CAPÍTULO 4 LOS EJEMPLOS A SEGUIR
VICTORIA
El silencio que siguió a la pregunta de Sebastián no fue una pausa; fue una sentencia.
Sentí cómo el aire en el jardín se volvía sólido, pesadísimo, como si el oxígeno se hubiera evaporado y solo quedara la presión de las miradas sobre mi nuca.
Podía sentir el peso de la curiosidad de Caro, la incomodidad de Leo y el silencio absoluto de Mateo, Olivia y Sofía.
Pero la única mirada que me quemaba, la única que me impedía respirar, era la de Santiago.
Estaba ahí, a un par de metros, con los puños hundidos en los bolsillos de su pantalón, esperando.
—No voy a contestarte esto frente a todos —dije.
Mi voz salió con una firmeza que no sentía; mis entrañas eran puro nervio.
Me puse de pie. Sin mirar atrás, caminé hacia el área del muelle, donde las sombras de los pinos eran más profundas y el aire olía a madera húmeda, lago frío y pinos.
Escuché sus pasos. Sebastián venía detrás de mí, constante, sin apresurarse, respetando mi ritmo, pero dejándome claro que no me iba a dejar escapar.
Cuando llegué al final del muelle, donde la madera crujía bajo mis pies y la luna se reflejaba en el agua como un espejo roto, me detuve.
El frío del lago me golpeó la cara, pero no fue suficiente para enfriar la rabia que me recorría.
Me giré bruscamente. Sebastián estaba ahí, a solo un paso de distancia, iluminado por la luz pálida de la noche.
—No eres un juego —solté, cortando el aire como un látigo—. Pero tampoco eres toda la verdad, Sebastián. No te traje aquí para usarte contra nadie, pero sería una mentira decirte que no sabía que tu presencia le dolería.
Sebastián no dio un paso atrás. Sus ojos no tenían rastro de burla, ni de arrogancia, ni de esa capa de chico perfecto de ciudad que usaba para encajar. Había algo más crudo en su expresión.
—No vine hasta aquí para ser una pieza más en algo que ustedes llevan años jugando —respondió él, su voz bajando un tono, volviéndose peligrosa.
Iba a replicar, a decirle que no se atreviera a psicoanalizarme cuando no sabía ni la mitad de lo que pasaba en esta casa, pero un sonido de pisadas pesadas y desiguales sobre la madera nos interrumpió.
Santiago emergió de la oscuridad. Se veía destruido.
Tenía la camisa desabrochada en el cuello y el cabello alborotado, con la respiración errática de quien ha estado aguantando un grito durante demasiado tiempo.
Sus ojos se fijaron en Sebastián, ignorándome a mí, como si yo fuera una simple espectadora en mi propio conflicto.
—¿Te estás divirtiendo? —le preguntó Santiago a Sebastián. Su voz era un gruñido—. ¿Te sientes bien siendo el tipo que viene a señalar lo que ella no se atreve a admitir?
Sebastián no retrocedió. Sus hombros se relajaron y, por primera vez, vi una grieta real en su armadura.
—¿Crees que esto es un juego de poder para mí?
—dijo Sebastián, y por primera vez lo escuché genuinamente herido—.
Estoy harto de que me mires como si fuera el intruso, Santiago.
Yo he estado todos los días, presente, tratando de conocerla, mientras tú te escondes detrás de los veranos, de miradas asesinas y de una lealtad mal entendida que no sirve para nada.
No soy el villano de esta historia solo porque tú no tuviste el valor de ser el héroe.
Santiago se acercó, invadiendo el espacio personal de Sebastián. La rabia de Santiago era volcánica, capaz de quemarlo todo, pero la honestidad de Sebastián era una losa de concreto que no se podía mover.
—¡Basta! —grité.
Mi voz rompió la noche, resonando hasta el jardín. Los dos se congelaron, mirándome con sorpresa.
—¡Ya basta, los dos! —caminé hacia ellos, obligándolos a retroceder, sintiendo que el pecho se me abría en canal—. ¿Qué creen que está pasando aquí? ¿Qué es esto?
Señalé a Santiago con el dedo índice, temblando de rabia.
—No soy un premio que vas a recuperar cuando te sientas con derecho a ello.
Luego giré hacia Sebastián, con los ojos ardiendo, las lágrimas de pura frustración amenazando con desbordarse.
—Y tú... no soy una herramienta para ganarle guerras a nadie. No soy un trofeo de verano para que se lo peleen. Estoy harta. Estoy harta de que piensen que mis sentimientos son algo que pueden reclamar o conquistar como si esto fuera un maldito campo de batalla. ¡No soy suya! ¡No soy de nadie!
Sebastián bajó la mirada por primera vez en toda la noche.
El silencio que siguió a mi explosión fue absoluto.
Incluso el agua del lago parecía haberse quedado quieta.
Santiago tenía la boca ligeramente abierta, incapaz de procesar mi dolor y, por primera vez, pareció entender que haberme querido durante años no le daba derecho a reclamarme.
Sebastián, por su parte, me miraba con una mezcla de arrepentimiento y resignación.
—Tienes razón —dijo Sebastián, y su voz ya no tuvo filo—. Tenía derecho a preguntarte. No a exponerte.
De repente, a lo lejos, el crujir de ramas y las voces de nuestros padres aproximándose desde la casa rompió el encanto. Se escuchaba el sonido de las copas de vino chocando y la risa despreocupada de mi papá.
—¡¿Victoria?! —la voz de mi padre se escuchó cerca, demasiado cerca—. ¿Estás ahí? ¿Santiago?
La tensión se quebró como un vidrio. Sebastián se pasó la mano por el cabello, recuperando su máscara de compostura en un segundo, aunque sus ojos seguían nublados por el impacto de lo que acababa de escuchar.
Santiago, en cambio, se dio la vuelta, dándonos la espalda, incapaz de enfrentar la mirada de su padre.
—Tenemos que irnos —susurró Sebastián. Su voz ahora sonaba distante, con una tristeza que me dejó helada—. Antes de que alguien más termine de romper lo poco que queda.
Nos quedamos ahí, los tres, en la oscuridad, atrapados en un limbo terrible, esperando a que las luces de los adultos nos alcanzaran. El desastre ya estaba hecho; el secreto estaba en el aire, y la noche, se encargaba de ocultar lo que sabíamos que no tendría reparación mañana.
Caminamos de regreso al círculo como autómatas. El silencio de la noche, que antes era acogedor, ahora nos asfixiaba. Al llegar a la fogata, la energía se había desplomado tanto que el fuego parecía haber perdido la mitad de su calor.
Mis padres y los de Santiago, que habían estado charlando cerca del patio, se callaron en cuanto entramos.
No preguntaron nada. Solo nos miraron; sus ojos, curtidos por años de observar nuestras dinámicas, detectaron el veneno en el aire al instante.
Hubo un intercambio de miradas entre ellos, una especie de acuerdo silencioso para ignorar el incendio que acabábamos de provocar.
El juego de Verdad o Reto estaba muerto. Sebastián no esperó a que alguien rompiera el hielo.
—Creo que ya es hora —dijo, mirándome—. Me voy a dormir. Mañana será otro día.
No se despidió de nadie más. Simplemente se dio la vuelta y se alejó hacia la casa con Sofía siguiéndolo, dejando que el peso de su ausencia se sintiera tan real como su presencia.
Santiago, incapaz de dejar las cosas así, dio un paso hacia mí en cuanto Sebastián se perdió en la oscuridad. Sus ojos buscaban desesperadamente una redención que yo no estaba lista para ofrecerle.
—Vic —murmuró, su voz un hilo de desesperación—. Por favor, tenemos que hablar de esto. No podemos dejarlo así.
Lo miré. Por dentro, mi corazón se estaba haciendo pedazos, pero mi exterior era de acero. El dolor que vi en él era genuino, pero también lo era el dolor que me había causado.
—No hoy, Santiago —dije, apartándome sin tocarlo—. No hoy.
Me di la vuelta y caminé hacia la casa. Olivia me siguió, su paso silencioso pegado al mío, sin decir una sola palabra hasta que entramos a mi cuarto y cerré la puerta con llave, aislándonos del ruido del mundo.
Olivia se sentó en el borde de la cama, rodeándose las piernas con los brazos. Me observó un largo rato, su rostro reflejando una culpa que no le correspondía.
—Lo siento, Vic —dijo, con un hilo de voz—.
Odio esto. Odio que tengas que pasar por esto y que, de alguna manera, sea por culpa de mi hermano.
Sé que es Santiago, que es mi familia y que lo amo con todo el alma, pero...
me duele ver cómo te está destruyendo. No sé qué más decirte, porque sé que cualquier cosa que diga parece una excusa barata para defenderlo.
Me senté a su lado, dejando que mi cabeza cayera sobre su hombro. El aroma de su perfume, algo tan cotidiano, me dio la calma que necesitaba para no desmoronarme.
—No tienes que defenderlo, Oli —susurré—. Tú no eres él. Gracias por estar aquí.
Nos quedamos en silencio, compartiendo el peso de la noche. Ella se quedó ahí, firme, un ancla en medio de mi tormenta, entendiendo que a veces ser amiga significa simplemente estar presente cuando el resto del mundo se cae a pedazos.
A los pocos minutos llegaron Caro y Amber. Me miraban con una mezcla de amor y tristeza. Tampoco dijeron nada, solo se sentaron alrededor de mi cama, dándome espacio para superar y pensar qué rayos había pasado allá abajo.
Nos pusimos a acomodar las cosas del cuarto para que se quedaran a dormir. Bajamos por un té; lo único que quería era dormir en paz, si eso era posible. Nos acomodamos, apagué la luz y cerré los ojos intentando hacer que todo desapareciera.
Esa noche no elegí a Santiago. Tampoco elegí a Sebastián. Elegí dejar de ser el campo de batalla. Y aun así, dolió como si hubiera perdido la guerra.