LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 12 PARTES DE MÍ
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CAPÍTULO 12 PARTES DE MÍ

OLIVIA

Di una vuelta en la cama, quejándome contra la almohada, pero me obligué a sentarme.

Desde que había llegado al lago, me había dejado arrastrar por completo por la corriente de la flojera veraniega.

No había entrenado bien ni una sola vez.

Me había saltado mis rutinas de fuerza, había descuidado mis hábitos y mi cuerpo ya empezaba a reclamarme la falta de movimiento acumulada de los días anteriores.

Me puse unos leggings, un top deportivo y me amarré el cabello en una coleta alta. Tomé mi termo de agua y salí de la casa en absoluto silencio, intentando no despertar a Santiago, ni a mi mamá, ni a las ocho chicas, que seguramente seguirían dormidas por un buen rato.

El aire de la mañana estaba helado y la neblina flotaba baja sobre la superficie del lago. Empecé con un trote ligero por el sendero de tierra. Correr cinco kilómetros era algo que antes podía hacer casi dormida, pero ese día me estaba costando más de lo normal.

Me frustré un poco.

Sin embargo, sabía que todo era parte del proceso. Terminé los cinco kilómetros que normalmente corría en treinta minutos, aunque esa mañana se sintieron casi como un maratón. Aun así, no quería detenerme ahí.

Pasé a una rutina de fuerza con mi propio peso: sentadillas, lagartijas, desplantes y abdominales sobre el muelle, aprovechando el silencio absoluto. Para cuando terminé, eran casi las ocho de la mañana y tenía la energía al tope, así que decidí meterme al lago a nadar un rato.

Cuando salí del agua, el sol ya empezaba a calentar. Estaba empapada, con los músculos cansados, pero la mente completamente despejada.

Caminé de regreso a las casas y la cruda realidad de la fiesta me recibió en el jardín.

El panorama era desolador: vasos rojos aplastados en el pasto, restos de serpentinas neón colgando de las ramas de los árboles, inflables rosas desinflados flotando tristemente en la alberca y platos con restos de pastel por todas partes.

—Vaya, la jefa de la organización se tomó la mañana libre para correr mientras el imperio se cae a pedazos.

Me giré, limpiándome el sudor y el agua del cuello con la playera.

Mateo venía saliendo de su casa. Llevaba unos shorts deportivos grises, una playera vieja del mismo color y el cabello completamente alborotado por el sueño. Traía una bolsa de basura negra gigante en una mano y una taza de café humeante en la otra.

—Tenía que entrenar, Montoya —respondí, caminando hacia él con una sonrisa que no pude ocultar—⁠. Siento que, si paso un día más sin hacer nada, me voy a oxidar. Además, alguien tiene que mantener la energía en esta relación secreta.

Mateo soltó una carcajada baja y dejó la bolsa de basura en el suelo. Se acercó a mí, recorriéndome con la mirada de una forma que hizo que el calor de mi entrenamiento se multiplicara por diez.

—Tú te ves perfecta incluso empapada, Caprio —murmuró, acortando la distancia.

Estiró la mano que tenía libre y me tendió la taza de café.

—Toma. Te conozco. Sé que necesitas esto para empezar a limpiar.

Tomé la taza, rozando sus dedos. El café estaba delicioso.

—Hueles a campo y a esfuerzo —bromeó, atrapando mi cintura con un brazo y pegándome a su cuerpo sin importarle que estuviera empapada.

Dejó un beso largo y cálido en mi frente.

—Buenos días, bonita.

—Buenos días —susurré, apoyando mi mano libre en su pecho.

Disfruté de la paz de tenerlo así, tan cerca, antes de que el resto del mundo despertara.

—Tenemos mucho que recoger.

—Si me das otro beso, te juro que limpio todo el jardín yo solo —negoció, bajando la mirada a mis labios con esa chispa juguetona.

Me paré de puntitas y le di un beso rápido, profundo, con sabor a café y a la frescura de la mañana.

Mateo intentó jalarme más cerca, pero me zafé de su agarre entre risas.

—Trabaja, Montoya. Voy a dudar de tus habilidades si dejas un solo vaso rojo.

Pasamos la siguiente hora recogiendo el desastre en una sincronía perfecta. Mientras yo juntaba platos y basura, Mateo se encargaba de sacar los inflables de la alberca y embolsar lo más pesado.

Era una intimidad diferente. Una rutina doméstica a escondidas que me provocaba una calidez extraña en el estómago.

Cerca de las once, las puertas de las casas empezaron a abrirse.

Santiago salió arrastrando los pies, con los ojos entrecerrados por la luz del sol y abrazando a Victoria, que venía envuelta en una sudadera gigante de mi hermano y con cara de no querer existir.

Segundos después, Leo, Amber y Caro aparecieron en el patio, quejándose en coro por el ruido que hacíamos al mover las sillas.

—Díganme que hay comida, por favor —gimió Leo, dejándose caer en un camastro—⁠. Siento que Harry Styles me pasó por encima con su camioneta.

—Hay café y fruta en la cocina —les dije, cruzándome de brazos.

Mateo se acomodó a mi lado, manteniendo la distancia justa para no levantar sospechas frente a nuestras mamás, que ya se asomaban desde la terraza superior.

La mañana transcurrió entre quejas de los chicos por la desvelada, risas recordando los momentos más ridículos de la noche anterior y bromas sobre los disfraces.

Todo parecía perfecto.

El ambiente del grupo era pura complicidad.

A mediodía, fuimos al muelle a relajarnos un rato. Hasta nuestras madres terminaron metidas en el lago; creo que incluso a ellas les había pasado factura la fiesta. Nuestros papás salieron por más pendientes al pueblo.

Clara, Mika y sus amigas jugaban en la orilla mientras platicaban de mil cosas. Por lo que alcanzaba a ver, Leo había dado una muy buena impresión.

Me senté en la orilla, dejando que el agua fría me refrescara los pies. Saqué mi celular de la bolsa para poner música en la bocina portátil. Al desbloquear la pantalla, vi una notificación flotando en el centro.

Era un mensaje de Pato.

Pato:

Seguro estás durmiendo. Cuando despiertes, ve esto. Me recordó a ti.

Era un reel de una jugada de tochito donde una chica terminaba tacleando accidentalmente al árbitro por no frenar a tiempo. Debajo del video se leía:

Tú en el último partido de la temporada.

Sonreí de lado, casi de forma automática, pero bloqueé el teléfono de inmediato.

Levanté la vista cuando escuché una voz detrás de mí.

—¿Te dio risa?

Me giré demasiado rápido.

Pato venía caminando con una toalla al hombro y una botella de agua en la mano, como si aparecer justo después de que leyera su mensaje fuera la cosa más normal del mundo.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, guardando el celular.

—Vivo al lado, Liv —respondió, sonriendo—⁠. Esa es la parte divertida. Además, quería ver si la versión lago también se reía de mis videos.

Mateo, desde el agua, dejó de salpicar a Santiago.

No dijo nada.

Pero lo vio.

La burbuja seguía intacta, flotando sobre el lago. Pero el brillo de la pantalla en mi mano era un recordatorio constante de que el exterior no dejaba de moverse.

Guardé el celular en la bolsa justo cuando Mateo salió del agua.

El sol brillaba directamente sobre él. El agua le escurría por el cabello oscuro, bajaba por su pecho y marcaba cada línea de su abdomen hasta perderse en el borde de su traje de baño.

Se pasó una mano por el pelo para apartarlo de su frente, riéndose de algo que Santiago acababa de gritarle desde el inflable.

No fui la única que se quedó sin aire.

A unos metros de mí, en la orilla, dos de las amigas de las chicas habían dejado de platicar.

—Oigan —susurró una de ellas, Renata, inclinándose hacia Mika—, ¿tu hermano tiene novia? Porque... wow.

Apreté la mandíbula tan fuerte que casi me rompo un diente.

Amber, que estaba sentada en la toalla a mi lado, soltó una carcajada disfrazada de tos y me dio un codazo suave en las costillas.

—Tranquila, leona —murmuró, solo para mí—⁠. Se te van a salir los ojos.

Iba a contestarle algo, pero Mateo ya venía caminando hacia nosotras.

Ignoró por completo las miradas nada disimuladas de las amigas de su hermana y se paró directamente frente a mí, bloqueándome el sol. Luego se sacudió el cabello como un perro mojado, salpicándome toda.

—¡Oye! —me quejé, limpiándome las gotas de agua de las mejillas, aunque mi enojo duró exactamente un segundo.

—¿Te vas a meter o vas a seguir supervisándome desde la orilla, Caprio? —preguntó, ofreciéndome la mano.

Sus ojos tenían esa chispa de diversión que me decía que sabía exactamente el efecto que causaba. No en ellas. En mí.

—Estoy bien aquí, gracias —dije, cruzándome de brazos, intentando sonar digna.

Mateo enarcó una ceja.

—Tú lo pediste.

No me dio tiempo de reaccionar.

Se agachó, me tomó por la cintura y me echó sobre su hombro como si pesara lo mismo que una pluma. Grité, golpeándole la espalda mientras las chicas, mis amigas y mi hermano se morían de risa.

Caminó sin piedad de regreso al agua y, cuando el nivel le llegó a la cintura, me dejó caer.

Salí a la superficie escupiendo agua y apartándome el cabello de la cara.

—¡Te voy a matar, Montoya! —le grité, salpicándolo.

Él solo se rió.

Esa risa profunda y ronca que me fascinaba.

Se acercó bajo el agua. Sus manos rozaron mi cintura por debajo de la superficie, un toque fugaz que nadie más podía ver.

—Te veías muy tensa en la orilla —murmuró, con el rostro a centímetros del mío, fingiendo que solo estábamos jugando—⁠. Solo quería relajarte un poco.

Seguimos jugando en el lago un par de horas, haciendo carreritas y compitiendo por quién aguantaba más la respiración.

Para las cuatro de la tarde, el caos volvió a estallar, pero esta vez con la llegada de nuestros papás.

Mi papá y el señor Montoya bajaron de la camioneta y la dinámica de las casas cambió al instante. Como era tradición en los veranos, el carbón de los asadores se encendió casi de inmediato.

Con los papás ahí, el nivel de dificultad de nuestra burbuja secreta acababa de subir a experto.

Mi papá tenía un radar para todo lo que nos involucrara a Santiago y a mí.

—Oli, Mateo —gritó el señor Montoya desde el asador de mi casa, poniéndose un delantal—⁠. Vayan a la bodega detrás de nuestra casa y traigan la hielera azul grande y las bolsas de hielo, por favor. Esto ya casi está.

Mateo cruzó la mirada conmigo.