CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #3
—Exacto —le respondió Santi.
—El que pierda recoge todo el equipo solo —dijo Mateo.
Pato tiró su botella de agua al pasto, aceptando el reto de inmediato. Su sonrisa se desvaneció para dar paso al atleta calculador. Los tres se tiraron al piso en posición de plancha al mismo tiempo. Me froté las manos, emocionada por la competencia, y me coloqué a nivel del piso para ser la juez.
—A ver, reglas claras —anuncié, tomándome mi papel con absoluta seriedad—. Espalda recta, el pecho tiene que rozar el pasto y los brazos tienen que extenderse arriba. Si arquean la espalda como gusanos, están descalificados. Yo cuento. ¿Listos?
Asintieron sin mirarse, los tres con la vista clavada en el pasto entre ellos.
—¡Dale! Uno... dos... tres...
Desde el primer movimiento, quedó claro que esto no era un juego amistoso. Era una guerra de egos ejecutada a través de pura fuerza física. Subían y bajaban en una sincronía hipnótica. El sol de la mañana brillaba sobre sus espaldas, resaltando el contraste entre los tres.
Mateo tenía el cuerpo clásico de un jugador de fútbol americano: explosivo, ancho y diseñado para el impacto.
Sus músculos se flexionaban con una técnica pulida, casi de manual.
Pato, en cambio, era pura fuerza terca. Sus hombros y su espalda se movían con la resistencia de alguien que está acostumbrado a llevar su cuerpo al límite. Y mi hermano bueno ahí estaba.
Todos estábamos al borde de la emoción, siguiendo los movimientos. Los papás empezaron a apostar entre sí de manera amistosa para ver cuál de sus hijos ganaba.
—...veinte... veintiuno... veintidós... —seguía contando.
El sonido de sus respiraciones se volvió más pesado, marcando el ritmo en el jardín silencioso. El sudor empezó a resbalar por la frente de Pato, goteando sobre el pasto. Las venas en los antebrazos y el cuello de Mateo resaltaban como cables de tensión.
—...cuarenta... cuarenta y uno...
Para el número cincuenta, el esfuerzo empezó a notarse. Pato apretó los dientes, soltando el aire con un siseo áspero cada vez que empujaba su cuerpo hacia arriba. Giró la cabeza ligeramente para ver a su oponente.
Mateo no lo miró.
De hecho, Mateo ni siquiera estaba mirando el suelo.
Cada vez que empujaba hacia arriba, en el punto máximo de la lagartija, Mateo levantaba la vista y clavaba sus ojos oscuros directamente en mí. Era una mirada ardiente y cargada de todas las promesas que me había hecho la noche anterior.
Estaba dejando claro, con cada repetición, que no estaba compitiendo contra Pato.
Estaba compitiendo por nosotros.
Sentí un escalofrío recorrer toda mi columna vertebral, ignorando por completo el calor del sol sobre mi piel.
—...sesenta y cinco... sesenta y seis... ¡Venga, no se rindan! —los animaba.
En el número setenta y dos, la técnica perfecta de Pato empezó a flaquear.
Sus brazos temblaban visiblemente. Bajó para la setenta y tres, su pecho tocó el pasto, pero al empujar hacia arriba, su espalda se arqueó un poco.
Soltó un gruñido ahogado, bloqueó los codos y, sabiendo que ya no tenía fuerza para otra repetición estricta, dejó caer las rodillas al pasto, riendo mientras intentaba recuperar el aliento.
—Madres... —jadeó Pato, sentándose sobre sus talones, pasándose el brazo por la cara empapada de sudor—. Setenta y tres. Ya no tengo brazos.
Mateo y Santiago seguían en posición de plancha. Sus brazos temblaban tanto que parecía que iban a romperse. El sudor les escurría por el pecho y el abdomen.
Con un esfuerzo que le costó hasta la última gota de oxígeno, Mateo bajó lentamente y empujó hacia arriba.
Setenta y cuatro.
Bloqueó los brazos, levantó la cabeza y volvió a atrapar mi mirada.
Sus ojos brillaban con pura adrenalina y una victoria aplastante.
Sostuvo la posición arriba durante dos segundos enteros, solo para probar su punto, y luego se dejó caer de rodillas sobre el caucho, respirando con tanta fuerza que su pecho subía y bajaba violentamente.
Santiago hizo dos más antes de terminar completamente tirado en el piso.
—¡Wow! ¡Setenta y seis! —celebró Santiago, dándole una palmada en la espalda a Mateo y a Pato que casi los manda de cara al suelo—. El campeón del lago defiende su título.
Pato soltó una carcajada ronca. Lejos de verse humillado, parecía genuinamente divertido. Se puso de pie y le tendió la mano a Mateo para ayudarlo a levantarse.
—Mis respetos, Montoya —dijo Pato, cuando Mateo aceptó el tirón para ponerse de pie—. Tienes fuerza de animal. Pero mañana pido revancha.
Mateo se limpió el sudor de la cara con el dorso de la mano, asintiendo lentamente, su respiración aún entrecortada.
—Cuando quieras, Villarreal —respondió Mateo, su voz ronca y cargada de advertencia—. Pero tú recoges las pesas hoy.
Pato alzó las manos en señal de rendición, riendo.
—Trato justo. Santi, ayúdame.
Mientras los dos amigos empezaban a recoger el equipo bromeando sobre la humillación pública, Mateo caminó hacia el patio para recoger su playera de tirantes. Tuvo que pasar a centímetros de mí para llegar a las escaleras de madera donde estaba sentada.
Se sentó justo a mi lado. Estaba tan cerca que el calor que irradiaba su piel me envolvió por completo.
—¿Te gustó el espectáculo, Caprio? —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara, secándose el cuello con su playera.
—Estás loco —susurré, sin poder evitar que una sonrisa se me escapara, levantando la vista para encontrarme con sus ojos.
—Te lo dije anoche —respondió, bajando un poco la cabeza hasta que sus labios casi rozaron mi oreja, enviando una descarga eléctrica directo a mi estómago—. No le voy a dejar el camino libre.
Se separó de mí antes de que pudiera contestar y me guiñó un ojo con una arrogancia que me dejó sin aliento.
Me quedé en el pasto, con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas.
La guerra fría había terminado.
Esto ya era un conflicto armado a plena luz del día, y yo estaba parada justo en medio del campo de batalla.
—Bueno, después de ese espectáculo, más les vale que el desayuno sea abundante —dijo mi papá, apareciendo en el patio con una charola llena de fruta picada—. Leo, chicas, no se hagan los difíciles. Vengan.
El desayuno se convirtió en un banquete improvisado en mi patio.
Entre chilaquiles, huevos al gusto y café, la conversación fluyó sorprendentemente bien.
Amber, Caro y Victoria no perdían oportunidad para hacerle preguntas indiscretas a Pato sobre la ciudad, mientras Leo intentaba convencer a Santiago de que su técnica de lagartijas había sido “irregular”.
—Fue técnica pura, hermano —se defendía Pato, mientras se servía un tercer plato de huevos—. El lago les ha dado una ventaja competitiva, pero en la ciudad los entrenamientos son otro nivel.
Mateo estaba sentado a mi lado, comiendo en silencio, pero su rodilla seguía pegada a mi pierna bajo la mesa. Cada vez que alguien mencionaba algo sobre la ciudad, él simplemente apretaba la mandíbula, pero se mantenía contenido. Era un alivio verlos convivir sin que saltaran chispas.
Al terminar, con los estómagos llenos y la energía a tope, Santiago soltó la idea mágica:
—¿Y si nos vamos al lago? El sol está perfecto y el agua debe estar helada.
—¡Jalo! —gritó Leo.
Las chicas empezaron a organizar toallas y bloqueadores en tiempo récord.
Mateo dejó su plato sobre la mesa y me miró.
—Voy por las toallas al cuarto de Santi —dijo, lanzándome una mirada fugaz pero cargada de significado, antes de caminar hacia adentro de la casa.
El trayecto al lago fue divertido. Entre risas y música, caminamos por el sendero rodeado de árboles hasta llegar al muelle. El agua estaba cristalina, reflejando el azul intenso del cielo. Sin pensarlo dos veces, Santiago y Leo se lanzaron de clavado.
Pato se acercó a mí mientras yo dejaba la toalla sobre una roca.
—¿Te avientas, Liv? —me retó, acercándose a la orilla.
—¿Me estás retando a mí? —le pregunté, retadora.
—Siempre.
Me lancé al agua sin pensarlo. El choque térmico fue delicioso.
Pasamos la siguiente hora nadando y tratando de subirnos a una roca resbaladiza.
Pato era divertido, competitivo y, sobre todo, me hacía reír con ganas.
Había algo en su forma de bromear que me hacía olvidar por un momento la tensión con Mateo.
Sin embargo, notaba que Mateo estaba inusualmente callado. Se mantenía en las orillas, observando, nadando con brazadas potentes pero distantes, vigilando cada acercamiento de Pato hacia mí.
Cerca de la una de la tarde, Pato salió del agua y se sacudió el cabello como un cachorro.
—Bueno, equipo —dijo, mirando su reloj sumergible—. Me tengo que regresar. Mis papás me dijeron que esta tarde haremos una comida para agradecer la cena de anoche e inaugurar la casa como se debe, así que tengo que ir a ayudar.
—¡Qué mal plan! —se quejó Amber desde la orilla.
—Ni me lo digan —Pato se acercó a mí, aprovechando que el grupo estaba distraído—. Pero nos vemos más tarde. Liv, a ver si después de la comida te escapas un rato y terminamos de ver lo de la decoración de la terraza.
Me sonrió, me dio un toque amistoso en el hombro y se despidió de todos con un gesto de la mano, alejándose por el sendero hacia las casas.
El grupo se quedó un momento en silencio, disfrutando el sol en las rocas. Pero en cuanto la figura de Pato desapareció entre los árboles, sentí una mano firme sujetando mi muñeca bajo el agua.
Mateo me jaló hacia una zona más apartada, lejos de donde estaban Santiago y los demás.
—¿Decoración de la terraza? —preguntó, con la voz baja y ese brillo peligroso de vuelta en sus ojos—. ¿Desde cuándo eres experta en diseño de interiores, Caprio?
—Desde que la señora Frida amenazó con comprar unos cojines con estampado de jungla para sus muebles nuevos —me defendí en un susurro, sintiendo el contraste entre el agua helada del río y el calor de su mano en mi muñeca—. Mateo, suéltame, Santi está a diez metros.
—Tu hermano está intentando ahogar a Leo, ni siquiera nos está viendo.