LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 9 LA BURBUJA SECRETA
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CAPÍTULO 9 LA BURBUJA SECRETA

OLIVIA

Desperté con el celular todavía en la mano y una sonrisa imposible de borrar.

La luz de la mañana se colaba entre las cortinas, suave y dorada, pero lo único que yo podía ver era el mensaje que seguía abierto en la pantalla.

Mateo:

Te quiero, Olivia.

Lo leí una vez. Luego otra. Luego una tercera, como si las palabras fueran a cambiar si las miraba demasiado tiempo.

No cambiaron.

Seguían ahí, simples y enormes, ocupando más espacio del que cualquier mensaje debería ocupar.

Me llevé una mano a la boca para contener una risa ridícula, de esas que salen cuando el cuerpo no sabe dónde poner tanta felicidad.

Después miré la pulsera en mi muñeca y la toqué con los dedos, recordando el muelle, su voz, su mano rozando la mía en el camino de regreso y ese beso en la mejilla que me había dejado el corazón haciendo piruetas.

Te quiero, Olivia.

No era un sueño. Mateo Montoya me había escrito eso. Y yo, que anoche me había quedado dormida con la sonrisa más tonta de mis veintiún años, amanecí sintiendo que el verano entero respiraba distinto. Me incorporé despacio, intentando no hacer ruido, y escribí antes de pensarlo demasiado.

Olivia:

Yo también te quiero, Mateo.

Mandé el mensaje y dejé caer el celular sobre la cama como si quemara. Me tapé la cara con las manos, conteniendo un gritito que habría despertado a media casa. No habían pasado ni diez segundos cuando la pantalla volvió a iluminarse.

Mateo:

Buenos días, bonita.

Mi estómago dio un giro tan absurdo que tuve que morderme el labio para no reírme sola como una loca.

Olivia:

Buenos días, Montoya.

Mateo:

Necesito verte.

Miré hacia la puerta de mi cuarto. La casa ya estaba despierta; escuchaba a mamá moviendo platos en la cocina, a Clara cantando algo en el baño y a Santiago quejándose de quién sabe qué desde el pasillo.

Era imposible que Mateo subiera sin que alguien lo viera.

También era imposible que yo bajara y fingiera normalidad como si no tuviera el corazón metido en una licuadora.

Olivia:

Baja la intensidad. Son las nueve de la mañana.

Mateo:

La intensidad empezó cuando me dijiste que tú también.

Me reí contra la almohada, derrotada. Al final bajé intentando actuar como una persona funcional.

Fracasé casi de inmediato, porque apenas entré a la cocina lo vi.

Mateo estaba en el patio, del otro lado de la puerta, ayudando a Santiago a mover una hielera.

Llevaba el cabello húmedo, una camiseta clara y esa sonrisa tranquila que habría engañado a cualquiera.

A cualquiera menos a mí.

Porque cuando levantó la vista y me vio, algo en sus ojos cambió. No fue mucho. Apenas una chispa. Un segundo de más. Pero bastó para que el mundo se me inclinara un poquito.

—Buenos días, Oli —dijo mamá, poniéndome un plato sobre la barra—⁠. ¿Dormiste bien?

—Sí —respondí demasiado rápido—⁠. Perfecto. Increíble. Normal.

Mamá me miró raro.

Santiago, desde afuera, frunció el ceño.

—¿Desde cuándo dormir normal es una noticia?

—Desde que tú roncas como tractor —respondí, agarrando una fresa del plato para lanzársela.

Él la atrapó en el aire con la boca y levantó los brazos como si acabara de ganar un campeonato. Mamá negó con la cabeza, resignada.

Mateo soltó una risa baja. Y yo casi me derretí contra la barra.

Desayunamos entre bromas, planes mal organizados y comentarios de las mamás sobre lo que hacía falta comprar para la fiesta de cumpleaños de Clara y Mika.

Yo intenté no mirar demasiado a Mateo. Mateo intentó no sonreír cada vez que yo fallaba.

Fue una tortura absurda, dulce y completamente peligrosa.

Cuando terminé de ayudar a recoger los platos, entré a la cocina con una jarra vacía en la mano. Apenas la dejé en el fregadero, sentí una presencia detrás de mí.

No tuve que voltear para saber quién era.

—Hola —murmuró Mateo.

Su voz me rozó la espalda antes que sus manos.

Me giré despacio. Él estaba demasiado cerca, apoyado contra la barra, con una sonrisa pequeña y los ojos fijos en mí.

—Hola —respondí, bajito—⁠. ¿Se te perdió algo?

—Sí.

—¿Qué?

—Mi capacidad de fingir.

Solté una risa nerviosa, mirando hacia la entrada de la cocina.

—Mateo...

—Lo sé —dijo, levantando las manos en señal de paz, aunque no se apartó—⁠. Por eso quería hablar contigo antes de que el día nos trague.

Mi sonrisa bajó apenas.

—¿Hablar?

Él asintió, más serio ahora.

—Quiero pedirte algo. Creo que deberíamos mantener esto entre nosotros. Por ahora.

Lo miré con cuidado, intentando leerlo antes de dejar que mi cabeza inventara cualquier tragedia.

—¿Te estás arrepintiendo a las doce horas, Montoya?

—Ni un segundo —respondió de inmediato, acercándose lo suficiente para que su voz solo fuera mía—⁠. Es solo que Santiago y Victoria apenas están intentando no explotar frente a todos, nuestras mamás convertirían esto en el evento principal del verano, y Pato...

Se detuvo. Yo también.

El nombre quedó entre nosotros como una piedra pequeña cayendo al agua.

Mateo bajó la mirada a mi muñeca, justo donde la pulsera descansaba contra mi piel.

—Y Pato acaba de llegar —terminó, más bajo—⁠. No quiero que lo que estamos empezando se vuelva un chisme, ni algo que todos opinen antes de que tú y yo sepamos qué somos.

Tragué saliva.

—Entonces, ¿qué quieres?

Mateo levantó la vista y me miró con una calma que me desarmó.

—Una burbuja —dijo—⁠. Solo tú y yo, un rato. Sin Santiago respirándome en la nuca, sin Victoria interrogándote, sin nuestras mamás planeando bodas y sin Pato parado al lado recordándome que hay partes de tu vida que todavía no conozco.

El corazón se me apretó de una forma rara. No dolorosa. Real.

—Mateo...

—No te lo digo para esconderte —aclaró, dando un paso más cerca—⁠. Te lo digo porque quiero cuidarlo. Quiero cuidarnos. Aunque sea por unos días.

Lo miré por un largo segundo. Afuera, el lago brillaba como si nada pudiera salir mal. Adentro, Mateo esperaba mi respuesta con los ojos más sinceros que le había visto en la vida.

Suspiré.

—Está bien —dije al fin—⁠. Una burbuja secreta. Te lo concedo.

Su sonrisa apareció despacio.

—Gracias.

—Pero te advierto una cosa —añadí, señalándolo con un dedo—⁠. No soy de piedra. Si me vas a tener cerca todo el día y vas a sonreírme así, me va a costar la vida fingir que no me muero por besarte.

Mateo bajó la vista a mis labios.

—Entonces vamos a tener que ser muy buenos fingiendo.

Se acercó apenas, lo suficiente para rozar mi mano con la suya. No me besó. No ahí, no con mi mamá a dos habitaciones y Santiago afuera.

Pero ese roce fue suficiente para incendiarme la mañana entera.

—Nos vemos afuera, Caprio —murmuró.

Luego salió de la cocina como si no acabara de dejarme con el corazón hecho un desastre. Me quedé sola, apoyada contra la barra, mirando mi pulsera. La burbuja secreta acababa de empezar.

El resto del día fue, por falta de una mejor palabra, una tortura maravillosa.

Fingir que no pasaba nada cuando pasaba todo era un deporte de riesgo extremo.

El lago parecía haberse alineado a nuestro favor: los días eran soleados, perfectos, y Pato parecía demasiado ocupado entre cajas, muebles y vueltas al pueblo con su papá como para meterse realmente en nuestro camino.

Pero saber que estaba en la casa de al lado era suficiente para que la burbuja se sintiera más frágil de lo que quería admitir.

El martes por la mañana estábamos todos desayunando en el patio de mi casa.

Santiago discutía con Victoria sobre qué película verían esa noche y las mamás hablaban de su negocio de interiorismo.

Yo estaba cortando un pedazo de fruta, completamente concentrada en no mirar a Mateo, que estaba sentado justo enfrente de mí.

Él llevaba una camiseta blanca sin mangas y el cabello húmedo, recién bañado.

Del otro lado de la cerca, la casa de los Villarreal ya no parecía abandonada. Había cajas en el patio, una escalera recargada contra la pared y la voz de Sergio dando instrucciones a alguien que claramente no le estaba haciendo caso.

Pato se sentó junto a Santiago como si llevara años desayunando en ese patio. Saludó a mamá, le agradeció el café a Martha y hasta le dio un pedazo de fruta a Coli, que obviamente lo traicionó todo por un bocado.

Yo intenté seguir cortando mi fruta como si su presencia no me hubiera cambiado el ritmo de la respiración. Pero Pato no me estaba mirando como alguien que llegó por accidente.

Me miraba como alguien que había encontrado justo lo que vino a buscar.

—Tengo que admitirlo —dijo Pato, dándole un trago a su café mientras miraba alrededor—⁠. Nunca pensé verlos en versión lago.

—¿Versión lago? —preguntó Victoria.

Pato sonrió.

—Sí. En la ciudad todos son más rápidos. Más ruidosos. Aquí parecen... no sé, menos a la defensiva.

Sus ojos pasaron por mí apenas un segundo.

—Algunos más que otros.

Iba a darle un trago a mi jugo cuando sentí un roce bajo la mesa.

La pierna de Mateo acarició la mía. No fue un accidente.

Bajo la madera que nos ocultaba del resto del mundo, deslizó su pie hasta atrapar el mío y luego, con un movimiento lento y deliberado, acercó su rodilla a la mía, lo suficiente para hacerme perder toda capacidad de respirar con normalidad.

Casi me atraganto.

Levanté la vista de golpe. Mateo tenía la taza de café en una mano, apoyado sobre la mesa, conversando tranquilamente con mi mamá sobre no sé qué cosas.

Su expresión era la de un yerno perfecto: serio y atento.

Pero cuando nuestros ojos se cruzaron, vi esa maldita chispa de travesura.

Se quedó exactamente ahí, inmóvil y descarado, mandando una corriente eléctrica directo a mi estómago.

Traté de moverme, de alejarme disimuladamente, pero él me bloqueó el paso con su otro pie, manteniéndome exactamente donde me quería.

—¿Estás bien, Oli? —me preguntó mi mamá, notando que me había quedado rígida y tenía las mejillas encendidas—⁠. Hace calor, ¿verdad?

Tragué saliva, sintiendo que la presión bajo la mesa aumentaba sutilmente.