LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 2 INVASORES
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CAPÍTULO 2 INVASORES

MATEO

El primer sonido que escuché al despertar fue el de los pájaros; eso y el ladrido incansable de Coli al otro lado de la ventana.

Me quedé un momento tirado en la cama, mirando el techo de madera, como si necesitara recordar dónde estaba.

No tardó mucho: el olor a café recién hecho, los ladridos de Coli, el aroma a tierra mojada...

Era como volver a casa, aunque solo fuera por unos meses cada año.

Me estiré, dejando que el sueño se me escurriera de los brazos, me alisté y bajé las escaleras.

Encontré a mamá en la cocina, tarareando una canción que no reconocí mientras preparaba hotcakes para todos.

—Buenos días, dormilón —me saludó sin voltearse.

—¿Olivia no ha llegado? —pregunté antes de pensarlo. El nombre simplemente... salió.

Mamá sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—No, supongo que está arreglándose —dijo, sirviendo un hotcake en un plato—⁠. Ya no es la niña que corría en pijama por la tierra, ¿eh? La vi muy cambiada este verano.

Rodé los ojos, riéndome, medio incómodo, porque sí, lo había notado. Era algo que me estaba costando ignorar. Me senté en la barra, robándome un pedazo de fruta mientras mamá servía el desayuno.

—¿Qué planes hay para hoy? —pregunté, intentando desviar el tema de mi cabeza.

—Están organizando algo en el lago —me dijo—⁠. Voleibol, guerra de pistolas de agua y, en la noche, escapada de adultos clandestina —se giró para mirarme, divertida—⁠. Y no, no puedes huir de los juegos aunque seas «el grande».

Suspiré en protesta, pero sonreí. Era imposible decir que no a esas tradiciones tontas. Parte de mí... lo necesitaba. Justo en ese momento, escuché la puerta de al lado abrirse. Coli entró disparado y, junto a sus ladridos, llegó Santiago saludando a mamá mientras se sentaba a mi lado.

—Necesitamos hablar, Mateo —dijo Santiago muy serio. Jamás lo había visto así.

—¿Sobre qué, Caprio? —dije, dejando mi taza de café en la barra y girando mi silla hacia él.

—Necesito saber todo lo que no me dijiste ayer del novio de Victoria —pidió, tomando la taza de café que mamá puso enfrente de él—⁠. Gracias, Martha, tan rico como siempre —añadió después de darle un sorbo.

—No necesitas saber mucho. Se llama Sebastián; es buena onda, buen muchacho. La verdad, no hemos convivido tanto con él —aclaró mi mamá mientras volteaba los hotcakes.

—Ok, ya lo odio —sentenció Santiago.

—Santiago, ya tienen veintitrés años, no podemos seguir diciéndoles qué hacer y qué no hacer —dijo mi mamá con un tono de «tienen que equivocarse para que después yo me ría y aprendan». Por lo menos esa era su filosofía.

—Claro que puede, mamá Montoya, yo confío en usted —respondió Santiago en tono divertido, levantándose para abrazarla a modo de juego.

—Quítate de aquí o no te daré hotcakes. No puedo hacer nada por ti, Santiago; todo lo tendrás que hacer tú —le dijo mi mamá, con una seriedad juguetona, apuntándole con la espátula.

—Claro, claro. Tengo tres días. Es suficiente tiempo para idear mi plan de vida y decirle a Victoria que lo quiero compartir con ella —dijo con un tono que jamás le había escuchado—⁠. Solo, por favor, no le digan nada aún.

Mi mamá miró a Santiago con ojos de «Así se habla, carajo» mientras le hacía una seña de que no diría nada. Yo solo le sonreí y asentí.

Y entonces la risa suave de Olivia, quien intentaba no dejarse derribar por Coli, apareció en la entrada.

Me giré apenas para verla: shorts de mezclilla, camiseta blanca y el cabello recogido en un chongo desordenado que la hacía ver más linda de lo que debería admitir.

Mamá me lanzó una mirada que no necesitaba traducción, y noté que Santiago me cachó viéndola.

—Ya, mamá —murmuré.

Ella solo sonrió, como si supiera algo que ni yo mismo terminaba de entender. Cuando vi a Olivia, tenía una mirada rara. Estaba muy seria, como si algo malo estuviera a punto de pasar.

—Tienes cara de que viste un fantasma —le dijo Santiago mientras se reía.

—¿Dónde está Vic? —preguntó Olivia.

—Arriba, en su cuarto, mi niña. ¿Por qué? —respondió mi mamá, caminando hacia ella.

—No, por nada. Ahora vuelvo —dijo antes de desaparecer en las escaleras.

Ahí, en medio del olor a hotcakes, supe que sería un día largo. Muy largo.

OLIVIA

Subí las escaleras lo más rápido que pude, entré al cuarto y ahí estaba Vic, viendo por su ventana.

—Vic, ¿estás bien? —pregunté, cerrando la puerta.

—Sí, solo que no sé qué haré —dijo sin verme—⁠.

Sebastián me hizo sentir tranquila. Santiago me hace sentir…

todo. Y ayer, cuando habló de la casa, del trabajo, de construir una vida…

yo sabía que era conmigo. O quería que fuera conmigo.

No sé. Ese es el problema —dijo mientras claramente se limpiaba las lágrimas.

—Oh, Vic —dije mientras la volteaba para abrazarla—⁠.

Te diría que tienes tiempo para pensar las cosas, pero ambas sabemos que no lo tienes.

¿Qué tal si este día solo lo usamos para despejar tu mente?

Vemos cómo pasa el día, invitamos a las chicas, les contamos todo, mientras tú solo intentas encontrar una respuesta.

¿Te parece bien? —dije mientras me alejaba de ella para verla a los ojos.

Ella solo asintió, mientras soltaba un suspiro y volvía a su ventana.

Saqué mi celular y mandé el mensaje.

Olivia:

SOS. Traigan a Leo.

No quedaba más que esperar…

Antes de que llegaran los chicos, Vic recibió un mensaje.

Sebastián:

Llegamos en una hora.

Vic me lo mostró para después tirarse en la cama, mirando al techo, como si él pudiera darle una respuesta.

A los 15 minutos, escuchamos cómo llegaba el caos. O bueno, nuestros amigos. Salí de la habitación y llamé a Caro y Amber para que subieran. Al entrar, claramente se dieron cuenta del aura oscura del lugar.

—¿Qué está pasando? —dijo Amber con preocupación.

—Siéntense, chicas. Esto será largo —dijo Vic mientras se sentaba en una silla enfrente de nosotras.

Vic comenzó a contarles TODO: su historia con Santiago, cómo conoció a Sebastián y lo que él representaba para ella. Hasta que llegó a la noche de ayer…

—Y entonces Santiago sacó la bomba de que ya estaba listo para construir una vida —dijo Vic.

—¿Contigo? —preguntó Caro, asombrada.

—Sí. Bueno, no lo dijo, pero lo sé —dijo, convencida.

—Tiempoooo —dijo Amber—⁠. ¿Estás basando esto en qué? ¿Una mirada?

—Sí —dijo Vic con cara de signo de interrogación.

Yo no sabía si era buen momento para decirle que sí era con ella, que él me lo había dicho ayer, o no.

—Victoria, no mames. Relájate un chingo. ¿Qué tal si él solo lo dijo y ya? —dijo Amber, tomándola de los hombros—⁠. No puedes tomar la decisión de cortar con Sebastián, quien, en tus palabras, te mostró que no todo en esta vida es un juego. En base a una mirada.

—Pero ¿y si sí es para mí? —dijo Vic, emocionada.

—¿Y si no? —dijo Caro—⁠. Yo digo que te esperes. Hasta que Santiago Caprio te diga: «Victoria Montoya, todo lo que construí lo quiero compartir contigo». Hasta que eso pase, borra a Santiago y ponte una sonrisa, que Sebastián llegará con su hermana en una hora —dijo Caro con una sonrisa de ánimo.

Vic solo asintió, se levantó y se sacudió como si eso fuera a borrar todo lo que estaba pensando.

—Ahora bajemos a desayunar. Solo me sacaron de mi casa y allá abajo huele delicioso —dijo Caro.

Después del desayuno —o mejor dicho, después de que Martha nos obligara a comer algo antes de lanzarnos al caos—, nos reunimos en el jardín. Coli corría como loco entre Clara y Mika, mientras los adultos terminaban de cargar todo el arsenal necesario para sobrevivir un día entero en el lago.

La calma de la mañana se rompió cuando el rugido de un auto deportivo se escuchó frente a las casas. Volteé hacia la entrada y luego miré a Mateo.

—¿Qué fue eso? —pregunté.

—Parece que alguien llegó antes de tiempo —dijo él, echando la cabeza hacia atrás.

Comenzamos a caminar hacia la entrada principal. Al llegar, Victoria tenía la mano en la perilla, pero no abría.

—Victoria, relájate y sal ya —le indicó Amber.

Victoria abrió la puerta y salimos todos al encuentro.

El chico bajó del auto como si el mundo le perteneciera: alto, atractivo y sonriendo con esa seguridad irritante de quien sabe que lo están mirando.

Del lado del copiloto bajó una chica muy guapa que parecía salida de una campaña de moda de alguna marca cara: cabello largo, piel bronceada, piernas interminables y una sonrisa tan blanca como el sol, como si no necesitara permiso para pertenecer a ningún lugar.

—¡Chicos, les presento a Sebastián... y a su hermana, Sofía! —anunció.

Sofía nos recorrió con la mirada a cada una de nosotras, hasta que sus ojos se detuvieron en alguien a mi espalda. Volteé y vi que ya venían los tres chicos. En cuanto llegaron, la pregunta de ella fue casi instantánea:

—¿Y tú eres...? —le preguntó a Mateo, sonriéndole como si el sol solo brillara para él.

Mateo parpadeó, sorprendido, pero antes de que pudiera contestar, Santiago soltó en voz alta:

—¿El tan esperado chico, eh? —dijo con los brazos cruzados.

Victoria giró la cabeza tan rápido que me sorprendió que no se lastimara el cuello.

—Santiago, basta —le espetó entre dientes.

Pero mi hermano no pensaba callarse. Sonriendo con ese sarcasmo venenoso que solo sacaba en sus peores momentos.

—No, en serio. Me encanta. No te esperábamos hasta dentro de tres días —dijo con una cara de quien sabía que NO tenía más tiempo. Que, si tenía un plan, era AHORA.

Victoria lo fulminó con la mirada, Sebastián sonrió incómodo y Sofía... Sofía aprovechó para dar un paso más hacia Mateo. Yo me quedé de piedra. Mateo intentaba alejarse de manera educada, riendo con nerviosismo, pero ella no parecía dispuesta a ceder tan fácil.

«¿En serio? —pensé—⁠. Este día no se puede poner peor».

Sofía seguía merodeando alrededor de Mateo como si lo conociera de toda la vida y yo solo quería desaparecer. De pronto, Coli salió de la casa y comenzó a gruñir por lo bajo, con el pelaje erizado. Todos nos volteamos a mirarlo.