CAPÍTULO 14 LA LUZ Y LA PAZ
OLIVIA
La mañana del domingo amaneció con un sol brillante y una resaca colectiva de emociones después de la coreografía de la noche anterior.
Nuestras tres familias desayunaban juntas en la terraza de mi casa. Mi mamá y Martha estaban inmersas en una plática sobre proveedores para la nueva sucursal de su firma de diseño de interiores en el lago, mientras mi papá y André discutían relajadamente sobre la empresa.
Yo estaba en la barra de la cocina, sirviéndome más café y todavía procesando la mirada asesina de Mateo de la noche anterior, cuando la puerta mosquitera se abrió y entró Pato.
Llevaba unos pantalones cortos de lino beige y una playera polo blanca. Se veía fresco, descansado y ridículamente guapo. Saludó a los adultos con esa facilidad suya y caminó directo hacia la mesa exterior donde estábamos sentados Santiago, Victoria, Mateo y yo.
Mateo, que estaba tomando jugo de naranja frente a mí, tensó la mandíbula al instante.
—Buenos días a todos —saludó Pato, deteniéndose justo detrás de la silla de Victoria. Traía una pequeña bolsa de una librería muy exclusiva de la ciudad—. Vic, qué bueno que te veo. Te traje algo.
Victoria se giró, sorprendida, bajando su taza de té.
—¿Para mí? —preguntó, levantando una ceja perfecta.
—Sí. Santi me traía loco en el departamento diciéndome que llevabas semanas buscando la edición comentada del Código de Procedimientos para el caso que estás armando en el bufete.
Me dijo que te acaban de confirmar el contrato casi al cien, así que pasé a buscarlo antes de venir al lago. Felicidades por la firma, abogada.
Pato sacó un libro grueso, impecablemente encuadernado, y se lo tendió.
La boca de Victoria se abrió formando una pequeña o. Sus ojos brillaron. Ese libro era carísimo y casi imposible de conseguir impreso. Santiago le dio una palmada en la espalda a Pato, orgulloso de su amigo.
—¡Pato, no inventes! —exclamó Victoria, tomando el libro como si fuera de oro, hojeándolo emocionada—. ¡Llevo un mes cazando esta edición! Mil gracias, de verdad. Qué detallazo.
—De nada. Es una inversión para cuando Santi y yo nos metamos en problemas legales y necesitemos representación gratis —bromeó Pato, guiñándole un ojo y logrando que toda la mesa se riera.
Incluso yo me quedé sin palabras.
Miré a Victoria, y vi cómo sus ojos se cruzaron con los míos por un milisegundo. Su mirada gritaba exactamente lo que habíamos hablado el día anterior en mi cuarto:
Este hombre es irreal.
Mateo se quedó mirando su vaso de jugo. Su propia hermana acababa de ser conquistada por el encanto de Patricio Villarreal, y no podía decir ni una sola palabra en contra porque el detalle había sido genuinamente considerado y brillante.
Pero antes de que alguien pudiera agregar algo, un grito agudo y aterrado cortó el aire tranquilo de la mañana.
—¡Mamá! ¡Me corté, me corté feo!
Todos nos giramos de golpe hacia el muelle.
Mika, venía subiendo cojeando por la rampa de madera. Lloraba sin poder calmarse, agarrándose la pierna. Se había resbalado en las rocas del fondo y tenía un corte en la planta del pie.
El pánico estalló en milisegundos.
Martha tiró su silla al levantarse de golpe, soltando un grito. André y mi papá corrieron hacia ella. Mateo saltó por encima de la banca de madera, pálido, y corrió hacia su hermana pequeña.
—¡Mika! ¡Déjame ver! —gritó Mateo, arrodillándose en el pasto junto a ella.
Pero Mika estaba tan asustada que no dejaba que nadie la tocara. Lloraba más fuerte y movía la pierna por puro reflejo.
—¡Traigan toallas! ¡Llamen al médico del pueblo! —pedía Martha, al borde de un ataque de nervios, mientras mi mamá intentaba calmarla.
El caos era absoluto.
Di un paso al frente, y el instinto de emergencias bloqueó todo el ruido a mi alrededor.
—¡Abran paso! —grité.
Pero entre los papás, Santiago y Mateo, nadie me escuchaba. Todos estaban amontonados sobre Mika, asustándola más.
Entonces sentí una mano firme en mi hombro.
Era Pato.
No entró en pánico. Su rostro era una máscara de pura concentración. Me miró a los ojos, asintió una sola vez y entró a la multitud como un tanque.
—¡Ey, señores, espacio! —La voz de Pato resonó con una autoridad impresionante, empujando suavemente pero con firmeza a André y a mi papá hacia atrás—. Mateo, suéltale el pie, la estás asustando más. Santi, llévate a las mamás a la terraza. ¡Atrás todos!
En menos de tres segundos, Pato despejó el área, dejando a Mika sentada en el pasto, todavía llorando, pero con espacio para respirar. Se hincó frente a ella, bloqueándole la vista del pie, y le sonrió con una calma pasmosa.
—Tranquila, Mika. Eres muy valiente —le dijo con voz suave. Luego giró la cabeza hacia mí y alzó la voz solo lo necesario—. Liv, ¿qué necesitas? Yo soy tus manos.
El mundo se detuvo un segundo.
Mateo estaba de pie a un lado, respirando agitado, viendo cómo el chico de la ciudad acababa de tomar el control de su familia solo para entregarme el mando a mí.
—El botiquín rojo grande que está bajo el fregadero de la cocina —ordené, mi voz saliendo firme, mi cerebro de estudiante tomando el volante por completo—. Necesito gasas estériles, solución y guantes. Rápido.
Pato salió disparado hacia mi casa. Yo me arrodillé frente a Mika.
—Mírame a mí, preciosa, no mires el pie —le dije con suavidad, tomando sus manos temblorosas—. Sé lo que hago, ¿sí?, ¿te acuerdas que puedo hacer esto y más, verdad? Vamos a limpiarlo y, si hace falta, te llevamos con el médico. Pero primero necesito que respires conmigo.
Pato regresó en tiempo récord. Abrió el botiquín junto a mí, me tendió los guantes azules ya sacados de la caja, destapó la botella de solución y la sostuvo exactamente en el ángulo que yo necesitaba para irrigar la herida sin que tuviera que pedírselo.
Era un asistente perfecto.
No intentó hacerse el héroe ni dárselas de macho que salva el día.
Sabía que esa era mi área, que yo era lo más cercano a un médico ahí, y se dedicó exclusivamente a facilitarme el trabajo y a mantener a Mika distraída contándole un chiste malísimo sobre por qué las rocas del lago odiaban a los adolescentes.
Revisé el corte. Sangraba, pero no parecía profundo ni urgente. Presión, limpieza y un buen vendaje. Después, si seguía molestándole, la revisarían en el pueblo.
—Gasas —pedí.
Pato me puso tres cuadros de gasa estéril directamente en la palma de la mano. Apliqué presión en el pie de Mika.
Mateo seguía parado a dos metros de nosotros. Sus puños estaban apretados a los costados, observando la escena con una intensidad oscura. Estaba viendo cómo yo funcionaba bajo presión, cómo brillaba en mi mundo y cómo Pato encajaba a mi lado como la pieza perfecta de un rompecabezas.
Diez minutos después, Mika tenía el pie vendado, había dejado de llorar y estaba comiéndose una paleta de hielo que Pato le había traído del congelador.
Los adultos respiraron aliviados. André y Martha se acercaron a agradecerme mil veces. Mientras recogía el botiquín y me quitaba los guantes azules, Victoria se agachó a mi lado con la excusa de ayudarme a juntar la basura.
—Okey... —susurró Vic, asegurándose de que nadie más la escuchara.
Me miró a los ojos con una mezcla de admiración y rendición total—.
Amo a mi hermano con toda mi alma, Oli. Es mi sangre.
Pero tengo que ser objetiva: Patricio Villarreal es material de esposo.
Cien por ciento. Qué manera de darte tu lugar.
Tragué saliva, mirando a Pato, que ahora estaba platicando con mi papá en el patio, riéndose y lavándose las manos en el fregadero exterior.
Victoria tenía toda la maldita razón.
Pato no solo me conocía, no solo me deseaba. Pato me respetaba profesionalmente.
Y eso era un golpe letal para mí.
Después del susto con Mika, el ambiente necesitaba aligerarse con urgencia. Mientras los adultos se quedaban mimando a la niña en la sala, Santiago tuvo la brillante idea de organizar una noche de cine al aire libre en nuestro jardín para aprovechar el clima.
Necesitábamos una sábana blanca lo suficientemente grande para usarla como pantalla con el proyector de Leo, además de un arsenal de comida chatarra.
—Vámonos en mi Jeep —ofreció Pato, haciendo girar las llaves en su dedo índice—. Así cabemos los cinco sin problemas y llegamos más rápido al pueblo, en lo que Amber, Caro y Leo van por el proyector.
Pato iba al volante, con una mano en el volante y el viento revolviéndole el cabello oscuro. Santiago había reclamado el asiento del copiloto por derecho de hermano, lo que nos dejó a Victoria, Mateo y a mí apretados en el asiento trasero de la camioneta sin techo.
Yo iba en medio.
De mi lado izquierdo, Victoria cantaba a todo pulmón las canciones que ponía Santiago.
De mi lado derecho, la pierna de Mateo estaba pegada a la mía con una firmeza que no parecía accidental.
Cada vez que la camioneta tomaba una curva, él se inclinaba sutilmente hacia mí.
Su brazo descansaba en el respaldo, casi rozando mis hombros, marcando su territorio en completo silencio mientras Pato conducía ajeno a todo.
—Liv, ¿te acuerdas de aquella vez que íbamos a un partido un domingo a las seis de la mañana? —preguntó Pato, buscándome por el retrovisor—. Santiago y yo veníamos muertos porque habíamos salido de fiesta el día anterior. Tú manejaste y pusiste música para mantenernos vivos. ¿Qué canción era?
—Live While We’re Young, de One Direction —respondí, riéndome.
—Ya sabes qué hacer, Santi —dijo Pato, dedicándole una sonrisa.
Y así empezó una canción que me devolvió a una etapa de mi vida sin complicaciones, solo diversión, carretera y risas.
Todos en esa Jeep nos la sabíamos. Victoria y yo fingimos tener micrófonos, bailando desde el asiento trasero mientras Santiago se resignaba a sufrir nuestra versión dramática. Mateo me miraba con una expresión divertida, como si le gustara verme siendo yo sin filtros.
Volteé hacia el retrovisor justo cuando Pato apartó la vista del camino un segundo para mirarme.
Fue una mirada completa. De admiración.