LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO
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CAPÍTULO 13 EL CHICO DE ORO

OLIVIA

Abrir los ojos a la mañana siguiente requirió un esfuerzo sobrehumano.

El cansancio de la adrenalina de la noche anterior me pesaba en los músculos, pero el recuerdo de Mateo en la oscuridad de la cocina me hizo sonreír contra la almohada antes de siquiera estar completamente despierta.

Me desperecé, me puse unos leggings negros y una sudadera gris oversize de la facultad, y bajé las escaleras arrastrando los pies en busca de una dosis letal de cafeína.

La casa estaba inusualmente silenciosa. Eran apenas las nueve de la mañana.

Caminé hacia la cocina frotándome los ojos, pero me detuve en seco al llegar al umbral.

Apoyado contra la isla estaba Pato.

Llevaba unos pantalones deportivos negros y una playera blanca de algodón. Estaba platicando animadamente con mi papá, quien ya tenía su taza de café en mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Ah, mira! Hablando de la reina de Roma —anunció mi papá al verme entrar.

Pato se giró hacia mí. Sus ojos claros se iluminaron al instante.

—Buenos días, Liv —saludó, con esa voz ronca de mañana que sonaba demasiado natural en mi propia cocina—⁠. Se ve que la noche te dejó exhausta.

Sentí que el calor me subía por el cuello al recordar exactamente qué me había dejado exhausta, pero me obligué a mantener una expresión neutral.

—Buenos días. ¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunté, intentando que no sonara a reclamo, mientras caminaba hacia la cafetera.

—Venía a robarme a Santiago para que me ayude a bajar unas cajas de la camioneta, pero tu papá me dijo que sigue en coma —explicó Pato, dando un paso hacia mí para bloquear suavemente mi camino hacia la cafetera—⁠. Pero ya que estás despierta, te traje algo.

Pato levantó una mano que había mantenido oculta detrás de la barra. Sostenía un vaso térmico con el inconfundible logo de una cafetería del pueblo a la que casi nunca íbamos porque estaba bastante lejos.

—Fui al pueblo a comprar unas cosas para la casa con mi mamá y vi que tenían máquina de espresso —dijo, tendiéndome el vaso—⁠. Es un latte helado con leche de avena y extra shot. Exactamente como lo pides cuando sales de tus guardias en el hospital. Pensé que lo necesitarías.

Me quedé mirando el vaso como si fuera un artefacto alienígena.

No era solo el café. Era el detalle. Mateo sabía que yo amaba el café, claro, pero Pato conocía mi orden exacta. Conocía la versión de mí que necesitaba sobrevivir a la presión académica.

Tomé el vaso frío, y el primer sorbo fue la gloria absoluta.

—Pato, esto sabe a cielo. Gracias —susurré, genuinamente conmovida. Luego lo miré, todavía extrañada—⁠. Aunque... ¿cómo sabes eso?

—Un día pasé a buscar a tu hermano para el partido y tú venías saliendo de guardia.

Ibas tan cansada que, a mitad del camino, le dijiste a Santiago que si no parábamos por café no ibas a sobrevivir.

Solo recordé tu orden —sonrió, como si fuera lo más normal del mundo—⁠.

Oye, ya que tu hermano es un inútil esta mañana, ¿por qué no vienes conmigo?

Mi mamá quiere que elijas el color de los cojines de la sala exterior porque dice que tú tienes el mejor gusto de todos nosotros para esas cosas.

Además, si me quedo solo escuchando a los arquitectos hablar de tuberías, me voy a declarar oficialmente en huelga.

Mi papá soltó una carcajada.

—Ve con él, hija. A ti te encantan esos temas de decoración, te va a distraer.

Miré a Pato. Su expresión era relajada, abierta y sin segundas intenciones aparentes. Era una invitación tan simple y amistosa que decir que no parecería una grosería absurda frente a mi papá.

—Está bien —accedí, dándole otro trago al café helado—⁠. Dame cinco minutos para lavarme los dientes y ponerme tenis.

—Te espero en el patio, Liv.

Subí las escaleras de regreso a mi cuarto sintiendo una mezcla de alivio y culpa. Pato estaba demostrando algo que me descolocó por completo: me prestaba atención.

Diez minutos después, salí al patio delantero. Pato estaba apoyado en el barandal, revisando algo en su celular. Cuando me escuchó cerrar la puerta, guardó el teléfono y me dedicó una sonrisa brillante.

Bajamos juntos los escalones de madera y empezamos a caminar por el pasto húmedo hacia su propiedad. Era una caminata corta, solo cruzando el límite imaginario entre nuestros jardines.

Y entonces, la puerta principal de la casa de los Montoya se abrió con fuerza.

Mateo salió al patio. Iba vestido con ropa de gimnasio: unos shorts negros, una playera de tirantes gris y tenis para correr. Se detuvo en seco al vernos.

Su mirada pasó de Pato, a mí, y luego al vaso de café que yo sostenía.

La distancia entre nosotros era de unos treinta metros, pero pude sentir la caída de la temperatura. Los músculos de los hombros de Mateo se tensaron al instante.

Pato, completamente ajeno, o fingiendo estarlo, a la guerra fría que se estaba desatando en el jardín, levantó la mano en un saludo casual.

—¡Qué onda, Mateo! —le gritó Pato, con una amabilidad impecable—⁠. ¿Vas a correr?

Mateo no le devolvió el saludo de inmediato. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, cargados de la advertencia y el reclamo de la noche anterior.

No te vas a ir a ningún lado, me había dicho en la oscuridad.

Y ahí estaba yo, a plena luz del sol, caminando junto al chico de la ciudad.

Pero Mateo era un maestro del autocontrol cuando quería. Relajó la mandíbula, le dio un asentimiento corto y seco a Pato, y se ajustó los auriculares.

—Sí —respondió Mateo, con la voz proyectándose lo suficiente para que lo escucháramos—⁠. Rutina de fuerza en el muelle. Alguien tiene que mantener el progreso.

Usó mis propias palabras de la mañana de la fiesta. Fue un golpe bajo y privado, un recordatorio de nuestra intimidad, antes de girarse y empezar a trotar en dirección opuesta, alejándose de nosotros sin mirar atrás.

Tragué saliva, sintiéndome como una traidora, pero Pato soltó una risa ligera a mi lado, rompiendo la tensión.

—Intenso el vecino desde temprano —comentó Pato, sin una gota de malicia, empezando a caminar de nuevo—⁠. Me agrada.

Caminamos por la entrada de grava hasta la puerta de su nueva casa. La propiedad de los Villarreal era hermosa, pero por dentro era un caos de cajas de mudanza, plásticos protectores y muestras de pintura.

Frida nos recibió con un abrazo apretado y me arrastró emocionada hacia la sala para que la ayudara a decidir entre tres tonos de cojines para los muebles de exterior.

Pato se quedó recargado en el marco de la puerta corrediza, tomándose su propio café y observándome debatir con su mamá con una sonrisa divertida.

Después de unos veinte minutos de deliberación, la señora Villarreal nos dejó solos para ir a hablar con los instaladores de internet.

Me dejé caer en uno de los sillones de mimbre recién desempacados, cerrando los ojos un segundo para disfrutar la brisa fresca del lago y dándole otro trago a mi latte helado.

—Te debo una enorme, Liv —dijo Pato, sentándose en la silla frente a mí y estirando las piernas—⁠. Si mi mamá compraba esos cojines con estampado de hojas gigantes, me iba a negar a salir a esta terraza todo el verano.

—Es un don —bromeé, abriendo los ojos para mirarlo.

Pato sonrió. Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones deportivos y sacó una barra de proteína envuelta en un empaque oscuro brillante, extendiéndosela hacia mí.

—Toma.

Fruncí el ceño, confundida, tomando la barra. Era exactamente la marca y el sabor de doble chocolate que yo consumía.

—Ok, ya me estás asustando un poco, Patricio —dije, entrecerrando los ojos, mitad en broma, mitad en serio—⁠. ¿Me vas a decir que también recuerdas esto de una vez que fuimos al Oxxo hace tres años?

Pato soltó una carcajada abierta, negando con la cabeza.

—No. Esto es cortesía de tu insta —explicó él, apoyando los codos en sus rodillas, mirándome directo a los ojos—⁠.

Subiste una historia hace como dos semanas quejándote de que en el minisúper de este pueblo no venden tus barras favoritas y que ibas a vivir de puro snack triste todo el verano. Así que traje una caja de la ciudad.

Me quedé mirando la barra de proteína en mi mano, procesando la información. Mi corazón dio un vuelco extraño.

—¿Tú ves mis historias? —pregunté, sintiéndome estúpidamente vulnerable—⁠. Creí que solo le dabas like a las fotos cuando salíamos en grupo.

—Veo todas tus historias, Liv —respondió él, con una sinceridad que me desarmó por completo—⁠. Sí, me encanta ver tus tips de medicina y estilo de vida, y aunque yo no entiendo ni la mitad de los términos que usas... me gusta escucharte hablar de lo que te apasiona.

Me quedé sin palabras.

Sentada en esa terraza, con el café que recordaba de una vuelta casual en coche hace meses y la barra de proteína que sacó de mis redes sociales, me di cuenta de algo que me sacudió el piso.

Durante todo este tiempo en la ciudad, yo pensé que Pato y yo solo éramos conocidos de fiesta.

Pensé que yo era invisible para él más allá de ser la hermana de Santi.

Pero él me había estado observando. Me había estado prestando atención desde las sombras, guardando detalles de mi vida que yo asumía que a nadie de ese círculo le importaban.

Mateo era el fuego que me consumía en la oscuridad del lago y me hacía olvidar el mundo.

Pero Pato...

Pato parecía ser el chico dispuesto a prestarle atención a mi mundo real.

Le di una mordida a la barra de proteína, intentando ocultar el huracán que tenía en la cabeza, y mastiqué despacio. El sabor a doble chocolate era exactamente lo que necesitaba.

—Bueno, Patricio Villarreal —dije, limpiándome una migaja de la comisura de los labios—⁠. Te ganaste el título de vecino del mes. Y ahora que ya tengo mi cafeína en el sistema, me tengo que regresar a mi casa.

—¿Tan rápido? —Pato enarcó una ceja, recargándose hacia atrás en su silla—⁠. Pensé que me ibas a ayudar a desempacar la cocina. O al menos a hacerle bullying a Santiago un rato.