LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 12 PARTES DE MÍ #3
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CAPÍTULO 12 PARTES DE MÍ #3

—Mi turno —dijo Leo, sirviéndole otro shot a Ana, quien ya se reía de todo—⁠. Yo nunca nunca... he usado una identificación falsa para entrar a un antro en la ciudad.

Para sorpresa de todos, Clara y Mika, las recién estrenadas adultas de dieciocho años, se miraron con complicidad, levantaron sus vasos y les dieron un trago largo.

—¡¿Qué?! —gritó Mateo, soltando su vaso en el pasto—⁠. ¿De qué me estás hablando, Mika?

—Ay, por favor, Mateo, supéralo —se rió Mika, con las mejillas rojas por el alcohol—⁠. Queríamos ir a un concierto. Papá nunca se enteró. Además, ustedes hacían cosas peores a nuestra edad.

Todo el grupo soltó una carcajada mientras Mateo se pasaba una mano por la cara, murmurando cosas sobre buscar al guardia del antro.

—A ver, me toca —interrumpió Renata, arrastrando un poco las palabras y recargando la cabeza en el hombro de Leo—⁠. Yo nunca nunca... he tenido a dos chicos increíbles detrás de mí al mismo tiempo.

El silencio duró un microsegundo, seguido de los murmullos de las chicas.

Renata tomó de su vaso con una sonrisita, claramente orgullosa de su propia historia.

Yo me quedé petrificada.

Miré el líquido rojo en mi vaso.

Pensé en el mensaje de Pato.

Pensé en la seguridad de Mateo a mi lado.

Pensé en lo confundida, aterrorizada y emocionada que me sentía desde que el verano había empezado.

Casi sin pensarlo, levanté el vaso y le di un trago pequeño.

Nadie del grupo lo notó. Estaban demasiado ocupados molestando a Renata.

Nadie, excepto él.

Sentí la mirada de Mateo quemándome el perfil. Cuando giré la cabeza, sus ojos oscuros estaban fijos en mí. Su mandíbula estaba tan apretada que un músculo le palpitaba en la mejilla.

Había captado el mensaje. Sabía que no estaba tomando por tomar.

—Bueno, familia —anunció Santiago de pronto, poniéndose de pie con torpeza y jalando a Victoria con él—⁠. Ya es tardísimo y las mamás nos van a asesinar si hacemos ruido. Yo me retiro.

Esa fue la señal para que el grupo se desintegrara.

Clara, Mika y sus amigas, arrastrando los pies y riendo a carcajadas, se metieron a la casa de los Montoya. Vic y las demás se fueron a mi casa. Leo murmuró algo sobre ir a “mostrarle las estrellas a Ana desde el muelle” y ambos desaparecieron en la oscuridad.

De pronto, solo quedamos Mateo y yo junto a las brasas de la fogata.

Me levanté sacudiéndome el pasto de los shorts, sintiendo el mareo ligero del alcohol.

—Creo que yo también me voy a dor...

No terminé la frase.

Mateo se puso de pie. Su mirada seguía fija en mí, intensa, contenida, peligrosa.

—Ven conmigo —dijo en voz baja.

No fue una pregunta, pero tampoco me obligó.

Y eso fue peor, porque la decisión quedó completamente en mis manos.

Miré hacia mi casa. Luego hacia la suya. Después, a las brasas que todavía respiraban en el centro del patio.

Di un paso hacia él.

Mateo me tomó de la mano y tiró suavemente de mí hacia la puerta lateral de su casa. Me apoyé contra la puerta y levanté la vista hacia él.

—¿Dos chicos, Caprio? —preguntó Mateo en voz baja.

No sonó como un reclamo al principio.

Sonó peor.

Como una herida que intentaba disfrazarse de broma.

Tragué saliva.

—Mateo...

—Te vi tomar —dijo, acercándose apenas—⁠. Y sé que fue por juego.

El aire entre nosotros cambió. La música ya no se escuchaba desde el patio. Solo quedaban las brasas, la noche y esa verdad incómoda que yo llevaba horas intentando no mirar de frente.

—Era una pregunta tonta —dije, pero ni yo me creí.

Mateo bajó la mirada, soltando una risa breve, sin humor.

—No me molesta que haya existido alguien antes de mí, Olivia. No soy tan idiota.

Me dolió la forma en que dijo mi nombre.

—Entonces, ¿qué te molesta?

Levantó los ojos hacia mí.

—Que él siga apareciendo como si tuviera derecho a conocer partes de ti que yo todavía estoy aprendiendo.

No supe qué contestar.

Porque esa era la verdad.

Pato no estaba ganando nada.

Pero estaba tocando puertas que Mateo ni siquiera sabía que existían.

—Yo quiero estar aquí —dije al fin.

Mateo dio un paso más cerca, despacio, como si me dejara tiempo para alejarme.

No lo hice.

—Entonces dime eso —susurró—⁠. No para ganarle a nadie. No para tranquilizarme como si fuera un niño. Dímelo porque es verdad.

Sentí que el pecho se me apretaba.

—Quiero estar aquí —repetí—⁠. Contigo.

La tensión en sus hombros bajó apenas.

—¿Y cuando él te escribe?

Cerré los ojos un segundo.

—Me confunde que recuerde cosas de mi vida en la ciudad —admití—⁠. Pero no me hace querer irme de aquí.

Mateo respiró hondo, como si esa respuesta le doliera y le aliviara al mismo tiempo.

—Odio no conocer esa parte de ti.

—Entonces conócela —dije, mirándolo de frente—⁠. Pero no me pidas que finja que no existe.

Durante un segundo, ninguno se movió. Luego Mateo tomó mi mano.

No me jaló. No me acorraló.

Solo entrelazó sus dedos con los míos, como si estuviera aprendiendo a sostener algo que le importaba sin apretarlo demasiado.

—Está bien —dijo—⁠. Pero no me dejes afuera.

El corazón se me rompió un poquito.

—No quiero dejarte afuera.

Y cuando me besó, no fue para marcar territorio.

Fue para asegurarse.