CAPÍTULO 2 INVASORES #2
—Bien dicho, amigo —comentó Santiago, sin romper su postura—. Coli tiene buen instinto.
Victoria se giró hacia él, furiosa.
—Santiago... basta —le advirtió en un susurro.
Pero él solo le devolvió una sonrisa, sin una pizca de arrepentimiento.
El ambiente se volvió más tenso que nunca.
Sofía soltó una risita incómoda y Sebastián se aclaró la garganta.
Supuse que era el momento de actuar antes de que las cosas terminaran mucho peor.
Me agaché para acariciar a Coli, intentando calmarlo.
—Creo que es hora de entrar —dije, forzando una sonrisa—. Estábamos a punto de irnos al lago. Vengan con nosotros.
El perro, aún refunfuñando, caminó pegado a mí mientras nos alejábamos del grupo. Los invitados se fueron a cambiar para acompañarnos. Tomé a Santiago por el brazo y lo arrastré a la cocina.
—A ver, Santiago. Victoria cree que tu plan la incluye a ella, pero Caro le dijo que no imaginara cosas hasta que tú le dijeras directamente que el plan sí la incluye —dije, seria.
—Bueno, pues ahora no lo sé —dijo con su tono vengativo.
—Mira, Santiago, no empieces. Tienes dos opciones: salir y ser el chavo más encantador de todos, no dejar que Sebastián te amargue y seguir maquinando tu plan, u olvidar todo y quedarte en esa casa solo —dije con la mirada que gracias a Dios heredé de mi mamá.
—Está bien, está bien, carajo. Saldré y demostraré lo bello que puedo llegar a ser. Pero ya quita esa mirada. Te pareces a mamá —dijo mientras se frotaba la cara con las manos.
Al escuchar el grito de Martha avisando que era hora de irnos, respiramos hondo y salimos. En cuanto puso un pie en el patio, se convirtió en otra persona.
—Ok, ejército —anunció Santiago, poniéndose las gafas de sol como si fueran una corona—. Tenemos dos opciones: ser adultos responsables y pasar la tarde bajo una sombrilla... —hizo una pausa dramática— o declararle la guerra a cualquier persona que se nos cruce en el camino.
—¡Guerra! —gritaron Mika y Clara al mismo tiempo, saltando emocionadas.
—Entonces es oficial —secundó Victoria, alzando los brazos—. Guerra de pistolas primero, torneo de voleibol después, y quien pierda, lava los trastes toda la semana.
Las reglas eran claras: no había piedad, ni por edad, ni por tamaño, ni por alianzas antiguas. Mateo apareció junto a mí mientras todos terminaban de organizar las cosas; traía una mochila llena de pistolas de agua y una sonrisa traviesa que me puso en alerta de inmediato.
—¿Lista para perder? —me dijo, levantando una ceja.
—¿Perder yo? —le respondí, empujándolo ligeramente con la cadera—. Por favor, Montoya. No sobrevives ni media hora contra mí.
MATEO
Después de una caminata de cinco minutos llegamos al muelle.
Los papás acomodaron todo mientras las mamás nos obligaban a ponernos bloqueador.
Antes de que pudiera coordinar cualquier estrategia, Olivia disparó primero, directo a mi pecho.
El estallido de agua fría me dejó sin habla por dos segundos...
suficiente para que ella dejara la pistola y saliera corriendo entre carcajadas.
—¡Oli, eso fue trampa! —grité, corriendo detrás de ella.
La persecución nos llevó hasta la orilla del muelle, donde un mal paso significaba terminar en el agua. Estaba a punto de alcanzarla cuando pisó demasiado cerca del borde y comenzó a irse hacia atrás. Sin pensar, alargué el brazo y la sujeté de la cintura para evitar que cayera.
Todo pasó en segundos. Sus manos se apoyaron contra mi pecho; sus ojos —grandes, sorprendidos, llenos de un destello de susto— se alzaron hacia los míos. Por un instante, ni el lago, ni las risas lejanas, ni siquiera Coli existían. Solo nosotros y ese maldito latido fuerte en mis oídos.
—Te atrapé —murmuré, en un hilo de voz tan bajo que no estaba seguro de si ella realmente me había oído.
Olivia soltó una risa nerviosa, empujándome ligeramente para soltarse.
—No puedes vivir sin salvarme, ¿eh? —bromeó, dando unos pequeños pasos lejos de la orilla, pero sin alejarse demasiado de mí.
—Alguien tiene que protegerte de ti misma —respondí, recuperando el aire.
Ella sonrió de lado, esa sonrisa de desafío que siempre había tenido... pero que ahora se sentía peligrosamente distinta. La vi correr de nuevo hacia el resto del grupo y entendí algo con claridad: estaba en serios problemas. Muy serios.
La guerra de pistolas no duró mucho más. Entre gritos, resbalones y Mika logrando mojar incluso a los papás, la orilla terminó pareciendo un campo de batalla improvisado. Fue Santiago quien, como siempre, tomó las riendas.
—¡Ok, soldados! —gritó, usando un flotador como si fuera un megáfono—. ¡Hora de poner a prueba su dignidad deportiva! ¡Voleibol!
Todos rieron y empezaron a reunirse alrededor de la vieja red que los papás instalaban cada verano. Victoria llegó detrás de Santiago, lanzándole una botella de agua que él atrapó sin siquiera voltear.
—¿Siempre tan mandón? —preguntó ella, divertida.
—Solo cuando me pagan con sonrisas —respondió él, con una descarada tranquilidad.