LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 11 UN JUEGO PELIGROSO
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CAPÍTULO 11 UN JUEGO PELIGROSO

OLIVIA

Si había algo que me gustaba casi tanto como tener todo bajo control, era organizar el caos.

Desde las ocho de la mañana, la casa de los Montoya se había convertido en una zona de guerra.

Martha y mi mamá estaban en la cocina preparando bandejas enormes de comida; Santiago y Leo intentaban, sin mucho éxito, conectar el sistema de luces en el jardín trasero, y yo caminaba de un lado a otro con mi iPad en mano, repasando la lista de pendientes.

—Oli, tenemos un problema —anunció Victoria, dejándose caer en uno de los sillones de la sala—⁠. Las amigas de Clara y Mika acaban de mandar mensaje: su autobús de la ciudad llega al pueblo en veinte minutos. Alguien tiene que ir por ellas y ni de broma caben en el coche.

Suspiré, frotándome las sienes.

Eran seis adolescentes de diecisiete años llenas de energía, maletas y emoción acumulada.

—Yo las recojo, Caprio —dijo una voz a mis espaldas.

Me giré. Mateo venía bajando las escaleras, secándose el cabello húmedo con una toalla pequeña. Llevaba unos jeans y una playera negra que se ajustaba perfectamente a sus hombros. Me guiñó un ojo antes de tomar las llaves de la repisa de la entrada.

—Voy contigo —dije de inmediato—⁠. Si te dejo solo con seis adolescentes emocionadas por una fiesta, te van a comer vivo.

Justo cuando Mateo abrió la puerta del copiloto para que subiera, escuché una voz detrás de nosotros.

—¿Mandados románticos o mandados familiares?

Me giré.

Pato venía caminando con una caja de cables en una mano y una sonrisa que me decía que lo sabía todo.

Mateo no se movió de mi lado.

—Iremos a recoger a las amigas de Mika y Clara —respondió, tranquilo.

—Qué responsables —dijo Pato, mirando el Jeep rojo antes de volver a mí—⁠. En la ciudad normalmente improvisabas más, Liv.

Sentí que la frase me pegaba en un lugar raro. Mateo también la escuchó, porque su mano se quedó quieta sobre la puerta.

—El lago me civiliza —respondí, intentando sonar ligera.

—Eso habrá que verlo —dijo Pato, sonriendo.

—Vámonos, Caprio —dijo Mateo, abriendo más la puerta.

Subí sintiendo que, aunque Pato se había quedado atrás, de alguna forma también se había subido con nosotros.

—Okay, oficialmente puedo borrar “ir por las amigas” de la lista —dije mientras veía mi iPad—⁠. Genial, ahora solo quedan cuarenta cosas más.

—Tranquila, Caprio. Me tienes a mí a tu lado en todo momento. Yo te ayudo —dijo Mateo mientras ponía una mano sobre mi pierna.

—¿Sabes cómo puedes ayudarme más? —dije, volteándome completamente hacia él—⁠. Besándome como diez minutos para quitarme el estrés —le susurré al oído.

Dos segundos después, Mateo se orilló en el camino y estacionó.

—Haberlo dicho antes, Olivia —murmuró.

Se volteó completamente hacia mí, tomó mi cara con una delicadeza de película y me besó.

Fue un beso lento y hermoso, de esos que empiezan como una pausa y terminan pareciendo una mala decisión.

Usé mi mano para acariciar su cabello por la nuca y atraerlo un poco más hacia mí, mientras Mateo me tomaba de la cintura para reducir el espacio entre nosotros.

—Me vuelves loco, Caprio —dijo contra mi boca.

El beso dejó de ser tan tranquilo. Se volvió más urgente, más torpe, más nuestro.

—Si no estuviéramos a plena luz del día, esto sería mucho más difícil de interrumpir —le dije a centímetros de su boca.

Mateo soltó una risa ahogada y recargó la cabeza contra el asiento, como si estuviera tratando de recuperar la poca cordura que le quedaba.

—Maldita sea, Olivia.

Yo estaba a punto de responderle algo igual de imprudente cuando sonó mi celular.

Era Victoria.

Mateo cerró los ojos, frustrado.

—¿Por qué siempre nos hacen esto?

—No sé. Nos odian —contesté, riéndome.

Respondí la llamada. Las niñas llegaban en diez minutos, así que no había más tiempo. Mateo arrancó el carro y seguimos nuestro camino.

—Créeme que me cobraré esto más tarde —murmuró.

El trayecto a la estación de autobuses fue rápido.

En cuanto las amigas de las niñas subieron, el nivel de ruido se disparó a niveles insospechados.

Hablaban todas al mismo tiempo sobre sus disfraces, la música, la fiesta y los chicos del pueblo.

Yo iba de copiloto, sintiendo que una migraña empezaba a formarse en mi frente.

Cerré los ojos un segundo, apoyando la cabeza en el respaldo.

De pronto, sentí que algo frío tocaba mi pierna. Abrí los ojos. Mateo, sin apartar la vista del camino y con una mano en el volante, me estaba tendiendo un termo lleno de agua fría, justo como me gustaba. Y en la consola central había dejado un ibuprofeno.

Lo miré, sorprendida. Ni siquiera habíamos parado en ningún lado.

—Se lo pedí a Santi por mensaje antes de salir de la casa —murmuró, acercándose apenas lo suficiente para que solo yo lo escuchara—⁠. Te conozco, Oli. Sabía que organizar esto te iba a dar dolor de cabeza. Tómatelo.

Sentí que el corazón se me derretía.

Ese era Mateo: no necesitaba hacer grandes declaraciones públicas; él me cuidaba en los detalles más invisibles, anticipando mis necesidades antes de que yo misma supiera que las tenía.

Al llegar a casa, pasé la siguiente hora en el jardín.

Gracias a Dios, Santi y Leo al fin lograron conectar las luces y el audio.

La ventaja de tener las casas tan cerca, solo divididas por una cerca, era un privilegio: toda la estación de audio estaba en el patio de los Montoya, mientras que en mi patio estaban las bebidas, la mesa de snacks y la alberca, la cual necesitaba urgentemente más adornos.

Terminé de acomodar la estación de bebidas mientras Amber y Caro me ayudaban a inflar unos globos en forma de estrella, y Vic inflaba flotadores rosas de tantas figuras diferentes que honestamente me sorprendía que cosas así existieran.

Me senté un segundo en una de las sillas del patio para tomar aire y saqué mi celular del bolsillo trasero de mi short para revisar la hora.

Tenía una notificación nueva.

Pato:

Me acaba de aparecer en recomendados tu último post de tu página de med. Eres una máquina, Liv.

Me quedé mirando la pantalla, parpadeando un par de veces, completamente pasmada.

Ni siquiera yo me acordaba de la cuenta. Tenía semanas sin publicar algo. Era un proyecto que me moría por iniciar, algo que Pato había escuchado en alguna plática que tuve con Santi en su carro hace meses, cuando yo me quejaba del estrés entre clases y exámenes.

El hecho de que él supiera de eso me dejó una duda extraña.

Ay, Dios... qué raro que se acuerde de esto.

—¿Todo bien? —preguntó Mateo, acercándose con dos bebidas frías en la mano.

Bloqueé la pantalla del celular casi por instinto, sintiéndome como una criminal.

—Sí —mentí rápido, forzando una sonrisa—⁠. Todo perfecto. Solo un recordatorio de la facultad.

Mateo me miró un segundo, sus ojos oscuros escaneando mi rostro. Pero en lugar de preguntar más, me sonrió, me tendió una bebida y dejó un beso rápido y escondido en mi hombro desnudo.

—Sube a arreglarte, jefa. La fiesta está por comenzar.

Subimos las chicas y yo a arreglarnos. Era un proceso surrealista: probarnos mil outfits, ver tutoriales de maquillaje mientras bailábamos y hacer pausas dramáticas para cantar a todo pulmón.

—Santiago y yo decidimos que, si bien no son pop stars, están dentro del espectáculo... ¡nos vestiremos de Tommy y Pamela! —dijo Vic, mostrándonos su outfit.

—Mientras no recreen todo el caos, estaremos seguras —dijo Caro, graciosa.

—¡Carolina! —Victoria le lanzó una almohada.

—Dios, era algo que realmente no necesitaba imaginar —dije, haciendo cara de asco.

—Ay, hermosa, como si tú fueras santa —dijo Amber.

—Gracias, siguiente tema —respondí, señalándola con una brocha.

—Bueno, nosotras no vamos en pareja —intervino Caro—⁠. ¿Se sorprenderían de lo difícil que es encontrar parejas queer que sean pop stars? Seremos Renée Rapp y Chappell Roan.

—Eso sí no me lo esperaba —dije, viendo sus atuendos.

—Exacto. Innovación cultural —dijo Amber, posando frente al espejo.

—¿Y tú, Olivia? ¿Irás de Olivia Rodrigo? —preguntó Vic.

—Ja, chistosa. Pero no. Yo soy Dua Lipa —dije, dando una vuelta.

Todas aprobaron el atuendo y seguimos con todo lo que nos faltaba.

Cuando la tarde cayó, nuestros jardines se transformaron.

Las luces de neón brillaban, la música pop retumbaba y los patios estaban llenos.

Me miré por última vez en el espejo. Mi disfraz había quedado mejor de lo que esperaba: un top asimétrico brillante, pantalones ajustados y mi cabello oscuro con ondas perfectas.

Bajé las escaleras justo cuando Mateo salía de la cocina con su característico atuendo de Callum Turner: chaqueta de cuero, actitud relajada y esa vibra que me volvía loca.

Al verme, se quedó a mitad del pasillo. Sus ojos barrieron mi cuerpo lentamente y una sonrisa peligrosa se formó en sus labios.

—Definitivamente, el mejor disfraz de la noche —murmuró, acercándose lo suficiente para hablarme al oído antes de salir al jardín—⁠. Estás preciosa, Caprio.

Al salir, vi que todos nos veíamos increíbles.

—¿Quién se supone que eres, Leo? —preguntó Amber, extrañada.

Leo se acomodó unos lentes de sol que claramente había comprado de último minuto.

—¿Qué? ¿No se nota? Soy Harry Styles, bebé. Por órdenes de las cumpleañeras.

—¿Y tú? —preguntó Caro, señalando a Mateo.

Mateo se miró la chaqueta.

—¿Yo? ¿Bad Bunny? —dijo, viéndome divertido.

—Claro, te faltó más caracterización, pero está bien —respondió Caro.

La fiesta era un éxito total. Las niñas estaban felices bailando con sus amigas.

En una de las mesas altas, Santiago y Victoria eran la viva imagen de las couple goals, compartiendo un trago y dándose besos que hacían sonreír a nuestras mamás desde la terraza superior.

Leo, Caro y Amber dominaban la pista de baile.

Por un par de horas, todo se redujo a las risas con mis amigos y a la presencia constante de Mateo.

Aunque manteníamos nuestro secreto, él encontraba formas de tocarme: cuando pasaba detrás de mí, rozaba mi cintura con los dedos; cuando nuestros amigos contaban un chiste, su mirada siempre me buscaba primero para ver mi reacción.

Todo iba perfecto.

Hasta que lo vi llegar.

Pato cruzó desde la casa de los Villarreal con una seguridad que no necesitaba invitación. Traía lentes oscuros aunque ya era de noche, una chamarra negra, camiseta blanca y esa forma suya de caminar como si la música hubiera empezado solo para anunciarlo.

—No me digas —dijo Amber, apareciendo a mi lado con un vaso en la mano—⁠. ¿Shawn Mendes?

Pato se quitó los lentes apenas lo suficiente para mirarla por encima del borde.

—Alguien tenía que traer la ciudad a este lago.

Sus ojos encontraron los míos.

Por un segundo, las luces de neón, la música y la gente desaparecieron lo suficiente para que yo recordara exactamente por qué eso era peligroso.

Mateo apareció detrás de mí casi al instante, rozando mi cintura con los dedos.

—Llegas tarde —dijo Mateo.

—Las mejores entradas siempre llegan tarde —respondió Pato, sonriendo, sin apartar la mirada de mí.

Cerca de la una de la mañana, cuando la fiesta estaba en su punto máximo, sentí que alguien tiraba de mi mano.

Mateo no dijo nada. Solo me guió entre la gente, cruzó el pasillo de su casa y abrió la puerta del cuarto de lavado, el único lugar donde la música no golpeaba tan fuerte.

Tan pronto cerró la puerta, me rodeó la cintura y me acercó a él.

—Ya no aguantaba más —murmuró.

No tuve tiempo de responderle, porque su boca encontró la mía con una urgencia que me dejó sin aire. Le rodeé el cuello con los brazos y sentí su risa baja contra mis labios cuando me levantó con facilidad para sentarme sobre el borde de la lavadora.

Afuera, la fiesta seguía viva. Adentro, el mundo se redujo a su respiración, a mis manos en su cabello y a esa forma absurda en que llevábamos toda la noche fingiendo que no nos buscábamos.

—Te ves demasiado bien con este disfraz, Caprio —susurró, apoyando la frente contra la mía.

Sonreí, todavía sin aliento.

—Tú tampoco estás ayudando mucho.

Mateo soltó una risa ahogada y volvió a besarme, más lento esta vez, pero no menos peligroso. Sus manos se quedaron en mi cintura, firmes, como si necesitara recordarse que todavía había una fiesta al otro lado de la puerta.

Entonces la manija crujió.

Nos separamos de golpe.

—¿Martha? —se escuchó la voz de Leo del otro lado—⁠. ¿Están los vasos rojos aquí adentro? La puerta está trabada.

Mateo cerró los ojos, frustrado, y yo tuve que taparme la boca para no reírme.

—¡No, Leo! —gritó Mateo, intentando sonar normal—⁠. Están en la alacena de la cocina.

Los pasos de Leo se alejaron.

Mateo dejó caer la frente contra mi hombro, soltando una risa baja.

—Si no salimos de aquí en diez segundos, vamos a romper nuestra propia burbuja frente a todos.

—Y sería una pésima estrategia —susurré.

—Terrible.

Me dio un último beso rápido, de esos que no ayudan en absoluto a recuperar la compostura, y abrió la puerta con cuidado. Yo tomé un vaso de plástico vacío de una repisa como coartada y salí primero, fingiendo que mis piernas no habían olvidado cómo funcionar.

Al salir, caminé directo hacia la cocina, usando el vaso vacío como excusa para servirme agua, mientras él se desviaba hacia el jardín con una sonrisa arrogante que me costaría mucho tiempo olvidar.

Estaba llenándolo de hielo cuando Pato apareció a mi lado...

—Buena fiesta, Liv.

—El crédito es de Clara y Mika —respondí, intentando concentrarme en la hielera.

—Claro —dijo, sonriendo—⁠. Pero tú eres la que hace que todo parezca bajo control, incluso cuando no lo está.

Me quedé quieta un segundo.

—¿Eso fue un cumplido o un diagnóstico?

—Las dos cosas.

Pato dejó uno de los vasos sobre la mesa y bajó la voz apenas.

—Me gusta verte así, Liv.

Lo miré.

—¿Cómo?

—Relajada y disfrutando la fiesta.

No supe qué decir. Era absurdo que un comentario tan simple me moviera algo, pero lo hizo. Porque Mateo conocía mi lago. Mis gustos. Mis manías. Mis veranos.

Pero Pato conocía otra versión.

Y esa parte de mí seguía existiendo aunque yo intentara fingir que no.

—Gracias —dije al fin.

Pato sonrió, como si hubiera logrado exactamente lo que quería.

—De nada.

Luego se alejó antes de que Mateo pudiera verlo demasiado cerca.

Esa noche, cuando por fin todo terminó, Vic y las chicas se quedaron en casa de los Montoya. Yo necesitaba mi cama y ellas lo entendían; después de todo, me conocían y sabían que había sido un día estresante.

Ni siquiera recogimos nada. Eso sería tarea de mañana.

Regresé a mi casa y me dejé caer en la cama exhausta, con la estúpida sonrisa aún pegada en la cara. Mateo era todo lo que estaba bien en mi vida.

Pero antes de cerrar los ojos, mi celular se iluminó en el buró una vez más.

No lo abrí.

No necesitaba hacerlo para saber de dónde venía el brillo.

Me acomodé en la almohada, cerrando los ojos con fuerza.

Mi corazón le pertenecía al lago, pero mi mente...

Mi mente acababa de recordar que la ciudad seguía existiendo.