CAPÍTULO 3 DEJEMOS DE FINGIR #3
Santiago no sonrió. No hubo chispa de diversión ni rastro de la típica camaradería que compartían desde que éramos niños. Sus ojos, oscuros y cargados de un resentimiento que llevaba horas hirviendo a fuego lento, se clavaron en ella. Ignoró por completo la existencia de Sebastián a su lado.
—¿Alguna vez te has quedado con alguien solo porque era más fácil que elegir lo que realmente querías?
La pregunta aterrizó en medio del círculo como una granada sin seguro.
El patio se quedó en un silencio tan absoluto que el sonido del agua chocando contra los pilares del muelle pareció ensordecedor. Tragué saliva, abriendo los ojos de par en par, incapaz de creer que mi hermano hubiera lanzado un golpe tan bajo y tan directo en público.
A solo unos centímetros de Victoria, Sebastián ni siquiera parpadeó.
El chico de la ciudad no intervino ni hizo ningún gesto de incomodidad.
Simplemente le dio un sorbo lento a su bebida, sus ojos fijos en el perfil de Santiago, analizando cada fisura de su aparente control.
Sebastián era demasiado listo; estaba leyendo entre líneas, descifrando exactamente lo que esa pregunta significaba.
Victoria se quedó de piedra. Apretó los labios, y pude ver la guerra exacta entre la vulnerabilidad y el orgullo librándose en su mirada. Odio tener que admitirlo, pero la vi dudar. La vi herida.
Y luego, levantó sus escudos.
—Sí —respondió Victoria. Su voz no tembló, pero el tono fue tan frío que casi bajó la temperatura de la fogata—. Lo hice.
Sostuvo la mirada de mi hermano sin retroceder un milímetro, sus ojos brillando con una mezcla de enojo y advertencia.
—Y es exactamente por eso que aprendí a no volver a hacerlo, Santiago.
El golpe de vuelta fue letal.
Santiago recibió el impacto sin moverse. Tragó saliva. No replicó. No podía.
Victoria acababa de cerrar la puerta en su cara, y Sebastián, con una media sonrisa apenas perceptible escondida detrás de su vaso, fue el único testigo que realmente disfrutó del espectáculo.
El silencio que siguió a las palabras de Victoria era tan espeso que amenazaba con asfixiarnos a todos. Santiago apartó la mirada, derrotado y furioso a partes iguales. Era el momento perfecto para que alguien, quien fuera, interviniera con una broma o cambiara de tema para rescatar la noche.
Pero Sebastián no venía a rescatar a nadie.
En lugar de hacerse el desentendido o actuar como el chico nuevo e ingenuo al que podían usar de peón, le dio un sorbo lento a su bebida, bajó el vaso y giró el cuerpo completamente hacia Victoria.
El ambiente cambió en un microsegundo. El aire dejó de sentirse tenso por la incomodidad para volverse eléctrico. Peligroso.
—Creo que sigo yo —dijo Sebastián. Su voz era tranquila, casi aterciopelada, pero tenía un filo innegable—. Vic, ya que estás en racha. ¿Verdad o reto?
Victoria parpadeó, sorprendida de que él no dejara pasar el momento.
—Verdad —murmuró, su voz perdiendo un poco de la fuerza con la que le había respondido a mi hermano.
Sebastián asintió despacio. No miró a Santiago. Ni una sola vez. No le dio la satisfacción de reconocerlo como una amenaza. Toda su atención, calculada y penetrante, estaba sobre ella.
—Interesante respuesta la que diste hace un momento —comenzó Sebastián, ladeando la cabeza—. Pero ya que estamos hablando de no elegir la salida fácil y de no volver a cometer los mismos errores... dime la verdad.
Hizo una pausa, dejando que la anticipación nos torturara a todos.
—¿Realmente estás intentando que lo nuestro funcione, o solo soy la manera más elaborada que encontraste para ganarle una guerra fría a alguien que está sentado en este círculo?
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Maldita sea. Él lo sabía. Lo sabía todo.
Sebastián no era un idiota de la ciudad que había caído en una trampa de celos pueblerinos; era un jugador de ajedrez que había estado observando el tablero desde que llegó.
Con una sola pregunta, acababa de desarmar a Victoria y de exponer a Santiago sin siquiera pronunciar su nombre.
No estaba enojado, no estaba haciendo un berrinche; estaba exigiendo saber si era un daño colateral o el protagonista de la historia.
Victoria se quedó paralizada. Sus ojos, normalmente llenos de un fuego desafiante, se abrieron de par en par, atrapados en la trampa perfecta.
Acababa de decirle a Santiago que ya no elegía lo fácil, pero si no le respondía a Sebastián con absoluta honestidad ahora mismo, todo su discurso se caería a pedazos.
Santiago dejó de respirar. La furia en su rostro fue reemplazada por un shock genuino. Por primera vez en toda la noche, mi hermano miró a Sebastián no como un obstáculo molesto, sino como un rival que estaba muy por encima de su nivel.
La bomba acababa de estallar, y Sebastián era el único que tenía el control del detonador.
Nadie dijo nada.
Ni Victoria, ni Santiago, ni Mateo, ni Sofía. Ni siquiera Amber, que normalmente habría encontrado la forma de romper cualquier silencio con una broma mal colocada.
Yo sentí a Leo inclinarse apenas hacia mí, lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.
—Te dije que iban a dejar de fingir.
Y, por primera vez en toda la noche, nadie se rió.