CAPÍTULO 1 LA BIENVENIDA AL LAGO #2
—Bueno —intervino Martha, con esa alegría peligrosa de las mamás que creen estar ayudando—. Hablando de actualizaciones... a Victoria le falta contar algo.
—Mamá —advirtió Victoria mientras se quedaba quieta en su silla con los ojos bien abiertos.
Martha fingió no escucharla.
—Hace unos meses empezó a salir con alguien de la ciudad. Y parece que la cosa va bastante en serio —dijo fingiendo sorpresa para luego reírse.
La copa de Santiago tocó la mesa con un sonido seco. Victoria cerró los ojos un instante.
—Gracias, mamá. Súper sutil —dijo Victoria, mientras se echaba para atrás en su silla.
—¿Alguien de la ciudad? —preguntó mi mamá, encantada con el chisme.
Victoria me miró primero a mí, como pidiendo ayuda, y luego a Santiago. Él ya no sonreía.
—Sí —dijo ella al fin—. Sebastián. Viene este fin de semana.
Y así, sin que nadie levantara la voz, la cena dejó de ser una bienvenida.
—Pues esperaremos con ansias conocerlo —intervino mamá, llamando al mesero para empezar a pedir.
Después de esa bomba, Santiago se levantó al baño y Mateo se alejó con él. Yo corrí a sentarme al lado de Victoria.
—¿Cuándo me ibas a decir que se había vuelto algo serio? —le susurré mientras le apretaba la mano.
—Es que no sé, Olivia, no sé. Nunca me dijo que éramos, nunca formalizó nada.
Un día, por cosas de la vida, me tuvo que llevar a la casa y, pues, ya sabes cómo son mis papás: lo invitaron a pasar y bla, bla, bla, se quedó.
A mi mamá no le cae TAN bien, como te diste cuenta, y a mi papá le da igual —me soltó alterada y nerviosa; habló tan rápido que apenas le entendí—.
Lo peor es que yo no lo invité. Él escuchó en una comida que papá decía que necesitábamos algo para la casa de acá, ahí empezó a preguntar y...
bueno, vendrá el viernes —concluyó, tapándose la cara con las manos, desesperada.
—Tranquila, todo estará bien. Vamos a solucionarlo, ¿sí? —le dije, tomándola de la mano y, antes de que pudiera agregar algo, los chicos venían de regreso.
El resto del tiempo pasó sin más sorpresas; todos disfrutamos de los platillos entre risas y juegos, hasta que sentí una mirada fija. No tenía que voltear para saber quién era: Mateo. Me giré, levantando una ceja.
—¿Qué? —pregunté, fingiendo molestia.
Él sonrió de lado, recargándose despreocupadamente en su silla.
—Nada. Solo... estás diferente —dijo como si no fuera gran cosa, pero su voz sonó más baja, casi seria.
Sentí una emoción, preguntándome si este sería el verano en que al fin se diera cuenta de que existía, pero solo me obligué a rodar los ojos.
—¿Ah, sí? Diferente ¿cómo? —contesté, arrancándole una risa.
—No, en serio, Oli —insistió, inclinándose un poco hacia mí—. Te ves... distinta. Bien.
Por un segundo, el mundo pareció detenerse. Mis manos jugueteaban nerviosas con la servilleta. No sabía si realmente estaba pasando o solo era mi imaginación haciéndome ver cosas en donde no había nada.
—Pues tú... tú sigues igual de molesto, Montoya —murmuré, sonriendo.
Antes de que pudiera agregar algo más, Santiago interrumpió el momento:
—¡Ey, miniadultos! —gritó desde el otro extremo—. ¿Van a pedir algo de postre o se van a quedar ahí como tontos?
Todos rieron y la burbuja entre Mateo y yo se rompió. Sin embargo, aún podía sentir su mirada sobre mí mientras hojeaba el menú, como si él tampoco hubiera querido que ese momento terminara tan rápido. Y, muy en el fondo, yo tampoco.
La noche transcurrió entre risas, platos vacíos y la promesa de muchos más momentos como ese. El club, el lago, las luces suaves... todo parecía encajar perfecto en esta burbuja que era el verano.
Cuando por fin nos levantamos de la mesa, caminamos en grupo de regreso a las camionetas.
El viento nocturno era más frío ahora y Coli trotaba feliz entre nosotros, moviendo la cola.
Me subí al asiento del copiloto mientras mi papá manejaba; mamá iba adormilada en la parte trasera junto a Clara, y Santiago se quedó hasta atrás, inmerso en sus pensamientos.
A través de mi ventana, vi a los Montoya subir a su coche. Mateo, antes de meterse, giró la cabeza y me atrapó mirándolo. No sonrió, no dijo nada. Solo me miró fijamente, como si quisiera asegurarse de que de verdad estaba ahí, como si en su cabeza también pasara algo que no sabía cómo nombrar.
Me recargué contra el asiento y cerré los ojos.
Sentí el arranque de la camioneta y el sonido del club se quedó en la distancia.
Al llegar a casa, me fui directo a mi cuarto; necesitaba descansar porque el día de mañana sería agotador.
Ya estaba lista para acostarme cuando tocaron a mi puerta. Era Santiago.
—Oli... ¿tú sabías de su «novio»? —me preguntó decaído, apoyándose en el marco de la puerta.
—Sí y no. Ella siempre dijo que era algo casual, nada más. Nunca mencionó que fuera en serio —respondí con una mirada triste de compasión.
—¿Crees que deba hacer algo al respecto? —preguntó mientras se sentaba en la orilla de mi cama.
—Santi, yo sé que ustedes dos siempre han tenido algo raro, pero no sé...
Se nota que no se atreven a ponerle nombre por miedo a lo que pueda pasar.
Esta es tu decisión: si quieres estar con ella y ser valiente, dilo antes de que sea aún más tarde; y si no quieres, mejor no te metas —le dije de manera seria mientras lo abrazaba.
—Lo entiendo, realmente lo entiendo, pero es que lo pones muy fácil —suspiró, levantándose—.
Cuando la cosa es: lo intentamos, si funciona, seríamos la mejor pareja del mundo porque me conoce, la conozco y nuestra vida sería un hermoso caos.
Pero si lo intentamos y no funciona, hay dos caminos: nos damos cuenta pronto y terminamos, o no nos damos cuenta pronto, nos odiamos y fracturamos todo y a todos.
—Santiago, WTF, necesitan dejar de pensar en TODOS los demás —dije mientras me levantaba junto a él—.
¿Tú crees que mamá dejaría de hablar con Martha nada más porque Victoria y tú no se hablan?
—dije, obvia—. CLARO QUE NO. A lo mejor se vendrían ellas solas al lago y los dejarían al otro lado del país, pero NADA podría fracturar todo esto —dije, intentando que viera que sí tenía la opción.
—Tengo tres días, Oli. Tres días para hacer un plan de cómo esto claro que funcionaría y decírselo, y convencerla de que puede funcionar —dijo mirando a la nada, como si su cerebro de pronto se quedara sin argumentos.
—Tres días. Yo en tres días he metido información a mi cabeza de cosas completamente diferentes. Tú solo tienes que buscar un plan. Claro que podrás —dije, abriéndole la puerta para que se fuera de una vez; moría de sueño.
—Gracias, Oli. Descansa —dijo mientras salía de la habitación, aún con su cara triste.
—Igual, Santi —dije mientras cerraba la puerta.
Me recosté en la cama, intentando convencerme de que Santiago tenía tres días para pensar. Tres días sonaban suficientes. Tres días sonaban seguros.
Entonces mi celular vibró sobre la cobija.
Victoria:
Oli, no te asustes.
Me incorporé de golpe.
Victoria:
Sebastián viene mañana.
Sentí que el aire se me iba del pecho.
Victoria:
Y no viene solo.