LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 9 LA BURBUJA SECRETA #2
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CAPÍTULO 9 LA BURBUJA SECRETA #2

—Sí, ma —logré articular, con la voz un poco ahogada—⁠. Demasiado calor. Voy a servirme más agua a la cocina.

Me levanté casi tropezando, escapando de su trampa bajo la mesa.

Escuché la risa baja de Mateo a mis espaldas mientras caminaba hacia adentro.

Llegué a la cocina y me apoyé contra la barra, cerrando los ojos y respirando hondo para calmar los latidos de mi corazón.

Era imposible. Ese chico iba a terminar matándome de un infarto antes de que acabara el verano.

Escuché pasos detrás de mí, pero antes de que pudiera abrir los ojos, dos manos grandes y cálidas se posaron en mi cintura, girándome con cuidado.

Me estrellé de frente contra el pecho de Mateo.

Me acorraló contra la barra, escondiéndonos en el rincón donde la pared nos tapaba de cualquier ángulo visible desde la sala.

—Haces trampa —murmuré sin aliento, apoyando mis manos en su pecho.

—Lo siento, quiero romper mi propia regla —respondió él con la voz baja, inclinándose hacia mí.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el mundo entero se reducía a su cercanía. Estábamos a punto de volver a besarnos cuando la voz de mi hermano resonó desde el pasillo:

—¡Oli, Mateo! ¿Dónde están?

Mateo soltó un gruñido ahogado, haciéndome reír por lo bajo. Me dio un último beso rápido en la comisura de los labios y dio un paso atrás justo a tiempo. Segundos después, Santiago apareció en el marco de la puerta.

—Leo acaba de mandar mensaje —anunció mi hermano—⁠. Dice que si los alcanzamos en el pueblo. Amber y Caro quieren jugar billar en el bar de la esquina y el perdedor paga las alitas.

Detrás de él apareció Pato, con una caja en los brazos y una sonrisa demasiado despierta para alguien en plena mudanza.

Su mirada fue de Mateo a mí.

Después a la distancia ridículamente cuidadosa que acabábamos de poner entre nuestros cuerpos.

Y sonrió.

—¿Billar? —preguntó, como si no hubiera notado absolutamente nada—⁠. Me apunto.

Mateo se cruzó de brazos, apoyándose en la barra con una naturalidad envidiable.

—Yo también —dijo él, mirándome de reojo.

—Vamos —acepté, intentando que mi voz no temblara.

El bar del pueblo era pequeño, ruidoso y olía a cerveza y madera vieja, pero tenía ese encanto de los lugares donde todos se conocen.

El ambiente era perfecto. Santiago y Victoria estaban en su propio mundo en una de las mesas, mientras Leo, Amber, Caro, Pato, Mateo y yo nos adueñábamos de la mesa de billar.

Decidimos jugar en parejas. Obviamente, el destino, o más bien Vic, que nos lanzó una mirada de «yo sé cosas», nos puso a Mateo y a mí juntos contra Amber y Pato, mientras Caro y Leo nos animaban.

—Te advierto que soy pésima en esto —le susurré a Mateo mientras él preparaba el taco de billar.

—No te preocupes, Caprio. Yo gano por los dos —respondió con esa sonrisa ladeada.

Y no mentía. Mateo jugaba con una precisión irritantemente perfecta. Pero lo que me estaba matando no era el juego, era él. Cada vez que me tocaba tirar, se paraba estratégicamente detrás de mí. Cuando me inclinaba sobre la mesa, sentía el calor de su cuerpo a milímetros de mi espalda.

—Estás agarrando mal el taco —murmuró en un momento, acercándose tanto que su pecho rozó mis hombros.

Levantó los brazos, rodeándome frente a todos, y cubrió mis manos con las suyas para corregir mi postura. Su tacto me quemó la piel. Nadie más parecía notarlo entre el ruido de la música y las risas de Leo, pero para mí, el bar entero había desaparecido por completo.

—Tira ahora —susurró justo en mi oído.

Golpeé la bola blanca con tanta fuerza por los nervios que casi sale volando de la mesa. Amber soltó una carcajada y Mateo se apartó riendo, pasándose una mano por el cabello.

—No sabía que necesitabas clases, Liv —dijo Pato, con un tono tranquilo, pero lo bastante alto para que Mateo lo escuchara.

—Conmigo aprende rápido —respondió Mateo antes de que yo pudiera decir algo.

Pato sonrió apenas, como si la respuesta le hubiera divertido más de lo que debería.

Pasamos la tarde así, entre roces accidentales que no tenían nada de accidente, miradas cruzadas desde el otro lado de la mesa y esa electricidad constante que me recordaba que la burbuja seguía intacta.

Cuando la noche cayó pesada sobre el lago, decidimos ir a cenar a un pequeño restaurante en el muelle.

—Ok, actualícennos, ¿qué ha pasado? —pidió Caro, dando un trago a su bebida.

—Pues Vic y yo estamos oficialmente juntos —soltó Santiago, mientras tomaba la mano de Vic sobre la mesa.

Todos aplaudimos, gritamos y golpeamos la madera en celebración, haciendo que la gente de los alrededores nos mirara con cara rara.

—Ya era hora. La verdad es que pasó mucho tiempo, chicos —comentó Amber—⁠. Pero me alegro, mejor tarde que nunca, ¿no? ¿Y ahora para cuándo la boda?

—Cálmate, Amber, primero debemos terminar unas cuantas cosas y luego ya vemos eso —respondió Vic.

—¿Y ustedes? —preguntó Leo, mirándonos fijamente a Mateo y a mí.

—Nosotros estamos muy bien, la verdad. Nada nuevo, todo cool —dijo Mateo, sonando completamente normal.

Pato levantó apenas las cejas, como si la respuesta le hubiera parecido demasiado perfecta para ser cierta.

—O sea, ¿después del verdad o reto no ha pasado nada? —insistió Amber.

—No, estamos viviendo el día a día —dije, mientras recordaba de golpe aquella noche.

—Qué raro —dijo Pato, tomando su vaso con calma.

Lo miré.

—¿Qué cosa?

—Nada —respondió, sonriendo apenas—⁠. Solo que Olivia suele ser pésima mintiendo cuando algo le importa.

El silencio duró menos de un segundo.

Pero Mateo lo escuchó.

Y yo también.

Gracias a Dios existía Leo.

—¡Buuu! ¿Nos tendremos que esperar a que cumplan veintitrés como estos dos o qué? —bromeó Leo.

Todos nos reímos. El resto de la cena pasó entre risas y recuerdos, postres y bebidas. Me encantaba estar así, rodeada de mis amigos, de Mateo y de buena comida. Daría lo que fuera por no tener que irme nunca de aquí.

Terminamos de cenar como a las doce y era momento de regresar. Subimos al auto y el camino fue una tortura total. Santiago iba manejando y Victoria de copiloto, poniendo música demasiado aleatoria, mientras Pato, Mateo y yo íbamos en la parte de atrás.

Yo venía relajada, hasta que sentí su mano buscar la mía en la oscuridad del asiento. No volteó a verme; siguió mirando al frente, serio, como si no estuviera haciendo nada. Pero sus dedos se entrelazaron con los míos y, con el pulgar, empezó a dibujar círculos lentos sobre mi piel.

Algo tan simple no debería haberme desarmado tanto.

Me quedé quieta, fingiendo mirar al frente, mientras el corazón me golpeaba demasiado fuerte. Mateo tampoco dijo nada. Solo apretó mi mano una vez, como si quisiera recordarme que seguíamos dentro de esa burbuja aunque estuviéramos rodeados de gente.

Cuando llegamos a la casa, Santiago acompañó a Victoria hasta su puerta, Pato se despidió con un gesto cansado y se perdió por el camino de su propiedad. Y Mateo caminó conmigo hasta la mía. Esperamos a que ellos se alejaran antes de mirarnos de verdad.

—Haces trampa —susurré.

Mateo sonrió de lado.

—No hice nada.

—Exacto. Ese es el problema.

Su risa fue bajita, casi un secreto. Dio un paso hacia mí y me besó rápido, apenas lo suficiente para dejarme con ganas de más.

—No te duermas temprano —murmuró antes de irse a su casa.

Eran las dos de la mañana. La casa estaba sumida en la total oscuridad y yo llevaba media hora dando vueltas en la cama, incapaz de apagar mi cerebro, cuando la pantalla de mi celular se iluminó sobre el buró.

Mateo:

¿Dormida?

Sonreí en la oscuridad y tecleé rápido.

Olivia:

Imposible dormir con el calor que hace.

Los tres puntos suspensivos aparecieron casi al instante.

Mateo:

Muelle. Cinco minutos. No hagas ruido.

No lo pensé dos veces. Me puse una sudadera delgada sobre el short de pijama y bajé las escaleras de puntitas, esquivando con cuidado el escalón que siempre crujía. El aire de la madrugada estaba fresco. Caminé por el pasto húmedo hasta llegar a la madera del muelle.

Mateo ya estaba ahí, sentado en la orilla, con las piernas colgando hacia el agua oscura del lago y la mirada perdida en la luna.

Al escuchar mis pasos, se giró. No dijo nada. Solo estiró la mano hacia mí.

Caminé hacia él y la tomé. En lugar de dejarme sentar a su lado, tiró de mí suavemente, acomodándome junto a él. Sus brazos me rodearon la cintura y yo apoyé la cabeza en su hombro, dejando que el sonido del agua llenara el silencio.

—Tardaste seis minutos —murmuró.

—Tuve que evadir a Coli. Estaba dormido justo en medio del pasillo, como si protegiera la casa de mí.

Mateo sonrió y me apartó un mechón de cabello de la cara.

—Pasé toda la tarde queriendo hacer esto —dijo.

Y entonces me besó.

No había prisa, ni ruido, ni miradas alrededor. Solo el lago, la luna y nosotros dos escondidos en medio de una noche que parecía guardar secretos mejor que nadie. Fue un beso lento, dulce, profundo. Uno de esos besos que no necesitan prometer nada porque ya lo están diciendo todo.

Cuando nos separamos, apoyé mi frente en su hombro, sintiéndome más segura de lo que me había sentido en años.

—Me gusta esta burbuja —susurré.

Mateo me besó el cabello y me abrazó más fuerte.

—A mí también, bonita.

Nos quedamos ahí mucho más tiempo del que deberíamos. Hablamos en voz baja, nos reímos sin hacer ruido y nos besamos como si el mundo pudiera esperar hasta la mañana siguiente.

Y, por un rato, esperó.

Cuando regresamos tomados de la mano, la casa seguía dormida. Mateo me dejó en la puerta con un beso suave y una sonrisa que me acompañó hasta mi cuarto.

Me dormí tarde, demasiado tarde, con la certeza absurda de que la burbuja secreta era peligrosa.

Pero también era el lugar más bonito en el que había estado.