LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #2
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CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO #2

—Tengo que entrenar —admití con un suspiro, mirando hacia el pasto—⁠. Mateo tenía razón en algo esta mañana: si dejo pasar un día más sin tocar una pesa, me voy a sentir peor. El problema es que hacer sentadillas con garrafones de agua en la sala de mi casa ya no me está sirviendo de mucho.

Pato me miró por un segundo y luego soltó una carcajada ronca, poniéndose de pie de un salto.

—Liv, por favor. ¿Crees que yo iba a sobrevivir todo el verano en el lago sin equipo? Mi papá es un obsesivo del ejercicio y yo tengo que mantener la fuerza para la temporada. Traje pesas en la caja de la camioneta. Ayúdame a cruzarlas a tu patio, el pasto de tu casa está más plano.

Se me iluminaron los ojos.

Entre los dos, sacamos del garaje de su casa un par de tapetes de caucho, mancuernas hexagonales, dos kettlebells pesadas y una barra recta con algunos discos.

Lo acomodamos todo en el jardín trasero de mi casa, justo frente a mi patio, con el lago de fondo y el sol de la mañana empezando a calentar el ambiente.

Pato conectó su celular a una bocina portátil y puso una playlist de rock que me inyectó energía al instante. Yo llevaba mis leggings y la sudadera gris oversize, y empezamos a calentar.

Apenas estábamos en la segunda serie de desplantes cuando la puerta de mi casa se abrió de golpe.

Santiago salió al patio, descalzo, frotándose los ojos, con unos shorts deportivos y el cabello hecho un desastre.

—Qué traición —se quejó mi hermano, bajando los escalones con voz ronca—⁠. Tienen un gimnasio entero en mi jardín trasero y no me avisan.

—Te fuiste a dormir a las cuatro de la mañana. Creí que estabas en coma —se burló Pato, lanzándole una mancuerna ligera al pasto para que se uniera.

—Soy un atleta de alto rendimiento, Villarreal, respeta —Santiago bostezó, estirando los brazos, y se acomodó a nuestro lado en el pasto para empezar a calentar.

Hicimos un calentamiento largo. El ambiente se volvió de pura camaradería. Era innegable: los tres éramos deportistas, hablábamos el mismo idioma de disciplina y sudor.

Nuestro calentamiento de siempre no era solo estirar; eran repeticiones con peso, sin peso y esa tortura disfrazada de preparación física que nuestro coach llamaba “activación”.

Él casi siempre se enfocaba más en ellos, pero cuando nos tocaba a nosotras, tampoco tenía piedad.

Nos turnábamos las pesas, contábamos repeticiones y nos exigíamos el uno al otro.

Quince minutos después, con el calentamiento terminado al fin, el ruido de nuestras risas, la música fuerte y el choque de las pesas contra el pasto atrajeron a alguien más.

Mateo venía trotando por el sendero que conectaba con el muelle, terminando su carrera matutina.

Estaba bañado en sudor, el pecho subiendo y bajando con ritmo acelerado, y la playera de tirantes gris se le pegaba al torso como una segunda piel.

Redujo la velocidad al vernos y caminó hacia nosotros, su mirada evaluando la escena de inmediato: el equipo esparcido, la música, Santiago, Pato y yo.

—¿Hay espacio para uno más? —preguntó Mateo, su voz profunda cortando el beat de la canción, deteniéndose justo en el borde de los tapetes de caucho.

—Pásale, Montoya —le ofreció Pato, con una sonrisa competitiva que no intentaba ocultar—⁠. Justo estábamos a punto de subirle el peso y ahora sí entrenar.

Mateo no dudó. Se quitó los auriculares, los dejó junto a su termo y soltó una respiración lenta.

Como si la mañana hubiera decidido convertirse en competencia.

—Perfecto. Ahora sí se puso bueno —dijo Santiago sonriendo de oreja a oreja.

De repente, mi jardín se había convertido en una arena de egos deportivos.

—Wow, ¿qué tenemos aquí? —dijo Vic, saliendo de mi casa—⁠. Creo que llegué justo a tiempo. Iré por una silla, me sentaré aquí con mi café y le hablaré a Caro y Amber, porque seguro no se quieren perder esto.

—Todo esto es tuyo, mi amor —le dijo Santiago a Vic, haciendo un baile ridículo que nos hizo reír a todos.

—Permítanme. Iré por mi silla y en veinte minutos llegan las otras. Y Leo, que seguramente también se va a sentar —anunció Vic, caminando de regreso a la casa.

—Muy bien, chicos, ¿listos para lo bueno? —preguntó Pato.

—Claro, Villarreal. Enséñanos lo que tienes —respondió Mateo, con un tono peligrosamente amable.

Victoria regresó con su silla y la puso justo debajo del techo del patio trasero, lista para ver la función de testosterona en primera fila.

Pato nos entregó un par de mancuernas a cada uno y comenzamos. Teníamos enfoques diferentes: ellos necesitaban fuerza explosiva; yo necesitaba potencia para saltar, correr y esquivar. Aun así, me obligaron a seguir su rutina.

¿Qué tan difícil podía ser si ellos lo hacían?

Gran error.

Después del primer set bajo el sol, el calor se volvió insoportable.

Mi sudadera se sentía como una sauna. Sin pensarlo demasiado, solté la pesa en el pasto, me quité la sudadera de un movimiento rápido y la tiré junto a mi termo.

Me quedé con mis leggings y mi top deportivo negro, respirando agitada mientras me secaba el sudor de la frente con el antebrazo.

—Bien, bien... tenemos buen espectáculo entonces —dijo Caro, cruzando nuestro patio junto a Amber y Leo.

Sentí el peso de varias miradas clavándose en mí al instante.

El ambiente cambió de golpe. Mateo, que estaba haciendo flexiones a unos metros, detuvo el movimiento a mitad de camino. Sus ojos oscuros se clavaron en mí con una intensidad que me hizo perder el equilibrio por dentro.

Pero no fue el único. Pato, que descansaba, se quedó con la botella de agua a medio camino. Sus ojos se quedaron en mí apenas un segundo de más, suficiente para que Santiago lo notara.

—Ya te vi, güey —la voz de Santiago cortó el silencio como un cuchillo, dirigida directamente a Pato.

Me giré, sintiendo que el calor de mis mejillas ya no era por el ejercicio. Santiago estaba de pie, con los brazos en jarras, mirando a su mejor amigo con una ceja levantada y una sonrisa mitad en broma, mitad advertencia de hermano mayor.

—Es mi hermana —le soltó Santiago, apuntándolo con el dedo índice—⁠. Controla tus ojos.

Pato parpadeó, volviendo a la realidad, y soltó una carcajada nerviosa, pasándose una mano por el cabello húmedo. No se disculpó ni miró hacia otro lado; simplemente sonrió con esa arrogancia encantadora.

—Lo siento, Santi —respondió Pato, mirándome directamente a los ojos con una chispa peligrosa—⁠. Pero tienes que aceptar que Liv es una distracción masiva cuando entrena.

Liv.

La mandíbula de Mateo hizo un sonido casi audible al apretarse. Se puso de pie de un salto, ignorando por completo la broma de Santiago y los ojos de Pato. Su pecho subía y bajaba con furia contenida.

—Bueno, ya. Sigamos, que las otras cuatro personas vinieron por un espectáculo —dije, aplaudiendo y recogiendo la mancuerna otra vez.

—Exacto, exacto. Vuelvan a lo suyo —dijo Vic.

Seguimos entre sets y supersets. Los odié de verdad. Al terminar los simples y sencillos seis ejercicios de cinco series, yo ya estaba realmente muerta, pero todavía tuve que escuchar la bellísima voz de Patricio diciendo:

—Tú no has acabado, Liv. Tres series de tu ejercicio favorito, y lo sabes. Es lo mismo que te pone nuestro coach —dijo, armando la barra mientras Santiago acomodaba un banco improvisado.

—Sí, Pato, pero jamás lo había hecho con tanto peso. No es mi culpa que solo tengas mancuernas de treinta libras —dije, tirada en el suelo.

—Lo siento. Lo recordaré para la próxima —dijo, guiñándome un ojo.

—Sí, sí. Próxima. Ajá —murmuré, verdaderamente harta.

—Listo, hermanita. Acomódate —dijo Santiago, señalando el banco.

—Liv, ya sabes: progresivo. Solo son tres series seguidas: diez, ocho, seis —dijo Pato, sonriendo con malicia.

—Deja de sonreír, Patricio. Te gusta verme sufrir —dije mientras me acomodaba en el banco.

—Yo te pongo la barra. Mateo y Santi te van quitando los discos, y el público cuenta las repeticiones. Ya sabes: si no lo haces completo, se repite —dijo, demasiado feliz con mi sufrimiento.

—Hagámoslo —dije, colocándome en posición.

Pato levantó la barra y la bajó con cuidado hasta que pude acomodarla bien.

—¿Lista? —preguntó.

—Lista.

La soltó por completo y empecé. Mientras bajaba y subía, los chicos comenzaron a contar. Uno, dos, tres. Mientras más me acercaba al diez, más emocionados se ponían.

—Nueve, vamos, Liv. Una más —dijo Pato.

Al terminar la décima, Santi y Mateo quitaron un disco mientras Pato me ayudaba a estabilizar la barra antes de soltarla otra vez.

—Ocho más, vamos.

Siguieron contando. El ruido que hacían logró que salieran los papás de todos a ver qué estaba pasando.

—Siete. Una más, Liv, sí puedes.

Al llegar a ocho, volvieron a quitar el último disco. Para entonces, ya no tenía una porra de cuatro personas, sino de diez, todas contando y animándome a terminar.

—Cuatro. Vamos, Liv, sí puedes —dijo Pato.

—No. No puedo —dije, intentando subir hasta arriba en la quinta.

—Esa no contó, Olivia. Van cuatro. Dos más —dijo Pato, ya con una mano en la barra.

—Te odio —solté entre dientes.

Bajé y subí dos veces más para terminar de una buena vez.

—Seis —cantó Pato mientras todos aplaudían y gritaban.

Me quitó la barra de encima y yo me quedé tirada, viendo el cielo como si acabara de sobrevivir a una batalla.

—No manches, Olivia, estás mamadísima —dijo Amber, mirándome literalmente tirada en el suelo.

—Esa es mi hija, carajo. ¿Segura que quieres ser médico? Te pago la vida de deportista cuando quieras —dijo papá, para luego agregar—: Es broma. Vas a ser médico.

Todos reímos. Pato me dio la mano para levantarme y la tomé con mucho gusto.

—¿Ves? Te dije que podías, Liv —dijo mientras me ayudaba a ponerme de pie.

—No me hables. Te odio en este momento —le dije, riéndome de dolor.

—No lo odies —dijo Amber—⁠. Agradécele. Acabas de sobrevivir a una tortura deportiva con público incluido.

Todos nos reímos.

—Si ya terminaron, vengan a desayunar —dijo Martha.

—Espera, Martha —dijo Santi—⁠. Nosotros no hemos terminado.

—¿Competencia de lagartijas para cerrar? —propuso Pato.