LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA
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CAPÍTULO 8 LA ADRENALINA

OLIVIA

La mañana era tranquila, aunque dentro de mí seguía latiendo una presión extraña por el mensaje de anoche.

Nos vemos pronto, Liv.

¿Mi verano no podía pasar sin tanto drama? No. No lo creo. Pero, aun así, prefería mil veces todo esto a estar en la ciudad, peleando por procedimientos, por oportunidades, por no quedarme atrás. Solo de pensarlo, la respiración se me descontrolaba un poco.

La casa amaneció con olor a hotcakes, café recién hecho y ese caos suavecito que solo ocurre cuando alguien se está yendo o llegando.

—¿Tienen todo lo necesario? —preguntó mamá.

—Sí, amor. Ya somos adultos funcionales —respondió papá, cerrando la cajuela con una sonrisa.

Antes de que pudieran subirse e irse, vimos aparecer un camión de mudanza. Detrás venían dos carros más.

En cuanto reconocí la Jeep negra, mi mente viajó directo al mensaje.

Mierda.

—Mamá —llamé—⁠. ¿Qué está pasando?

Mamá sonrió como si aquello fuera una buena noticia.

—Al fin se vendió la casa vacía del otro lado —dijo, ansiosa y emocionada.

Mateo se quedó quieto a mi lado.

—¿La casa del otro lado? —repetí.

Papá cerró la camioneta y caminó directo hacia un hombre al que abrazó con demasiada confianza. El papá de Pato. El señor Sergio Villarreal.

Y entonces de la Jeep negra, ese que me resultaba demasiado familiar, se abrió.

Y él bajó.

Alto, con el cabello despeinado por el viaje, lentes de sol colgando del cuello de la camiseta y esa seguridad tranquila de quien había crecido entrando a todos lados como si nunca tuviera que pedir permiso.

Traía una mochila colgada de un hombro, un reloj caro en la muñeca y una sonrisa que se le agrandó apenas vio a Santiago.

Nos miró con absoluta gracia y seguridad.

Santiago se quedó inmóvil.

Por un segundo, ninguno de los dos habló.

Santiago parpadeó.

—No mames —dijo, con emoción.

Pato soltó una carcajada y cruzó la calle en tres zancadas para abrazarlo.

—Espero que te haya gustado la sorpresa —dijo Pato, dándole un golpecito en el hombro.

—Carajo, ¿cómo no? —respondió Santiago, feliz—⁠. Se siente que ya estoy completo.

Pato se separó, riéndose.

—Mi papá compró una casa en el lago. Me dijo que era una zona tranquila, que había familias cerca, que íbamos a venir a descansar antes de que empezara el caos de titulación. Y cuando me dijo que era al lado de los Caprio, decidí sorprenderte.

Santiago volteó hacia papá, indignado.

—¿Tú sabías que le vendiste la casa al papá de Pato y no dijiste nada? —preguntó, cruzándose de brazos.

Papá se encogió de hombros con una tranquilidad criminal.

—Yo asumí que sabías —dijo, tranquilo.

—¿Cómo iba a saber? —respondió Santiago.

—Es tu mejor amigo —dijo mi papá, en un tono de obviedad.

—¡Eso no significa que me mande el contrato de compraventa, papá! —dijo Santi, riéndose.

Pato se rió, negando con la cabeza.

—Esto será una locura —dijo, frotándose las manos como si ya estuviera planeando demasiadas cosas.

Entonces sus ojos se movieron hacia mí.

Su expresión cambió otra vez, esta vez con una familiaridad más suave. Reconocimiento. Memorias, muchas, muchas memorias.

—Liv —dijo, sonriendo.

—Pato —respondí, todavía intentando acomodar en mi cabeza que el mejor amigo de mi hermano acababa de bajarse frente a la casa vacía del lago.

Coli, que hasta ese momento había estado olfateando una caja, levantó la cabeza y salió disparado hacia él.

—¡Coli! —grité, pero era demasiado tarde.

Pato apenas alcanzó a agacharse antes de que Coli se le lanzara encima, moviendo la cola como si acabara de reencontrarse con un héroe de guerra.

—¡Mi perro favorito! —dijo Pato, riéndose mientras intentaba no caer hacia atrás—⁠. No me digas que también vienes incluido con la casa.

Coli le lamió la cara sin ningún pudor.

Santiago soltó una carcajada, la primera real que le escuchaba en días.

—Traidor —dijo Santi, mirando al perro—⁠. Ni a mí me saluda así.

—Es que Coli siempre tuvo buen gusto —respondió Pato, rascándole detrás de las orejas.

Mamá se acercó a saludarlo con naturalidad, como si Pato no acabara de partir el día en dos.

—Patricio, qué gusto verte —dijo, sonriendo.

—Señora Alicia —dijo él, abrazándola con confianza—⁠. Usted cada día más joven, como siempre.

—Encantador y mentiroso —respondió mamá, divertida.

Papá le dio una palmada en el hombro.

—Tu papá está revisando lo de la entrada. Dice que mañana llegan el resto de los muebles.

—Sí —respondió Pato, mirando hacia el camión de mudanza—⁠. Decidió que mandar las cosas por partes era más emocionante que hacerlo como personas normales.

Todos rieron.

Todos menos Mateo.

No porque estuviera siendo grosero. Mateo solo se había quedado a mi lado, en silencio, observando la escena con una atención demasiado cuidadosa. Sus ojos pasaron de Pato a Santiago, de Santiago a mis papás, de mis papás a Coli, y luego volvieron a mí.

Sentí que entendía algo antes de que yo misma terminara de entenderlo.

Pato no era nuevo para los Caprio. Era nuevo para el lago. Y, sobre todo, era nuevo para Mateo.

Santiago, todavía con el brazo alrededor de los hombros de Pato, miró hacia Victoria y Mateo. Clara venía detrás de mí, fingiendo que no estaba emocionada por saludar a alguien que, según ella, “ni se acordaba de su existencia”.

—Bueno, ya que aparentemente ahora eres parte del paisaje —dijo Santiago—, te presento a la otra mitad del verano.

Pato siguió la dirección de su mirada. Primero vio a Mateo. Después a Victoria. Y ahí su expresión cambió.

No fue sorpresa total. Fue más bien reconocimiento. Como si por fin le pusiera rostro a un nombre que había escuchado demasiadas veces.

—Con que tú eres Victoria —dijo.

Victoria alzó una ceja.

—Depende. ¿Eso viene con advertencia? —preguntó, divertida.

Pato sonrió.

—No, solo con contexto. Muchísimo contexto —dijo, tomando a Santi del hombro.

Santiago le dio un golpe en el brazo.

—Cállate —murmuró.

—¿Qué? —Pato levantó las manos—⁠. Cuatro años escuchando tu nombre. Era normal que tuviera curiosidad.

Victoria giró lentamente hacia Santiago.

—¿Cuatro años? —preguntó, sorprendida.

Santiago se aclaró la garganta.

—Está exagerando —dijo, sin darle importancia.

—No estoy exagerando —dijo Pato, disfrutándolo demasiado—⁠. “Victoria dijo esto”, “Victoria hizo esto”, “Victoria me desespera”, “Victoria seguro lo hizo para molestarme”. Yo pensé que era una materia obligatoria de la carrera.

Mateo soltó una risa baja.

Victoria miró a Santiago con una sonrisa peligrosísima.

—Qué interesante —dijo Vic, acercándose a Santi.

—No es interesante —dijo Santiago, abrazándola por la cintura—⁠. Pato no sabe cerrar la boca.

—Pato acaba de convertirse en mi persona favorita —respondió Victoria.

Pato hizo una pequeña reverencia.

—Un honor —dijo, divertido.

Santiago señaló a Mateo antes de que la conversación pudiera destruirlo más.

—Mateo —dijo—⁠. Mi mejor amigo del lago.

Pato giró hacia él y le tendió la mano.

—Patricio. Pero todos me dicen Pato.

Mateo aceptó el saludo.

—Mateo —dijo, serio, todavía intentando procesar cómo Pato, un extraño para él, se sentía tan cómodo a los dos segundos de haber llegado.

Fue un apretón breve. Correcto. Nada abiertamente hostil. Y aun así, algo en el aire cambió.

Después, Pato miró hacia Clara, que estaba junto a mí con los brazos cruzados y cara de estar analizando toda la escena.

—Clara Caprio —dijo él, con una sonrisa—⁠. La leyenda.

Clara entrecerró los ojos.

—¿Ahora qué hice? —dijo, soltando un suspiro.

—Nada todavía. Pero con tu historial, prefiero estar prevenido —dijo él, tendiéndole los brazos para abrazarla.

Ella soltó una risa indignada, aunque lo abrazó de todas formas.

—¿Mi historial?

—Él sabe lo del cereal —dijo Santi.

Clara abrió la boca.

—¡Eso fue una vez! —dijo, con un tono de “por Dios, ya olvídenlo”.

—También sabe lo del esmalte en mi control —añadí, cruzándome de brazos.

—Eso fue arte experimental —respondió Clara con dignidad.

Pato se llevó una mano al pecho, fingiendo respeto.

—Perdón. No sabía que estaba frente a una artista.

Clara intentó mantener la seriedad, pero terminó riéndose.

—Me caías mejor cuando no vivías al lado —dijo, fingiendo enojo.

—Técnicamente sigo sin vivir al lado. Solo serán los veranos —le dijo Pato, molestándola—⁠. Me gusta. Sigues igual de peligrosa.

—Qué horror que te acuerdes de eso —dijo Clara, tapándose la cara.

—Me acuerdo de todo lo importante —respondió Pato, volteando a verme.

La frase quedó flotando de una manera distinta.

No era solo lo que decía. Era cómo lo decía. Como si entre esas palabras hubiera una versión de mí que nadie más ahí conocía.

Mateo se quedó quieto a mi lado.

Yo forcé una sonrisa.

—Tienes una definición muy rara de importante —le dije, seria.

Pato sonrió.

—Puede ser —dijo en un murmullo.

El silencio duró apenas un segundo, pero yo lo sentí largo. Demasiado largo. Mamá, bendita fuera, lo rompió antes de que se volviera evidente.

—Bueno, nosotros sí tenemos que irnos antes de que se nos haga tarde —dijo mamá.

Papá consultó su reloj y asintió.

—Cierto. Si no salimos ya, vamos a llegar de noche —dijo mientras buscaba las llaves.

—¿A dónde van? —preguntó Pato, mirando los maletines y papeles.

—A resolver cosas aburridísimas de adultos —respondió papá—⁠. Trámites, pendientes, compras.

El señor Sergio apareció entonces desde la entrada de la casa nueva, limpiándose las manos con una servilleta de papel y hablando con uno de los trabajadores. Papá fue directo hacia él y lo abrazó con esa confianza de hombres que habían cerrado un trato.

—Justo a tiempo —dijo papá—⁠. ¿Vienes con nosotros?

—¿A dónde? —preguntó el señor Sergio, con el ceño fruncido.

—A resolver lo de los permisos y comprar las cosas que faltan. Si lo dejamos para mañana, se nos junta con la entrega de muebles —dijo papá.

Sergio miró hacia la casa nueva, hacia las cajas, hacia Pato, hacia su esposa y luego otra vez hacia papá.

—Me estás invitando a hacer mandados en mi primer día de descanso —dijo Sergio en tono burlón.

—Te estoy evitando hacerlos solo después —dijo papá, poniendo su mano en su hombro.

El señor Sergio lo pensó dos segundos.