LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #2
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CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA #2

—Eso suena razonable y profundamente aburrido —dijo mientras suspiraba.

—Bienvenido a la adultez —dijo papá, divertido.

Pato señaló el camión con indignación.

—¿Y eso? —preguntó.

—Tú supervisas que no metan las cosas en cuartos equivocados —dijo Sergio, dándole las llaves.

—No sé cuáles son los cuartos correctos. Ni siquiera he entrado —dijo Pato, indignado.

—Tú escoge.

—Bienvenido al lago, bro —dijo Santiago, soltando una carcajada.

—Llegué buscando paz y encontré explotación familiar —dijo Pato, cerrando los ojos de forma dramática.

—Y eso que apenas es la mudanza —dijo Victoria.

Pato la miró.

—Cada vez me caes mejor —dijo con una sonrisa.

—Lo sé —respondió Vic, alzando los hombros.

Mamá se acercó a Martha con una sonrisa sospechosamente animada.

—Bueno, mientras ellos se van a sus pendientes de adultos aburridos, nosotras vamos a llevar a las niñas a la feria del pueblo más tarde. ¿Quieres venir con nosotras, Frida? —le preguntó a la mamá de Pato, quien hasta ese momento estaba hablando con los señores de la mudanza.

—¿Las niñas? —dijo Mika, ofendida antes de que la señora Frida pudiera responder—⁠. Tenemos diecisiete.

—Y sigues queriendo churros y juegos mecánicos —respondió Martha.

Mika levantó un dedo, luego lo bajó.

—Eso no invalida mi argumento —dijo, seria.

—Además, técnicamente no vamos como mamás responsables —dijo Martha, poniéndose los lentes de sol con una elegancia teatral.

Mamá la miró, divertida.

—¿Entonces? —preguntó mamá en dirección a Frida.

—Claro, me vendría bien alejarme de todo eso —dijo Frida, señalando a los hombres bajando las cosas.

—Exacto —dijo mi mamá—⁠. Una tarde sin esposos y sin universitarios dramáticos.

—Eso último fue innecesario —dijo Santiago, indignado.

—Pero verdadero —respondió mamá.

El señor Sergio miró a papá.

—Me agrada este grupo —dijo, sonriendo.

—Espérate a la tercera discusión familiar —agregó André—⁠. Ahí decides si te quedas.

Los adultos terminaron de organizarse entre instrucciones cruzadas sobre llaves, comida, bloqueador, horarios y cajas.

Las mamás reclamaron a Clara y a Mika para su expedición a la feria, mientras papá, André y Sergio se subían a la camioneta con cara de hombres enviados a una misión demasiado administrativa para ser heroica.

Mamá me abrazó antes de irse.

—Cualquier cosa me llamas —dijo seria, teniendo en cuenta todo lo que habíamos pasado los últimos días.

—Sí, mamá —le dije con una sonrisa tranquila.

Al final, los motores encendieron.

Los papás se fueron primero y, después, las mamás se fueron con Clara y Mika rumbo a la feria, emocionadas por churros, juegos mecánicos y una tarde de supuesta soltería maternal.

La calle quedó extrañamente vacía.

Solo quedamos nosotros, el camión de mudanza, la casa abierta de par en par y Pato parado frente a ella como si acabara de entrar en una historia que no sabía que ya estaba empezada.

—Bueno, nosotros íbamos al lago —dijo Santi, frotándose las manos.

—Suena a que yo también iba al lago —dijo Pato y antes de que pudiera agregar más uno de los trabajadores apareció en la puerta cargando una caja enorme.

—¿Joven Patricio? ¿Esto va arriba o abajo? —preguntó el trabajador.

Pato miró la caja. Luego nos miró a nosotros. Luego volvió a mirar la caja, como si estuviera frente a una tragedia personal.

—¿Arriba? —dijo sin ninguna seguridad.

—¿Seguro? —preguntó el trabajador, con el ceño fruncido.

—No. Pero digámoslo con confianza —dijo Pato, comenzando a caminar hacia allá.

Victoria soltó una risa.

Santiago le dio una palmada en la espalda.

—Te guardamos lugar —dijo Santi.

Pato me miró entonces. Solo un instante. Pero fue suficiente para que el mensaje de la noche anterior volviera a encenderse en mi cabeza.

Él sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.

—Nos vemos al rato —dijo antes de entrar a su propiedad.

No dijo más.

No hacía falta.

Mateo bajó la mirada hacia mi muñeca, donde la pulsera azul seguía en su lugar. Luego miró a Pato, que ya caminaba hacia la casa cargando una caja que probablemente pesaba menos que toda la tensión que acababa de dejar atrás.

—¿Estás bien? —me preguntó Mateo en voz baja.

—Sí —respondí demasiado rápido.

No sonó convincente ni para mí.

Empezamos a caminar hacia la casa para cruzar al sendero que nos llevaría al lago.

Victoria pasó junto a mí y me lanzó una mirada breve. Una mirada de “luego me cuentas”.

Yo fingí no entenderla.

El sol nos abrazó apenas pusimos un pie en el lago. Mateo llevaba la hielera como si fuera una pesa olímpica, y Victoria se quejaba de que Santiago no dejaba de empujarla con la sombrilla. Yo solo intentaba no tropezar con mis propias chanclas.

El calor de la tarde se sentía más suave, como si supiera que la noche traería su propia temperatura. Mateo y Santiago estaban en las lanchas revisando que estuvieran bien y que no necesitaran ningún arreglo, mientras Vic y yo nos sentamos en la orilla sobre las toallas.

—¿El Pato que llegó es ese Pato? —preguntó divertida.

—Sí, es ese Pato —dije, soltando un suspiro.

—Okay, entiendo perfectamente por qué lo escogiste como tu amigo con derechos —comentó Vic.

—God, no sé qué vaya a pasar —admití, sentándome derecha.

—Pues nada, no tendría que pasar nada. No se gustan, ¿o sí? —indagó.

—Claro que no. Solo era algo casual y siempre era igual: salíamos, yo tomaba, él tomaba y, cuando la fiesta empezaba a calmarse, él caminaba hacia mí y me decía: «¿Nos vamos?

» o «¿Salimos a tomar aire?». Yo le decía que sí y ya.

Después cada quien seguía con su vida hasta la siguiente fiesta —expliqué de corrido.

—¿Y tú no le gustas a él? ¿Para nada? ¿Para él también era solo algo casual? —insistió Vic.

—Obvio. Jamás lo he visto con NOVIA. Pato es el alma más libre de todo el mundo. Jamás ha mostrado ni una pizca de interés real.

—Ahí está. Entonces no va a pasar nada, relájate y ya —concluyó Vic mientras se ponía los lentes de sol y se volvía a recostar.

Los chicos nos llamaron una vez que verificaron que las lanchas estaban en orden.

Nos subimos y remamos hasta el centro del lago; nos gustaba más esa parte porque el agua era más profunda y también más fría.

Estaba siendo una tarde tranquila. Santiago no dejaba de molestar a Vic aventándole agua, mientras Mateo y yo nos reíamos de Victoria, quien estaba a nada de perder la paciencia y ahogarlo en el lago.

Mateo me abrazó por la cintura y me jaló hacia él, haciendo que mi espalda chocara contra su pecho.

—No sabes lo bien que te ves —susurró cerca de mi oído.

Sentí el calor de su voz, su mano quedándose en mi cadera y esa descarga absurda que conseguía provocarme. Sonreí, completamente perdida.

Nos dieron las siete y Victoria dijo que era hora de irnos porque, si no, no nos iba a dar tiempo de arreglarnos bien. Subimos a las lanchas, remamos de regreso y, al llegar a casa, Vic y yo corrimos a mi habitación.

Después de bañarnos, Victoria y yo estábamos sentadas en el suelo de mi cuarto, rodeadas de ropa, maquillaje y vasos a medio terminar.

Como no estábamos seguras de qué nos íbamos a poner, pusimos música y empezamos a modelar outfits.

Estábamos muertas de risa mientras cantábamos y bailábamos con el maquillaje a medio acabar.

Cuando nos dimos cuenta de que ya eran las ocho y media, fue cuando nos pusimos serias; si no, no saldríamos de ahí nunca.

Terminamos de arreglarnos y bajamos listas para divertirnos. Justo cuando Victoria estaba cerrando la puerta principal con ese típico «¿ya traen todo?» de hermana mayor, escuchamos que alguien más gritaba nuestros nombres desde el balcón de la casa de al lado.

—¿A dónde van? —preguntó Pato.

Santiago se giró sin perder el paso hacia su carro.

—A una fiesta en el pueblo. ¿Vienes? —preguntó Santi.

—¿Con música de pop o reguetón? —respondió Pato con una sonrisa.

—Con que haya alcohol —sentenció Victoria desde el asiento del copiloto, ya con la ventana abajo.

Pato no lo pensó mucho.

—Denme dos minutos. Bueno, uno.

Y literal, corrió. En menos de lo que uno tarda en decir «me voy a arreglar», ya estaba de regreso: peinado, perfumado y con una camisa abierta que claramente decía «vengo a robar miradas».

Nos subimos a la camioneta de Santiago: él al volante, Victoria de copiloto y yo en medio, atrapada entre Mateo y Pato, como si el destino quisiera ponerle emoción a mi noche.

—¿Y pensaban irse sin mí? Qué feo, ¿eh? —añadió Pato mientras pateaba ligeramente el asiento de Santi y se acomodaba—⁠. ¿Vas a manejar mejor que la última vez que te presté mi Jeep? —le dijo a mi hermano entre risas.

—¡Hey! Ese tope no estaba pintado. Y tú gritaste como si fuéramos a morir —se defendió Santi.

—Yo no grité. Fue Olivia —aseguró Pato, empujándome con el hombro.

—Mentira. Yo solo dije: «Nos vamos a voltear» —respondí, cruzándome de brazos, divertida—⁠. Fue esa vez que fuimos a la plaza y Santi se metió en sentido contrario.

—¿Qué? —interrumpió Victoria—⁠. ¿Cuándo pasó eso?

—Hace como un mes —dije—⁠. Santiago y Pato salieron de un partido y, como celebración por la victoria, fuimos por un helado y de ahí nos arreglamos para la fiesta poscampeonato. Fue divertido... Bueno, casi morimos, pero divertido.

—No fue para tanto. Pero la fiesta... eso sí fue intenso —comentó Pato, mirándome con cara de «¿te acuerdas?».

Yo solo me reí porque vaya que me acordaba de esa noche. Fue intensa, divertida y muy difícil de olvidar.

FLASHBACK

El calor dentro de esa casa era asfixiante y la fiesta poscampeonato estaba a reventar, pero a mí no me importaba. Estaba en medio de la sala, bailando con mis amigas, riéndome demasiado fuerte y dejándome llevar por la música como si al día siguiente no existiera.

Y en una esquina, recargado contra la pared, estaba Pato.

Me miraba con esa seguridad suya que siempre parecía convertir cualquier cosa en un reto. Cuando la canción terminó, yo estaba sin aliento y todavía riéndome. Él cruzó entre la gente, me tomó de la mano y me acercó un poco para que pudiera escucharlo por encima de la música.