LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 10 DULCE TENTACIÓN
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CAPÍTULO 10 DULCE TENTACIÓN

OLIVIA

A la mañana siguiente me desperté temprano y bajé corriendo a desayunar.

—¡Buenoooos días, familia! —anuncié, brincando los últimos escalones.

—¡Wow! ¿Y ese ánimo, mi niña? —dijo mi mamá.

—Pues es un gran día, ¿no? El lago se ve hermoso, el sol salió increíble, todo está perfecto —respondí.

—Clarooo, sí, hermoso —dijo mamá, viéndome de forma muy rara.

Nos pusimos a hacer el desayuno solo mamá papá, Santi, Clara y yo.

Fue un desayuno chistoso: mamá exprimiendo las naranjas para el jugo, yo intentando voltear los hotcakes para que quedaran perfectos, Santi haciendo los huevos y Clara viendo cómo funcionábamos como una gran máquina con una sincronización casi perfecta.

Al terminar, llegaron los Montoya.

—Sentimos el retraso, alguien no podía despertar —dijo Martha, volteando a ver a Mateo.

—Lo siento, ayer tuve una noche larga y no podía despertar —dijo él, sonriendo.

Yo no lo quise mirar; sabía perfectamente a qué se refería y no necesitaba ponerme color tomate para delatarnos frente a todos. Nos sentamos a desayunar de nuevo entre risas y anécdotas. Era, de verdad, un día increíble.

—Muy bien, Caprio, vámonos —anunció Mateo al terminar.

—Claro, ¿a dónde? —le respondió Santiago, estirándose.

—Tú no, Santiago. Oli —le aclaró Mateo, obvio.

—¿Yo? ¿A dónde vamos? —pregunté, realmente extrañada.

—Tenemos que ir a comprar cosas al pueblo para el evento que se aproxima —dijo en un murmullo.

—¡NUESTRO CUMPLEAÑOS! —exclamaron Mika y Clara al unísono.

—¿Qué? ¿Su cumpleaños? ¿Ya viene? Claro que no —les picó Mateo, jugando.

—Chistoso, Mateo. MUY chistoso —bufó Mika.

—Okay, solo iré por mi bolsa —dije, subiendo las escaleras.

Al bajar, mamá me dio una lista específica de cosas que debía traer para la fiesta. Yo solo asentí y salí.

Mateo ya estaba parado enfrente de la casa, apoyado en ese Jeep rojo al que me había subido cientos de veces, pero que ahora se sentía completamente diferente, haciendo que el estómago me diera vueltas.

Cuando llegué a la puerta del copiloto, Mateo no me abrió de inmediato.

Se quedó de pie frente a mí, bloqueándome el paso, bajando la mirada hacia mi boca por un microsegundo antes de volver a mis ojos.

—Sube, Caprio —murmuró, abriendo la puerta.

Pero antes de que pudiera hacerlo, escuchamos la voz de Pato desde la entrada de su casa.

—¿Van al pueblo? —preguntó, con una taza de café en la mano.

Me detuve un segundo antes de subir.

Mateo también lo escuchó, porque levantó la mirada hacia la entrada antes de contestar.

—A comprar cosas para la fiesta —dijo, tranquilo.

Pato sonrió desde el otro lado.

—Qué responsables. No sabía que el lago también venía con mandados.

—Viene con muchas cosas que todavía no conoces —respondió Mateo.

La sonrisa de Pato no se borró.

—Entonces tendré que ponerme al corriente.

No dijo mi nombre.

Pero me miró cuando lo dijo.

En cuanto me dejé caer en el asiento de cuero y Mateo encendió el motor, las primeras notas de una guitarra acústica llenaron el aire.

Era una canción de Olivia Rodrigo, seguida inmediatamente por una de The Lumineers.

Lo miré de reojo mientras él metía la velocidad y arrancaba por el camino de tierra, con el viento alborotándonos el cabello.

—¿Qué es esta música, Montoya? —pregunté, alzando una ceja, incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro.

Mateo no apartó la vista de la carretera, pero la comisura de sus labios se elevó. Levantó su mano derecha del volante y la entrelazó con la mía sobre la consola central, dando un suave apretón.

—Digamos que he estado armando esta playlist exactamente para este momento —confesó, con una naturalidad que me desarmó por completo—⁠. Tenía que estar preparado para el día que, por fin, aceptaras subirte a mi camioneta a solas.

Sentí que me derretía ahí mismo en el asiento.

Condujo lejos del lago y también lejos del pueblo, y entonces noté algo raro.

—Mateo —dije, viendo que tomaba el camino contrario—⁠. La lista de mi mamá no incluía secuestro.

Él sonrió sin apartar la vista del camino.

—Primera parada. Después hacemos los mandados.

—¿Primera parada?

—Confía en mí, Caprio.

Y el problema fue que confié.

Cuando por fin se estacionó, estábamos en uno de los miradores más altos de la zona, con una vista espectacular del agua reflejando los tonos naranjas y rosados del atardecer.

Mateo bajó de un salto y abrió la cajuela trasera.

—Aún no bajes —me pidió.

Al terminar lo que sea que estaba haciendo, caminó hacia mi puerta, la abrió y me ayudó a salir. Había preparado el espacio con un par de mantas gruesas, unos cojines y una hielera pequeña con nuestras bebidas favoritas.

Nos acomodamos uno al lado del otro. Yo me recargué contra su pecho y él envolvió sus brazos alrededor de mis hombros, apoyando la barbilla en mi cabeza. El silencio era cómodo. Perfecto.

Hasta que mi mente, acostumbrada a no detenerse nunca, empezó a traicionarme.

—Pienso demasiado en la ciudad —solté de repente, rompiendo la paz—⁠. El verano apenas va a la mitad y ya tengo este nudo en el estómago pensando en cuando regresemos. Las guardias, las clases, la presión de no equivocarme...

Mateo apretó su abrazo, rodeándome con más firmeza, como si quisiera protegerme de mis propios pensamientos.

—Te exiges demasiado, Oli —murmuró, su voz vibrando contra mi espalda—⁠. A veces siento que te pones el peso del mundo entero en los hombros solo porque crees que tienes que ser perfecta en todo.

—Es que la carrera no me perdona, Mateo. Si parpadeo, me quedo atrás. O en el equipo, una sola jugada que calcule mal y perdemos.

Él suspiró, girándome suavemente por los hombros para obligarme a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, serios y llenos de una convicción absoluta.

—Mírame. Eres la persona más brillante que conozco. Te la pasas dudando de ti misma por el estrés de la ciudad, cuando en realidad arrasas con todo lo que tocas. Yo sé que puedes con todo, Olivia; si no fuera así, no estarías aquí. Te conozco mejor que nadie.

Me quedé sin palabras. El simple hecho de que recordara mis horas de frustración frente a los libros y lo usara ahora para anclarme a la realidad hizo que un nudo de pura emoción se me formara en la garganta.

—No dejes que el miedo a fallar te nuble —continuó, acariciando mi mejilla con el pulgar—⁠.

Eres increíble. Y cuando regresemos a nuestras respectivas ciudades y sientas que todo es un caos...

quiero que sepas que me tienes a mí. No soy solo el vecino del lago.

Soy tu ancla, Caprio. Cuando la medicina o la ciudad te asfixien, vienes a mí y respiramos juntos. ¿Entendido?

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza; eran lágrimas de puro alivio. Asentí lentamente, incapaz de articular una palabra, y acorté la distancia entre nosotros, besándolo con todo el amor y el miedo que tenía guardado en el pecho.

Ese beso sabía a promesas, a atardeceres en la Jeep y a la seguridad de que, pasara lo que pasara, él no me iba a soltar.

Yo sabía que él nunca había visto esa versión de mí, la versión estresada de la ciudad; solo conocía a la Olivia del lago. Pero ahora tenía la certeza de que, a pesar de la distancia, podría contar con él.

Estuvimos un par de horas ahí hablando de todo y nada. Con Mateo todo siempre fluía de manera increíble; era como si supiera exactamente qué estaba pensando. Me conocía tan bien que me daba miedo no estar a esa altura.

Recogimos todas las cosas y nos fuimos al pueblo a comprar lo necesario para la fiesta. Creo que nunca les dije esto, pero Clara y Mika nacieron el mismo día; por eso les dije antes que parecía planeado, aunque siempre que les tocamos el tema ellos responden que solo fue casualidad.

Este año la fiesta sería de pop stars. Querían que fuera temática de disfraces. Llegamos al pueblo y empezamos a tachar pendientes de las listas de las señoras madres. Estábamos en la primera tienda, que era de decoraciones y dulces.

—Oli, mira lo que encontré —dijo Mateo.

—Voy —dije, caminando hacia él desde el otro pasillo—⁠. ¿Qué encontraste?

—Tus dulces favoritos —respondió, enseñándome la caja.

—No puede ser, hace años que no como de estos... Desde que empecé a entrenar, simplemente olvidé que existían —dije, tomando la caja entre mis manos.

—Hay que llevarlos —me dijo, mientras me daba un beso tierno en la frente.

Así paseamos por todas las tiendas necesarias para conseguir todo lo solicitado. Terminamos un poco tarde, así que fuimos a cenar a un lugar de snacks cerca del muelle.

—Dios, necesito ir al baño urgente. Pídeme lo que sea, pero que llegue rápido, que muero de hambre —le dije mientras me alejaba.

Al poco tiempo volví y me senté.

—Perfecto, preciosa, ya pedí —dijo él, tomando mi mano sobre la mesa.

—¿Qué me pediste? —pregunté, curiosa.

—Espera y verás —respondió, muy orgulloso de su elección.

Mientras llegaba la comida, hablamos de qué nos íbamos a disfrazar.

Él mencionó, obvio, a Dua Lipa y Callum Turner; si bien Callum no era una pop star, era el esposo de una.

Yo le dije que también podíamos ser Taylor Swift y Travis Kelce, que ese le quedaría mejor por el físico de jugador, y que yo usaría una peluca.

Al final decidimos Dua y Callum, mientras rezábamos para que no levantara ninguna sospecha en la fiesta.

—Aquí está su orden —anunció el mesero, poniendo los platillos frente a nosotros.

—Tal como te gusta: hot dog sin cátsup, poca mostaza y mucha mayonesa, sin cebolla cruda y con mucho tomate. Y aparte las papas, para que no toquen el tomate y se aguaden —describió Mateo, estirando los brazos en señal de celebración.

—¿Cómo sabes todo eso? —pregunté, completamente enamorada.

—Olivia, ¿cuándo vas a entender que tenemos más de diez años pasando veranos juntos y una que otra Navidad?

Sé todo de ti. Sé que no te gusta un licuado que no se pueda tomar fluido; que no te gusta tomar agua con hielo sin popote; que solo te gusta el agua mineral en limonada; que detestas el cilantro y la cebolla cruda; que solo te comes los sándwiches cuando tienes mucha, mucha hambre...

y podría seguir —dijo, viéndome directamente a los ojos.

Yo no tenía palabras para expresar lo que sentía en ese momento. Solo lo miré, me crucé hacia su lado de la mesa y lo besé con fuerza.

—Te quiero, Mateo. Demasiado —le dije, a centímetros de su cara.

—Te quiero más.

Salimos del lugar y mi corazón de verdad daba vueltas de puro amor. Llegamos a la casa y descargamos todo, mientras las mamás se aseguraban de que realmente hubiéramos comprado cada cosa de la lista. Y así fue.

Después de eso, solo nos despedimos; él se fue a su casa con Martha y yo subí a mi habitación, dejándome caer en la cama mientras una sola pregunta daba vueltas en mi mente:

¿Estoy completamente enamorada de Mateo?