CAPÍTULO 14 LA LUZ Y LA PAZ #2
Victoria pidió que dejaran una playlist de One Direction porque, según ella, había sido un éxito con todo el público.
Santiago, como buen novio, obedeció. En la siguiente canción, Vic y yo nos miramos como si hubiéramos regresado a tener trece años.
Cada ritmo, cada frase repetitiva nos hizo reír más fuerte.
Me incliné hacia adelante, apoyándome en los asientos de Santiago y Pato, molestando a mi hermano con el coro porque él nunca había entendido por qué todas las canciones del mundo parecían necesitar un puente eterno.
Pato reía por la cara de Santiago, que claramente decía “por favor, basta”.
Y yo no podía parar. De verdad era grandioso.
No entendía cómo el lago siempre sacaba lo mejor de las personas. Era como si el aire te dijera:
Sé tú.
Llegamos al supermercado del pueblo y nos dividimos.
Santiago y Victoria se fueron a la sección de blancos a buscar la sábana gigante y a debatir entre rentar una película de terror o poner A todos los chicos de los que me enamoré, por la cual yo ya había votado a favor porque los clichés románticos eran mi debilidad.
Pato, Mateo y yo nos dirigimos al pasillo de las botanas y los dulces.
El pasillo era estrecho. Pato empujaba el carrito rojo mientras yo echaba bolsas de palomitas de mantequilla y algunos refrescos. Mateo caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos, escaneando los estantes con una mirada concentrada.
De pronto, Mateo se detuvo frente a la sección de gomitas enchiladas. Sus ojos se iluminaron al reconocer una bolsa roja brillante. La tomó del estante y se acercó a mí, dándome un golpecito en el brazo con la bolsa antes de echarla al carrito.
—Ten, Caprio —dijo Mateo, con una sonrisa de medio lado, una que estaba reservada solo para mí—. Tus favoritas. Gomitas de sandía con chile. Para que no te quejes de que no vas a sobrevivir a la película.
Sonreí, sorprendida.
Durante una de nuestras madrugadas en el muelle, le había contado lo mucho que me gustaba comer gomitas picantes cuando me quedaba estudiando hasta tarde. El hecho de que lo recordara y quisiera tener ese detalle conmigo me derritió.
Iba a darle las gracias, pero la mano de Pato se interpuso, tomando la bolsa roja del carrito.
Pato la miró un segundo y luego soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza mientras volvía a poner la bolsa de sandía en el estante. Acto seguido, tomó una bolsa de la misma marca, pero de color naranja, y la dejó caer en el carrito.
—Casi, Montoya —dijo Pato, con un tono tan casual y relajado que hacía imposible acusarlo de estar buscando pelea—. Es la marca correcta, pero el sabor equivocado. Las de sandía le empalagan. Las favoritas de Liv son las de mango con chile.
El silencio en el pasillo se volvió denso al instante.
Mateo bajó la mirada hacia la bolsa naranja en el carrito. Su mandíbula se tensó de forma automática. Levantó los ojos hacia Pato, sus pupilas cargadas de pura irritación.
—¿Ah, sí? —preguntó Mateo, su voz bajando una octava, cargada de un sarcasmo gélido—. Qué buen biógrafo me saliste, Villarreal.
Pato se encogió de hombros, apoyando los antebrazos en el manubrio del carrito y devolviéndole la mirada con una calma exasperante.
—No es biografía, es poner atención a los detalles mínimos —respondió Pato con una sonrisa ladeada—.
Una vez, en la ciudad, Santi y ella se acabaron como tres bolsas de esas de mango regresando de una fiesta.
Dejaron todas las envolturas naranjas tiradas en los tapetes de mi Jeep.
Tuve que limpiar azúcar con chile de los asientos por una semana. Es un trauma difícil de olvidar.
Pato me miró, guiñándome un ojo, incluyéndome en la broma.
—Te pedimos perdón y te pagamos el autolavado —me defendí—. Además, eso pasó porque alguien nos prometió llevarnos a la mejor fiesta del mundo, lo cual fue publicidad falsa.
—El autolavado no borra el dolor emocional, Liv —bromeó Pato, empujando el carrito para seguir avanzando por el pasillo—. Voy por los chocolates de Santi. No se tarden.
Pato dobló la esquina, dejándonos a Mateo y a mí solos en el pasillo de los dulces.
Mateo se quedó petrificado en su lugar. Su mirada seguía fija en el espacio vacío donde Pato había estado hacía apenas un segundo. La batalla había sido sutil, pero el daño era catastrófico.
Mateo lo había intentado. Quería demostrarme que escuchaba lo que le contaba en la oscuridad del lago, pero su conocimiento era teórico.
Pato, en cambio, tenía la experiencia.
Pato tenía los recuerdos, los viajes en coche, las envolturas compartidas y las anécdotas de la ciudad que respaldaban cada cosa que sabía de mí.
—Mateo... —murmuré, dando un paso hacia él, sintiendo una punzada de culpa al ver la frustración en sus ojos.
Él levantó una mano, deteniéndome antes de que pudiera tocarlo.
—No digas nada, Caprio —me interrumpió, su voz ronca y cargada de una amargura que me dolió físicamente.
Bajó la mirada hacia la bolsa de gomitas de mango en el carrito, apretó los labios y luego volvió a mirarme—.
Él tiene razón. ¿Para qué compito con alguien que ya limpió tus envolturas de su coche?
Se dio la vuelta y caminó en dirección contraria, dejándome sola entre los estantes de dulces, con el corazón encogido y la certeza absoluta de que esa noche de películas no iba a tener nada de comedia y muchísimo de drama.
Cuando regresamos a la casa, el sol ya se estaba escondiendo y el jardín trasero se había convertido en un campamento improvisado.
El caos era total, pero de alguna manera todo estaba funcionando.
Amber y Caro iban de un lado a otro sobre el pasto húmedo, extendiendo colchas gruesas, edredones y acomodando una montaña de cojines que habían robado de las tres casas.
Parecía un fuerte gigante de almohadas bajo las luces colgantes de la terraza.
A un costado, en la mesa de exterior, Mika y Clara estaban a cargo del área de comida. Las dos estaban vaciando bolsas gigantes de papas fritas en tazones de plástico y acomodando botellas de refresco como si estuvieran armando el inventario de una tienda, riéndose a carcajadas.
Mientras tanto, la tecnología era un desastre.
Leo estaba arrodillado en el pasto, peleándose con un enredo de cables HDMI y tratando de hacer que el proyector encajara con la sábana blanca que mi papá y André habían colgado entre dos árboles.
—¡Leo, la imagen está chueca! —le gritó Victoria desde el patio, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona—. Lara Jean parece que se está cayendo por un precipicio.
—¡No es el proyector, es el viento que mueve la sábana! —se defendió Leo, frustrado, dándole golpes al botón de Bluetooth de la bocina portátil—. Y alguien apague el internet de sus celulares, porque no se conecta el audio.
—Hazte a un lado, inútil —dijo Santiago, acercándose a Leo.
Le quitó el cable de las manos, apretó un par de botones en el proyector y, como por arte de magia, la pantalla de inicio de Netflix apareció perfectamente cuadrada y nítida en la sábana blanca, con el sonido resonando claro en el jardín.
—De nada.
Todos aplaudimos.
La noche de cine estaba oficialmente lista.
Nos empezamos a acomodar en las colchas.
Las chicas se sentaron hasta adelante, pegadas a los tazones de papas.
Mis papás, los Montoya y los Villarreal decidieron que sus espaldas ya no estaban para sentarse en el pasto, así que se acomodaron en los sillones de mimbre de la terraza, con copas de vino, observando la película desde arriba.
Yo me quité las sandalias y caminé hacia el centro de las colchas, buscando un lugar con buena vista. Me dejé caer sobre un edredón gris, abrazando mis rodillas.
Apenas me había acomodado cuando sentí que el colchón improvisado se hundía a mi lado izquierdo. Pato se sentó cruzando las piernas, con su vaso de refresco en una mano y la bolsa de gomitas de mango con chile en la otra. Me extendió las gomitas con una sonrisa cómplice.
—Tu dotación de supervivencia, Liv.
—Gracias —murmuré, tomando un par, sintiendo que el nudo en el estómago que me había dejado el supermercado se aflojaba un poquito con su presencia.
Antes de que pudiera relajarme por completo, alguien se dejó caer pesadamente a mi lado derecho, chocando su hombro contra el mío.
Era Santiago.
Mi hermano se acostó boca arriba, apoyando la cabeza en un cojín y cruzando los brazos detrás de la nuca. Quedó exactamente a mi derecha, como un muro de contención, un ancla familiar que marcaba una línea invisible.
Yo quedé en el centro exacto.
Pato a mi izquierda, radiante, atento y dándome mis dulces favoritos.
Santiago a mi derecha, mi constante de siempre.
Pero faltaba alguien.
Giré la cabeza ligeramente hacia atrás.
Mateo no se había sentado con nosotros en la primera fila de colchas. Había elegido un lugar justo detrás de mí, con las rodillas flexionadas y los brazos descansando sobre ellas.
Nuestras miradas se cruzaron en la oscuridad.
El brillo del proyector iluminaba la mitad de su rostro.
Sus ojos estaban fijos en mí, oscuros, insondables, leyendo perfectamente la imagen que estábamos proyectando: yo, atrapada entre el chico perfecto de la ciudad y mi hermano, mientras él quedaba relegado atrás.
—¡Silencio todos, ya va a empezar! —anunció Amber, acomodándose junto a Caro.
La música de inicio de la película llenó el jardín.
Pato se inclinó hacia mí para susurrarme algo divertido sobre la escena de apertura, y yo solté una risita ahogada, pero sentí el peso de la mirada de Mateo perforándome la nuca.
Lara Jean apareció en la pantalla, completamente dividida entre dos mundos, y yo supe, con una certeza aterradora, que la verdadera película apenas iba a empezar en cuanto rodaran los créditos.
La película terminó con Lara Jean eligiendo lo imperfecto pero real.
Mientras los créditos rodaban en la sábana blanca y el jardín se llenaba del ruido de todos recogiendo las colchas, yo sentía un nudo en la garganta. Evité mirar hacia donde Mateo había estado toda la noche.