LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 7 EL PUENTE A CRUZAR #2
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CAPÍTULO 7 EL PUENTE A CRUZAR #2

Había imaginado esa conversación de mil formas durante años.

En el lago. En la cocina. En una fiesta.

Después de uno de nuestros besos escondidos.

En alguno de esos veranos donde casi pasaba, pero nunca pasaba del todo.

Siempre pensé que, cuando por fin lo dijera, iba a sonar más seguro. Más elegante. Más como yo.

Pero no.

La verdad me salió rota.

—Me dolió verte con él.

Victoria cerró los ojos.

—Santiago...

—Lo sé. Sé que no tenía derecho a enojarme como me enojé. Sé que Sebastián no era tu novio formal, sé que tú tenías que cerrar eso bien, sé que no puedo reclamarte algo que yo tampoco fui lo suficientemente valiente para pedirte antes. Lo sé todo, Vic. Y aun así me dolió.

Ella apretó los labios.

—No lo traje para lastimarte —dijo, viéndome a los ojos.

—Lo sé.

—No sabía cómo sacarlo de mi vida sin sentirme una mala persona.

—También lo sé.

Me pasé una mano por la cara, frustrado conmigo mismo.

—Ese es el problema. Que entendía todo, pero no podía dejar de sentir que te estaba perdiendo. Y lo peor es que ni siquiera podía decir “te estoy perdiendo” porque nunca tuve el valor de decir que te quería conmigo.

Victoria levantó la mirada.

Esta vez sí tenía los ojos brillosos.

—Tú siempre actuabas como si esto fuera un juego —dijo, totalmente sincera.

Me reí, pero dolió.

—Porque si lo trataba como juego y tú te ibas, podía fingir que no me importaba.

Su expresión se quebró un poco.

—Santi...

—Pero sí me importaba —dije, y la voz me falló justo ahí, en la parte más vergonzosa—⁠.

Me importabas tú. Me importaba cuando llegabas al verano y fingías que no me habías extrañado.

Me importaba cuando te reías con alguien más solo para ver si yo reaccionaba.

Me importaba cada vez que me decías que éramos un error de julio, porque yo nunca te sentí como un error.

Victoria se llevó una mano a la cara.

Yo desvié la mirada, porque verla llorar casi me hizo perder el hilo.

—No quiero ser tu costumbre, Vic. No quiero ser el tipo al que besas cuando el lago nos vuelve valientes y después niegas cuando regresa la ciudad. No quiero ser tu “algo”, ni tu plan de verano, ni la persona que usas para asustarte y luego huir.

Me ardieron los ojos y odié sentirlo.

Odié que ella lo viera.

Odié que, de todas las personas del mundo, Victoria Montoya fuera la única capaz de desarmarme así.

—Quiero ser tu elección —dije al fin—⁠. Aunque te dé miedo. Aunque nos equivoquemos. Aunque haya días en que no sepamos qué demonios estamos haciendo. Quiero que, por una vez, dejemos de tratarnos como si querernos fuera el problema.

Victoria ya estaba llorando.

No de forma escandalosa. No como en las películas. Solo lágrimas silenciosas bajándole por las mejillas mientras me miraba como si yo acabara de poner sobre la cama todos los secretos que ella también llevaba años escondiendo.

—Yo también me asusté —susurró.

No me moví.

—Me asusté desde el primer verano en que dejaste de parecerme solo el hermano de Olivia.

Me asusté cuando empecé a esperarte. Cuando me daba cuenta de que me arreglaba un poco más si sabía que íbamos al club.

Cuando odiaba que coquetearas con otras niñas aunque yo no tuviera ningún derecho a odiarlo.

Soltó una risa rota y se limpió una lágrima con rabia, como si llorar le pareciera una falta de respeto a su propia personalidad.

—Y después me asusté más porque eras tú. Santiago Caprio. El niño que me aventaba al lago, el que me hacía enojar por deporte, el que sabe exactamente qué decir para sacarme de quicio. Tú no eras alguien que podía perder sin consecuencias.

Mi pecho se apretó.

Victoria respiró hondo, temblando.

—Sebastián fue fácil porque nunca tuvo todo eso.

Era alguien de la ciudad. Alguien que podía gustarme sin conocerme completa.

Alguien que no podía romper mi infancia, ni mis veranos, ni a nuestras familias.

Contigo no era así. Si salía mal contigo, no solo perdía a un casi algo. Perdía mi lugar seguro.

La última frase me partió.

Me levanté de la silla sin pensarlo, pero me detuve antes de acercarme del todo.

—¿Puedo?

Victoria asintió.

Y entonces sí crucé la distancia.

Me senté a su lado en la cama, despacio. Ella bajó la mirada a nuestras manos, tan cerca sobre la colcha que parecía absurdo que hubiéramos pasado años evitando algo tan simple.

—No quiero que me salves —dijo, con la voz bajita—⁠. No quiero que pelees por mí como si yo fuera un premio. No quiero que te pongas celoso y me castigues con silencio cada vez que te dé miedo.

Asentí, tragándome el nudo de la garganta.

—No quiero hacer eso.

—Entonces no lo hagas.

—Voy a intentar no hacerlo.

Victoria soltó una risa pequeña entre lágrimas.

—Eso sonó muy honesto.

—Estoy siendo humillantemente honesto.

Ella me miró por fin, y aunque tenía la cara mojada, ahí estaba. Mi Victoria. La misma mirada desafiante de siempre, solo que más suave. Más real.

—Yo tampoco quiero seguir huyendo —dijo—⁠. Pero necesito que entiendas algo: me da miedo. Me da mucho miedo.

—A mí también.

—No parece.

—Porque soy guapo y eso confunde.

Victoria me empujó el hombro, llorando y riéndose al mismo tiempo.

—Eres insoportable.

Sonreí apenas.

—Pero te gusto.

Ella negó con la cabeza, como si le molestara que incluso en medio de una confesión emocional yo siguiera teniendo razón.

—Me gustas desde hace años, idiota.

El aire se me fue del cuerpo.

No importaba cuántas veces lo hubiera sospechado. No importaba que todos lo supieran. Escucharlo en su voz, con los ojos húmedos y la guardia abajo, fue otra cosa. Fue como si algo dentro de mí, algo que llevaba demasiado tiempo apretado, por fin pudiera respirar.

—Repítelo —pedí.

Victoria alzó una ceja, intentando recuperar un poco de dignidad.

—No abuses.

—Una vez más.

—Santiago...

—Por favor.

La palabra salió más vulnerable de lo que esperaba.

Victoria dejó de sonreír.

Me miró como si entendiera que no estaba jugando. Como si por fin viera al niño detrás del sarcasmo, al adolescente detrás de las indirectas, al hombre que estaba sentado frente a ella sin saber qué hacer con todo lo que sentía.

Tomó mi mano.

—Me gustas —dijo despacio—⁠. Te quiero. Y quiero intentarlo contigo. Bien. Sin escondernos. Sin Sebastián. Sin excusas. Sin decir que eres un error cuando en realidad eres lo único que siempre estuvo ahí.

Cerré los ojos.

No sé si se me escapó una lágrima. Tal vez sí. Tal vez no. Si pasó, decidí fingir que el sol me estaba pegando demasiado fuerte dentro de una habitación cerrada.

Victoria me apretó la mano.

—Santi.

Abrí los ojos.

—Dime.

—Bésame.

No necesitó pedirlo dos veces.

La besé despacio, como si por fin tuviéramos tiempo. Como si nadie fuera a interrumpirnos. Como si todos esos veranos de provocarnos, negarnos y fingir que no dolía hubieran sido solo el camino torcido para llegar a ese momento.

Ella me tomó la cara con ambas manos y yo la acerqué a mí con cuidado, sin urgencia, sin rabia, sin miedo disfrazado de deseo. Fue un beso distinto a todos los otros. No tuvo nada de secreto. Nada de reto. Nada de huida.

Fue una respuesta.

Cuando nos separamos, Victoria apoyó su frente contra la mía.

—¿Y ahora qué? —susurró.

Sonreí, todavía con el corazón hecho un desastre.

—Ahora bajamos y les decimos a todos que oficialmente dejaste de hacerte la difícil.

Victoria abrió los ojos, indignada.

—¿Perdón?

Ahí estaba.

La chispa.

La Victoria que podía llorar conmigo y, dos segundos después, querer empujarme por las escaleras.

Me enderecé, recuperando apenas una parte de mi arrogancia habitual.

—Sabía que no te ibas a resistir al plan Caprio.

Ella soltó una carcajada incrédula y me golpeó el pecho con la palma abierta.

—¿Plan Caprio? Por favor. El plan Montoya lleva años en marcha. Tú solo fuiste lo suficientemente lento para caer hasta ahora.

La miré, fingiendo ofensa.

—¿Lento yo?

—Desesperantemente lento.

—Te recuerdo que fui yo quien vino a declararse.

—Y te tomó media vida.

Solté una risa, y por primera vez en días, se sintió fácil.

Victoria se limpió las mejillas, intentando recomponerse, pero todavía sonreía. Se veía preciosa. Vulnerable y peligrosa. Exactamente ella.

—Te odio —murmuró.

Me acerqué de nuevo, rozando mi nariz con la suya.

—No, no me odias.

—Te odio muchísimo.

—Dilo otra vez y te creo.

Victoria me sostuvo la mirada, con los ojos todavía húmedos y la sonrisa temblándole en los labios.

—Te odio, Santiago Caprio.

La besé otra vez.

Esta vez fue más breve, más dulce, más nuestro. Ella sonrió contra mi boca antes de separarse, y yo supe, con una claridad absurda, que podía pasar lo que fuera después de ese verano, pero jamás iba a olvidar la forma en que se sintió cuando por fin dejó de huir.

Le tomé la mano.

—¿Lista?

Victoria respiró hondo, miró la puerta y luego volvió a verme.

—No.

Sonreí.

—Perfecto. Yo tampoco.

Ella entrelazó sus dedos con los míos.

—Entonces vamos.

Y bajamos juntos.

VICTORIA

Cuando bajamos, todo el mundo estaba ya en la sala.

Clara y Mika jugaban con Coli en la alfombra, los papás organizaban los discos de música en el estante, Olivia estaba sentada charlando con las mamás y Mateo descansaba en otro sillón.

En cuanto pisamos los últimos dos escalones, todos voltearon.

Se hizo ese silencio incómodo de «sabemos lo que pasa, pero nadie dice nada... todavía».

Fui yo quien habló primero.

—Bueno... queríamos decirles algo.

Mamá dejó su taza en la mesa con elegancia calculada, mientras Alicia entrecerraba los ojos como quien ya se lo sospechaba todo.

—Santiago y yo... —empecé, mirando a Mateo, que tenía los brazos cruzados pero me mostraba una sonrisa divertida—, hemos decidido darnos una oportunidad. De verdad.

Nadie habló por un segundo, hasta que Alicia exclamó:

—¡Ay, por fin! —dijo casi llorando y aplaudiendo como si hubiera esperado ese momento durante años—⁠. ¡Nuestros niños juntos!

Las risas llenaron la sala de inmediato. Pero entre todo el alboroto, Santiago me apretó la mano con fuerza. Y supe que, esta vez, íbamos en serio.

Mi mamá remató con una sonrisa traviesa: