CAPÍTULO 5 PIEDRAS EN EL LAGO
OLIVIA
El sol apenas se colaba entre las cortinas cuando abrí los ojos. No era tan temprano, pero tampoco había movimiento en casa. Victoria ya estaba despierta y solo veía el techo otra vez.
Nadie mencionó el muelle. Y esa fue la primera señal de que todo seguía mal.
Terminamos de arreglarnos para bajar a desayunar. Cuando bajamos, ya había olor a café y pan tostado. Victoria puso música suave de fondo, algo de guitarra acústica que llenaba el espacio sin agobiar. El ambiente, poco a poco, intentó imitar una especie de normalidad.
Nos acomodamos en la mesa larga que papá había improvisado en el jardín. Martha se sentó al lado de mi mamá y, en menos de cinco minutos, las conversaciones comenzaron a fluir.
—¿Y tú, Mateo? —preguntó mi mamá—. ¿Qué planes tienes para este verano?
Mateo se encogió de hombros, conteniendo una sonrisa.
—Sobrevivir a mis hermanas, tal vez aprender a nadar mejor y a lo mejor trabajar con Leo en el pueblo —respondió, ganándose la risa de los adultos.
Sebastián estaba sentado frente a mí, luciendo impecable. Había cambiado su ropa, se había peinado y actuaba como el huésped perfecto. Mi madre hablaba sobre el clima, y mi padre le respondía con cortesía, ajenos al caos que había ocurrido anoche.
—Victoria, ¿podrías pasarme la jarra de leche, por favor? —dijo Sebastián. Su voz era suave, con ese tono melodioso.
—Claro. Aquí tienes —respondió Victoria.
Deslizó la jarra por la superficie de madera.
Sus dedos no se rozaron. Fue un movimiento calculado, preciso, como si estuvieran jugando una partida de ajedrez donde el tablero era la mesa del desayuno.
Él la tomó con la misma pulcritud, asintiendo levemente, sin que sus ojos se detuvieran en el rostro de Victoria ni un segundo más de lo socialmente necesario.
Era una cortesía tan educada, tan impecable, que dolía más que un grito.
Santiago estaba a mi lado, removiendo su cereal con una violencia contenida que amenazaba con astillar la cuchara contra el plato. Cada vez que Sebastián hacía un comentario educado, como «El café está excelente, señora», mi hermano apretaba la mandíbula.
El desayuno transcurrió en un flujo lento y cálido hasta que llegó el momento de recoger todo.
Amber, Caro y Leo se despidieron porque tenían que regresar al pueblo; mamá les empacó comida como si fueran a realizar un viaje de horas.
Mateo y yo nos ofrecimos a llevar los platos sucios, y fue así como terminamos solos en la cocina.
Él y yo, con las voces de los demás en la distancia y el peso de todo lo no dicho flotando en el aire.
La cocina estaba silenciosa, iluminada por la luz del mediodía. Coloqué los platos con cuidado en el fregadero mientras sentía a Mateo moviéndose detrás de mí. Demasiado cerca, demasiado consciente de su presencia. Él carraspeó, rompiendo el silencio.
—¿Yo lavo y tú secas? —propuso con una seriedad extraña en su voz.
Me giré apenas, apoyándome contra la barra.
—Acepto —dije, tomando el trapo de cocina.
Él sonrió, esa sonrisa pequeña y un tanto torpe que pocas veces le veía.
—Perfecto —murmuró.
Me mordí el labio, luchando por mantener la compostura. Por un segundo, nuestras miradas se encontraron y se quedaron fijas. El aire entre nosotros se volvió denso. Mateo se frotó la nuca, un gesto delator de sus nervios.
—Sobre la pregunta de anoche... —empezó, pero se detuvo, como si las palabras le pesaran demasiado.
Respiré hondo. Una parte de mí quería que me dijera que se refería a mí, quería que me confesara o me dijera que este verano sería diferente.
—No tienes que decir nada —susurré, interrumpiéndolo más rápido de lo que debería. Aunque quisiera escuchar una confesión, también me daba miedo que dijera que ese SÍ le pertenecía a otra persona.
Él dio un paso hacia mí, un movimiento tan sutil que casi no lo noté hasta que estuvo ahí, peligrosamente cerca.
—Pero quiero decirlo —aseguró, su voz apenas un susurro.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que temí que pudiera escucharlo.
Mateo abrió la boca para continuar, pero en ese mismo instante escuchamos pasos acercándose desde el patio.
Nos separamos de inmediato, como si nos hubieran atrapado cometiendo un crimen, intentando disimular la electricidad que aún chispeaba entre los dos.
Victoria apareció en la puerta, con una sonrisa pícara que delataba que esperaba encontrar algo más.
—¿Todo bien aquí? —preguntó, cargando una bandeja vacía.
—Perfecto —dijo Mateo de inmediato.
Victoria nos lanzó una mirada curiosa antes de dejar la bandeja en la barra, pero antes de que pudiera irse apareció mi hermano.
—Vic, no podemos fingir que no pasó nada —continuó él, dando un paso hacia adelante—. No quiero que me mires así, como si fuera un extraño. Necesito que entiendas por qué...
—Santiago —dijo ella, y su voz sonó extrañamente tranquila, como si el huracán de ayer la hubiera dejado en una calma absoluta.
Me sentía mal por escuchar su plática.—Si hablas ahora, vamos a decir cosas que no podemos retirar.
Vas a intentar justificarte, yo voy a terminar sacando todo el rencor de estos meses, y vamos a volver a empezar el ciclo.
Él extendió la mano, buscando un contacto. Se veía tan pequeño, tan humano, rompiendo la imagen de invencibilidad que siempre proyectaba.
—Solo quiero arreglarlo. Quiero que escuches lo que realmente pienso, para no volver a lo de antes —insistió él.
Vic lo miró a los ojos, sin una gota de odio, pero sin una pizca de la suavidad de antes. Era una mirada fría, cristalina, que lo mantenía a raya mejor que cualquier muro. No le estaba gritando, no estaba llorando; simplemente estaba poniendo una frontera que él no podía cruzar.
—No ahora —sentenció, con una calma que lo dejó petrificado—. No hoy. Necesito silencio, Santiago. Y si realmente te importo, vas a darme el espacio para encontrarlo.
Sin decir más, le dio la espalda, dejándolo allí, solo con nosotros en la cocina, procesando el sonido de la puerta cerrándose tras ella.
No hubo portazo, no hubo gritos; solo la certeza absoluta de que el viejo juego había terminado y que él no tenía ni idea de cómo jugar el nuevo.
Santiago salió camino al patio, desanimado.
Poco después, la mamá de Mateo gritó desde el patio que nos quería a TODOS afuera. Mateo volteó a verme mientras yo terminaba de secarme las manos. Se acercó un poco más, luciendo esa mezcla de nerviosismo y decisión.
—Olivia... tenemos una plática pendiente —dijo en voz baja—. No lo olvides.
Salimos de la cocina hacia el patio.
—Vamos a ir al mercado de artesanías. Así paseamos un poco y salimos de la rutina —dijo Martha, sonriendo.
—Buena idea —secundó mi mamá de inmediato, queriendo disipar el mal ambiente—. Podemos ir en grupo y ver qué encontramos. Siempre hay recuerdos bonitos por llevar.
—André y yo tenemos tres conferencias en línea hoy, no podremos acompañarlos —comentó mi papá.
—Está bien, amor —le respondió mamá—. Iremos nosotras con los chicos.
Victoria asintió sin muchas ganas. Santiago guardó silencio, pero el músculo de su mandíbula se tensó. Sebastián, solo, sonrió de lado.
—Me parece un excelente plan —dijo, pasando un brazo por encima de los hombros de Victoria.
Vi a Santiago endurecerse en su silla, siguiendo el movimiento con ojos asesinos.
—Esto va a ser un día larguísimo —murmuró Mateo, inclinándose hacia mí.
Sofía, que no perdía el tiempo, intervino:
—Mateo, ¿me prometes que me enseñarás cuáles son los mejores puestos del mercado? —preguntó.
—Claro, vamos a ir todos juntos en grupo —respondió, marcando una línea clara.
La sonrisa de Sofía se congeló un instante, pero cambió de tema rápido.
En diez minutos todos estábamos listos para salir.
El mercado de artesanías era un estallido de colores, texturas y olores: carpas blancas, pulseras tejidas, sombreros de palma y frascos de mermelada local.
Yo caminaba al lado de Victoria intentando concentrarme en los puestos, pero mis ojos buscaban de forma inevitable a Mateo.
Sofía seguía pegada a su costado, riéndose de forma exagerada de cualquier comentario que él hiciera.
Mateo manejaba la situación con cortesía, pero su lenguaje corporal gritaba incomodidad.
Hasta que se detuvo frente a un puesto de joyería tejida y piedras de río. Sofía intentó rozarle el brazo otra vez, pero Mateo se giró hacia ella con una expresión amable pero firme.
—Sofía, eres una chica muy simpática, en serio —le dijo, bajando la voz, aunque alcancé a escucharlo perfectamente por lo cerca que estábamos—. Pero... estoy interesado en alguien más.
El rostro de Sofía cambió por completo; su sonrisa se desvaneció y tensó las facciones.
—Oh... claro. No pasa nada, no hay problema —respondió, intentando rescatar algo de dignidad.
Mateo asintió con educación y, sin darle más vueltas, caminó directo hacia mí.
—¿Me ayudas a elegir algo? —me preguntó, con una sonrisa sincera que le iluminó los ojos.
Nos acercamos juntos al mostrador. Entre los hilos trenzados, Mateo seleccionó dos pulseras idénticas hechas a mano: una llevaba una pequeña piedra azulada y la otra una piedra de tono verde claro, como las que pulía del lago.
—¿Te gustan? —preguntó.
Asentí. Él pagó al artesano y, al entregarme la mía, sus dedos rozaron mi muñeca.
—Un regalo —susurró.
Mateo se colocó la suya y luego tomó la mía con delicadeza para anudarla alrededor de mi muñeca.
El roce de sus manos me erizó la piel. Cuando terminó, no me soltó; sostuvo mi mano un segundo extra, mirándome con una profundidad que me cortó la respiración.
No era nada nuevo, nada que pudiera darme una señal de lo que sentía por mí.
Mi cerebro gritaba que no me ilusionara de esa acción. Pero mi corazón me decía lo contrario.
Nuestra burbuja se rompió cuando se escucharon voces alteradas unos metros más adelante. Sebastián había cercado a Victoria entre dos puestos de sombreros.
—¿Sabes qué es lo que más me fascina de ti, Vic? —dijo Sebastián en un tono lo suficientemente alto como para que todo nuestro grupo, incluido Santiago, lo escuchara—. Que eres una mujer imposible de ignorar. Aunque alguien lo haya intentado con desesperación durante años.
Victoria lucía sumamente incómoda y forzó una risa. Santiago, que simulaba revisar unas artesanías de madera, dejó caer la pieza con un golpe seco y acortó la distancia en tres zancadas largas.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, con una voz peligrosamente calmada.
Sebastián reaccionó rápido, pasando su brazo cerca de Vic apoyándolo en la mesa detrás de ella.
—Perfecto, amigo. Solo disfrutando de la mejor compañía del lugar.
La mandíbula de Santiago se apretó al límite.
—Esto va a terminar muy mal —murmuró Mateo.
—Deberías hablar con Santiago en cuanto puedas; a ti siempre te escucha —le sugerí preocupada, viendo cómo aumentaba la tensión.
Victoria salió de ese encuentro, con las mejillas encendidas por el coraje.
—Creo que ya terminamos el recorrido por aquí —anunció en voz alta, caminando a paso veloz hacia donde estaban las mamás.
Santiago la siguió a un metro de distancia, en completo silencio, pero su rostro transmitía una furia y un orgullo herido que ya no se podían disimular.
El camino de regreso a las casas fue un desfile de silencios sofocantes.
Santiago marchaba al frente con la espalda rígida; Victoria caminaba detrás con los brazos cruzados; Sebastián iba actuando como si no hubiera desatado un caos absoluto.
Sofía intentó acercarse a Mateo un par de veces, pero él mantuvo una distancia impecable.
Yo avanzaba al lado de Coli, intercambiando miradas mudas con Mateo que decían: «Aguanta, ya casi llegamos».
En cuanto entramos a las propiedades, el peso del ambiente hizo que todos nos dispersáramos de inmediato.
Nadie sugirió ir al lago ni planear la cena.
Victoria y Sebastián subieron directo a la planta alta de su casa; Santiago vio eso, soltó un bufido de desprecio y se marchó solo en dirección al lago con el ceño fruncido.
Sofía se quedó mirando el patio de los Montoya, procesando por fin que no tenía ninguna oportunidad ahí.
La tarde se arrastró como una herida que nadie sabía cómo tocar.
El tiempo, que días atrás parecía una corriente rápida y divertida, se estancó en un pantano de incomodidad absoluta.
No hubo más bromas, ni música, ni intentos de organizar planes.
La casa se convirtió en un escenario donde todos nos movíamos con una precisión mecánica, evitando el contacto visual a toda costa.
Santiago pasó gran parte de las horas en el muelle, limpiando el motor de la lancha con una meticulosidad que rayaba en lo obsesivo; cada golpe de la llave inglesa contra el metal era un recordatorio de la rabia que aún no sabía dónde poner.
Victoria, por su parte, se refugió en el patio con un libro que no pasó de la misma página durante cuatro horas, manteniendo una postura tan rígida que parecía estar hecha de porcelana fría.
Sebastián se mantuvo en su habitación, aunque podíamos escuchar el sonido sordo de sus pasos al empacar, una señal constante de que el final de su estancia era inminente.
El sol se ocultó sin ceremonia, tiñendo el lago de un gris que nos envolvía.
Cuando la oscuridad cayó por completo, nadie sugirió prender la fogata.
Cenamos en un silencio que se masticaba más que la comida; ni siquiera el ruido de los cubiertos contra los platos lograba aliviar la presión que nos oprimía el pecho.
A medida que las horas avanzaban, la oscuridad del jardín dejó de ser un lugar de juegos para convertirse en un muro de aislamiento.
Me senté en el último escalón del patio, abrazando mis rodillas, observando el panorama desde la distancia. Santiago seguía afuera, su figura recortada contra las luces del muelle. Victoria estaba dentro, moviéndose como una sombra en la cocina.
Mateo pasó a mi lado, deteniéndose apenas un segundo. No dijo nada, solo me puso una mano en el hombro, un gesto que me mostraba su presencia.
Me quedé allí un rato más, viendo cómo la noche intentaba ocultar lo que era imposible de esconder.
Me di cuenta de algo entonces, un pensamiento que me dejó un escalofrío. Habíamos estado tan obsesionados con la «tensión» que pensamos que el conflicto terminaría cuando las verdades salieran a la luz. Creímos que el juego de Verdad o Reto sería el punto final.
Pero al ver a Santiago solo en el muelle y sentir el vacío que Victoria había dejado en la casa, entendí que nos habíamos equivocado.
La tensión no había terminado con la noche. No se había disipado. Simplemente había cambiado de forma. Había dejado de ser una corriente eléctrica oculta bajo la superficie para convertirse en una realidad sólida, una fractura abierta y honesta que ya no podíamos fingir que no existía.
Y lo más doloroso era saber que, sin importar cuánto intentáramos arreglarlo, lo que se había roto esa noche ya no era el verano. Éramos nosotros.