LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #4
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CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #4

—¿Te diviertes? —me preguntó con la voz baja, tan cerca que rozó mi oído y me hizo temblar a pesar del calor ambiental.

Tragué saliva, dándome cuenta de la bomba que acababa de detonar.

—Mateo, solo... es solo una canción, las chicas y yo... —intenté balbucear, sintiendo cómo mi corazón empezaba a latir por una razón muy diferente a la música.

—No lo creo, Olivia —me cortó, dando un paso más hacia mí hasta que mi espalda chocó ligeramente contra la estructura de la barra.

Levantó la mano y me apartó un mechón de cabello de la cara; un gesto que parecía tierno pero que venía cargado de una intensidad que me dejó sin aire. Sus ojos bajaron a mis labios.

—No sé qué historia tienes con él, Olivia, pero no voy a fingir que no me movió verte sonreírle así —murmuró Mateo, su aliento mezclándose con el mío.

Antes de que pudiera contestar, Mateo se dio la vuelta para unirse a los chicos, quienes planeaban lo que cantarían después.

Me volví a unir a las chicas justo cuando la pista llegó a su fin y la gente estalló en aplausos y chiflidos.

Pato le devolvió el micrófono al DJ con una sonrisa triunfal, bajó los escalones de madera de un salto y caminó directo hacia mí, esquivando a las personas que intentaban chocarle la mano.

—¿Y bien? —preguntó Pato, deteniéndose justo enfrente de mí con una sonrisa ladeada—⁠. Del uno al diez, ¿qué tan impresionado dejé al pueblo?

Solté una risa, intentando sacudirme el magnetismo que Mateo acababa de dejar en mi sistema.

—Destrozaste un clásico de mi adolescencia —bromeé, cruzándome de brazos—⁠. Te doy un seis y medio por el esfuerzo. Siete si consideramos que no te caíste del escenario. ¿Cuándo planeabas decirme que cantabas tan bien? —le solté, dándole un golpe sutil en el hombro.

Pato soltó una carcajada fuerte y dio un paso más cerca, reduciendo el espacio entre nosotros con esa confianza que le sobraba.

—Por favor, Liv. Vi cómo bailabas y te reías.

Sé perfectamente que te encantó. Y bueno, creo que nunca se dio la oportunidad de decírtelo; siempre estábamos ocupados en otra cosa —dijo, inclinándose un poco para quedar a mi altura.

Su tono bajó una octava, volviéndose más espeso—⁠.

Además, vi que me devolviste la sonrisa.

Sabías exactamente a quién le estaba cantando.

Sentí el calor subir a mis mejillas. Iba a contestarle alguna estupidez sarcástica para no perder el juego, pero antes de que pudiera abrir la boca, un brazo pesado aterrizó sobre los hombros de Pato, jalándolo un poco hacia atrás.

—Suficiente concierto en solitario, Romeo. Deja a mi hermana en paz —interrumpió Santiago, apareciendo de la nada con una cerveza en la mano.

Pato se echó a reír, levantando las manos en señal de rendición.

—Tranquilo, hermano, solo estaba pidiendo mi crítica artística.

—Pues tu crítica va a tener que esperar —sentenció Santiago, dándole una palmada en la espalda—⁠. Leo dice que no hay verdadera fiesta en el lago si no destrozamos una de Luis Miguel entre todos. ¿Te unes al coro o te da miedo cantar con los locales?

—¿Miedo yo? Jamás. Vamos —aceptó Pato, tomando el reto al instante.

Antes de irse, Pato se giró hacia mí una última vez, me guiñó un ojo y caminó con Santiago hacia el grupo.

Mateo, desde lejos, ni siquiera volteó a vernos; estaba concentrado discutiendo con el DJ, pero su mandíbula seguía igual de tensa.

Mientras tanto, en el escenario, un par de locales subieron a cantar un reguetón viejito, desafinando con tanto orgullo que era imposible no reírse.

—¡Okey, ya fue suficiente! —gritó Amber, apareciendo a mi lado junto con Caro y Victoria, rodeándome como si fueran a planear un atraco bancario.

—Esa miradita y ese coqueteo con Pato estuvieron a punto de incendiar el muelle, Olivia —me acusó Caro, dándome un codazo—⁠. Pero lo que sea que te susurró Mateo antes... ¡Uf! Creí que iba a tirar a Pato al agua.

—No pasó nada —me defendí, riéndome.

—Ajá, claro. Y yo no estoy enamorada del amargado de tu hermano —reviró Victoria, rodando los ojos—⁠. Escúchame bien, Oli. Pato ya hizo su movimiento. Mateo acaba de hacer el suyo. Es tu turno.

—¿Mi turno de qué? —pregunté, mirándolas con pánico.

—De subir a ese escenario —sentenció Amber, señalando la tarima—⁠. Eres la capitana del equipo de tochito, eres la futura doctora que no le tiene miedo a nada. No vas a dejar que un chico de la ciudad se quede con el momento estelar de la noche, ¿o sí?

—¡No, no, no! Yo ya canté con ustedes al principio, estoy afónica —puse de excusa, retrocediendo un paso.

—Ay, por favor, Olivia. ¡Tienes que cantar algo! Algo que los deje a los dos pensando —insistió Caro, tomándome de las manos y jalándome hacia la zona del DJ—⁠. Vamos a buscar la canción perfecta. Hoy vas a ser la dueña de este maldito lago.

—Destrúyelos —susurró.

Dios, hacía años que no cantaba sola en público.

La última vez fue cuando tenía como ocho años y fue en un centro comercial para ganar unas entradas gratis para ver a Danna Paola.

Ni siquiera sabía qué canción podría escoger.

Volteé a ver al grupo de los chicos, que seguían anotando temas.

No sabía si era lo correcto; podría cantar cualquier otra cosa, ¿o no?

Pero esa canción era una de mis favoritas y sabía que las chicas cantarían conmigo.

Suspiré, rindiéndome. La adrenalina de Mateo y la molestia por la sonrisita arrogante de Pato seguían hirviendo en mis venas. Si querían un show, les iba a dar uno.

Subí los tres escalones de madera de la tarima. El aire fresco del lago me golpeó la cara, pero yo sentía que estaba ardiendo. Agarré el micrófono justo cuando el primer beat de sintetizador inundó las bocinas.

Bad idea right?

La pista entera gritó de emoción; hasta los locales que no me conocían empezaron a saltar.

Empecé a cantar, dejándome llevar por la energía, saltando con el ritmo y sintiendo cómo mis amigas, con caras de sorpresa, me miraban y me hacían los coros desde abajo.

La primera mitad de la canción fue pura diversión, pero cuando la música bajó para prepararse para el puente, el puente más icónico de la historia, supe que era mi momento.

Caminé por el borde de la tarima.

Busqué entre la multitud y lo encontré. Pato estaba de pie cerca de la barra, con un vaso en la mano y esa postura suya de hombre que fingía no estar pendiente de mí cuando claramente llevaba toda la noche haciéndolo.

Clavé mis ojos en él justo cuando la canción se volvió una confesión disfrazada de mala decisión.

Vi cómo su expresión cambió.

Primero levantó las cejas, divertido. Después ladeó la cabeza, como si acabara de entender exactamente por qué Caro había elegido esa canción y por qué yo no había protestado. Su sonrisa apareció despacio, peligrosa, cómplice, demasiado segura de sí misma.

Pato sabía.

Sabía que esa canción le quedaba demasiado bien a nuestra historia de ciudad, a la Jeep, a los encuentros que no debíamos tener, a las veces que fingimos que no pasaba nada cuando claramente pasaba todo.

Pero no aparté la mirada. Seguí cantando con una sonrisa descarada, dejándole claro que sí, tal vez era una mala idea. Y tal vez ese era precisamente el problema.

Giré la cabeza de golpe, cortando el contacto visual con Pato, y busqué a Mateo entre la multitud.

Lo encontré junto a la mesa de bebidas, rígido, con los brazos cruzados y la mandíbula marcada por esa tensión que ya empezaba a conocer demasiado bien. Cuando la canción volvió a hablar de hacer algo que una sabe que no debería hacer, se la canté a él.

A Mateo.

A los besos escondidos.

A la barda que separaba nuestros patios.

A esa parte de mí que sabía que lo nuestro podía incendiar todo y aun así quería acercarse más.

Mateo se quedó completamente quieto.