LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 2 INVASORES #3
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CAPÍTULO 2 INVASORES #3

Victoria negó con la cabeza, pero no ocultó la sonrisa. Yo miré a Sebastián, quien tenía una cara de estar analizando todo lo que pasaba a su alrededor. Mientras tanto, Santiago organizaba los equipos como si estuviera planeando una estrategia militar.

—Primera ronda —anunció—: Clara y Mika contra Leo y Caro.

—¿Eso no es injusto? —se quejó mi mamá, limpiándose las manos en una toalla.

—Para Caro y Leo, sí —remató Victoria, soltando una carcajada mientras se acomodaba las gafas de sol.

La ronda fue un show. Clara y Mika corrían por toda la cancha gritando instrucciones que nadie entendía, mientras nuestros amigos intentaban mantener el balón en el aire sin morir de risa.

—¡Eso fue doble toque, Caro! —bromeó Santiago, haciendo sonar un silbato de juguete.

—¡Me niego a aceptar esas reglas! —respondió Caro, cruzándose de brazos y fingiendo indignación.

Finalmente, después de varios puntos que nadie supo cómo contar, Clara y Mika ganaron gracias a un saque en falso de Leo.

—¡Campeonas invictas! —gritó Mika, chocando la mano de Clara en el aire.

—Ahora... —Santiago sonrió de manera peligrosa—⁠. El equipo campeón elige a su siguiente oponente.

Clara y Mika, sin pensarlo mucho, señalaron a Victoria y a Santiago. Todos aplaudimos, riendo y chiflando.

—¿Listas para perder? —se burló Victoria, acomodándose una gorra para taparse del sol.

—Ni en sus mejores sueños —replicó Clara.

El partido entre ellos fue épico. Victoria era rápida y ágil, mientras Santiago usaba su fuerza para mandar el balón casi hasta el horizonte.

Cada tanto se acercaban más de la cuenta, chocaban hombro con hombro y se lanzaban miradas que no necesitaban traducción, como si el juego fuera solo una excusa para provocarse un poco más.

Desde mi lugar en la sombra, vi cómo la cara de Sebastián se fue transformando en una expresión de duda, al notar que Santiago y Victoria tenían una conexión difícil de explicar.

Victoria y Santiago se coronaron campeones con una jugada tan caótica como efectiva: un remate de mi amigo que casi nos deja sin sombrilla. Entre risas y protestas, los declaramos ganadores.

—¡Muy bien! —dijo mi mamá, aplaudiendo con entusiasmo exagerado—⁠. ¿Quién se atreve a enfrentarlos ahora?

Fue Clara —obviamente— quien me vendió al mejor postor.

—¡Sofía y Mateo! —gritó, saltando sobre la tierra—⁠. Debemos incluirlos al grupo.

Me giré hacia Olivia, que estaba sentada en la toalla ajustándose el cordón de su short. Al notar la mirada de Sofía hacia mí, levantó las cejas como diciendo: «¿En serio?».

Nos colocamos en posición mientras Santiago lanzaba el balón al aire de manera dramática, como si estuviera en una final olímpica. Desde la zona de las sombrillas, vi a Olivia observando el juego con atención.

—Prepárate, Mateo —me susurró Sofía, acomodándose el cabello en un moño alto.

—Claro, claro —le respondí, bajando la voz.

El silbato improvisado de Clara sonó y la partida comenzó.

El partido fue un desastre glorioso. Entre el lodo resbaloso, el viento juguetón y la torpeza natural que fingimos no tener, el marcador era lo de menos.

Lo importante era reírse, correr y gritar cada punto como si fuera el último.

En uno de los tantos saques fallados, Sofía y yo chocamos, y ella cayó entre carcajadas.

—¿No que eras buena? —pregunté burlón, mientras le daba la mano para levantarla.

—Lo siento, me pones nerviosa —contestó ella, con esa chispa en los ojos. Una mirada que yo solo quisiera recibir de Olivia.

Nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca. Ella también se quedó quieta, mirándome. Casi por inercia, volteé a ver a Olivia. Olivia nos veía con unos ojos que no necesitaban subtítulos para entenderlos. La cagué.

Fue Clara quien me regresó al mundo:

—¡Tiempo fuera! ¡Hora de la comida!

Olivia se paró tan rápido, antes de que pudiera llegar a ella, la vi alejarse, su silueta recortada contra el sol que empezaba a bajar en el horizonte.

OLIVIA

La noche cayó sobre el lago como una sábana, suave y envolvente.

Nuestros nuevos invitados habían llegado y, con ellos, con ella, llegó una sensación que no me gustó para nada.

Recogimos todo y regresamos a las casas.

El ambiente no era como antes. Mateo y Sofía venían parloteando juntos sobre cosas que no alcanzaba a oír.

Sebastián venía muy callado, viendo a Santiago y Victoria, que venían cargando unas cosas, hasta que le habló a Vic para preguntarle:

—Si llegar antes fue mala idea, dime y lo arreglo —comentó Sebastián en un tono cálido y triste.

—No te preocupes. Necesitaba aclarar unas cosas antes de tu llegada. Ahora lo haré sobre la marcha —dijo sonriendo y negando con la cabeza.

Al llegar, cada quien tomó su camino; nuestros amigos se despidieron con la promesa de regresar mañana. Yo solo me quedé ahí, viendo cómo Mateo y Sofía entraban juntos… hasta que Leo vio mi cara.

—Mañana jugamos Verdad o Reto —dijo antes de marcharse.

—¿Para qué? —respondí, confundida.

—Para que todos dejen de fingir —dijo, guiñándome un ojo, para después alcanzar a las chicas.