LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #4
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CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #4

En lugar de soltarme, dio un paso hacia mí y me llevó hacia una de las grandes rocas húmedas que bordeaban el río. El agua nos llegaba hasta la cintura, ocultando cualquier gesto bajo la superficie. Sus ojos bajaron un segundo antes de volver a clavar su mirada en la mía.

—¿Así que ahora te escapas a su casa a elegir muebles? —insistió, su voz sonando áspera por los celos.

—¡No me escapé! Me lo topé en la mañana cuando fui a la cocina, mi papá me dijo que fuera con él. Solo estuve ahí veinte minutos.

—Fueron suficientes para que te diera tus malditas barras de proteína y te invitara a regresar más tarde.

Su mano se quedó en mi cintura bajo el agua, firme y cálida, con esa mezcla de reclamo y miedo que me desarmaba más que cualquier amenaza.

—Odio esto, Olivia —confesó de pronto, su tono perdiendo filo y ganando una vulnerabilidad que me rompió por dentro—⁠.

Odio que él pueda llegar, invitarte a su casa frente a toda tu familia como el niño bueno de la ciudad, y yo tenga que esconderme detrás de una roca para poder hablarte como quiero sin que Alonso quiera matarme.

Sentí un nudo en la garganta. Levanté las manos y las apoyé en su pecho mojado, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo mi palma.

—Pues podemos revelarlo de una vez —le dije suavemente.

—Si tu papá se entera de nosotros de golpe, no me va a dejar acercarme a ti a menos de tres metros, y lo sabes —respondió Mateo.

La oscuridad en sus ojos se suavizó un poco, dejando ver una sinceridad que me estrujó el pecho—⁠.

Yo sé que me quiere, de verdad lo sé. Y sé que si lo soltamos poco a poco, lo aceptará como aceptó lo de Santiago y Vic.

Voy a ir a esa comida. Voy a sentarme en su mesa y voy a tener que ver cómo sonríe toda la maldita tarde.

Pero más te vale, Caprio, que no te “escapes” con él a ver ninguna decoración.

—¿Me estás dando una orden, Montoya? —lo reté, alzando la barbilla, aunque el pulso me latía a mil por hora en el cuello.

Mateo abrió los ojos. La oscuridad en ellos era absoluta.

—Tómalo como una advertencia para mi autocontrol —susurró contra mis labios—⁠. Porque si te veo a solas con él en esa casa, quizá el secreto se termine hoy mismo.

No me dio tiempo de responder. Me besó con una urgencia feroz, saboreando el agua del río y el sol en mis labios. Fue un beso rápido, intenso, un recordatorio de que, sin importar quién fuera el anfitrión en la tarde, mi corazón seguía latiendo por él.

Se separó justo cuando escuchamos a Caro gritar nuestros nombres desde la otra orilla.

Mateo me soltó lentamente bajo el agua. Dio un paso atrás, se pasó una mano por el cabello mojado para despejarse la cara y su expresión volvió a cerrarse en esa máscara de indiferencia perfecta.

—Vamos, Oli —dijo en voz alta, en un tono completamente casual—⁠. Hay que ir a arreglarnos. Tenemos una casa que inaugurar.

Nadar de regreso al grupo sintiendo su mirada clavada en mi espalda fue una tortura. Salimos del agua, nos secamos con las toallas mientras Santiago nos apuraba y emprendimos el camino de regreso por el sendero.

La comida en casa de Pato estaba a punto de empezar y, si la tensión en el río era un indicador, esa terraza iba a ser un verdadero campo minado.

Una hora después, mi habitación se había convertido en un salón de belleza improvisado.

Había ropa tirada sobre la cama, secadoras de cabello encendidas y una playlist de reguetón sonando en la bocina de Amber.

Victoria estaba sentada frente a mi espejo delineándose los ojos, mientras Caro y Amber ocupaban el piso, pasándose la plancha de cabello.

Yo estaba sentada al borde del colchón, poniéndome crema humectante en las piernas después de haberme puesto un vestido corto de mezclilla suelta.

—Okay, voy a decir algo y necesito que nadie me juzgue —anunció Caro de repente, apagando la plancha y mirándonos a todas—⁠. Tenemos que hablar del elefante guapísimo en la habitación.

—¿Te refieres a Patricio Villarreal y a su complejo de protagonista de antro? —preguntó Amber, sin apartar la vista de su celular—⁠. Porque si es así, tengo un par de comentarios que hacer.

Solté un suspiro y me dejé caer de espaldas contra el colchón.

—Chicas, por favor. Ya tengo suficiente con la intensidad de Mateo en el lago como para que ustedes empiecen.

—No, no, escúchame, Oli —intervino Victoria, girándose en la silla del tocador, usando la brocha de maquillaje para señalarme—⁠. Santi siempre me ha dicho que Pato es un tipazo, pero lo de hoy... mis respetos.

—¡Exacto! —brincó Caro—⁠. Güey, qué madurez la de ese hombre.

Literalmente perdió una competencia de lagartijas, frente a nosotras, frente a tu papá y contra el güey que claramente lo fulmina con la mirada...

y en lugar de hacer un berrinche de macho ardido, se paró, se rió y lo felicitó.

¿Sabes lo raro que es un bato con el ego tan sano?

Me quedé callada, mirando el techo. Tenía toda la razón. Cualquier otro en el lugar de Pato se habría puesto a la defensiva o habría intentado humillar a Mateo de otra forma. Él simplemente aceptó la derrota con gracia.

—A mí lo que me dejó en shock fue lo del gimnasio —agregó Amber, gateando hasta el borde de mi cama y apoyando la barbilla en el colchón para mirarme de cerca—⁠.

Te vio estresada por no entrenar, te sacó todo el equipo al pasto y se puso a hacer rutina contigo súper buena onda.

Sin contar que te trajo la barra de proteína exacta que subiste a tus historias hace semanas.

—Y el latte con leche de almendras y extra shot —murmuré sin pensar, cerrando los ojos.

—¡Cállate! ¿También te trajo eso? —chilló Caro, llevándose las manos a la cara—⁠. Olivia, te está prestando una atención nivel francotirador. Y no te está asfixiando, te está dejando ser tú, pero cuidándote. Qué chido detalle, la verdad.

Me pasé las manos por la cara, sintiendo que un nudo de confusión se instalaba permanentemente en mi estómago.

—Mateo también me cuida —me defendí, sintiendo la necesidad de equilibrar la balanza—⁠. A su manera. Aparte, ¿quién dice que Pato no lo hace solo para conquistarme y en el momento en el que crea que ya me tiene va a dejar de ser así?

Victoria me señaló con la brocha de maquillaje, asintiendo lentamente.

—Nadie dice que no, Oli —dijo Victoria con voz suave, acercándose para sentarse a mi lado en la cama—⁠.

Mateo te adora, es obvio. La forma en la que te mira...

Dios, si Santiago me mirara así un solo día, me caso mañana.

Pero tienes que admitir que Pato está jugando sus cartas increíblemente bien.

Y lo está haciendo en tu terreno: la ciudad, la disciplina, tus gustos.

La fase de cacería siempre es engañosa, eso sí. Pero por eso mismo tienes que observar.

—Aun así, es el paquete completo de la normalidad —concluyó Amber, levantándose para sacudir su vestido.

La frase flotó en el cuarto, pesada y dolorosamente cierta.

Me senté al borde de la cama, mirando mis sandalias.

Lo que habíamos hablado Mateo y yo en el lago cobró un peso distinto.

Mateo quería ser ese chico normal para mi familia en un futuro, quería llevarlo poco a poco...

pero Pato ya estaba ahí, sentado en la mesa de mis papás, sin ningún esfuerzo.

—Bueno, ya —dictaminó Caro, aplaudiendo una vez para romper la tensión melancólica—⁠.

No tienes que casarte con ninguno hoy. Es más, literalmente no tienes que casarte con ninguno.

Puede que llegue alguien más a tu vida y fin.

Hoy solo vamos a cruzar ese jardín, comer rico, tomar tequila y ver cómo dos titanes se pelean por tu atención de forma civilizada. Vamos.

Me levanté de la cama, me di un último vistazo en el espejo y suspiré.

A las tres de la tarde, el olor a carbón encendido y carne asada inundó el aire del terreno. Era hora de cruzar a la casa de al lado.

Apenas pusimos un pie en el patio de los Villarreal, el contraste con nuestra casa fue evidente. Todo era nuevo, reluciente y, aunque faltaban cajas por desempacar adentro, el exterior estaba listo para una revista.

Pato venía caminando hacia nosotras desde el asador. Llevaba unos shorts tipo traje de baño azul marino y una camisa de lino blanca abierta, con unas pinzas de asador en una mano y una sonrisa deslumbrante.

—Bienvenidas a su nueva casa, chicas —nos saludó, guiñándole un ojo a Caro y a Amber antes de centrar toda su atención en mí—⁠. ¿Qué te sirvo, Liv? Hay cerveza, tequila o te puedo preparar ese cóctel de frutos rojos que siempre pides en el antro.

Amber y Caro se miraron de reojo. El nivel de memoria de Pato ya era un arma letal.

—El tequila está perfecto, Pato. Gracias —respondió mi cerebro antes de que el pánico me traicionara.

—No se diga más. Sprite con tequila y limón, ¿verdad? —dijo.

Yo asentí con la cabeza, sin saber qué más decirle.

—¿Y ustedes, chicas?

—Yo sí quiero cerveza, please —dijo Amber.

—Nosotras igual —dijo Vic.

Pato asintió, fue a la barra improvisada y regresó en segundos, entregándonos las bebidas.

Busqué por el patio disimuladamente. Los Montoya acababan de llegar. El señor André saludaba a mi papá, mientras Martha abrazaba a Frida. Leo se fue directo a molestar a Santiago.

Y Mateo...

Mateo estaba parado cerca de la hielera. Llevaba unos pantalones cortos oscuros y una playera negra. Tenía una cerveza en la mano y los ojos fijos en la espalda de Pato. Recordé su advertencia en el lago: me iba a estar vigilando. No estaba bromeando.

A lo largo de la comida, Pato fue el anfitrión perfecto. Se movía entre las mesas con una facilidad envidiable. Logró que incluso Leo, que usualmente era el centro de atención, se riera a carcajadas con una anécdota. Pato era magnético; envolvía a todos en su carisma.

Y entonces soltó la bomba en la mesa principal.