se sentó justo a mi lado—. Te traje té de manzanilla. Si te doy más café, vas a infartar antes de darle a enviar.
Lo miré.
Sus ojos claros estaban un poco hinchados por haberse despertado a mitad de la noche, tenía el cabello revuelto y, aun así, se había levantado de su cama para cruzar el jardín a las tres de la mañana solo para asegurarse de que yo no colapsara de hambre.
—Gracias —murmuré, sintiendo un nudo gigante en la garganta.