CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #3
—Necesitamos aire —dijo, con la voz baja.
No me llevó al jardín. Me llevó hasta su camioneta, estacionado lejos de la entrada, donde el ruido de la fiesta llegaba más apagado y las luces parecían quedarse del otro lado de la noche.
Apenas cerró la puerta, nos quedamos mirándonos unos segundos. Ninguno dijo nada. Tal vez porque ya sabíamos lo que iba a pasar. Tal vez porque con Pato siempre era más fácil actuar primero y pensar después.
—Me vas a volver loco, Olivia —murmuró, con una sonrisa que intentaba parecer segura, aunque sus ojos decían otra cosa.
Y entonces me besó.
No fue un beso tierno ni planeado. Fue impulsivo, cargado de risa nerviosa y de esa adrenalina que aparece cuando sabes que no deberías repetir algo, pero tampoco quieres detenerlo todavía.
Cuando nos separamos, la música seguía sonando a lo lejos y ninguno de los dos supo qué decir.
Así era con Pato: pasaban cosas, intensas y desordenadas, y después ambos fingíamos que podían guardarse en una caja sin nombre hasta la siguiente fiesta.
FIN DEL FLASHBACK
Tragué saliva, parpadeando para obligarme a volver a la realidad de la camioneta de Santiago.
El simple recuerdo me había puesto la piel de gallina y sentía las mejillas calientes.
Inconscientemente, me pasé la yema de los dedos por el labio inferior, sintiendo aún el fantasma de esa noche de adrenalina.
Mateo se acomodó a mi lado. Noté que se quedó en silencio más de lo normal; la temperatura a mi derecha pareció bajar diez grados.
Sentí su mirada pesada, analizando mi respiración ligeramente alterada y el rubor que no podía esconder.
No lo dijo, pero lo sentí. Sentí su silencio diciendo: «Yo no conocía esa historia».
Pero Mateo no era de los que se quedaban callados cuando algo le molestaba.
Deslizó su mano sobre el asiento hasta que su meñique rozó mi mano, un toque mínimo que me hizo dar un respingo y salir de mis pensamientos.
Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que ni Pato ni los de adelante lo escucharan sobre la música de la camioneta.
—Esa sonrisa tuya dice que la fiesta no fue lo único intenso, Caprio —murmuró Mateo, muy cerca de mi oído, cargado de una advertencia que me erizó la piel—. ¿Debería preocuparme de que tu cabeza siga en la ciudad o ya aterrizaste aquí conmigo?
Tragué saliva, incapaz de responder de inmediato bajo la intensidad de su mirada, y agradecí a todos los santos cuando el motor de la camioneta finalmente se detuvo.
Llegamos al muelle y estaba irreconocible.
Había farolitos de colores colgando entre los árboles, música que mezclaba reguetón con algo que claramente había salido de la playlist de algún DJ, y un montón de caras desconocidas que reían, bailaban y sostenían vasos de colores.
Apenas bajamos del carro, el calor de la noche se mezcló con el olor a comida.
Victoria tomó mi mano con emoción, como si volviéramos a tener diecisiete años, y nos llevó directo hacia Caro y Amber.
Santiago saludó a alguien que claramente conocía y Mateo me guiñó el ojo mientras se acercaba a sus amigos, como si eso bastara para hacerme olvidar que teníamos compañía extra.
Pato.
—¿Quieres algo de tomar? —alcanzó a preguntarme, tocando ligeramente mi brazo.
—¿Y tú eres? —preguntó Amber con misterio.
—Pato, un gusto —respondió él, amablemente.
—Es Pato, uno de los mejores amigos de Santi en la ciudad —aclaré, nerviosa.
—Pues bienvenido, Pato. Verás cómo es una verdadera fiesta del lago —dijo Caro con una sonrisa pícara.
—Solo el mejor amigo de Santi... —murmuró él en mi oído.
—Basta. ¿No me ibas a traer algo de tomar? —le dije, riendo.
Apenas Pato dio tres pasos, sentí tres pares de ojos clavados en mí. El aire a mi alrededor pareció congelarse a pesar del calor de la fiesta; acababa de entrar a la zona de interrogatorio.
—«Solo el mejor amigo de Santi», ¿eh? —repitió Amber, haciendo comillas en el aire y levantando una ceja—. Olivia Caprio, me ofende muchísimo que creas que nacimos ayer.
—Literalmente te estaba devorando con la mirada —agregó Caro, dando un paso hacia mí con pura malicia—. Y ese susurrito en el oído no fue para preguntarte dónde está el baño. Habla. Ahora.
Sentí que la sangre se me subía a las mejillas a la velocidad de la luz. Miré a Victoria en busca de auxilio, esperando que usara sus poderes de hermana mayor para salvarme, pero mi mejor amiga simplemente se encogió de hombros con una sonrisa de complicidad.
—Yo no voy a salvarte esta vez, Oli —dijo Victoria, divertida—. Se los dije, chicas. Este verano vino con elenco de soporte incluido.
—¡Victoria! —chillé en voz baja, dándole un golpe en el brazo—. No hay nada que contar, se los juro. Solo es como mi amigo con derechos y ya. Fin de la historia.
—¿«Y ya»? —Amber soltó una carcajada seca—. Amiga, ese güey acaba de poner un pie en el muelle, te vio y le faltó ponerte alfombra roja. Eso no grita «y ya».
—Además —interrumpió Caro, frotándose las manos como si estuviera a punto de ver arder Troya—, no sé si te has dado cuenta, pero tu querido vecino de toda la vida, el que te cuida las espaldas, está a punto de perforarle la nuca a Pato con la mirada.
Giré la cabeza disimuladamente hacia donde estaba Mateo. Caro tenía toda la razón. Mateo estaba asintiendo a lo que sea que Leo le estuviera contando, pero su cuerpo estaba rígido y sus ojos oscuros estaban fijos exactamente en la espalda de Pato, quien esperaba nuestras bebidas en la barra.
—Esto va a ser un desastre —murmuré, pasándome las manos por la cara, sintiendo cómo el pánico empezaba a mezclarse con la adrenalina de la música.
—No, mi amor —corrigió Amber, pasándome un brazo por los hombros—. Esto va a ser cine puro. Y nosotras tenemos asientos en primera fila.
Seguíamos parloteando cuando vi que Pato ya venía de regreso y les hice señas a las chicas para que se callaran.
—Tu bebida favorita: tequila con refresco de toronja —me dijo Pato, extendiendo el vaso.
—Gracias. ¿Le pusiste...? —Y antes de poder terminar la frase, él me interrumpió.
—Sí, le puse limón. Liv, recuerda con quién hablas —dijo, guiñándome un ojo.
Santiago y los demás se acercaron a nosotros.
—Mira, Leo, él es Pato, el chico nuevo del que te hablé —presentó Santi.
—¿Qué hay, bro? Un gusto. Espero que te guste estar aquí tanto como a nosotros —le dijo Leo mientras chocaban los puños. Luego sonrió como si tuviera un secreto gigante bajo la manga.
—¿Qué está pasando, Leo? —pregunté al ver su mirada.
—¡Hoy es noche de karaoke! —anunció gritando, emocionado.
—¡Sí! —gritamos todas con emoción.
La pista improvisada se iluminó y por las bocinas comenzaron a anunciar:
—Bienvenidos nuevamente a la Grandiosa Fiesta del Lago. Este año cambiamos un poco las cosas; decidimos hacer algo para humillarnos públicamente. ¿Y cómo vamos a hacerlo? ¡Con karaoke!
Todos gritaron otra vez y el piso temblaba bajo nuestros pies.
Victoria, Amber, Caro y yo no perdimos ni un segundo; corrimos hacia la lista del DJ para anotarnos.
La primera media hora fue un desastre glorioso.
Cantamos a todo pulmón canciones de pop de los dos mil, desafinando horriblemente y riéndonos hasta que nos dolió el estómago.
Santiago nos grababa para burlarse, Leo nos aplaudía y Pato...
Pato no me quitaba los ojos de encima, celebrando cada vez que yo tomaba el micrófono.
Mateo estaba un poco más tranquilo. Se reía de nuestras tonterías, sí, pero su postura era rígida; estaba en alerta máxima.
Cuando nos bajamos de la tarima, exhaustas y buscando algo más de tomar, el chico que organizaba todo volvió a tomar el micrófono.
—Muy bien, la noche se está poniendo buena. El siguiente valiente en la lista es... Patricio. ¡Sube al escenario, hermano!
Me quedé helada a mitad de un trago. ¿Pato iba a cantar? En la ciudad siempre decía que el karaoke era un cliché, pero ahí estaba, subiendo los tres escalones de madera con una seguridad absoluta. Tomó el micrófono y el ruido de la fiesta empezó a bajar.
—Esta noche está increíble —dijo Pato, y su voz resonó profunda y carismática por las bocinas—. Pero esta canción... bueno, ella sabrá de qué va esta canción.
Mis amigas se giraron a verme al mismo tiempo. Tragué saliva y les susurré que dejaran de mirarme de forma tan obvia. Pato me miró directamente, ignorando a la multitud, y le hizo una señal al DJ. El primer acorde me cayó como un balde de agua helada.
Era No Control, de One Direction.
Carajo, nadie me avisó que Pato sabía cantar así.
Era la canción que sonaba la primera vez que llegamos a su departamento en la ciudad, y la que después, cada vez que salíamos a algún lado, aparecía misteriosamente.
Cantarla aquí, frente a todos, era una declaración de guerra.
Era él marcando su territorio, gritándole a toda la fiesta que teníamos una historia detrás.
Victoria me tomó de la mano, dándose cuenta de la jugada.
Yo solo me reía de puros nervios, mientras mis amigas ni siquiera intentaban disimular la emoción.
Comenzamos a bailar y a cantar el coro; obvio cómo no la íbamos a cantar, era One Direction.
Pato seguía interpretándola sin apartar la mirada de mí, con esa sonrisa arrogante.
Cuando llegó una de las partes más obvias de la canción, lo volteé a ver por reflejo.
Me sonrió y le sonreí; fue como si todo pasara en cámara lenta.
Seguí bailando con las chicas hasta que sentí una mano firme tomarme por la cintura desde atrás.
No fue brusco, pero sí lo suficientemente seguro para detenerme en seco y sacarme del círculo de mis amigas.
Me giré, todavía con la respiración agitada por el baile, y me estrellé de frente contra el pecho de Mateo.
Levanté la vista. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos se le marcaban bajo la piel. Sus ojos oscuros pasaron del escenario hacia mí. Esa pequeña sonrisa cómplice que yo le había devuelto a Pato un minuto atrás definitivamente le había colmado la paciencia.