LO QUE EL LAGO SABÍA CAPÍTULO 1 LA BIENVENIDA AL LAGO
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CAPÍTULO 1 LA BIENVENIDA AL LAGO

Una semana después de que todos salieran oficialmente de vacaciones, por fin nos dirigimos a la casa.

El trayecto se sintió eterno. Entre el ferri para llegar a la ciudad, el largo camino para llegar al lago, las paradas obligatorias para Coli —mi perro— y la playlist nostálgica de papá, llegamos justo cuando el sol comenzaba a bajar.

La casa, como siempre, nos recibió hermosa e intacta, como si el tiempo no pasara para ella.

Abrí la puerta principal, atravesé la casa y el patio corriendo para llegar a la orilla del muelle.

Ese lugar que me había visto reír y llorar un millón de veces.

Ahora vuelvo a él, incapaz de adivinar todo lo que viviríamos juntos.

Inmersa en mis pensamientos, sintiendo el aroma natural, la brisa y escuchando las mil aves que habitaban ahí, hasta que una voz alteró mi paz.

—¡Oliviaaa! —gritó Mateo con intención de asustarme.

Yo, que no me di cuenta de que sí estaba muy cerca de la orilla, al voltear di un paso en falso y caí. Mateo llegó muerto de la risa, mientras yo regresaba a la superficie muerta de frío y casi ahogada.

—¡Eres un idiota, Mateo! El agua está helada —dije mientras intentaba subir al muelle nuevamente.

—Perdóname la vida, Oli. Sí te quería espantar, pero no sabía que terminarías en el lago —dijo, rojo de la risa aún, mientras me daba su mano para ayudarme—⁠. Hola, Olivia —dijo una vez que estaba fuera del lago, viéndome con esos ojos cafés que me derretían el alma como cada verano.

—Hola, Mateo —dije, intentando parecer enojada; sin embargo, una sonrisa salió de mí. Y es que era imposible enojarme: él tenía un efecto de alegría magnética conmigo.

—De verdad lo siento mucho —dijo, abrazándome con cariño.

—Sí, sí, te creo. Pero debo irme a cambiar antes de que me dé una neumonía —dije, dándole un golpecito en el hombro.

Llegamos al patio, donde ya estaban Coli, mi hermana y Mika planeando su primera travesura, como siempre. Al entrar a casa, las preguntas empezaron.

—¿Qué te pasó, Oli? —preguntó Martha con cara de que se quería reír.

—Que te cuente tu hijo; yo me muero de frío. Ahorita regreso —dije con falso enojo mientras me reía.

Llegué al cuarto y todo seguía igual. Recuerdos de tantos, pero tantos años...

Cada una de las cosas en esa habitación era un recuerdo.

Esta parte de mi año era la que más esperaba, porque representaba el momento de felicidad y relajación que tanto ansiaba.

Estaba inmersa en esos pensamientos cuando escuché una conversación en la otra habitación: eran Santiago y Victoria.

—¿Vienes por fin a admitir que me extrañaste todo el año? —preguntó Santiago, levantándose de la cama. Se acercó a ella y la miró de arriba abajo con una sonrisa pícara, difícil de explicar.

Victoria soltó una risa ligera, como quien ya se sabe la jugada.

—Claro. Tanto como extraño las quemaduras de sol y las insolaciones —contestó, dándole un golpecito en el pecho con el dedo.

—Mentira —replicó él, inclinándose un poco hacia ella—⁠. Tu cara dice otra cosa, Vicky.

Ella negó con la cabeza, divertida, pero por un segundo... solo por un segundo, algo en sus ojos cambió. Fue una chispa de nerviosismo casi imperceptible, como si de verdad escondiera algo. Santiago, que la conocía demasiado bien —al igual que yo—, la atrapó enseguida.

—¿Qué ocultas, Montoya? —preguntó, alzando una ceja—⁠. No me digas que este verano hay alguien más.

Victoria se encogió de hombros, un poco sorprendida por cómo llegó a esa conclusión, pero contestó juguetona:

—¿Y si sí? —dijo, mordiéndose apenas el labio.

Santiago soltó una carcajada, aunque por sus ojos cruzó algo que no fue solo una broma.

—Pobre del tipo... —murmuró—⁠. No sabe en qué lío se acaba de meter.

Victoria sonrió, dándose la media vuelta para ayudar a Clara y a Mika a acomodar sus cosas. Mientras se alejaba, vi cómo Santiago se quedaba mirándola con una mezcla de diversión y algo más en la mirada.

Al terminar de arreglarme, bajé corriendo las escaleras, esquivando maletas, mientras el sonido de las risas de Clara y Mika se mezclaba con el eco de la casa.

Cuando llegué a la cocina, mi madre y la de Mateo ya estaban acomodando todo, riendo entre ellas.

A lo lejos, nuestros padres sacaban cosas del garaje y limpiaban la alberca, que, después de un año, parecía más un pantano que un lugar para nadar.

—Olivia, claro que tienes el aura de una doctora —dijo Martha, la mamá de Mateo, al verme. Me abrazó fuerte, con la calidez de siempre, y yo sonreí.

—Gracias, Martha. Aunque aún me faltan como otros diez años, pero gracias —le dije, separándome de sus brazos.

Mateo se acercó, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona.

—¿Cómo que otros diez años? —preguntó, ladeando la cabeza con fingida sorpresa.

Me giré para verlo de reojo mientras acomodaba algunas latas junto a él.

—Ya lo sabías. ¿Qué te sorprende, Montoya? —le dije, alzando una ceja antes de seguir con lo mío—⁠. Aparte, no me hables; estoy enojada contigo —añadí mientras golpeaba su hombro con mi dedo sutilmente.

—Me extrañaste, admítelo, Oli —dijo, acercándose un poco para abrazarme con esa típica expresión de «sé que tengo razón».

—Claro, te extrañé... —respondí, devolviéndole el abrazo—⁠. Cómo no extrañar a alguien así —añadí, mirándolo de manera despectiva.

Él soltó un quejido y se llevó una mano al pecho, como si hubiera recibido un golpe mortal.

—Golpe bajo, Caprio.

—Deja de llorar, Montoya —rematé, guiñándole un ojo antes de pasar junto a él para ayudar a las mamás.

Seguimos acomodando todo entre bromas y comentarios sueltos, hasta que nuestras madres anunciaron que era hora de arreglarnos: esa noche íbamos a ir al club a cenar.

Era la tradición de cada inicio de verano; esa cena era especial porque nos poníamos al día con las cosas importantes.

Los Montoya se despidieron momentáneamente para irse a cambiar y nosotros subimos a prepararnos, mientras el atardecer empezaba a pintar todo de naranja.

La brisa era más fresca cuando llegamos al club.

Era uno de esos lugares clásicos: madera envejecida, faroles cálidos colgando del techo, música tranquila de fondo y el murmullo constante de las personas.

Todo seguía igual, como si cada verano el tiempo se detuviera en este pedazo de mundo.

Entramos en grupo, riendo y empujándonos como niños malcriados.

Santiago y Victoria tomaron el liderazgo, como siempre, guiando al grupo hacia nuestra mesa de toda la vida en la terraza que daba directo a una parte del lago.

Mientras los adultos charlaban animadamente sobre cualquier cosa —proyectos, trabajo, chismes de la ciudad—, nosotros nos acomodamos a lo largo de la mesa, dejando a Mika y a Clara al final, pues aún tenían mucho que contar sin que los papás las escucharan.

Me senté junto al barandal de madera, dejando que el viento jugara con mi cabello.

Estaba a punto de perderme mirando las luces cuando escuché mi nombre.

—Olivia, cuéntanos lo nuevo de tu año. Doctora Caprio —dijo el señor André con entusiasmo.

Solté una risa, aunque sentí esa punzada familiar en el estómago.

La palabra doctora siempre sonaba bonita en boca de los demás; era hasta cierto punto alentadora.

En mi cabeza sonaba a desvelos, café frío y a la sensación constante de que alguien, en algún lugar, estaba estudiando más que yo, estaba formando un currículum más grande, estaba haciendo más contactos que yo.

—Claro, ¿por qué no? Comencemos con que oficialmente terminé el cuarto año de la carrera, lo que significa que solo me quedan DOS años y el servicio —dije, haciendo hincapié en el dos, lo que hizo que soltáramos algunas risas—⁠.

También me hicieron capitana en el equipo de tochito y me compré una nueva cafetera con el dinero de mis papás, porque aparentemente esa es mi personalidad ahora —dije mientras me reía—⁠.

Al parecer, soy una persona compleja —añadí mientras tomaba un poco de vino.

Mamá me miró con esa mezcla de orgullo y preocupación que me perseguía desde que entré a Medicina.

—Olivia se exige demasiado —dijo, suave.

—No, Olivia quiere ser mejor que todos —corrigió Santiago, robándome una papa del plato—⁠. Eso es MUY distinto.

Le lancé una servilleta.

—Olivia quiere sobrevivir —dije, haciéndole una mueca chistosa para aligerar la bomba que solté.

Pero cuando lo dije, Mateo dejó de sonreír por un segundo. Me estaba mirando desde el otro lado de la mesa, como si acabara de notar algo que yo no quería que nadie viera. Y así fue: jamás dejaría que ellos vieran esa versión de mí.

Martha, por suerte, decidió cambiar de víctima.

—Bueno, Santiago. Tú sigues, mi niño —dijo animada, mientras me veía como si me fuera a romper en cualquier segundo.

Mi hermano se acomodó en la silla con esa seguridad insoportable que solo él podía usar sin verse ridículo. Pero esta vez no sonrió de inmediato. Miró su copa, luego a Victoria.

—Último semestre. Ya tengo trabajo formal en el bufete cuando me gradúe. Y la casa de mi abuelo ya está lista —dijo con una voz tranquila.

Victoria levantó la mirada.

—¿La casa de papá? —preguntó mamá, impactada.

Santiago asintió.

—Sí. Quiero empezar a armar mi vida. Bien. Sin esperar a que todo sea perfecto —su voz bajó apenas, pero todos lo escuchamos—⁠. Graduarme, trabajar, construir algo propio. Una vida de verdad.

No dijo “con Victoria”. No tenía que hacerlo. Ella lo entendió. Yo lo entendí. Mateo también, porque se removió incómodo en su silla.

Victoria tomó su vaso y bebió un trago demasiado largo.

—Qué intenso, Caprio —murmuró, intentando reírse, pero su expresión era la de alguien que había esperado tanto tiempo por escuchar eso… pero ahora era tarde.

Santiago sonrió, pero no apartó la mirada.

—Solo estoy diciendo que ya sé lo que quiero —dijo mientras la veía con una intensidad que me puso la piel de gallina.

El silencio duró medio segundo. Suficiente para que algo se moviera debajo de la mesa, invisible y pesado.