LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 7 EL PUENTE A CRUZAR #3
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CAPÍTULO 7 EL PUENTE A CRUZAR #3

—Veamos cómo terminamos este verano.

Nadie entendió si era una bendición o una amenaza. Con Martha, probablemente ambas.

OLIVIA

Después de que todos los felicitaran como si se acabaran de comprometer o algo así... La verdad, fue raro. No raro malo, sino raro tipo: creí que de verdad los iban a casar ahí mismo.

Entré a la cocina y me encontré a todos nuestros padres sacando billetes de sus carteras.

—¿Qué hacen? —pregunté, extrañada.

Papá volteó con cara de «¿no es obvio?» y me respondió:

—Pagando apuestas —dijo, dejando el dinero sobre la mesa.

—¿De verdad era real la apuesta? —dije, riéndome.

—Sí, y perdimos. Estaba segura, MUY segura, de que se aguantarían hasta la graduación —comentó mi mamá—, pero creo que Sebastián apresuró las cosas.

—No se preocupen, nosotros pagamos la cena —intervino André, para después gritar hacia la sala—: ¡Todos a las camionetas! Vamos a ir al pueblo a cenar.

Llegamos al pueblo y nos dirigimos a un restaurante muy hogareño; nos sentamos y comenzamos a platicar. Me encantaba estar con ellos; de verdad éramos una familia enorme. Y bueno, si Santiago y Victoria seguían el plan de mi mamá, seríamos una familia oficial...

Para cuando llegamos al pueblo ya pasaban de las seis, así que la salida improvisada terminó convirtiéndose en cena. Transcurrió tranquilamente. Era como presenciar una escena de película: todos contando historias y recordando viejos tiempos.

Volteé a ver a Santiago y a Victoria; verlos juntos, juntos de verdad, sin esconderse y sin evitar lo que sentían, era como el final feliz de una película. Mientras los observaba, Mateo tomó mi mano debajo de la mesa y la apretó, haciéndome sentir que nosotros podríamos ser los siguientes.

Después de cenar, cuando regresamos del pueblo, la casa parecía otra.

No porque algo hubiera cambiado realmente.

Las paredes seguían siendo las mismas, el jardín olía a pasto húmedo y Coli seguía empeñado en perseguir cualquier sombra que se moviera.

Pero el aire se sentía distinto. Más ligero.

Como si, por primera vez en días, todos hubiéramos dejado de caminar sobre vidrio.

Los adultos se quedaron en la cocina, alargando la sobremesa con café y risas bajas.

Clara y Mika subieron con Coli detrás, discutiendo sobre qué película ver antes de quedarse dormidas.

Victoria y Santiago desaparecieron hacia el patio de los Montoya con esa discreción absurda de quienes creen que nadie nota cuando se van tomados de la mano.

Mateo caminó conmigo hasta la entrada de mi casa.

—Bueno —dijo, metiendo las manos en los bolsillos—⁠. Técnicamente ya te acompañé sana y salva.

Me apoyé contra el marco de la puerta.

—Qué caballeroso.

—Estoy intentando impresionarte.

—Vas tarde. Ya dijiste demasiadas tonterías a lo largo de mi vida.

Mateo sonrió y bajó la mirada a la pulsera en mi muñeca.

—Pero esta sí te gustó.

Seguí la dirección de sus ojos y, sin pensarlo, toqué la piedra azulada con los dedos.

—Sí —admití—⁠. Esta sí.

Su sonrisa se suavizó.

—¿La pulsera o yo?

Rodé los ojos, aunque sentí que la cara se me calentaba.

—No te emociones, Montoya.

—Ya es tarde para eso.

Solté una risa bajita, de esas que intentan no hacer ruido para no llamar la atención de toda una familia chismosa detrás de una pared.

Mateo dio un paso más cerca, pero se quedó a una distancia prudente. Como en el muelle. Como si todavía estuviera aprendiendo a preguntarme sin palabras.

—Me gustó verte feliz hoy —dijo.

La frase me desarmó un poco.

—Me gustó estarlo.

—¿Por Victoria y Santiago?

Miré hacia la casa de los Montoya, donde una luz seguía encendida en el patio.

—Sí. Por ellos. Por todos, creo. Después de Sebastián y Sofía, pensé que el verano se había torcido demasiado.

Mateo apoyó un hombro contra el marco, frente a mí.

—A veces solo se tuerce para acomodarse mejor.

—Qué profundo.

—Tengo mis momentos.

—No muchos.

—Pero los tengo.

Nos quedamos sonriendo en silencio. El tipo de silencio que antes habría llenado con una broma, con un empujón o con cualquier cosa que evitara mirar demasiado de cerca lo que estaba pasando entre nosotros.

Pero esta vez no quise evitarlo.

—¿Te asusta? —pregunté.

Mateo no fingió no entender.

—Un poco.

—A mí también.

—Bien —dijo.

Fruncí el ceño.

—¿Bien?

—Sí. Si no nos asustara nada, significaría que no importa.

Sentí que algo cálido me subía por el pecho.

—Eso sí fue profundo.

—Te dije.

Esta vez fui yo quien se acercó primero. Apenas un paso. Apenas lo suficiente para que Mateo dejara de sonreír y sus ojos bajaran a mi boca por un segundo antes de volver a los míos.

—Vamos lento —le recordé.

—Lo sé.

—Pero vamos.

Su mano rozó la mía, suave.

—Eso también lo sé.

Me besó como si no tuviera prisa. Como si el mundo no estuviera esperando una explicación, como si nuestras familias no estuvieran a unos metros y como si el verano, por una vez, no estuviera a punto de romper algo.

Fue un beso pequeño. Cálido. Tranquilo.

Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía un segundo.

—Buenas noches, Olivia Caprio.

—Buenas noches, Mateo Montoya.

Se alejó unos pasos hacia el jardín, caminando de espaldas con una sonrisa que no intentaba ocultar.

—Por cierto —dijo en voz baja—, sigo intentando impresionarte.

—Sigue intentando.

—Lo haré.

Lo vi cruzar el camino hacia su casa hasta que la oscuridad lo recibió del otro lado de la cerca. Cerré la puerta con cuidado, subí las escaleras y entré a mi cuarto con el corazón todavía haciendo ruido.

Me cambié para dormir, me lavé la cara y me senté en la cama, incapaz de quitarme la sonrisa.

Por primera vez en días, la calma no se sintió falsa. Hasta que sonó mi celular.

Número desconocido.

“¿Sigues pasando los veranos en el lago?”

Fruncí el ceño.

Escribí con los dedos tensos:

“¿Quién eres?”

La respuesta llegó casi al instante.

“Pato.”

Y antes de que pudiera procesarlo, apareció otro mensaje.

“Nos vemos pronto, Liv.”

Afuera, el lago seguía igual de quieto.

Pero yo ya no.