LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 3 DEJEMOS DE FINGIR
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CAPÍTULO 3 DEJEMOS DE FINGIR

OLIVIA

Desperté con la cabeza dándome vueltas. El techo de madera de mi cuarto no ofrecía respuestas, solo dejaba que la frase que Leo había soltado la noche anterior rebotara en mi mente como una pelota de goma: «Para que todos dejen de fingir».

A simple vista, la mañana en el lago parecía sacada de un folleto turístico.

El sol brillaba, el agua estaba en calma y el olor a pan tostado inundaba el patio compartido.

Pero, bajo esa capa de perfección, el aire estaba tan pesado que costaba respirar.

Todos cargábamos una bomba de tiempo en la mochila.

Bajé a la cocina con la intención de servirme café y aislarme en algún rincón, pero me topé de frente con mi peor pesadilla: Sofía.

Y no era una pesadilla porque fuera mala. Ese era el maldito problema. Sofía era encantadora.

—¡Hola, Oli! —me saludó con una sonrisa radiante y sincera, secándose las manos con un trapo—⁠. Tu mamá me dejó encargada de la cafetera —dijo dándome una taza de café.

Tragué saliva, tomando la taza caliente con ambas manos y forzando la mejor curva en mis labios que pude lograr.

—Gracias, Sofía. Qué linda —murmuré.

Quería odiarla. Dios, lo intentaba con todas mis fuerzas.

Buscaba un tono condescendiente, una mirada de superioridad o cualquier excusa para justificar el rechazo que me provocaba su presencia, pero no había nada.

Era genuinamente dulce, servicial y encajaba en la dinámica de la casa con una facilidad que me daba náuseas.

Salí al patio, buscando oxígeno, pero el escenario afuera no mejoraba.

Victoria estaba sentada en una de las sillas, rígida como una tabla, mirando fijamente la pantalla negra de su celular sin realmente verla. Estaba rara, distante, atrapada en su propia cabeza. Y la razón de su desconexión estaba de pie justo detrás de ella: Sebastián.

Él se inclinó, apoyando una mano en el respaldo de la silla de Vic y deslizando la otra para rozar su hombro con una familiaridad excesiva.

—¿Dormiste bien, preciosa? Te veo un poco tensa. ¿Quieres que te traiga algo de desayunar? —preguntaba Sebastián, usando un tono suave y sofocantemente atento.

Pero Sebastián no estaba mirando a Victoria.

Por encima del hombro de mi amiga, sus ojos analizaban fríamente el otro extremo del patio, donde Santiago estaba limpiando la parrilla.

Mi hermano frotaba el cepillo de metal con tanta violencia que parecía a punto de arrancarle las patas al asador; tenía la mandíbula apretada y las venas del cuello marcadas.

Sebastián lo observaba con una media sonrisa calculada. Estaba midiendo el terreno.

Suspiré, dándole un trago a mi café perfecto, cuando el estómago se me encogió de golpe.

Mateo estaba cerca de la cerca, riéndose de algo que Sofía le acababa de decir al pasar por ahí para buscar más tazas.

Era una interacción dolorosamente normal.

Completamente casual. Sofía le tocó el brazo ligeramente al reírse, apartándose el cabello perfecto de la cara, y siguió su camino hacia la casa.

Mateo no le devolvió el coqueteo, simplemente sonrió por pura cortesía social, pero esa imagen fue suficiente para recordarme que ella estaba disponible ante el mundo.

Al levantar la vista, Mateo se acercó a mí.

Su expresión cambió de inmediato. La sonrisa educada se borró, reemplazada por esa sonrisa linda y genuina.

Quería acercarse. Vi en sus ojos la urgencia de hablarme, de acortar la distancia, de buscar ese segundo a solas que necesitábamos desesperadamente para descifrar en dónde estábamos parados después de tantas miradas raras, bueno eso creía yo.

Necesitábamos hablar antes de que la noche nos tragara a todos.

Dio tres pasos decididos por el pasto, abrió la boca para llamarme...

—¡Mateo! —gritó Martha desde la ventana del segundo piso de su casa—⁠. ¡Sube a ayudarme a bajar las hieleras grandes, por favor!

Mateo se detuvo en seco. Cerró los ojos un microsegundo, frustrado, y soltó un suspiro pesado que pude notar desde la distancia. Me miró una última vez y me hizo una seña casi imperceptible con la mirada, como suplicándome que lo esperara.

—Ya voy, ma —respondió, dándose la vuelta a regañadientes hacia su puerta trasera.

Me quedé sola en el patio, apretando la taza de café caliente hasta que me dolieron los nudillos. La falsa normalidad del lago nos estaba asfixiando, construyendo una pared de ladrillos entre nosotros a plena luz del día.

Y lo peor de todo era que apenas era de mañana.

El resto del día transcurrió como una obra de teatro donde todos habíamos olvidado nuestras líneas, pero nadie se atrevía a bajarse del escenario.

Cortamos fruta, acomodamos sillas, cargamos hieleras.

Cada vez que Mateo y yo lográbamos cruzar una mirada que prometía un escape, alguien aparecía entre nosotros: Sofía ofreciéndose a ayudarlo, mi papá pidiendo las luces del patio, Martha llamándolo desde la casa.

Para cuando el sol se hundió detrás de los pinos y el lago se volvió violeta, ya estaba agotada de fingir.

El clic de los faroles encendiéndose a lo largo del muelle fue como una señal.

La tregua del día se había acabado.

Los adultos estaban en mi casa, en una de esas cenas donde se hablaba de negocios, viajes y viejos tiempos que nos sonaban tan lejanos como cuentos de otra vida.

Me encantaba escuchar esas historias. Mientras tanto, nosotros —el «escuadrón juvenil», como mamá nos llamó antes de irse— nos habíamos apropiado del patio de los Montoya.

Victoria tiró unos cojines al pasto e hicimos una fogata.

—Ok, hay reglas claras —anunció Santiago, lanzando una papa al aire y atrapándola con la boca—⁠. No lloran si pierden, no hay rematch, y el que haga trampa salta al lago.

—¿Y si nadie hace trampa? —pregunté.

—Entonces saltamos todos —dijo Mateo, lanzándome una mirada de reto.

Rodé los ojos. Obviamente tenía que meter su cuchara.

—¿Qué jugamos? —preguntó Victoria, sentándose y cruzando las piernas—⁠. ¿Cartas, Monopoly, adivinanzas?

—Aún nada —intervino Santiago—⁠. Deben llegar Leo, Carolina y Amber, y ahí escogemos.

Al poco tiempo de acomodar todo para tener una noche divertida, llegaron los chicos.

—¡Chicos! Bienvenidos —dijo Victoria, abrazándolos y haciéndolos pasar.

—Trajimos alcohol, hielo y muchas ganas de tomar —anunció Amber, enseñando las botellas.

—Perfecto —dijo Santiago desde su lugar.

—Uh, veo que es noche de juegos, ¿eh? —comentó Caro mientras saludaba a todos.

—Así es, los estábamos esperando para escoger —dije, moviéndome un poco para que Caro se sentara a mi lado y Mateo quedara más cerca.

—Yo digo que mejor juguemos Verdad o Reto —propuso Leo, sonriendo con malicia.

Y ahí recordé su frase otra vez. Todos nos quedamos en silencio un segundo. Jugar a eso a nuestra edad ya no era precisamente inocente; podía ser divertido... o peligrosamente revelador. Al final, todos éramos amigos, pero Leo no lo propuso para hacer amigos.

Mateo fue el primero en romper el hielo.

—Acepto —dijo, encogiéndose de hombros.

Y comenzamos el juego. Leo fue el primero en preguntar.

—Amber. Verdad o reto —dijo, sonriendo como quien planea algo terrible.

—Reto, obvio —respondió Amber mientras se hacía para atrás, relajada.

—Te reto a que te levantes ahora mismo, vayas al centro del círculo y le declares tu amor incondicional y apasionado a... —Leo giró la cabeza, buscando a su alrededor, hasta señalar con dramatismo— la hielera azul.

Todos soltaron una carcajada. Hasta Santiago, que llevaba media hora con la mandíbula apretada, soltó una risa.

—Pero no cualquier declaración —añadió Leo, levantando un dedo—⁠. Tiene que ser un monólogo de telenovela de los noventa. Un minuto. Tienes que llorar, reclamarle por su frialdad y pedirle que vuelva contigo. Si te ríes, tomas doble.

Amber se puso de pie de un salto.

—Sostén mi cerveza, novato. Caro, ponme música de tensión de fondo —dijo, tronándose los nudillos.

Caro sacó su celular a la velocidad de la luz y puso una pista instrumental de violines súper dramática. Amber caminó con pasos lentos y exagerados hacia la hielera azul que estaba a un lado de las sillas. Se dejó caer de rodillas frente a ella en el pasto, llevándose una mano al pecho.

—¡Roberto! —gritó Amber, con la voz quebrada y una intensidad digna de un premio Óscar—⁠. ¿Por qué me haces esto? ¡Te entregué mis mejores años! ¡Te confié mis bebidas más preciadas!

Todos estallamos. Sofía se tapó la boca, riendo genuinamente, mientras Sebastián miraba la escena con una mezcla de diversión y confusión absoluta.

—Siempre supe que eras un témpano de hielo por dentro —continuó Amber, arrastrándose un poco más cerca de la hielera, acariciando la tapa de plástico con pura devoción—⁠. Me dejas helada, Roberto. ¡Helada! Pero no puedo vivir sin ti. Sin ti... mi vida es un refresco al tiempo. ¡Desabrida! ¡Sin gas!

Victoria estaba doblada a la mitad, riendo a carcajadas, apoyada en el hombro de Santiago.

Yo me llevé las manos al estómago, sintiendo que por primera vez en todo el maldito día podía respirar.

Al otro lado del círculo, Mateo me miró, y por un segundo, nuestras sonrisas se encontraron libres de tensión.

Amber se puso de pie con un giro dramático, dándole la espalda a la hielera y secándose una lágrima invisible justo cuando Caro paró la música.

El patio entero se llenó de aplausos, silbidos y carcajadas. Leo se levantó para hacerle una reverencia.

—Mis respetos, su majestad. Acabas de elevar el estándar de esta noche —dijo, dándole la mano.

Amber hizo una reverencia profunda y regresó a su lugar, tomando su cerveza con una sonrisa triunfal.

Se acomodó el cabello, escaneando el círculo con una sonrisa que todavía conservaba un rastro de malicia teatral.

Sus ojos pasaron por encima de Mateo, me ignoraron por completo y aterrizaron directamente en el invitado de la ciudad.

—Muy bien, Sebastián. Tu turno de entrar al ruedo —anunció Amber, apoyando los codos en las rodillas—⁠. ¿Verdad o reto?