CAPÍTULO 12 PARTES DE MÍ #2
—Claro, pa —respondió, caminando hacia la puerta que conectaba los patios.
Lo seguí en silencio.
La bodega de los Montoya era un cuarto oscuro y fresco, lleno de herramientas, salvavidas viejos, remos y olor a madera húmeda. Entré justo detrás de él, pero antes de que pudiera ubicar la hielera en la penumbra, la puerta se cerró a mis espaldas con un clic.
Mateo me tomó por la cintura y me acercó a él en la oscuridad.
—Por fin —soltó un suspiro pesado, apoyando la frente contra la mía.
—Nos mandaron por hielo, no a escondernos —susurré, sintiendo que el corazón me latía a mil por hora.
—Me importa un carajo el hielo —respondió.
Llevaba horas portándose bien, aguantando a las amiguitas de nuestras hermanas y escuchando a mi papá hablar de finanzas, todo para no levantar sospechas.
Se merecía un premio. No lo hice esperar: lo besé con la misma urgencia con la que él me buscaba.
Sus manos se quedaron en mi cintura, firmes, y el contraste de su cuerpo cálido contra el aire frío de la bodega me hizo perder por un segundo la noción de dónde estábamos.
—Además... —murmuró Mateo, separándose apenas lo suficiente para mirarme a los ojos en la penumbra. Su respiración estaba agitada—. Vi cómo mirabas la pantalla de tu celular en el muelle. Sé quién te mandó ese mensaje y sonreíste.
Me quedé helada por un microsegundo.
Él lo notaba todo.
—Era solo un video de tochito —dije rápido, sin mentir del todo, pero sintiendo la culpa pinchándome el pecho—. De una jugada estúpida.
Mateo me evaluó en silencio por un momento largo. Sus pulgares acariciaron mi cintura por encima de la tela, relajando la tensión que se había formado en sus hombros.
—Bien —susurró, acercándose de nuevo hasta rozar mis labios—. Solo asegúrate de que yo te haga sonreír más, Caprio.
Me robó otro beso, uno lento y posesivo que me dejó las rodillas temblando, antes de apartarse con cuidado. Tomó la hielera gigante con una mano y una bolsa de hielo con la otra, como si nada hubiera pasado.
—Andando, jefa. O tu papá va a venir a buscarnos.
Salí de la bodega arreglándome el cabello y sintiendo las mejillas en llamas.
Definitivamente, la burbuja estaba a punto de estallar. Pero mientras Mateo siguiera besándome así, yo estaba dispuesta a vivir dentro de ella todo el tiempo posible.
La comida fue un caos delicioso: demasiada gente, demasiadas risas y un montón de anécdotas cruzándose sobre la mesa.
A veces deseaba poder quedarme para siempre en ese lugar.
Todo parecía paz, verano y diversión. Al atardecer, nuestros padres decidieron que se merecían una salida de adultos, así que se arreglaron y salieron los seis a cenar, como en los viejos tiempos.
Me encantaba verlos juntos. Para mí eran como el estándar de oro: seis amigos que habían construido sus vidas y realmente se veían felices.
Fuera del lago, nuestras vidas no siempre estaban tan cerca. Los Caprio vivíamos en una ciudad y los Montoya en otra. Por eso casi siempre coincidíamos solo en el lago. A veces compartíamos Navidad o Año Nuevo, pero no era lo mismo.
Ver a nuestros papás conservar tantos años de amistad, y ver a los míos amarse de esa manera tan tranquila, tan segura, me daba una idea peligrosa de lo que algún día quería para mí.
Cerca de las diez de la noche, el clima se enfrió lo suficiente como para encender la fogata del patio.
Nos sentamos en círculo alrededor del fuego.
Santiago y Victoria compartían una manta; Amber y Caro estaban recargadas una contra la otra; Mateo estaba sentado a mi derecha, dejando el espacio prudente de un cojín entre nosotros; Pato tenía que regresar a casa para terminar de una vez por todas de instalarse; y Leo estaba extrañamente callado.
Hasta que Clara, Mika y sus amigas salieron al patio.
—A ver, chicas —gritó Santiago, asumiendo su rol de hermano mayor intenso—. Las cumpleañeras ya tienen dieciocho. Vénganse a sentar con los adultos y dejen de hacer TikToks allá adentro.
Las chicas se emocionaron. Se acomodaron en el círculo y, como obra del destino, o de la gran habilidad social que tenía Leo, él se hizo a un lado para dejar libre un lugar exacto junto a él.
Ana, una de las amigas, se sentó ahí.
—Bienvenidas al lado oscuro —bromeó Leo, tendiéndole un vaso rojo con su mejor sonrisa encantadora—. Te advierto que aquí jugamos rudo. ¿Tequila o cerveza?
Ana se sonrojó un poco y le sonrió.
—Tequila, por favor.
—Esa es la actitud —celebró Leo, sirviéndole el trago, mientras nosotros les servíamos a las demás—. Muy bien, familia. Ya saben cómo funciona esto: Yo nunca nunca. El que lo haya hecho, toma. Si mienten y los descubrimos, toman doble.
El juego empezó tranquilo. Preguntas sobre reprobar materias, mentirles a los papás para salir de fiesta o robarse el coche antes de tener licencia. Todos tomamos un par de veces, las risas fluían y el ambiente era ligero.
Leo estaba en su elemento, haciéndole plática a Ana entre rondas y logrando que la chica no dejara de reírse de sus chistes.
Pero entonces, el turno llegó a Amber.
Y Amber siempre, siempre, era un peligro.
Me miró fijamente con esos ojos afilados que parecían leer el alma. Luego miró a Santiago, a Vic, y sonrió de forma maliciosa.
—Yo nunca nunca... —arrastró las palabras, haciendo girar el líquido en su vaso rojo—he tenido algo que ver con el familiar de uno de mis amigos de este círculo.
El silencio cayó sobre la fogata.
Santiago soltó una carcajada y le dio un trago largo a su vaso, levantándolo hacia Victoria, quien hizo lo mismo, muerta de risa.
Mi corazón, en cambio, se detuvo.
Sentí el pánico subirme por la garganta. Si tomaba, Santiago me iba a interrogar hasta sacarme la verdad. Si no tomaba, le estaba mintiendo al grupo entero en la cara.
Tragué saliva y dejé mi vaso intacto sobre el pasto, intentando mantener la mejor cara de póker que había logrado en mi vida.
Por el rabillo del ojo, vi que Mateo tampoco se inmutó. Tenía el codo apoyado en la rodilla y sostenía su vaso rojo con total naturalidad.
No tomó.
Ambos estábamos mintiendo descaradamente.
—Uy, qué aburridos los demás —se burló Caro—. A ver, mi turno. Yo nunca nunca... me he besado a escondidas en alguna de estas dos casas.
Casi me atraganté con mi propia saliva.
Santi y Vic volvieron a tomar, riéndose porque, obviamente, su romance había sido un secreto a voces hasta hacía un par de semanas.
Yo mantuve la vista fija en el fuego, rogando que nadie notara lo tensos que estaban mis hombros.
Pero entonces pasó lo impensable.
Mateo se llevó el vaso rojo a los labios y le dio un trago lento.
La cabeza de Santiago giró tan rápido hacia él que casi se rompe el cuello.
—¡Ah, cabrón! —exclamó mi hermano, señalándolo con el dedo—. ¿Con quién te andas besando, Montoya?
El jardín entero se quedó en silencio. Hasta Leo dejó de coquetear con Ana para mirar a Mateo.
Yo sentí que la sangre abandonaba mi cuerpo. Estaba a punto de matarlo.
¿Por qué diablos había tomado?
Mateo bajó el vaso con una calma exasperante. Levantó los hombros y sonrió con arrogancia.
—Nadie dijo que fuera de este verano, Santi —mintió con una suavidad perfecta—. Las reglas no especificaron el año. Y no voy a dar nombres. Un caballero no tiene memoria.
El grupo soltó un “uuuh” colectivo. Los chicos le aplaudieron la respuesta, asumiendo que se refería a algún amorío de veranos pasados con alguna chica del pueblo.
Santiago rodó los ojos.
—Eres un idiota. Ya me habías asustado. Pensé que estabas metiendo gente a mi casa —dijo, antes de darle otro trago a su cerveza.
Las rondas siguieron y el nivel de la botella bajó peligrosamente rápido. El ambiente se volvió ruidoso, torpe y lleno de confesiones absurdas.