LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #5
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CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #5

—Oiga, Alonso —le dijo Pato a mi papá, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Santiago mientras se tomaba su bebida—⁠. Aprovecho que estamos todos aquí para disculparme formalmente por el estado deplorable en el que le mandé a sus hijos el primer día que llegaron al lago.

Mi papá soltó una carcajada, mirándolo con curiosidad.

—¿De qué hablas, Patricio? Si llegaron hechos unos zombis, pero pensé que era por la manejada.

—No, señor, fue culpa mía —Pato soltó una risa, negando con la cabeza, y me lanzó una mirada cómplice—⁠.

¿Te acuerdas, Santi? La última noche antes de que se vinieran para acá.

Salimos a celebrar el fin de semestre. Liv venía saliendo de una guardia súper pesada en el hospital, literal se estaba durmiendo parada, pero no nos quiso dejar morir solos.

—Fue una noche épica —confirmó Santiago, riéndose—⁠. No sé cómo sobrevivimos.

—Exacto. Total, se nos hizo tardísimo y terminamos todos en mi departamento de after —continuó Pato, con esa naturalidad que lo hacía tan encantador frente a los adultos—⁠.

Santi se quedó noqueado en mi alfombra como a las cuatro de la mañana.

Y Liv... bueno, Liv no aguantó más y se quedó dormida en mi sillón. ¿Te acuerdas, Liv?

—Sí —dije en un murmullo, cuando el recuerdo empezó a abrirse paso.

FLASHBACK

El sonido ensordecedor del antro había sido reemplazado por el zumbido suave del refrigerador en el departamento de Pato.

La luz tenue de la ciudad se filtraba por el ventanal, pintando la sala de tonos azules.

Santiago estaba hecho un bulto en la alfombra, roncando rítmicamente.

Yo estaba tirada en el sillón principal, exhausta, sintiendo que los párpados me pesaban una tonelada.

Escuché unos pasos suaves sobre la madera. Pato apareció con dos tazas de café humeante.

—Tranquila, Liv —susurró, con esa sonrisa ladeada, sentándose en el borde del sillón, cerca de mis pies—⁠. No te voy a cobrar renta por dormirte aquí.

—Gracias. Eres... un salvavidas —dije, estirando la mano para tomar la taza, pero mis dedos temblaron por el cansancio. Él sostuvo la taza con firmeza, ayudándome a dar el primer sorbo.

—Te vas a caer de sueño. Deja eso —dijo, tomando la taza de regreso y poniéndola en la mesa de centro con un clic suave.

Se giró hacia mí. Sus ojos claros brillaban en la penumbra, sin rastro de burla, solo con una atención suave. Puso una mano detrás de mi cuello para acomodarme mejor el cojín. Su pulgar rozó mi mandíbula. El contacto fue ligero, pero me hizo abrir los ojos.

—Hacemos buen equipo, ¿o no? —murmuró, acercándose lo suficiente para que mi cansancio dejara de importar.

—El mejor —susurré.

No hubo prisa. Pato me besó con esa seguridad tranquila que siempre había tenido, como si supiera exactamente hasta dónde podía acercarse sin asustarme. Le respondí más por confianza y por esa noche extraña en la que todo parecía suspendido entre la ciudad y el amanecer.

Su mano se quedó en mi cintura y la mía en su nuca. Por un momento, el departamento, el ruido lejano de los coches y Santiago dormido en la alfombra dejaron de existir.

Entonces mi hermano soltó un ronquido absurdo y se movió en el piso.

Nos separamos de golpe.

Pato apoyó la frente contra la mía y soltó una risa baja, nerviosa.

—Maldita sea, Santi.

Yo también me reí, todavía con el corazón acelerado.

—Creo que esa es nuestra señal para dormir.

Pato se puso de pie, cruzó hacia el pasillo y volvió segundos después con una playera enorme de fútbol americano.

—Póntela —dijo, tendiéndomela con una sonrisa más suave—⁠. Estás muerta de cansancio, Liv. Mañana yo te revivo.

Me cambié en el baño, dejé el top negro sobre el sillón sin pensarlo demasiado y regresé envuelta en su playera. Olía a él, a colonia cítrica.

Me quedé dormida antes de poder decidir si aquello había sido una mala idea o solo otra noche más en la vida que yo fingía tener bajo control.

FIN DEL FLASHBACK

El calor me subió a las mejillas. Mis papás no vieron nada malo en la historia; para ellos, era solo una anécdota de universitarios, de amigos cuidándose entre ellos.

—Ay, estos muchachos —dijo mi mamá, riendo y negando con la cabeza—⁠. Con razón la mitad del camino iban dormidos.

—Tuve que hacerles chilaquiles y café súper cargado al mediodía para revivirlos y que pudieran agarrar carretera —remató Pato, guiñándome un ojo—⁠. Hacemos buen equipo para sobrevivir a la ciudad, ¿o no?

Sonreí, sintiendo una punzada de pánico en el estómago, y asentí.

—Sí, los mejores chilaquiles salvavidas, la verdad —admití, intentando sonar casual.

Toda la mesa rió. El ambiente era ligero, perfecto. Pero yo levanté la vista, instintivamente, buscando a Mateo.

Estaba sentado al otro lado de la mesa. Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, inamovibles. El vaso que sostenía en la mano parecía a punto de romperse por la fuerza de su agarre.

Pato no había contado la historia con malicia, pero acababa de soltar una bomba nuclear.

Con una simple anécdota, le había restregado a Mateo en la cara el nivel de intimidad y normalidad que compartíamos en la ciudad: salidas hasta la madrugada, afters en su departamento, dormir en su sillón, despertar juntos y que él me preparara el desayuno antes de viajar.

Cosas normales.

Mateo no sabía cómo era yo cuando salía con mis amigos de la ciudad.

No sabía cómo me reía a las cuatro de la mañana, ni qué cara tenía cuando me despertaba con resaca en el sillón de otra persona.

Él solo conocía a la Olivia del lago. A la Olivia que se escabullía en la oscuridad para no ser descubierta.

El golpe de realidad fue brutal.

Mateo bajó su vaso lentamente. Asintió hacia mí, una confirmación silenciosa de que había captado el mensaje de Pato fuerte y claro, pero con una sombra de melancolía cruzándole las facciones que me estrujó el corazón.

El contraste entre los dos mundos acababa de chocar frente a todos, y Pato nos acababa de aplastar con el peso de su cotidianidad.

Cuando terminamos de comer, el ambiente se relajó aún más. Los adultos se quedaron en la sobremesa con botellas de vino, mientras el grupo de jóvenes nos movimos hacia la parte baja del jardín, cerca de los sillones de exterior.

El sol empezaba a bajar, tiñendo el lago de tonos naranjas y dorados. Pato se sentó en uno de los sillones, riéndose de algo que Leo le estaba contando, cuando su celular vibró en la mesa de centro. Lo revisó, tecleó algo rápido y luego levantó la vista hacia mí.

—Liv —me llamó, levantándose del sillón y señalando con la cabeza hacia el interior de la casa—⁠.

¿Me acompañas un segundo? Mi mamá me está pidiendo que baje unas cajas de la segunda planta que tienen copas, y no tengo idea de cuáles son las de vino tinto o las de agua.

Te necesito como mi traductora de cristalería oficial.

—Claro, te ayudo —respondió mi boca antes de que mi cerebro pudiera procesar el peligro.

Me puse de pie. Apenas di un paso hacia la puerta de cristal de la casa, sentí una mirada quemándome la nuca.

Me giré disimuladamente. Mateo estaba recargado contra el barandal de madera del patio, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa como el acero. Sus ojos oscuros me lanzaron una advertencia silenciosa pero ensordecedora.

Te lo dije en el lago, parecía gritarme su mirada. No te escapes con él.

Tragué saliva, sintiendo que el pulso me retumbaba en los oídos, pero no me detuve. Entré a la casa siguiendo a Pato, dejando a Mateo afuera y sabiendo perfectamente que estaba caminando directo hacia una bomba de tiempo.

El interior de la casa estaba fresco y olía a pintura nueva.

Subimos las escaleras en silencio, esquivando algunas cajas de la mudanza que aún estaban apiladas en los escalones.

Llegamos a lo que sería la sala de estar de la segunda planta.

Había tres cajas de cartón sobre una mesa cubierta con un plástico protector.

El ruido de la fiesta y las risas de mis papás llegaban amortiguados a través de las ventanas.

Me acerqué a la primera caja y empecé a abrir las solapas de cartón con cuidado.

—Aquí están —dije, sacando una copa envuelta en papel burbuja—⁠. Estas son las de vino tinto, tienen el cáliz más ancho. Las de agua son las que dejaste en la otra caja.

Me giré con la copa en la mano y me di cuenta de que Pato no estaba mirando la cristalería. Estaba recargado contra el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de sus shorts y esa misma sonrisa ladeada del sillón iluminándole el rostro.

—Era completamente mi intención que recordaras que no tuvimos una despedida apropiada —soltó de repente, su voz bajando un tono, resonando con una claridad peligrosa en la habitación vacía.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. El calor del patio no era nada comparado con el que me subió a las mejillas en ese instante. El recuerdo del departamento seguía demasiado fresco en mi memoria.

—Basta, Pato —lo frené, soltando una risita nerviosa y apuntándolo con la copa, usando un tono que intentaba ser de regaño pero que salió innegablemente divertido—⁠. Compórtate. Tu mamá te mandó por copas, no a hacerme dudar de mi memoria.

Él soltó una carcajada baja. Se despegó del marco de la puerta y dio un par de pasos hacia mí. No me acorraló, no invadió mi espacio con agresividad; se detuvo a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca para que su colonia cítrica y fresca me envolviera por completo.

—Me estoy comportando. Solo estoy diciendo la verdad —Pato inclinó un poco la cabeza, buscando mis ojos. Su expresión juguetona se suavizó, cambiando la arrogancia por una sinceridad desarmante—⁠. Tú sabes que siempre nos la hemos pasado increíble, ¿o no, Liv?

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada.

Esa era su trampa. No había juegos mentales, no había reclamos territoriales. Solo la pura y sencilla verdad.

—Sí —admití, en un susurro honesto, bajando un poco la guardia—⁠. Siempre nos la pasamos increíble.