LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #6
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CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #6

La sonrisa de Pato se ensanchó, iluminando sus ojos claros.

Levantó la mano y, con una suavidad que me erizó la piel, me apartó un mechón de cabello que se me había escapado, acomodándolo detrás de mi oreja.

Su toque fue fugaz, un roce apenas perceptible con la yema de los dedos, pero venía cargado de todo el peso de la ciudad, de la complicidad y de la promesa de un futuro sin complicaciones.

—Solo quería asegurarme de que no lo habías olvidado con tanto aire de lago —murmuró él, dándome un último guiño antes de agarrar las dos cajas de copas correctas de la mesa, retrocediendo para darme mi espacio—⁠. Vamos, la traductora de cristalería ya hizo su trabajo y los adultos tienen sed.

Salió de la habitación caminando hacia las escaleras, dejándome sola en medio de la sala vacía con el corazón latiéndome en la garganta y las piernas de gelatina.

Pato no necesitaba empujarme contra una pared para hacerme perder la cabeza. Su táctica era mucho más letal: me recordaba lo fácil, divertido y malditamente natural que era estar con él.

Tomé una respiración profunda, me froté los brazos para disipar el escalofrío y caminé hacia el pasillo.

Tenía que volver a la terraza. Tenía que volver a ver a Mateo.

Y por primera vez desde que empezó este verano de mentiras y escondites, no estaba segura de poder sostenerle la mirada al chico del lago sin sentirme dividida en dos.

Bajé las escaleras con el pulso todavía acelerado, intentando que mi respiración volviera a la normalidad. Pato venía unos pasos detrás de mí, cargando las cajas de copas como si la pequeña burbuja de tensión en el segundo piso nunca hubiera existido.

Salimos a la terraza. El sol ya se había escondido por completo y habían encendido unas luces cálidas en serie que colgaban sobre el jardín.

Apenas puse un pie afuera, mis ojos chocaron directamente con los de Mateo.

Seguía recargado en el barandal. Su postura era rígida, escrutando mi rostro, buscando cualquier señal de lo que había pasado adentro. Su mirada era una mezcla de furia contenida y una vulnerabilidad que me rompió un poquito el corazón.

Di un paso hacia él, sintiendo la necesidad irracional de explicarle que no había pasado nada, de calmar la tormenta en sus ojos. Pero antes de que pudiera acercarme, la música en la bocina principal cambió abruptamente.

Amber había tomado el control del celular y, con una sonrisa maliciosa, le dio play a una canción pop con ese beat rápido y súper característico.

Me congelé en mi lugar.

Desde el otro lado del jardín, Santiago, que estaba platicando con Leo, giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.

Sus ojos se abrieron de par en par. Pato, que acababa de dejar las cajas en la mesa de los adultos, se llevó las manos a la cabeza soltando un “¡No, por favor!” dramático.

—¡No se hagan, ya escucharon! —gritó Amber, aplaudiendo y haciéndose a un lado para dejar libre el centro de la terraza—⁠. ¡A la pista!

—¡Oli, diles que no! —me rogó mi hermano, caminando hacia mí con cara de pánico—⁠. ¡Esa etapa de nuestras vidas ya está superada!

—¿De qué hablan? —preguntó Leo, completamente confundido, mientras mis papás y los demás adultos miraban la escena con curiosidad.

No pude evitarlo. Una carcajada genuina y explosiva me brotó del pecho. Toda la tensión, el estrés del triángulo amoroso y la presión de las miradas de Mateo se evaporaron al instante.

—¡Ni de broma, Santiago Caprio! —grité, caminando hacia el centro del pasto e iluminándome por completo bajo las luces de la terraza—⁠. ¡Fueron tres horas de ensayo en el departamento! ¡Posiciones!

Pato soltó un suspiro resignado, pero la sonrisa divertida no se le borró de la cara. Caminó hacia el centro y se paró a mi derecha. Santiago, refunfuñando, se acomodó a mi izquierda.

Y justo cuando el coro de la canción rompió, los tres empezamos a movernos en perfecta sincronía.

Era la coreografía viral más ridícula y complicada de TikTok, Lush Life, de Zara Larsson.

Y ahí estábamos: Santiago, Pato y yo, moviéndonos, haciendo los giros y marcando los pasos exactamente al mismo tiempo.

La terraza estalló en gritos y aplausos.

Mi papá casi tira su copa de vino por reírse tan fuerte, y la señora Frida grababa todo con su celular, llorando de la risa.

Pato se equivocó en un paso, chocó con Santiago, y los dos empezaron a empujarse en medio de la coreografía sin dejar de bailar, haciéndome reír tanto que casi me doblo a la mitad por la falta de aire.

Era pura luz.

Era felicidad ruidosa, descarada y sin filtros.

Terminamos la canción haciendo una pose final dramática hacia el suelo. El jardín entero nos ovacionó. Pato, muerto de risa y agitado, me agarró por la cintura, me levantó del suelo en un abrazo de oso girándome en el aire, para luego chocar los cinco con Santiago.

—¡Somos los reyes de esa maldita aplicación! —celebró Santiago, pasándose una mano por el cabello húmedo de sudor.

Mientras me recuperaba de la risa, apoyando las manos en mis rodillas para jalar aire, levanté la vista.

Mateo seguía junto al barandal.

No estaba riendo.

No estaba aplaudiendo.

Me miraba fijamente desde las sombras de la terraza, rodeado por todo el ruido y la alegría de nuestras familias. Su expresión era ilegible, pero la forma en que apretaba la mandíbula lo decía todo.

En ese momento, la verdad me golpeó con la fuerza de un tren de carga.

En el lago, Mateo y yo éramos un secreto escondido en la oscuridad, lleno de tensión, susurros y reglas.

Pero Pato...

Pato pertenecía a mi vida real.

Con Pato yo bailaba a plena luz, hacía el ridículo frente a nuestros padres y encajaba en un mundo donde no tenía que pedir perdón ni esconderme de nadie.

Y mientras Mateo se quedaba ahí, observando desde fuera la burbuja de mi complicidad con los de la ciudad, supe que Pato acababa de ganar una ventaja que ninguna lagartija de fuerza iba a poder superar.