LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #5
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CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #5

Luego, poco a poco, la tensión en su rostro se transformó en una sonrisa. No una sonrisa tranquila. No una sonrisa buena.

Una de esas sonrisas que prometían problemas.

Sus ojos oscuros brillaban bajo las luces de colores de la fiesta, fijos en mí, como si estuviera pensando exactamente lo mismo que yo: que fingir prudencia ya nos estaba quedando ridículo.

Seguí cantando, viéndolo solo a él por unos segundos más.

La multitud gritaba, Caro saltaba frente a la tarima como si hubiera invocado personalmente el caos, y yo sentí algo peligroso y delicioso subirme por el pecho.

Porque esa era la peor parte. Con Pato era mala idea. Con Mateo también. Y yo estaba cantando como si acabara de decidir que esa noche no quería salvarme de ninguna de las dos.

Cuando la canción estalló en su último tramo, aparté la vista y volví a saltar con la gente, riéndome mientras la música se tragaba el resto de mi cordura.

Terminé jadeando, con el pelo pegado a la cara y una sonrisa imposible de borrar.

La multitud aplaudió y gritó como loca. Le devolví el micrófono al DJ y bajé de la tarima directo a los brazos de Victoria, Amber y Caro, que gritaban como groupies en primera fila.

—Eres una amenaza pública —me dijo Vic al oído—⁠. ¿Qué rayos acaba de ocurrir? —añadió, abrazándome—⁠. Olivia, te conozco desde que estabas en la panza de tu mamá. ¿POR QUÉ no sabía que cantabas así? —añadió, sujetándome de los hombros.

—Jaja, porque no sé, solo apareció —dije mientras me reía.

Los chicos, después de un rato, subieron a cantar armando todo un caos.

Todos seguíamos bailando, riendo y tomando; todo era perfecto.

Los tragos y las horas pasaron, se acabó el karaoke y dejaron la música lista para despedir a la gente.

Me senté en una de las sillas colocadas cerca de la barra.

A lo lejos vi a Victoria bailar con Santiago, riéndose por algo que él le susurraba, y sentí que todo estaba donde debía estar.

Una figura se interpuso en mi línea de visión. Pato, con dos botellas de agua en las manos, me tendió una.

—Para la resaca de mañana —dijo, sentándose en la silla de al lado con un suspiro exagerado—⁠. Confieso que me sorprendiste ahí arriba. No sabía que tenías esa actitud para adueñarte del escenario.

Tomé la botella, desenroscando la tapa con calma.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Pato.

Él sonrió de lado, apoyando los codos en sus rodillas y girando la cabeza para mirarme fijamente.

—Quizá tenga todo el verano para descubrirlas —lanzó, directo y sin frenos—⁠. O al menos, para recordar las que ya sé.

Iba a contestarle, pero antes de que pudiera formular una respuesta que lo pusiera en su lugar, la voz de mi hermano nos interrumpió.

—Bueno, cenicientas, se acabó la magia —anunció Santiago, llegando junto a nosotros con Victoria agarrada de su mano—⁠. Ya casi son las tres de la mañana y, si hacemos ruido al entrar, mi mamá nos va a colgar del muelle.

Mateo y Leo venían un par de pasos atrás.

Mateo me miró de reojo, notando inmediatamente a Pato sentado a mi lado, pero esta vez no hizo ningún comentario.

Solo apretó los labios y se cruzó de brazos.

Nos despedimos de Leo, Amber y Caro con la promesa de vernos al día siguiente para curar la resaca en el lago.

El camino de regreso a las casas fue mucho más silencioso que el de ida.

La brisa del lago estaba helada, haciendo que me frotara los brazos instintivamente.

Pato iba al frente platicando con Santiago sobre no sé qué partido; Victoria iba a mi lado, al igual que Mateo.

Sentí el dorso de la mano de Mateo rozar la mía.

Un roce apenas perceptible, pero suficiente para mandar una descarga eléctrica por todo mi brazo.

Lo miré de reojo; él miraba al frente, pero tenía una pequeña, casi invisible, sonrisa en los labios.

Finalmente llegamos al punto donde los caminos se dividían: la casa de los Montoya a la izquierda, la de mi familia en el centro y la de Pato a la derecha.

—Bueno, aquí me desvío —dijo Pato—⁠. Estuvo increíble la fiesta, Santi. Nos vemos mañana en el agua. Descansen... todos.

Su mirada se cruzó con la mía un microsegundo antes de darse la vuelta y desaparecer por el camino de su jardín.

—Yo voy a acompañar a Victoria a su puerta —anunció Santiago rápidamente, tirando suavemente de la mano de ella hacia la entrada de los Montoya—⁠. Ahorita te alcanzo adentro, Oli.

Y así de rápido, me quedé completamente sola con Mateo. El silencio de la madrugada solo era interrumpido por el sonido de los grillos y el agua del lago chocando a lo lejos. Caminé a la puerta intentando abrirla con mucho cuidado y entramos.

Mateo dio un paso hacia mí, acortando la poca distancia que nos separaba. Me dio un beso en la mejilla y se fue.

Al llegar al segundo piso, fui directo a mi cuarto, agarré mi ropa para dormir y caminé al baño. Me preparé para dormir y llegó un mensaje.

Mateo:

Te quiero, Olivia.

Después de eso, me quedé completamente dormida, con una sonrisa en la cara.