LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 14 LA LUZ Y LA PAZ #3
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CAPÍTULO 14 LA LUZ Y LA PAZ #3

Pato me ayudó a levantarme, me dio un abrazo rápido de buenas noches que me dejó oliendo a su colonia, y se despidió para cruzar a su casa.

Las chicas y Leo se fueron a sus casas más por obligación que por gusto. Vic y Mateo también se despidieron. Yo solo entré a mi cuarto.

Necesitaba pensar.

Necesitaba aclarar cosas.

Necesitaba silencio.

Mucho, mucho silencio.

Una hora después, mi casa por fin quedó en calma.

Me di un baño rápido con agua caliente para quitarme el frío del pasto, me puse una pijama de algodón gris, unos shorts y una playera de tirantes, y apagué la luz principal de mi cuarto, dejando solo la pequeña lámpara de noche encendida.

Me senté en el borde de la cama, frotándome la cara con las manos, sintiendo el cansancio emocional del día aplastándome.

De repente, un golpe sordo y rítmico me hizo saltar.

Toc. Toc. Toc.

Giré la cabeza hacia la ventana de mi habitación, que daba al costado de la casa. A través del cristal, la silueta ancha y alta de Mateo recortaba la luz de la luna.

Mi corazón empezó a latir a mil por hora.

Me levanté de un salto, crucé la habitación descalza y quité el seguro, abriendo la ventana.

Mateo entró sin decir una palabra.

Llevaba unos pantalones de buzo grises y una sudadera negra con la capucha abajo. El aire frío de la madrugada entró con él, pero lo que realmente me heló fue la expresión de su rostro.

No había enojo.

No había arrogancia.

Solo había una derrota silenciosa que me rompió el alma al instante.

—Mateo, estás loco —susurré, cerrando la ventana detrás de él con el pulso temblándome—⁠. Mi papá está en el cuarto de al lado. Si te escucha...

—Que me escuche —me interrumpió.

Su voz era tan baja y áspera que apenas fue un murmullo, pero resonó en todo mi pecho.

Se quedó de pie a un metro de mí. No intentó acorralarme, no intentó tocarme. Sus manos estaban metidas en los bolsillos de su sudadera, como si se estuviera obligando a mantener la distancia.

—Lara Jean se quedó con Kavinsky —dijo de pronto, mirándome fijamente, usando la película para decir todo lo que no podía articular—⁠.

A pesar del otro tipo. A pesar de que el otro era perfecto, que tocaba el piano y parecía entenderla sin esfuerzo.

Se quedó con el que hacía un desastre, pero la hacía sentir viva.

—Mateo... —intenté interrumpir, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas por la vulnerabilidad cruda en su mirada.

—No, escúchame —pidió, sacando las manos de sus bolsillos.

Dio un solo paso hacia mí, cortando la distancia, pero se detuvo justo antes de tocarme.

—En el pasillo del supermercado, él tenía razón.

Villarreal tiene razón en todo. Él conoce tu ciudad, Caprio.

Él sabe qué café necesitas para sobrevivir a tus guardias.

Sabe la coreografía perfecta para hacerte reír frente a tu familia.

Sabe qué dulces compras a las tres de la mañana porque estuvo ahí para limpiar el desastre en su coche.

Mateo tragó saliva. Su pecho subía y bajaba lentamente.

Levantó las manos y, con una delicadeza que contrastaba con toda la fuerza bruta que había demostrado en las lagartijas de la mañana, tomó mi rostro entre sus palmas. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una devoción que me quitó el aliento.

—Yo no tengo esos recuerdos, Olivia —confesó, y escuchar mi nombre completo de sus labios sonó como una súplica—⁠. Yo no sé cómo eres en la ciudad. No sé cómo te ves cuando sales de un examen que te costó semanas de desvelo. Pero conozco esto.

Deslizó una de sus manos desde mi mejilla hasta la base de mi cuello, su pulgar descansando justo sobre mi pulso acelerado.

—Conozco cómo te tiembla la respiración cuando el mundo te exige ser perfecta y tú solo quieres que todo se detenga.

Sé que te refugias en la oscuridad porque estás cansada de que todos esperen que brilles todo el tiempo.

Sé cómo te rindes en mis brazos cuando ya no tienes fuerzas para sostener el escudo de la niña maravilla.

Una lágrima caliente y traicionera se me escapó, resbalando por mi mejilla hasta chocar con el pulgar de Mateo. Él la limpió al instante, pegando su frente a la mía.

—Él te puede dar la luz, las risas en la terraza y la aprobación de todo el mundo —susurró Mateo, cerrando los ojos, con el aliento mezclándose con el mío—⁠.

Pero yo te ofrezco mi paz. Te ofrezco este rincón donde no tienes que ser la doctora, ni la experta, ni la versión perfecta de nadie.

Solo tienes que ser tú. Y me aterra, me aterra hasta volverme loco, pensar que eso ya no sea suficiente para ti.

Me quedé paralizada.

El pecho se me oprimió de una manera dolorosa y hermosa a la vez.

Todo el día, Pato me había demostrado lo fácil que sería encajar nuestras vidas. Pero Mateo acababa de desnudar su alma, demostrándome que él no amaba a la Olivia perfecta de la ciudad, sino a la Olivia vulnerable que nadie más tenía permiso de ver.

Levanté mis manos y las enredé en la tela de su sudadera negra, aferrándome a él como si fuera mi salvavidas.

—Mateo... —sollocé suavemente, rompiendo la poca distancia que quedaba y escondiendo mi rostro en la curvatura de su cuello—⁠. Eres suficiente. Eres más que suficiente.

Él soltó un suspiro largo y tembloroso, como si hubiera estado conteniendo el aire durante todo el día.

Sus brazos me envolvieron con una fuerza desesperada, pegándome a su pecho, escondiendo su rostro en mi cabello mientras nos quedábamos en silencio en medio de mi cuarto oscuro.

Por primera vez desde que Pato había cruzado la cerca entre nuestras casas, el ruido de la ciudad se apagó.

Solo quedó Mateo.

Su respiración contra mi pelo.

Sus manos temblando en mi espalda.

Y la certeza, frágil pero real, de que tal vez la paz también podía ser una forma de elegir.