CAPÍTULO 7 EL PUENTE A CRUZAR
OLIVIA
Después de que Sebastián y Sofía se fueron, la casa no volvió a ser la misma de inmediato.
Nadie esperaba que pasara.
Las despedidas no curan. Solo dejan espacio.
Y ese día, por primera vez desde que empezó el desastre, el lago parecía ofrecernos justamente eso: espacio.
Mamá y Martha intentaron rescatar el día proponiendo actividades, comida, una ida al pueblo, cualquier cosa que nos obligara a movernos.
Nadie parecía demasiado convencido. Victoria subió a su cuarto.
Santiago desapareció hacia la casa de los Montoya.
Los adultos se refugiaron en conversaciones prácticas, de esas que usan para tapar emociones con listas de supermercado.
Yo estaba a punto de volver a subir cuando Mateo me tomó suavemente de la muñeca.
La misma donde llevaba la pulsera.
El gesto me detuvo por completo.
—Oli —dijo.
Su voz no tenía el tono bromista de siempre. No era Mateo molestándome, ni Mateo fingiendo tranquilidad, ni Mateo intentando hacerse el valiente frente a los demás.
Era solo él.
Y eso me dio más miedo.
—Tenemos que hablar —añadió.
Miré alrededor. Nadie nos estaba prestando atención.
—Ahora sí —dije.
Su boca se curvó apenas.
—Ahora sí.
Caminamos sin decir nada hacia el sendero que llevaba al lago.
El camino era el mismo de siempre: tierra compacta, raíces salidas, sombras de árboles moviéndose con el viento.
Lo habíamos recorrido cientos de veces. Corriendo de niños, peleando por tonterías, cargando hieleras, huyendo de regaños, buscando señal, persiguiendo a Coli.
Pero esta vez se sintió distinto.
Tal vez porque Mateo caminaba a mi lado sin hacer bromas.
Tal vez porque yo podía sentir la pulsera rozándome la piel con cada paso.
Tal vez porque ambos sabíamos que, cuando llegáramos al muelle, ya no habría excusa para seguir aplazando la verdad.
El lago estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo para todo lo que había visto.
Nos sentamos al final del muelle, con los pies colgando sobre el agua. Durante unos segundos, ninguno habló. El silencio entre nosotros no era incómodo como el de la casa. Era más suave. Más expectante.
Mateo apoyó los codos sobre las rodillas y miró hacia el lago.
—Cuando Leo me preguntó eso...
Mi corazón se apretó.
—Sí.
Él soltó aire por la nariz, casi una risa nerviosa.
—Pensé en mentir.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque estabas ahí.
La respuesta fue tan simple que me dejó sin defensa.
Mateo giró la cabeza hacia mí.
—Porque Santiago estaba ahí. Victoria. Todos. Y porque decirlo en voz alta lo hacía real. Ya no era algo que podía esconder detrás de bromas o de “somos amigos desde siempre”.
—Pero lo dijiste —dije, mirándome las manos.
—Sí.
—¿Por qué?
Mateo tardó en responder. Sus dedos rozaron la pulsera en su propia muñeca, la piedra verde clara que había comprado junto con la mía.
—Porque estoy cansado de fingir que no me pasa nada contigo.
Sentí que el aire se me quedaba atrapado en el pecho.
—Mateo...
—No sé cuándo empezó —continuó, y su voz se volvió más baja—.
O tal vez sí lo sé, pero me da pena admitir que llevo tanto tiempo siendo tan cobarde.
Al principio eras Oli. La niña que me empujaba al agua, la que se robaba mis papas, la hermana de mi mejor amigo.
Y luego, un verano, dejaste de ser solo eso.
Tragué saliva.
Él sonrió apenas, con tristeza.
—Bueno, no dejaste de serlo. Ese fue el problema.
Seguías siendo tú. La misma de siempre. Solo que de pronto me di cuenta de que quería sentarme contigo en el muelle aunque no dijéramos nada.
Que esperaba tus mensajes. Que me importaba si estabas triste.
Que cuando no estabas cerca, todo se sentía menos.
El corazón empezó a latirme tan fuerte que casi me dolió.
—Yo pensé que era la única —confesé.
Mateo me miró con una intensidad que me hizo bajar la vista.
—¿La única que, qué?
—La única que se estaba volviendo loca.
Mi voz salió más pequeña de lo que quería.
—Llevo años diciéndome que eras solo Mateo. El Mateo de siempre. El que me molestaba, el que se reía de mí, el que estaba ahí incluso cuando yo no sabía que necesitaba a alguien. Pero creo que ese era el problema.
Respiré hondo.
—Siempre estabas ahí.
Mateo no dijo nada.
Y de alguna manera, eso fue peor.
Porque en su silencio había sorpresa, alivio y algo tan cálido que me dio miedo mirarlo de frente.
—Cuando Sofía llegó —seguí, jugando con el borde de mi short para no tener que sostenerle la mirada—, me sentí ridícula. No tenía derecho a ponerme celosa. No éramos nada. Ni siquiera habíamos hablado de lo que pasó con la pregunta de Leo. Pero verla acercarse a ti me hizo sentir...
—¿Qué?
—Como si alguien hubiera llegado a tocar algo que yo ni siquiera me había atrevido a llamar mío.
Apenas lo dije, me arrepentí.
Sentí que la cara me ardía.
—No quise decirlo así —agregué rápidamente.
Mateo se acercó un poco, no demasiado, solo lo suficiente para que su rodilla rozara la mía.
—Me gustó que lo dijeras así.
Lo miré entonces.
Su sonrisa era pequeña, pero sus ojos no estaban jugando.
—Yo no quería que Sofía creyera algo que no era —dijo—. Por eso se lo dije en el mercado.
—Que estabas interesado en alguien más.
—Sí.
—¿Y quién es alguien más?
Mateo bajó la mirada a mi pulsera y luego volvió a mis ojos.
—Tú.
La palabra cayó entre nosotros con la suavidad de una piedra entrando al agua.
Pequeña.
Imposible de ignorar.
Sentí que todo el cuerpo se me llenaba de electricidad.
Mateo respiró hondo.
—No quiero presionarte. No quiero que esto se sienta como una obligación solo porque todos nos conocen o porque llevamos toda la vida juntos. Tampoco quiero arruinar lo que tenemos. Pero ya no puedo seguir fingiendo que no quiero intentarlo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, aunque no estaba triste. Era otra cosa. Algo que se parecía demasiado al alivio.
—Yo también quiero intentarlo —dije.
La expresión de Mateo cambió. Como si hubiera estado sosteniendo el peso del mundo y de pronto alguien le hubiera dicho que podía dejarlo en el suelo.
—¿Sí?
Me reí bajito.
—Sí, Montoya. No me hagas repetirlo.
Él soltó una risa, y ahí estaba otra vez. Mi Mateo. El de siempre. Solo que ahora el aire entre nosotros ya no fingía ser inocente.
Su mano buscó la mía sobre la madera del muelle.
Me dejó decidir.
Y yo decidí entrelazar mis dedos con los suyos.
Nos quedamos mirando nuestras manos unidas, las dos pulseras visibles, como si fueran una prueba silenciosa de que algo había cambiado.
—Entonces... —dijo él.
—Entonces nada —lo interrumpí, aunque sonreía—. Vamos lento.
—Lento —repitió.
—Pero vamos.
Mateo apretó mi mano con suavidad.
—Eso me gusta.
El viento movió el agua debajo de nosotros. Por primera vez en días, el lago no pareció un testigo de guerra. Pareció un cómplice.
Mateo me miró, y yo supe lo que iba a pasar antes de que pasara.
No se acercó de golpe. No hubo urgencia ni desesperación. Solo una pregunta silenciosa en sus ojos. Yo respondí inclinándome apenas hacia él.
Su beso fue suave.
Tan suave que casi dolió.
No fue un beso para esconderse de nadie, ni para ganar una apuesta, ni para demostrar algo. Fue un beso pequeño, cálido, tembloroso. Uno de esos besos que no cierran una historia, sino que la abren.
Cuando nos separamos, Mateo apoyó su frente contra la mía.
—Hola —murmuró, como un tonto.
Solté una risa nerviosa.
—Hola.
—Me gustas mucho, Olivia Caprio.
Cerré los ojos un segundo, sintiendo que esa frase me atravesaba entera.
—Tú también me gustas mucho, Mateo Montoya.
Él sonrió como si acabara de ganar algo más grande que cualquier partido.
Y quizá yo también.
No sé cuánto tiempo nos quedamos ahí. Pudo haber sido un minuto o una hora. El tiempo, por primera vez desde que Sebastián llegó, dejó de sentirse como una amenaza.
Cuando volvimos a la casa, caminábamos sin tomarnos de la mano, pero con esa distancia exacta de quienes ya saben algo que el resto todavía no. Yo sentía el cuerpo ligero, la cara caliente y la pulsera rozándome la muñeca como un secreto recién nacido.
SANTIAGO
La encontré en el cuarto de invitados de los Montoya.
La puerta estaba entreabierta y Victoria estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada perdida en una maleta que ya no pertenecía a nadie.
La habitación seguía oliendo a perfume ajeno, a sábanas limpias y a ese tipo de despedida incómoda que se queda flotando aunque la persona ya se haya ido.
Me quedé en el marco de la puerta.
Durante un segundo pensé en irme.
No porque no quisiera verla. Al contrario. Quería verla demasiado. Quería cruzar la habitación, sentarme a su lado, tomarle la cara y decirle que ya, que se acabó, que dejáramos de fingir que no llevábamos años dando vueltas alrededor de lo mismo.
Pero la última vez que intenté acercarme con demasiada fuerza, ella me pidió espacio.
Y por primera vez en mi vida, decidí respetarlo.
—¿Puedo pasar? —pregunté.
Victoria levantó la vista.
Tenía los ojos cansados. No rojos todavía, no llorosos, solo cansados. Como si hubiera pasado la mañana entera sosteniéndose con alfileres.
—Depende —dijo, y su voz salió más baja de lo normal—. ¿Vienes a pelear?
Tragué saliva.
—No.
Sus dedos se apretaron entre sí.
—Entonces pasa.
Entré despacio, como si el cuarto fuera territorio delicado. Como si un movimiento mal hecho pudiera romper algo que ya estaba agrietado desde antes de que Sebastián llegara.
Me senté en la silla frente a ella, no en la cama. La distancia me quemó, pero me quedé ahí.
—Eso es nuevo —dijo, bajando la mirada a sus manos.
—¿Qué?
—Tú eligiendo no invadir mi espacio.
Solté una risa breve, sin humor.
—Estoy intentando no arruinarlo más.
Victoria parpadeó y algo en su expresión cambió. Un pequeño golpe bajo. De esos que no buscan hacer daño, pero lo hacen de todos modos porque dicen la verdad.
—Santi...
—No —la interrumpí, pero no sonó duro. Sonó cansado—. Déjame decirlo antes de que me arrepienta o haga un chiste idiota para salir corriendo.
Ella se quedó quieta.
Yo respiré hondo.