CAPÍTULO 6 DESPUÉS DEL DESASTRE NATURAL
OLIVIA
A la mañana siguiente, el silencio ya no se sentía como una consecuencia.
Se sentía como una decisión.
La casa amaneció demasiado quieta, como si todos hubiéramos firmado un acuerdo invisible durante la noche: no mencionar el mercado, no mencionar el muelle, no mencionar a Sebastián empacando en la habitación de invitados de los Montoya.
No mencionar nada, porque nombrarlo habría sido aceptar que el verano que apenas comenzaba se nos estaba deshaciendo entre las manos.
Bajé las escaleras con el cabello todavía húmedo y la pulsera de piedra azulada rodeándome la muñeca.
Desde que Mateo me la había puesto, no había podido dejar de tocarla.
Era ridículo. Era una pulsera sencilla, tejida a mano, con una piedra pequeña que probablemente no valía más que unos cuantos pesos.
Pero cada vez que mis dedos rozaban el hilo, mi mente volvía al mercado.
A sus manos anudándola alrededor de mi piel.
A su voz diciendo: «Un regalo». A la forma en que me había mirado, como si hubiera mucho más escondido detrás de esas dos palabras.
Me detuve al pie de la escalera, respirando hondo.
No podía pensar en Mateo todavía. No cuando abajo olía a café, a maletas cerrándose y a despedidas que nadie sabía cómo manejar.
En la cocina, mamá estaba sirviendo fruta en un plato grande mientras Martha acomodaba tazas sobre la mesa. Las dos hablaban en voz baja, con esa cautela de adultas que fingen no saber nada aunque ya lo hayan entendido todo.
Victoria estaba sentada junto a la ventana, con una taza de té entre las manos.
Tenía el cabello recogido y la mirada fija en el jardín.
No parecía triste exactamente. Parecía suspendida.
Como si su cuerpo hubiera bajado a desayunar, pero ella se hubiera quedado en alguna parte del muelle, tratando de recoger los pedazos que nadie más podía ver.
Santiago estaba afuera, sentado en el borde del porche, con una taza de café intacta a su lado. No miraba hacia la casa de los Montoya. No miraba hacia ningún lado.
Solo estaba ahí.
Y eso, viniendo de mi hermano, era casi más preocupante que verlo enojado.
—Buenos días —dije, aunque la frase cayó al suelo sin mucha fuerza.
Mamá me sonrió con ternura.
—Buenos días, Oli. ¿Dormiste bien?
—Creo que sí.
La mentira salió fácil. Demasiado fácil.
Antes de que alguien dijera algo más, escuchamos pasos y maletas entrando por la puerta trasera hasta la cocina. Todos volteamos casi al mismo tiempo.
Sebastián apareció cargando una maleta negra.
Sofía detrás de él con una mochila al hombro y una expresión mucho menos segura que la del día anterior.
Ya no parecía la chica imposible de intimidar que había llegado sonriendo como si el mundo fuera suyo.
Parecía cansada. Incómoda. Lista para irse de un lugar que nunca terminó de recibirla.
Sebastián, en cambio, seguía impecable.
Camisa clara, cabello peinado, rostro sereno.
Pero sus ojos lo delataban.
—Buenos días —dijo con educación.
Nadie respondió de inmediato.
Fue Martha quien dio un paso al frente, con esa dulzura firme que solo las mamás saben usar cuando intentan evitar una catástrofe social.
—¿Ya se van?
Sebastián asintió.
—Sí, señora. Surgió algo en la ciudad y preferimos regresar temprano.
La excusa fue tan limpia que dolió.
Victoria bajó la mirada hacia su taza.
Santiago, desde el patio, se quedó completamente quieto.
Sofía aclaró la garganta.
—Gracias por recibirnos. Su casa es muy linda.
Martha le sonrió, aunque la tristeza se le notó en los ojos.
—Vuelvan cuando quieran.
Nadie creyó realmente que eso fuera a pasar.
Durante unos segundos, todos nos movimos como personajes mal ensayados: mamá ofreciendo café para el camino, papá preguntando si necesitaban ayuda con el equipaje, Sofía negando rápido, Sebastián agradeciendo con la misma educación perfecta de siempre.
Entonces Victoria se puso de pie.
El movimiento fue pequeño, pero todos lo sentimos.
—Yo los acompaño —dijo.
Santiago levantó la vista por primera vez.
Por un segundo, pensé que iba a decir algo. Que iba a levantarse, a seguirla, a pedirle que no fuera, a cometer otro error con la misma intensidad con la que cometía todo o bueno casi todo.
Pero no lo hizo.
Solo apretó la taza entre las manos y dejó que Victoria caminara hacia ellos.
No sé si eso fue madurez, orgullo o agotamiento.
Tal vez las tres cosas.
Victoria y sus invitados cruzaron el jardín hasta la entrada principal. No se alejaron demasiado, pero sí lo suficiente para que el resto de nosotros no pudiéramos escuchar todo. Aun así, desde donde estaba, podía ver sus rostros.
Sebastián dejó la maleta junto al coche y se volvió hacia ella.
Victoria cruzó los brazos, no a la defensiva, sino como si necesitara sostenerse a sí misma.
Me quedé mirando sin querer mirar.
Mateo apareció a mi lado en silencio.
No dijo nada, pero su brazo rozó apenas el mío. Fue un contacto mínimo. Suficiente para que todo mi cuerpo recordara la conversación pendiente que seguía flotando entre nosotros como una vela encendida.
—¿Crees que está bien? —susurré.
Mateo miró a su hermana.
—No —respondió—. Pero creo que está intentando estarlo.
Tragué saliva.
A lo lejos, Sebastián dijo algo que hizo que Victoria cerrara los ojos un segundo. Luego ella asintió.
Él no parecía enojado. Eso fue lo peor.
Los enojos eran fáciles de odiar. Las heridas tranquilas no.
Después de unos minutos, Sebastián dio un paso atrás. Victoria también. No hubo abrazo. No hubo beso. Solo una distancia educada entre dos personas que tal vez se habían querido, pero no lo suficiente para sobrevivir a todo lo que había existido antes.
Cuando Sebastián regresó al coche, Sofía ya estaba esperándolo. Antes de subir, ella miró en dirección a Mateo.
Él le sostuvo la mirada con amabilidad.
Nada más.
Sofía sonrió apenas, como quien acepta una derrota pequeña sin querer hacerla más grande, y se metió al coche.
Sebastián abrió la puerta del conductor, pero antes de entrar, volteó hacia Victoria una vez más.
—Cuídate, Vic —dijo.
Ella apretó los labios.
—Tú también.
El coche arrancó.
Nadie se movió hasta que el sonido del motor se perdió en el camino.
Y así, sin una gran escena, sin portazos ni gritos, Sebastián salió del verano.
Lo extraño fue que su partida no arregló nada.
Santiago seguía en el patio.
Victoria seguía en medio del jardín.
Y entre ellos había una distancia que ningún coche podía llevarse.
Mi hermano se puso de pie lentamente. Por primera vez en días, no parecía dispuesto a pelear. Parecía cansado de perder antes de siquiera saber qué estaba intentando ganar.
Dio un paso hacia Victoria.
Ella lo vio acercarse.
No huyó.
Eso ya era algo.
—Vic —dijo él.
—Santiago, no —dijo en un tono bajo.
Él se detuvo.
—No iba a pedirte que me perdonaras.
Victoria parpadeó, como si esa respuesta la hubiera sorprendido.
—Entonces, ¿qué ibas a pedir?
Santiago miró hacia el camino por donde se había ido el coche.
—Nada —dijo al fin—. Solo quería saber si estabas bien.
—No —respondió Victoria, bajando la mirada.
La respuesta fue tan honesta que a todos nos atravesó.
Santiago asintió despacio.
—Está bien.
Hubo un silencio largo. Uno de esos silencios que no están vacíos, sino llenos de cosas que todavía no pueden decirse.
—Gracias por no seguirme —dijo ella.
Santiago soltó una risa breve, sin alegría.
—Me costó.
—Lo sé.
Él la miró como si quisiera cruzar el espacio entre los dos, pero esta vez no lo hizo.
—Voy a esperar —dijo—. No porque crea que me debes algo. Solo porque... quiero hacerlo bien. Aunque no sepa cómo.
Victoria lo observó durante varios segundos.
En otra vida, tal vez habría corrido hacia él. Tal vez lo habría besado. Tal vez habrían cerrado la herida ahí mismo, bajo el sol de la mañana, con todos nosotros fingiendo no mirar desde la cocina.
Pero esta no era otra vida.
Era esta.
Y en esta, Victoria solo asintió.
—Entonces empieza por dejarme respirar.
Santiago tragó saliva.
—Está bien.
Ella entró a la casa sin decir nada más.
Mi hermano se quedó en el jardín, mirando el lugar por donde ella había desaparecido.
Y entendí que algunas despedidas no se llevaban el problema.
Solo dejaban suficiente silencio para escucharlo mejor.