LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 3 DEJEMOS DE FINGIR #2
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CAPÍTULO 3 DEJEMOS DE FINGIR #2

Sebastián, que estaba sentado con una postura impecable y relajada, se acomodó un poco más. Su sonrisa fue diplomática, la de alguien que sabe exactamente cómo jugar con un público nuevo.

—Verdad —respondió, con voz suave y confiada—⁠. Empecemos suave para conocernos mejor.

—Me parece muy justo —concedió Amber, ladeando la cabeza—⁠.

A ver, chico de la ciudad. Victoria es prácticamente nuestra reina aquí, la conocemos de toda la vida.

Así que dinos, frente a todo su tribunal: ¿qué es lo que más te gusta de ella?

Dinos algo lindo, algo que te haya hecho manejar horas hasta este lago solo para verla.

Sofía sonrió, apoyando la barbilla en su mano, atenta a la respuesta.

Sebastián no dudó. No se puso nervioso ni intentó evadir la pregunta. Se giró ligeramente hacia Victoria, mirándola con una intensidad que estaba diseñada para derretir a cualquiera.

—Eso es fácil —dijo Sebastián, bajando un poco el tono de voz, dándole una intimidad que se sintió pesada en el aire—⁠.

Lo que más me gusta de Vic es que es imposible de ignorar.

Tiene esta fachada de sarcasmo y de tenerlo todo bajo control, de que nada la intimida...

pero cuando baja la guardia y se ríe de verdad, te das cuenta de que tiene un fuego increíble.

Es brillante. Y honestamente, me encanta que sea un reto constante.

Victoria se sonrojó de inmediato, una reacción genuina que no pudo esconder. Bajó la mirada hacia su vaso, murmurando un pequeño «gracias» con una sonrisa a medias.

El grupo reaccionó con murmullos de aprobación y pequeñas sonrisas. Fue una respuesta perfecta. Educada, romántica y lo suficientemente encantadora como para integrarlo al grupo sin parecer un invasor.

Pero, a la distancia, el ambiente se había congelado por completo.

Santiago, que hasta ese momento había estado apoyado relajadamente hacia atrás, se enderezó.

El músculo de su mandíbula saltó de forma tan violenta que pude verlo desde mi lugar.

Sus dedos se apretaron alrededor de su vaso de plástico rojo con tanta fuerza que el material crujió, amenazando con romperse y derramar la cerveza.

Mi hermano no dijo ni una sola palabra. No hizo ningún comentario sarcástico, ni soltó una de sus clásicas bromas arrogantes. En lugar de eso, clavó la mirada directamente en el fuego de la fogata, con los hombros tan rígidos que parecían tallados en piedra.

Victoria, aún con las mejillas sonrosadas, movió los ojos de reojo hacia Santiago.

Al notar su postura letal y su silencio absoluto, su sonrisa se borró ligeramente y se removió incómoda en su asiento, cruzando las piernas y bebiendo de su vaso para disimular la tensión que acababa de apoderarse de ella.

Amber había logrado exactamente lo que quería: incluir a Sebastián con una sonrisa... y encender la mecha de Santiago sin siquiera tocarlo.

El silencio que había dejado la confesión de Sebastián se rompió cuando Caro se inclinó hacia adelante. Con una sonrisa afilada que prometía problemas, sus ojos saltaron directamente hacia Sofía.

—Bueno, ya que estamos en el mood de las confesiones encantadoras —dijo Caro, frotándose las manos—, me toca. Sofía. ¿Verdad o reto?

Sofía, que hasta ese momento había estado disfrutando el espectáculo con su bebida en mano, parpadeó un par de veces, sorprendida de ser el centro de atención. Pero, haciendo gala de esa confianza natural y relajada que tanto me irritaba porque no podía odiarla, sonrió de lado.

—Verdad. Soy nueva aquí, no me voy a arriesgar a que me hagan saltar al lago de noche todavía.

—Chica lista —celebró Caro, apoyando los codos en las rodillas—⁠. Entonces, dime la verdad: acabas de llegar, el panorama es nuevo para ti. ¿Hay alguien en este círculo que te parezca... interesante? Los nombres no son obligatorios, pero definitivamente te darían puntos extra.

El grupo soltó un par de silbidos ahogados y risas cómplices.

Yo dejé de respirar. El nudo que había logrado ignorar durante el turno de Amber volvió a instalarse en mi garganta con el doble de fuerza.

Sofía no se puso nerviosa. Soltó una risita suave y se apartó un mechón de cabello perfecto detrás de la oreja, un gesto tan delicado y femenino que me hizo querer hundir mis uñas en las palmas de mis manos.

Paseó la mirada por el círculo iluminado por las llamas de la fogata.

Cuando sus ojos pasaron por mi lado, supe exactamente dónde iban a detenerse.

—Sí —confesó Sofía, con una sinceridad aplastante y una sonrisa coqueta—⁠. La verdad es que sí. Alguien de aquí me parece muy interesante.

Sus ojos claros se detuvieron una fracción de segundo más de lo necesario en la figura de Mateo, que estaba sentado frente a ella al otro lado del fuego. No dijo su nombre, no hacía falta. Mi espalda se puso rígida como una tabla. Sentí que el aire de la noche se volvía denso, asfixiándome.

Miré a Mateo de reojo. Él tenía la vista fija en su vaso de plástico, girándolo lentamente entre sus dedos largos. Su expresión era ilegible, una máscara perfecta de indiferencia, pero la mandíbula se le tensó apenas un milímetro.

—¡Uuuh! —exclamó Leo, rompiendo la tensión con un aplauso—⁠. El misterio. Me encanta. Bien jugado, Sofía.

El ambiente quedó vibrando tras la confesión de Sofía. Ella, sin perder esa sonrisa encantadora que empezaba a resultarme letal, giró el rostro directamente hacia su objetivo.

—Me toca —anunció, con una voz suave que logró captar la atención de toda la fogata—⁠. Mateo. ¿Verdad o reto?

Mateo, que seguía jugando con el borde de su vaso, levantó la mirada. Sus ojos oscuros pasaron por mi rostro durante una fracción de segundo, un roce tan rápido que nadie más lo notó, antes de clavarse en Sofía. Sabía que no iba a elegir verdad.

—Reto —respondió él, con su tono áspero y arrastrado, recargando los codos sobre sus rodillas, aceptando el desafío.

Sofía ladeó la cabeza, sus ojos claros brillando con el reflejo del fuego.

—Te reto a un minuto de contacto visual ininterrumpido —dictó ella, apoyando su barbilla en la mano, luciendo peligrosamente hermosa—⁠.

Sesenta segundos completos mirándonos a los ojos.

En silencio. Si volteas a ver a alguien más, te ríes o rompes el contacto antes de tiempo, te tomas el vaso entero.

Un coro de murmullos y exclamaciones divertidas estalló en el círculo. Era un reto inofensivo, coqueto. No cruzaba ninguna línea física, no era explícito. Y, sin embargo, se sentía como si me hubieran echado un balde de agua helada en la espalda.

—Yo llevo el tiempo —se ofreció Leo, sacando su celular con una sonrisa enorme—⁠. ¿Listos? ¡Tiempo!

Mateo no retrocedió. Fijó sus ojos oscuros y pesados directamente en los de Sofía.

Y el infierno se desató en mi estómago.

Ver a Mateo concentrado no era nuevo para mí, pero verlo concentrado en otra persona, entregándole esa atención absoluta e intensa, me enfermaba.

Me obligué a mantener una expresión neutral, a dar un sorbo a mi bebida como si no me importara en lo absoluto, pero por dentro me estaba asfixiando.

Los segundos se arrastraban, lentos y torturantes. Mateo no parpadeó. No sonrió. Solo la miró con esa fijeza, y cada segundo que pasaba era una aguja clavándose en mi orgullo.

—¡Y... tiempo! —gritó Leo, rompiendo el hechizo.

Sofía fue la primera en apartar la mirada, soltando una risa cristalina y genuina mientras un ligero rubor le cubría las mejillas.

—Vaya, no parpadeas —bromeó ella, tomando su vaso.

Mateo simplemente se echó hacia atrás. Su rostro seguía siendo una máscara inescrutable, pero el daño ya estaba hecho.

Antes de que alguien más pudiera reclamar el siguiente turno, Leo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

Su sonrisa juguetona había desaparecido, reemplazada por esa mirada calculadora y afilada que siempre me ponía los nervios de punta.

Leo veía mucho más de lo que la gente creía.

—Mi turno —anunció, sin apartar los ojos de su objetivo—⁠. Mateo, acabas de cumplir un reto, así que te toca la verdad.

Mateo no se inmutó. Le dio un trago pausado a su bebida y asintió una sola vez, dándole luz verde.

Leo ladeó la cabeza. La pregunta que salió de su boca no fue la clásica broma adolescente; fue un dardo envenenado lanzado directamente al centro de la mesa:

—¿Alguna vez te ha gustado alguien que sabías que no debías mirar así?

El silencio cayó sobre el grupo con el peso de un yunque.

Santiago cruzó los brazos, prestando atención a la respuesta de su mejor amigo con simple curiosidad genuina, completamente ciego a la bomba nuclear que estaba a punto de detonar a centímetros de él.

Sofía también lo miraba, con los labios ligeramente entreabiertos, quizás preguntándose si ella encajaba en esa categoría de «prohibida» por ser la hermana de Sebastián o por ser la chica nueva.

Mateo dejó de girar el vaso en sus manos.

Levantó la vista, pero no miró a Leo. No miró a Sofía. Y, gracias a Dios, tampoco me miró a mí. Clavó sus ojos oscuros e insondables directamente en las llamas que bailaban en el centro del círculo.

—Sí —respondió.

Una sola palabra. Corta. Plana. Absolutamente carente de arrepentimiento.

Tragué saliva, sintiendo que un escalofrío me recorría toda la columna vertebral. No tenía nada a mi favor para creer siquiera que se refería a mí. Pero de solo pensar que sí podría ser yo, mi corazón palpitó de felicidad.

El eco del «sí» de Mateo apenas comenzaba a disiparse en la oscuridad cuando Santiago decidió que era su turno de jugar con fuego. Literalmente.

—Vic —llamó Santiago. Su voz sonó más baja de lo normal, desprovista de cualquier rastro de humor.

Victoria levantó una ceja, aferrando su vaso de plástico con ambas manos como si fuera un escudo protector.

—Verdad —respondió ella de inmediato, alzando un poco el mentón—⁠. Contigo no me arriesgo a un reto.